Venga va, que cierro el fic de una vez.
Enjoy!
Clarice agachó la cabeza y pasó lo más rápido que pudo tras la nube de periodistas que se habían congregado a las puertas del palacio de justicia de Memphis, donde habían recluido a Lecter. Chilton, en medio de todos ellos, respondía con una gran sonrisa a las preguntas con las que los reporteros le bombardeaban.
–Gilipollas —pensó Clarice mientras ascendía las escaleras.
Dentro, un gran número de policías, distribuidos en pequeños grupos, vigilaban cada puerta del hall, dejando claro que si Hannibal trataba de escapar, lo tendría sumamente complicado. Varios de los agentes repararon en la presencia de Clarice; pero sin hacerse demasiadas preguntas. Su veinticinco años conseguían que los hombres la mirasen sin motivo.
Se dirigió al centro de control, donde tres agentes vigilaban el acceso de personal a la planta en la que se había instalado la celda de Lecter.
—Lo siento, señorita, no está permitido el acceso a la prensa —un hombre uniformado, de mediana edad, la bloqueó el paso. Clarice observó su identificación y comprobó que estaba ante un sargento.
—No soy periodista —respondió mostrando sus credenciales.
—¿Viene con los de la oficina del fiscal? —Clarice negó
—Ayudo al doctor Chilton con Lecter —replicó ella haciendo enormes esfuerzos para no sonreír ante la idea de ella prestando su ayuda a aquél pomposo personaje.
—Disculpe, hemos tenido una mañana movidita —respondió el sargento Tate sonriendo—. No todos los días se tiene al doctor Lecter en el estado de Tennesse. Los chicos querían verle en persona —dijo señalando con la cabeza a un grupo de policías próximos a la mesa.
—Es algo excepcional, si —respondió Clarice mostrando una sonrisa amistosa—. ¿He de firmar antes de subir?
—¡Oh, si! Reglas estrictas del doctor Chilton. Incluso él firma cada vez que accede al ascensor.
—Toda precaución es poca —sonrió Clarice.
—Deberá dejar aquí el arma…
—Lo suponía —dijo mientras sacaba las balas del revolver con total maestría. Depositó las balas sobre la mesa y le entregó al sargento Tate el revolver por la culata.
—Es más seguro subir allá arriba sin armas. Cualquiera tendría tentación de meter una bala por el culo de ese hijo de puta, ¿verdad? —Clarice no respondió—. Vernon, acompáñala —le dijo a uno de los dos vigilantes de la mesa mientras tomaba el teléfono y daba los datos de Clarice. Los agentes, visiblemente excitados por la presencia del doctor Lecter, comentaban en voz alta los crímenes que este había cometido dentro de los Estados Unidos. Clarice trató de obviar los comentarios personales de los policías y siguió al vigilante hacia el ascensor.
—¿Le conoce? —preguntó el hombre una vez que se pusieron en marcha. Clarice le miro interrogante—. Al doctor Lecter, ¿le conoce?
—Si.
—¿Es verdad lo que cuentan de él? —los pequeños ojos del vigilante brillaron en una mezcla de emoción y terror.
—¿Qué es lo que cuentan de él? —preguntó Clarice como si se dirigiera a un niño.
—Que es un vampiro —respondió el vigilante en voz aun más baja, como si temiera que el propio doctor Lecter escuchara sus palabras.
—Creo que no existe un calificativo para nombrar al doctor Lecter —respondió ella en tono tranquilizador. El vigilante no volvió a decir nada más en el tiempo que duró el corto trayecto hacia el quinto piso.
—Siga todo recto, señorita —el vigilante miraba hacia el fondo del pasillo, a una gran puerta acristalada. Clarice notó el miedo en sus ojos, como si en lugar del doctor Lecter, la sala estuviera ocupada por el mismísimo diablo.
—Muchas gracias —respondió ella.
Clarice caminó por el largo pasillo sintiendo una presencia junto a ella. Sabía que Lecter estaba cerca, podía notarle. La única luz que podía seguir era la que salía de la sala del fondo, por lo demás, el pasillo estaba completamente a oscuras.
Dos agentes hacían guardia en la sala. El más cercano a Clarice, un hombre menudo era el encargado de recibir a los agentes en la mesa de entrada. El otro, que no se movió al escuchar a la chica, permanecía sentado frente a la celda, vigilando que el prisionero no intentara suicidarse.
Al verla entrar, el agente de la mesa se levantó de golpe y se acercó a ella.
—¿Tiene autorización para hablar con el prisionero, señorita?
—He hablado con él en más ocasiones, precisamente por eso estoy aquí —respondió Clarice haciendo ver que perdía la paciencia. El agente sacudió la cabeza y regresó a la mesa. Dos porras, varios botes de aerosol cargados con gas irritante y un teléfono decoraban la pequeña mesa de plástico. Tras el agente, un objeto inmovilizador de gran tamaño reposaba pegado a la pared.
—Sabe que no puede pasar las zona de protección, ¿verdad? —preguntó señalando con su rechoncho dedo una barrera policial a rayas naranjas y amarillas y con focos intermitentes. Clarice calculó que la distancia entre la barrera y la celda sería de dos metros. A la derecha de la celda, había un perchero metalizado con el vestuario de seguridad de Lecter; una máscara y una camisa de fuerza de cuero reforzado y dotada con grilletes de seguridad.
Clarice vio a Hannibal dentro de la celda. Estaba de espaldas a ella, profundamente sumido en la lectura de un libro de ajadas cubiertas. La celda estaba en medio de la gran sala; era una estructura metálica, semejante a las jaulas del zoológico, de gruesos barrotes metálicos que llegaban hasta la altura del techo. El suelo estaba formado de una única y pesada plancha metálica sobre la cual estaban perfectamente anclados todos los elementos. El catre, ligeramente más grande que el de la mazmorra, estaba en el lateral izquierdo. Varias correas colgaban hacia el suelo. Las correas con las que, por las noches, atarían al prisionero para comodidad de todas las personas que hubiera en el edificio.
Las paredes y el techo, formados por unas fuertes planchas metálicas casi idénticas a las del suelo, estaban pintados completamente de blanco. Un único y potente foco alumbraba la estancia y el color de las paredes se ocupaba de hacer rebotar la luz creando una perfecta iluminación.
Del doctor Lecter solo podía distinguir la cabeza. El uniforme que habían elegido para él era del mismo color blanco que las paredes, lo cual llevaba a Hannibal a parecer camuflado entre aquellos barrotes. Su liso pelo castaño brillaba bajo el foco. El doctor ya había notado su presencia cuando ella se acercó.
—Buenos días, Clarice —saludó sin volverse. Continuó leyendo bajó la intensa mirada de Clarice hasta que llegó al final de la página. Cuando terminó de leer, giró la silla quedando cara a cara con la chica. Una gran sonrisa iluminó su rostro. Clarice pensó que se veía muy diferente fuera de la mazmorra de Chilton—. ¿La han vuelto a dejar salir a jugar conmigo? ¿Uhm? —de pronto Clarice sintió miedo. Las dudas comenzaron a agolparse en su cabeza, no sabía si debía estar ahí y no sabía como se lo podía hacer saber al doctor.
—Quería pedirle disculpas por el trato que recibió en Baltimore, doctor Lecter —comenzó con torpeza.
—¿Ha hecho ochocientos kilómetros para pedirme disculpas por algo que no hizo? —preguntó con gran ironía—. Eso es interesante.
—Me pareció vergonzosa la actuación de Chilton.
—Aquí se mantiene un poco más a raya. Por eso de que le están vigilando más de cerca.
—Veo que tiene mejor las heridas.
—Debo darla las gracias por su insistencia. La herida de la ceja estaba infectada cuando Barney me ayudó a curarla.
—Barney debería decir lo que vio.
—Barney es una marioneta, Clarice. Es buena persona, pero en su situación no es conveniente que se ponga en contra de la mano que le da de comer.
—Usted no fue el primer al que Chilton pegaba, ¿verdad?
—No puedo decirla, Clarice. Mi celda estaba al final del pasillo y era bastante difícil para mi saber lo que acontecía en las demás.
—Bien supo lo que ocurrió con Miggs —respondió ella.
—Miggs tuvo lo que se merecía. Este donde esté, ese pobre diablo se encuentra en un lugar mejor que aquellas cuatro paredes, créame.
—Sobre el caso de Buffalo Bill…
—La han sacado del caso, Clarice. No veo motivo para seguir hablando de ese hombre con usted.
—La vida de Catherine Martin sigue estando en peligro, doctor.
—Y eficientes miembros del FBI están buscándola, si. Estoy al corriente —Clarice bajó la mirada—. ¿Por qué está aquí, Clarice? El caso de la joven Catherine ya no es de tu competencia y deberías estudiar para tus exámenes—dijo alzando la voz. La chica se giró para comprobar que ambos agentes habían desaparecido de la sala y aprovechó ese momento para traspasar la barrera policial bajo la atónita mirada de Hannibal.
—Dígamelo usted, doctor Lecter —Clarice se había agarrado con fuerza a las barras de la celda y Hannibal vio que entre los dedos de la mano derecha de la chica, brillaba un objeto. Se puso en pie y caminó hacia ella—. Dígame qué hago aquí.
—¿El FBI la ha traicionado, pequeña Starling? —su voz era suave y aterciopelada, el tono mantenía a Clarice en un estado parecido al adormecimiento. Cuando hablaba con ella siempre usaba un tono bajo, casi un susurro, que se metía dentro de Starling con suavidad y la dominaba por completo.
—Esta no es la ley por la que murió mi padre —musitó mientras Hannibal ponía sus manos sobre las de ella. La proximidad, ese frágil contacto, fue como una descarga eléctrica para ambos.
Hannibal acarició los dedos de Clarice en busca del objeto brillante y ella sonrió al ver sus intenciones.
—¿Y ve usted esto correcto? —preguntó cuando llegó hacia el pequeño tubo metálico. Clarice se encogió de hombros sonriendo—. ¿Ha renunciado a su carrera como agente federal? ¿Tan pronto?
—Considero que hay cosas más importantes que seguir lamiendo el culo a una panda de hipócritas que hacen la ley como les conviene —Hannibal alzó las cejas completamente impresionado por aquella revelación.
—Te has arriesgado demasiado, Starling —el corazón de Clarice dio un fuerte golpe al escuchar como se dirigía a ella de manera informal—. ¿Tan segura estás del futuro? ¿Y si no hay reciprocidad? ¿Uhm?
—Supongo… Hannibal… que de haber sido así, la noche del motín no te hubieras tomado tantas molestias en salvarme, ¿uhm? —la lengua de Hannibal se asomó entre sus rojizos labios. Clarice observó con atención el recorrido del músculo mientras, inconscientemente, comenzaba a morderse su propio labio.
—Eres una valiente guerrera, Clarice. Demasiado joven y con muchas cosas por aprender, pero valiente.
—Confío en que puedas mostrarme todo lo que desconozco. Tengo ahora mucho tiempo libre —respondió con ironía.
Hannibal separó sus manos, de golpe, de las de Clarice y esta se sorprendió. El doctor dio un paso atrás y cerrando los ojos sonrió.
—Doctor Chilton —anunció.
—¿Qué...? —Clarice no entendió que Chilton estaba detrás de ella. Cuando la agarró por el codo, la chica se sobresaltó.
—Al ascensor.
—¡Suélteme!
—Su superior ha sido avisado. Al parecer, no tiene ni permiso ni motivo para estar aquí —respondió tirando de ella. Hannibal no pudo evitar dar un paso hacia delante cuando vio el gesto de dolor en la cara de Clarice. Los dos agentes se ocuparon de la chica y Chilton les adelantó para abrir camino.
—¡Clarice! —gritó Hannibal. La chica consiguió zafarse de las manos de los agentes y corrió hacia la celda—. Gracias —sonrió guiñándola un ojo.
—En Florencia siguen chillando los corderos. ¿Me ayudarás a calmarlos? —susurró antes de que los agentes se arrancaran, de nuevo, del lado de la celda.
—Nada me gustaría tanto, Clarice.
Hannibal permaneció junto a los barrotes hasta que Clarice desapareció de su campo de visión. Cuando se quedó solo en la sala, alzó su mano izquierda y vio relucir, entre sus dos dedos corazón, el pequeño tubo metálico que Clarice le había entregado. Sonrió complacido y se volvió hacia la mesa.
Pronto volvería a estar junto a su Clarice, y esta vez sería para siempre.
¿Qué queréis que diga a parte de que gracias por aguantarme? Pues eso... que dejéis un RW o un MP.
