NdelA: La Última Alianza, 1º parte de las batallas
Al final del capítulo está el significado de las palabras élficas y/o algunas aclaraciones respecto a sitios/personajes, pero sentíos libres de preguntadme lo que sea.
Concerning Elves
Año 3440, Segunda Edad
Muchas estaciones habían pasado desde que el ejército de la Última Alianza se reuniera en Gondor. Diez largos años de batalla constante, primero frente a la puerta negra y actualmente en el llano de Gorgoroth, frente a la Torre Oscura de Barad-dûr.
En lo que se había convertido en una guerra de desgaste habían librado ya tantas escaramuzas contra el enemigo que habían perdido la cuenta, y hombres y elfos se habían relevado tanto en las primeras líneas que ya lo hacían automáticamente, sin que nadie tuviera que guiarles.
Había habido grandes batallas que sin duda quedarían en el recuerdo de todos los participantes que consiguieron sobrevivirlas, la más triste sin duda aquella en que el rey Amdír, el rey Oropher y más de dos tercios de los guerreros de ambos pueblos fueron arrasados por los orcos.
Aquél momento fue de suma importancia en la guerra, y hubiera sido decisivo para el enemigo de no haberse unido a la batalla Círdan con una nueva tropa de soldados.
Gil Galad y Elendil luchaban incansables en el frente la mayoría del tiempo, pues ningún orco podía resistir los ataques de Nársil y Aiglos, y sus tropas siempre salían victoriosas de cualquier combate. En las grandes batallas siempre cargaban en primera línea, valientes y poderosos, insuflando de ánimo a sus guerreros que sabían no habían de perder junto a ellos.
Sus capitanes solían mandar al resto del ejército rotando para cubrir flancos y huecos allí donde las cargas de orcos eran demasiado fuertes, haciendo turnos y guardias en el campamento y patrullando a veces las zonas controladas para no ser emboscados por los traicioneros habitantes de Mordor.
Isildur, Anarion, Celeborn, Elrond y Thranduil eran parejos en cuanto a escala y solían rotar en las escaramuzas, pero en las grandes batallas con los Reyes, los hombres y Celeborn solían dirigir batallones armados mientras los otros dos elfos mandaban mayormente flancos de arqueros.
Cuando no estaban en batalla o planeando el siguiente asalto podía vérseles a menudo con Círdan en las tiendas de los heridos, ayudando a los sanadores que tenían trabajo casi a tiempo completo. El constructor de barcos no solía participar activamente en las luchas armadas, pero se ocupaba del campamento y ayudaba allí donde era necesario.
Glorfindel, por su parte, no solía separarse de Elrond, ya que como bien le dijo un día su categoría había ascendido a ser su guardaespaldas personal, pero a veces, en las batallas, habían de dividirse en batallones que dirigían por separado para aumentar la eficacia.
Aquél día, estando Elrond de patrulla en el elevado territorio que recién habían reconquistado el día anterior, uno de sus scouts avisó de presencia enemiga en el área. Como no podía ser de otra forma, los elfos se prepararon a rechazar a la nueva invasión orca.
Divididos de modo que Elrond llevaba un grupo de arqueros y Glorfindel otro de tropas de asalto, se dispusieron a hacer frente al enemigo. Eran ciertamente más numerosos, pero ellos contaban con la ventaja táctica de no haber sido descubiertos.
El medio elfo colocó a sus soldados de tal forma que pudieran abrir buenas brechas antes de que los orcos supieran dónde estaban. Dirigía a los mortíferos arqueros en sus acometidas sin dudar, pues era perfectamente consciente de que cuantos menos orcos llegaran a enfrentarse con el batallón de Glorfindel más posibilidades tendrían de volver todos.
Cuando las flechas oscuras comenzaron a caer tanteando el terreno y la distancia que los separaba recordó una vez más que hacía muchos años que no volvían todos los que iban a una batalla…
- Hado i philinn! - Gritó una vez más, concentrándose totalmente en el combate, y como si fueran uno solo los arqueros a su mando soltaron las mortíferas flechas de Lórinand que no fallaron un blanco. Los largos arcos élficos no eran rivales para los contrahechos que fabricaban los orcos.
Glorfindel apretaba y relajaba las manos en la empuñadura de su cimitarra sin perder detalle de la evolución del combate. A una orden suya los soldados cargarían contra aquella muchedumbre oscura que rugía a la vez que caminaba.
Una siguiente andanada de flechas negras se clavó muy cerca de ellos y vio que los soldados empezaban a retroceder.
- Tangado haid! - Les gritó, y todos se quedaron quietos en el sitio con más o menos aprehensión, las cimitarras bien sujetas entre las manos.
Una lluvia de flechas voló sobre sus cabezas y fue a clavarse en los orcos, que cayeron entre gritos de dolor. El elfo de Gondolin respiró profundamente, y estaba dispuesto a dar la orden de cargar cuando escuchó como un rumor lejano. Se volvió, y en los ojos de sus soldados leyó que no había sido el único en notarlo.
De pronto un seísmo sacudió la tierra oscura sobre la que se asentaban, haciéndoles perder la posición de firmes en el mejor de los casos, y el rubio escuchó con verdadero miedo el rumor crecer hasta convertirse en un fuerte crujido a sus espaldas. Un vistazo al frente le confirmó que los orcos también estaban sufriendo los efectos del terremoto, pero la sangre pareció helársele en las venas al escuchar los gritos de los arqueros al ser tragados por la tierra.
Su primera reacción fue correr hasta allí para ver con sus propios ojos el destino que habían sufrido, pero sabía que debía quedarse al mando de sus tropas e intentar vencer aquella batalla. Si lo conseguía, quizás pudieran rescatar más tarde a alguno…
- ¡En pie! ¡Formad! ¡Y que alguien me diga lo que ha pasado ahí atrás! - Gritó mientras se ponía en pie de nuevo y encaraba a los orcos que, aún en la distancia, reían su mala suerte. Su orden fue recorriendo las filas de elfos hasta los que estaban más atrás, y poco después un arquero corría a su lado para informarle.
- La tierra se hundió bajo nuestros pies, señor y la mayoría cayó con ella hasta el llano - Glorfindel tardó unos segundos en asimilar la información.
- ¿Gorgoroth? Eso es más de siete veces nuestra altura… - Murmuró preocupado por la suerte de Elrond y los demás. Pero pronto sus prioridades cambiaron drásticamente, pues los orcos habían cargado sus arcos cortos y sus compañeros caían a su alrededor ensartados en los penachos negros.
Entre sus brazos cayó muerto el arquero que había ido a hablarle, y con rabia empuñó su cimitarra y apuntó con ella a los orcos.
- Herio!!!
Cuando Elrond abrió los ojos y vio el cielo siempre nublado de Mordor sobre él no creyó que pudiera ser cierto. Cuando el suelo se resquebrajó entre sus pies y entre pedazos de roca comenzó a caer al vacío pensó que lo siguiente que vería sería la luz de Mandos…
Viendo la altura de la meseta se dio cuenta de que habían caído de muy alto, pero aún así el ruido de la batalla llegaba hasta sus oídos. A su alrededor, en cambio, sólo se escuchaban gemidos de dolor provenientes de los que habían caído con él, y no le hizo falta moverse mucho para darse perfecta cuenta de por qué se quejaban.
Al sentarse en el suelo cubierto de piedras fragmentadas el mero hecho de erguirse le hizo doblarse sobre sí mismo, apretando los dientes con fuerza para ahogar un grito. Cuando el dolor que se irradiaba de su hombro izquierdo remitió lo suficiente fue enderezándose poco a poco hasta que por fin pudo mirar a su alrededor.
Lo que vio le dejó casi con menos resuello que lo que se hubiera hecho al caer.
Los soldados que habían sobrevivido a la caída o no habían sido aplastados por las rocas no estaban en mejores condiciones que él. Algunos yacían encima de otros y muchos estaban inmóviles, pero los que más intentaban levantarse y ayudar a los que habían resultado más gravemente heridos.
Haciendo caso de su intuición estimó que al menos el veinte por ciento había muerto y que aproximadamente menos de la mitad de los restantes estaban demasiado malheridos como para moverse. El balance de por sí era malo, pero escuchar el sonido de la batalla que estaba librando Glorfindel no le resultaba nada esperanzador; eran demasiado pocos, y sin ellos no tenían ninguna posibilidad.
Apretó los dientes y con la mano derecha fuertemente apretada en el hombro contrario se puso en pie y esperó a que el mundo dejara de girar. Si ninguno de sus soldados podía, subiría él solo.
- Necesito a uno de vosotros que sea capaz de correr… - les dijo andando entre ellos, y un elfo que parecía de Lórinand por aspecto se presentó voluntario. Su nombre era Fereveldir, y aunque le sangraba una brecha en la frente parecía en bastante buena forma. Tras recibir sus órdenes no tardó en echar a correr por la llanura polvorienta.
- Los que estén en mejor forma que ayuden al resto. No mováis a nadie que no pueda hacerlo por sí mismo. Ante la duda, llamadme… - Durante un rato más siguió dando instrucciones, intentando sanar mientras a los que habían resultado peor parados, ayudando incluso a morir a alguno.
La batalla iba de mal en peor. Sin la cobertura de los arqueros no había nadie que les defendiera de las flechas enemigas. Los orcos disparaban contra ellos, pero cuando no veían suficiente hueco lanzaban hacia el cielo aunque sus saetas encontraran carne amiga.
No había un momento de respiro en la carga, y Glorfindel a veces no veía más que sucia carne orca. Eran muy superiores en número sin las tropas de Elrond para ayudarles, lo que se traducía en que les estaban destrozando. Afortunadamente habían conseguido formar un círculo que los enemigos no eran capaces de romper, de modo que siempre había alguien velando por la seguridad de sus compañeros.
De pronto escucharon un ronco rugido, y el elfo de Gondolin consiguió abrir un hueco para ver con espanto cómo un trío de enormes trolls avanzaban hacia ellos apartando a los orcos con sus enormes mazas. Se apartó a tiempo para que una cimitarra no le traspasara el abdomen y les gritó a sus soldados sobre la nueva amenaza a un tiempo muy justo, pues algunos casi tuvieron que saltar sobre los orcos para evitar acabar debajo de las mazas.
- ¡¡Luchad!! ¡¡Luchad contra ellos!! ¡¡Clavadles las espadas en los huecos de las armaduras!! - Gritó a pesar de que sabía que apenas se escuchaba su voz entre los rugidos de los trolls y el entrechocar de los metales.
Un orco se lanzó contra él inesperadamente y acabó ensartado en su cimitarra, de modo que hubo de forcejear con el cadáver para liberarla. Apretó los dientes al escuchar el crujido indescriptible de la maza de un troll al alcanzar un objetivo, y se esforzó por no pensar y no sentir nada más que el peso su espada en las manos, pero era imposible.
Cuando el troll lanzó a un par de elfos volando sobre sus cabezas con un medio círculo de su arma tuvo suficiente.
Las canciones me cantan contra un Balrog... Veremos si exageran... Pensó al plantarse frente a él, las piernas bien afianzadas al suelo.
La mole de carne y armadura se lanzó contra él con todo el peso de su cuerpo, pero Glorfindel saltó a un lado y la maza golpeó el suelo donde había estado. Aprovechando los segundos que tardaría en recuperarse del ataque enfiló contra él, la cabeza gacha para pasar bajo su brazo grueso como el tronco de un árbol y cortar con su espada en la parte desprotegida de su lateral.
El troll rugió más furioso que otra cosa y lanzó un manotazo al aire del que casi no pudo apartarse. Por fortuna la bestia era tan grande que orcos y elfos se mantenían bastante lejos, dándole a Glorfindel la oportunidad de maniobrar.
Estuvieron un rato en estos menesteres, con el elfo saltando de un lado a otro cada vez que la maza se agitaba en el aire hasta que por fin en un movimiento certero pero arriesgado cortó con la punta de la cimitarra la callosa garganta de la bestia. Gorgoteando sangre, el troll se desplomó hacia un lado cogiendo por sorpresa a un par de orcos que terminaron bajo su cadáver.
Pero no hubo tregua para Glorfindel. Avisados ahora de su pericia, eran muchos los orcos se lanzaban contra él para intentar, al menos, cansarle. En algún momento, pensaban, el elfo tendría que ceder…
Animados por el coraje de su líder varios elfos se enfrentaban al segundo troll, que estaba rabiando por las heridas recibidas. En un descuido tomó a uno de ellos con su manaza y lo apretaba y zarandeaba, utilizándolo como escudo ante los ataques de los otros elfos.
Una andanada de flechas negras llovió de nuevo, clavándose tanto en amigos como en enemigos. Por apartarse de ellas, Glorfindel cometió la imprudencia de entrar en el radio de acción del segundo troll, que estaba furioso y dolorido de sus múltiples heridas.
Con un rugido ronco tiró el ahora cadáver contra él, haciéndole caer al suelo desplazado por la fuerza del impacto y con las dos manos elevó la maza sobre su cabeza para rematarle....
Pero el golpe nunca llegó a caer.
El troll hizo un ruido ahogado, y cuando el elfo de Gondolin fue capaz de mirar vio que tenía una espada que conocía muy bien clavada en la garganta.
- HERIO!!!!
El espíritu de los combatientes elfos pareció inflamarse al ver a aquellos a los que creían perdidos cargando a ayudarles y la batalla, descompensada a pesar de todo, se reanudó con renovado vigor.
Rodeado por varios de sus compañeros, Elrond avanzó posiciones hasta llegar donde Glorfindel se quitaba de encima con mueca dolorida el cuerpo del compañero muerto.
- Mellon…. ¿Por qué has venido? - Le preguntó poniéndose en pie con algo de dificultad y empuñando de nuevo su arma. El heraldo se acercó al troll y le pisó el cuello para poder sacar su espada con más facilidad.
- Tenemos una batalla que librar - Fue su única respuesta. Balanceó la hoja con el brazo bueno un par de veces y respiró profundamente. A su alrededor los elfos habían formado un corrillo para protegerles de las embestidas mientras hiciera falta, y casi como si fueran uno se lanzaron contra los orcos.
La batalla siguió cruenta, con grandes bajas para ambos bandos y aún claro predominio orco. Las armaduras doradas de los elfos ya no brillaban pues estaban demasiado arañadas y teñidas de sangre, y hubo momentos en que ambos ejércitos se confundieron de lo cerca que estaban.
A cada orco que mataban otro llenaba su lugar inmediatamente y, tras mucho tiempo de estar batallando, Glorfindel concentró sus esfuerzos en acercarse de nuevo a su amigo al ver que flaqueaba su defensa.
- ¡Elrond! - le llamó cruzando su espada con un orco que tenía la cara partida por una horrible cicatriz. Le pateó el estómago para apartarle de su camino y tras destripar a otro par con sendas cuchilladas llegó a tiempo para detener una hoja enemiga de aviesas intenciones.
El heraldo se volvió de golpe hacia él, la cimitarra goteando sangre negra y una peculiar expresión en el rostro, pero pronto ambos se dedicaron a detener estocadas y a intentar deshacerse de sus enemigos.
- Elrond, márchate - le dijo dando un revés y partiéndole la nariz a un orco con la empuñadura de su arma - Vamos. Esta batalla está perdida, no tiene sentido que muramos ambos aquí…
Con un rugido, el medio elfo le seccionó la cabeza a un orco con un amplio arco de Hadafang, su cimitarra. Respirando entrecortadamente agitó la cabeza.
- Ten fe… - Le respondió, una sombra de cansancio oscureciendo su rostro.
Espalda con espalda, los dos amigos continuaron luchando contra los numerosos enemigos a su alrededor, pero pronto tuvieron que correr junto al borde de la meseta a intentar encargarse del último troll que hacía estragos entre los suyos, arrinconados entre una larga caída y la bestia.
Un elfo de largos cabellos oscuros que había perdido su casco en la refriega se lanzó contra él como si alguna clase de fuego le hubiera poseído, dispuesto a matar o morir y resultando finalmente en esto último a pesar de haber conseguido herir al troll.
- ¡Atrévete conmigo, bestia de Mordor! - Le gritó Glorfindel plantándose delante de él. El troll se colocó de forma que pudiera ver a todos sus adversarios y ondeó su maza en el aire aceptando su desafío.
Mientras el elfo de Gondolin hacía frente al troll, Elrond abría brecha en un flanco para ayudar a escapar a los que estaban atrapados. La maza de la bestia hacía temblar el suelo cada vez que la dejaba caer con semejante fuerza. Cuando una de las veces hizo saltar chispas al rozar la armadura de Glorfindel en un arco horizontal, el medio elfo sintió la sangre helársele en las venas. Encajar un golpe así le destrozaría sin remedio.
De pronto, en el clamor de la batalla se escuchó, como si viniera de lejos, el rumor claro de unas trompetas, y de haber mirado hacia el este cualquiera hubiera podido ver un mar de plata.
Una fugaz sonrisa cruzó el rostro de Elrond antes de que un enemigo se ensartase en su cimitarra. Los refuerzos habían llegado.
Glorfindel se tiró al suelo y rodó sobre sí mismo para evitar un nuevo golpe. Un orco de negra armadura y rostro aderezado de metal le enseñó los dientes amarillos en una fiera mueca antes de lanzarse sobre él. Sus sucias uñas encontraron su rostro en el salto y le arañaron, y cuando empezaron a forcejear en el suelo, la sombra de muerte del troll se proyectó sobre ellos.
La bestia se volvió bramando cuando alguien le lanzó una daga que se clavó en su carne, dándole tiempo al elfo para golpear repetidas veces al orco en la cara y terminar cortándole el cuello al orco de lado a lado. Rápido se quitó de bajo el cadáver, pero no lo suficiente como para no acabar empapado en su sucia sangre negra.
Se levantó asqueado y confundido por los sonidos que le llegaban de su alrededor, pues en la batalla escuchaba un rugir que no pertenecía a los orcos. Se volvió, el arma dispuesta, y vio los pectorales plateados penetrando entre la negrura como ríos de mercurio.
Antes de poder encararse de nuevo con el troll un fuerte empujón le devolvió al suelo del que acababa de levantarse.
- ¡Soltad las flechas! - Ordenó Anarion a voz en grito, y los numenóreanos lanzaron sus proyectiles con certera eficacia contra el troll, que empezó a retroceder hasta perder pie en la meseta y caer al vacío.
- ¡Ayudad a los elfos! Cargar contra las ratas de Mordor, ¡¡ no dejéis uno con vida!! - La voz de Isildur resonó como un trueno antes de la tormenta, y fuera de su funda su espada parecía brillar con luz propia. Los hombres se desperdigaron aquí y allá en grupos y arremetieron contra los orcos, segando sus existencias como se corta el trigo maduro.
Glorfindel se quitó de encima a quien que se había tirado sobre él, dándose cuenta al escucharle gemir que no era otro que su amigo medio elfo.
- ¿Elrond? - Le llamó preocupado al verle respirar con dificultad empuñando a Hadafang con fuerza.
- Estoy bien… - Contestó más relajado pasados unos segundos, los ojos cerrados. De no saber que Glorfindel estaba allí nunca se hubiera permitido semejante licencia, pero así la tentación era demasiado fuerte. El cuerpo le pedía a gritos un descanso…
- ¿Mi amigo el maestro Elrond está herido? - Sabiéndose seguro entre las numerosas tropas que comandaban, Anarion se acercó al par y se agachó junto a ellos.
Era más joven que su hermano Isildur, pero para cualquier hombre aparentaban la misma edad, si bien Anarion era mucho más calmado de carácter y en sus ojos no brillaba el mismo fuego que en los de su hermano.
- ¿Cayó con el resto? El elfo que vino a nuestro campamento nos contó lo que había sucedido…
- Sí… pero están peor los que dejé abajo - el medio elfo estiró la mano al frente, y Anarion le ayudó a incorporarse. Hubieron de pasar unos segundos antes de que pudiera seguir hablando - Dejé a varios soldados montando guardia y atendiéndoles antes de subir…
- Debiste quedarte con ellos - le reprochó Glorfindel poniendo una mano en su pierna, consciente de sus heridas. Elrond suspiró profundamente y bajó la cabeza, con lo que el pelo sucio y rebelde le cayó desde los hombros. Una sonrisita se dibujó en sus labios a pesar del dolor - ¿Y dejar que un troll aplaste a mi guardaespaldas? No, gracias…
Isildur se acercó hasta ellos con expresión seria y el casco alado en la mano.
- Marchaos. La batalla está ganada, no hay necesidad de pasar más penurias. Bajad a recoged a los heridos y esperadnos en el campamento - Les dijo oteando el campo de batalla. Sus numerosos soldados plateados arrasaban furiosamente a los orcos, y al ritmo que luchaban no quedaría ninguno en pie en un par de horas.
- Mi hermano tiene razón - Solícito, Anarion le alargó el brazo a su amigo y le ayudó a ponerse en pie - Marchaos ya. Eres más necesario con ellos que con nosotros, maestro Elrond.
El medio elfo miró a Glorfindel dubitativo pero acabó accediendo, y tras tocar a retirada a sus tropas descendieron a la llanura de Gorgoroth, donde aguardaban los heridos más graves y los soldados que había dejado para que les ayudaran y protegieran en lo posible.
Círdan tuvo serios problemas para colocar a los heridos dentro del campamento, pues no había bastante espacio para todos, de modo que tuvieron que acoplar nuevas tiendas al hospital de campaña. Los sanadores no hacían más que correr de un lado a otro entre los pacientes que ya tenían de antes y los que acababan de llegar, encontrándose desbordados.
Prácticamente todo elfo u hombre que sabía curar estaba en ese momento ocupado a las órdenes de alguien, bien Círdan, bien Celeborn, Lólindir o Elrond. Glorfindel y otros tantos ayudaban a traer medicinas, mantas o lo que se les pidiese; habían de ser raudos no sólo por los heridos sino porque cuando todas las tropas que en esos momentos guerreaban volvieran al campamento el trabajo se duplicaría.
Cuando los numenóreanos llegaron de la batalla ya había mucho hecho y el tener pocos heridos hizo que pudieran ser acoplados a las tiendas sin mayores incidentes.
- Ya va todo funcionando con normalidad, mellon - Glorfindel tomó a Elrond del brazo y prácticamente le arrastró fuera de las tiendas de los heridos - Si no quieres darles trabajo a los otros sanadores, yo mismo te asistiré.
Elrond sonrió levemente al ver con qué devoción se preocupaba por él a pesar de que el mismo Glorfindel tenía todo el aspecto de necesitar un descanso de muchas, muchas horas.
Entraron en la tienda que el heraldo compartía con Círdan, Celeborn y Thranduil, y si alguien les hubiera visto habría pensado que se habían dejado caer sobre las mantas en que dormían. Elrond respiró todo lo profundamente que fue capaz y se pasó la mano por el rostro tiznado de polvo oscuro, apretando los ojos.
- Ha sido un día muy largo… - suspiró cansadamente Glorfindel moviéndose hasta quedar frente a él. El costillar le dolía a rabiar del golpe que le propinara el troll, pero antes que nada estaba su amigo - Dime, ¿cómo puedo ayudarte?
- Tengo que quitarme la armadura - le dijo en un suspiro - Empieza por aquí, por favor… - Glorfindel se aplicó a la tarea encomendada, sacándole la malla de acero que llevaba sobre el pectoral por la cabeza.
No bien habían empezado con las correas laterales cuando Isildur apareció de pronto en la tienda, el rostro desencajado. Aún llevaba la armadura, que estaba sucia de una sangre que no parecía ser suya.
- Maestro Elrond, ¡mi hermano se muere! - Le dijo con angustia desde la puerta de lona. Glorfindel fue a replicar que buscara a otro sanador, pero el medio elfo le tomó del brazo para silenciarle.
- ¿Qué le ocurre a Anarion?
- ¡¡Esos sucios orcos le lanzaron una flecha envenenada!! - exclamó furibundo antes de que su expresión se oscureciera de preocupación - Los otros sanadores me han dicho que quizá tú puedes ayudarle…
- Tráele aquí - Isildur salió corriendo de la tienda y el medio elfo, que podía escuchar perfectamente los reproches de su amigo sin que éste abriera la boca, hizo caso omiso a su mirada. No iba a quedarse sentado a ver cómo alguien moría, menos aún alguien de su propia familia.
No pasó apenas tiempo desde que Isildur se fuera hasta que volviera con su hermano colgando lacio entre sus brazos, la melena rizada revuelta y los ojos azules abiertos al igual que los labios, que parecían cuarteársele por momentos.
Le habían quitado la armadura y habían abierto la camisa que le cubría el torso musculoso, dejando al descubierto la herida sangrante que le había hecho la flecha cerca del hombro izquierdo. Había sido removida, pero el veneno había penetrado ya en su sangre.
- Déjanos solos, Isildur… - Le dijo Elrond poniendo la mano sobre los ojos del yaciente y cerrando los suyos. Antes de que el hombre pudiera replicar, Glorfindel se abalanzó sobre él y le sacó de la tienda.
- Si quieres que tu hermano tenga una oportunidad, déjale hacer - Le dijo el rubio quizá con más rudeza de la necesaria. Por unos momentos pareció que el numenóreano iba a forcejear con él, pero Isildur agitó levemente la cabeza y se marchó cabizbajo.
- ¿Cómo puedo ayudarte? - Le preguntó momentos después arrodillado a su lado. Vio que movía la mano sobre la herida, los ojos fijos en alguna parte pero sin ver realmente.
- Pregunta si hay flor de asphodhel… y trae vendas…
El elfo de Gondolin acomodó al herido de la mejor manera que supo y partió a cumplir sus otros encargos, regresando poco después. Vendaron la herida envuelta en los aromáticos pétalos de flores, y Glorfindel esperó un rato para repetir su pregunta.
- No hay nada más que puedas hacer - Murmuró Elrond, los ojos cerrados y el ceño fruncido por la concentración. El rubio le miró, la cabeza ligeramente ladeada, y suspiró.
- Estaré fuera, por si soy necesario…
La noche cayó en la tierra de Mordor como un espeso velo opaco, y Glorfindel aún seguía montando guardia en la puerta de la tienda. Como un animal abandonado, Isildur había rondado el lugar un par de veces sin acercarse demasiado mas Celeborn, en el momento que vio la situación entró en la tienda sin dudar.
El elfo de Doriath se detuvo nada más entrar, esperando que Elrond notara su presencia, y agitó la cabeza al ver que no daba signos de ello. Se agachó a su lado y no le hizo falta mucho para comprender que su tiempo en la Tierra Media se había agotado. Sólo le mantenía en este mundo la fuerza de voluntad del sanador.
- No hay nada más que puedas hacer por él. Déjale marchar - la voz de Celeborn era suave a pesar de la crudeza de sus palabras, pero suspiró al ver que Elrond no parecía hacerle caso. El desconocimiento le llevó a sujetarle de un hombro para intentar dar énfasis a sus palabras, y cuando se derrumbó sin poder contener un grito Celeborn le cogió en sus brazos no sin cierto susto.
- No sé que he hecho, pero no fue intencionado - Murmuró sujetándole por la cintura y atrayéndole contra sí, dejando su cabeza apoyada en su hombro. Acto seguido llamó a Glorfindel, que no tardó nada en entrar en la tienda.
Con un revolver de lona entró Isildur, si bien quedó en la puerta al ver la palidez de la muerte en su hermano. Los ojos oscuros se le encendieron como carbones y se fue contra ellos con una ira que hizo que Glorfindel se pusiera en pie como un resorte.
- Cálmate, Isildur - Le dijo Celeborn seriamente incluso antes de que hiciera nada.
- ¡¡Has permitido que mi hermano muera!! - Gritó, e intentó abalanzarse sobre Elrond, pero Glorfindel le cerró el paso. Como buen numenóreano, Isildur no se amilanó y le dio un fuerte puñetazo al rubio en la mandíbula que le hizo trastabillar.
Conteniendo un gruñido de rabia, Glorfindel le cogió de los brazos y forcejeó con él, sacándole fuera de la tienda casi a empujones.
- ¡Basta! - la voz de Celeborn era tan fría como sus ojos, y fue suficiente para que el numenóreano dejara de pelear - Elrond ha hecho lo que ha podido por tu hermano - Dijo secamente parado en la entrada de la tienda, los brazos cruzados sobre el pecho.
- ¡¡Si no hubiéramos ido a salvarles no hubiera muerto!!
- Tu hermano encontró su destino en el campo de batalla como tantos otros antes que él- Gruñó Glorfindel, las manos fuertemente apretadas en los brazos de Isildur.
- ¡Esto nunca debiera haber sucedido…! - El hombre parecía flaquear, y Celeborn casi suspiró.
- No, ciertamente. Pero el que descargues tu ira sobre nosotros no servirá de nada. Guarda mejor tus energías para las batallas contra sus asesinos - Isildur bajó la cabeza, los ojos empañados, y soltó los antebrazos del elfo. Cuando habló parecía totalmente otra persona.
- Disculpadme, yo… - se trabó, y tuvo que aclararse la garganta para continuar - Dadle las gracias al maestro Elrond de mi parte. Iré…. Iré a avisar a mi padre… - Cabizbajo, el primogénito del Rey Elendil partió solo a su tienda.
Cuando entraron en la tienda, Elrond estaba tratando de levantarse.
- ¿Dónde vas? - Le preguntó Celeborn agachándose junto a él. Glorfindel se dejó caer a su lado frotándose la magullada mandíbula y soplando. Isildur nunca le había caído especialmente bien….
El medio elfo le miró sin saber qué responderle y Celeborn le obligó a permanecer sentado, comenzando a quitarle la armadura.
- Esto no es necesario, Celeborn, estoy bien… - Le dijo intentando detenerle. El elfo de Doriath arqueó una ceja a su miserable intento y le soltó la capa, apartándola a un lado. Glorfindel miró a su amigo sin comprender, y quedó aún más confundido al leer una muda petición de ayuda en sus ojos.
- No es necesario que te molestes… - Volvió a intentar, esta vez sólo de palabra.
- No es molestia - le dijo tajante - Ayúdame, Glorfindel, y terminaremos antes - Le pidió, y bajo la mirada suplicante de Elrond siguió con la tarea que comenzara antes de la llegada de Isildur.
Bajo sus manos Celeborn podía sentir perfectamente la tensión de su cuerpo, y puso especial cuidado a la hora de soltar los correajes del peto, pues unían las láminas sobre los hombros y en el lateral izquierdo.
Elrond miraba a un lado, el peso del cuerpo apoyado en la mano que a veces se crispaba sobre la manta en la que estaba sentado. Cada correa que soltaban para aflojar su armadura agudizaba el dolor latiente en su hombro a la vez que llevaba a Celeborn más cerca de lo que llevaba diez años ocultándole.
Era inevitable, pues de ninguna manera podía negarse abiertamente a aceptar su ayuda sin dañar más su relación. Aunque, pensó, después de que viera la joya de su hija colgando de su cuello estaba seguro de que no volvería a hablarle…
Aguantó la respiración cuando Glorfindel soltó la placa en forma de pétalos que hacía las veces de hombrera, y volvió la mirada hacia un lateral, encontrándose con el cuerpo de Anarion.
Cerró los ojos, sintiendo su fracaso como una losa sobre su fëa y, cuando el elfo de Doriath desencajó completamente la armadura dorada para sacársela Glorfindel tuvo que sujetarle, pues perdió el conocimiento.
- Mejor así… - murmuró Celeborn dejándola a un lado. Puso las manos sobre su espalda sin tocarle y al ir recorriéndole fue imaginando su caída - Debió caer sobre las piedras. Hay un par de fracturas aquí que estaban mayormente inmovilizadas con la armadura…
- ¿Cómo vamos a quitarle la cota? - Una vez hubo terminado el diagnóstico, Glorfindel dejó a su amigo boca abajo en el suelo y dejó escapar un largo suspiro.
- Eso lo dejaremos a las expertas manos de los herreros - comentó agitando la cabeza - Ve quitándote la armadura. Mientras trabajan me ocuparé de tus heridas…
- Caballero Celeborn, he terminado…- Le dijo el herrero elfo poco después con una pequeña inclinación. Con gran habilidad había cortado una fila de eslabones en la mitad de la espalda de forma que después fuera sencillo repararla. Glorfindel gimió al tirar Celeborn de las vendas en sus costillas, pero pronto notó que le era mucho más cómodo moverse tras su ayuda.
- Gracias, puedes retirarte… - El herrero se inclinó ante ellos una vez más y salió de la tienda, dejándoles a los tres solos pues, en el tiempo en que había estado trabajando, Isildur había vuelto con un par de sus hombres y unas parihuelas para llevarse el cuerpo de su hermano.
Glorfindel tomó a Elrond en sus brazos de nuevo para facilitarle el trabajo a Celeborn y se sorprendió cuando vio que el de Doriath se había detenido sin terminar de quitarle la cota. Entonces vio algo brillante en el cuello de su amigo e inclinó la cabeza para poder verlo, quedándose sin palabras.
La joya de Celebrían.
Eso era lo que querías decirme... Pensó arrugando un poco el ceño al ver la expresión de Celeborn.
El elfo plateado le quitó lo que quedaba de armadura y tomó en su mano el colgante que hiciera Celebrimbor, viéndolo brillar unos instantes antes de cerrar los dedos sobre él.
Dio un tirón y la cadena se partió, quedando la joya en su mano. Después miró a Glorfindel, los ojos grises como nubes de tormenta, y el de Gondolin agitó levemente la cabeza.
No tenía ni idea de que Elrond lo llevara, aunque sabía perfectamente cuándo se lo había entregado…
Después del descubrimiento ninguno de los dos volvió a decir nada, limitándose a trabajar en silencio.
Un rato después, Celeborn salió de la tienda con la joya apretada en su mano y el gesto del que va a asesinar a alguien. Casi todas las tiendas en el campamento estaban a oscuras, y el elfo se obligó a pasear entre ellas sin rumbo fijo. Si alguien le vio pasar, no dio señales de ello.
Sintió el fëa de Galadriel como una brisa en la suya y no rechazó la calma que traía. Se detuvo y miró al cielo encapotado. Deseaba abrazarla y hablar con ella, pues la extrañaba mucho, sobre todo en momentos como aquél. Con sus manos suaves y su voz dulce siempre sabía cómo calmar las tempestades…
De pronto, una mano sobre su hombro le hizo volver la cabeza. El alto Rey de los Noldor estaba a su lado, el pelo oscuro y suelto sobre los hombros. Elendil y él habían llegado hacía poco tiempo y acababa de volver de presentar sus respetos al difunto Anarion, dejando al Rey de los hombres y su hijo lidiar con su pérdida en la intimidad.
- ¿Cómo está Elrond?
- Duerme - Le dijo secamente, lo que hizo que el rey arqueara las cejas.
- ¿Hay algún problema, mellon? - Celeborn se mantuvo en silencio, y Ereinion le preguntó - ¿Quieres hablar de ello?
- No.
- ¿Y escuchar a un Rey amargado? - El de Doriath le miró interrogante y vio en sus ojos abatimiento y… ¿resignación? Por unos segundos recordó el día ahora tan lejano en que ambos combatieron en Imladris, cuando Gil Galad le habló de la guerra.
Los amigos comenzaron a andar por entre las tiendas desiertas hasta encontrar un lugar donde pudieran estar tranquilos. Se sentaron en una roca oscura como todo allí en Mordor y miraron al frente. El Orodruin, llamado Monte del Destino pues de lanzar en él el Anillo de Sauron dependía el futuro de la Tierra Media, ardía y boqueaba a lo lejos, coloreando el cielo de naranja. Hasta donde les llegaban los ojos no había más que oscuridad en la yerma llanura de Gorgoroth, pues sabían que los ejércitos enemigos se hallaban concentrados junto al volcán.
- No falta mucho para que esta guerra concluya - le confió el Rey a Celeborn sin apartar la vista del Orodruin - Un año, a lo sumo, y volveréis a casa.
- Eso es una buena noticia… pero no comprendo por qué no te incluyes.
Ereinion tomó una roca del suelo y la lanzó con fuerza a lo lejos antes de mirar al cielo.
- En Mordor no brillan las estrellas… - suspiró - Encontraré mi destino pronto, en la batalla más importante de esta Edad.
Celeborn se quedó sin palabras mirando a su amigo, que tenía la vista perdida en el horizonte y una suave sonrisa en los labios.
- Mis antecesores murieron en la batalla, y lo mismo haré yo.
- No tiene por qué ser así - Fue lo único que alcanzó a decir el Sindar, y Gil Galad le puso la mano en un brazo.
- Cierto… Pero lo será. ¿No notas cómo crece la Sombra? El final se acerca… - Su voz se convirtió en un susurro, y Celeborn sintió que se le encogía el estómago al sentir la presión de sus dedos en su brazo.
- No pongas esa cara - le dijo, como de costumbre, sin perder el buen humor - He tenido una vida plena, llena de amigos. No fui padre, pero encontré dos hijos en el camino… He participado en las grandes batallas de mis días, y Sauron caerá para devolver la paz a nuestras razas. ¿Qué más puedo pedir?
- Ereinion…
- Quizá, un favor. Sé que es una tontería pero… ¿Estarás al lado de Elrond cuando yo falte?
El elfo plateado se mordió el labio y giró la cabeza para que su amigo no viera su expresión. Sus dedos juguetearon con la cadena del colgante inconscientemente, y suspiró.
- Estaré, mellon…
Hado i philinn! : Soltad las flechas!
Tangado haid! : Mantened las posiciones!
Herio!: Cargad!
Mellon: Amigo
Fëa: Espíritu
