Ladybug y Marinette habían terminado de pelear contra un akuma. Estaban cansados, pero como siempre habían ganado la batalla. El problema era que los akumatizados cada vez eran más poderosos, entonces era más complejo poder derrotarlos.

Al haber utilizado su poder especial, Adrien volvió a la normalidad. Pero como quería volver a casa antes de que su padre sospechara algo, se transformó de nuevo. Camino a casa vio algo que llamó su atención y bajó al parque.

Ahí vio a Marinette sentada en el suelo, mientras observaba de modo afligido una caja, una caja de gran tamaño.

—¿Tienes un problema, princesa? —preguntó Chat Noir.

Marinette ni siquiera se levantó, tampoco le regaló una leve sonrisa o algún tipo de mirada. Eso alertó a Chat Noir, ¿y si había sido afectada por el último akuma? Bueno... se supone que el poder de Ladybug arreglaría todo, así que no era una opción.

—¿Qué sucede? —volvió a preguntar —. Si necesitas ayuda, yo te puedo ayudar —le dijo.

Marinette soltó un suspiro cansino. No dijo nada, simplemente se levantó del suelo y dándole una breve mirada (que demostraba lo cansados que estaban sus ojos) señaló la caja. Chat Noir seguía sin comprender absolutamente nada, pero de todas formas se acercó a la caja y la observó.

Su cola se levantó debido a la impresión, incluso su boca se abrió más de lo necesario.

—¡Meow! —exclamó sorprendido. Fue lo único que se le ocurrió.

Dentro de esa caja había un montón de gatos bebés, eran gatitos realmente pequeños, seguramente ni siquiera podían tomar leche por su cuenta.

—Son demasiados gatos —dijo.

—Diez.

—¿Disculpa?

—Son diez gatos —aclaró Marinette —. Los conté —explicó, aunque lo vio innecesario —. No puedo creer que alguien haya tirado diez gatos a la basura, son unos malditos —hizo puños sus manos.

Chat Noir volvió a ver la caja.

—Y esa mamá gato sí que fue infiel, todos son distintos —intentó bromear, pero no le salió para nada bien —. Marinette, las personas malas siempre existirán —era doloroso pensar en eso, pero era cierto. Sobretodo en París, donde incluso había villanos con poderes inimaginables.

—Son gatos, son bebés, son indefensos. No tendrían que haberlos tirado —Marinette sacó a una gata de pelaje naranjo con algunas manchas negras, era muy bonita y se había enamorado completamente de ella. La acarició y la abrazó con ternura, sus ojos eran celestes.

Chat Noir se agachó para acercarse levemente al felino. Era la cosa más pequeña que alguna vez había visto, o quizás era del tamaño de Plagg, así de diminuta. Sintió ternura y una gran indignación.

—Deberías llamar a un refugio.

—¿Para qué? Los refugios están llenos, las personas jamás adoptan, es triste, pero es complicado que esas cosas funcionen.

Marinette tenía razón. La realidad era que las personas no tenían consciencia animal, no los respetaban, no los cuidaban e incluso eran capaces de tirarlos a la basura.

—No te preocupes, deja todo en mis patas —dijo mientras le guiñaba un ojo de modo cómplice.

Chat Noir levantó la caja y se llevó a los nueve gatos. Nueve, porque Marinette no soltó a la gata naranja, quería quedársela y cuidarla.

Marinette consiguió el permiso temporal de sus padres. La historia de la gata los enterneció y por eso decidieron aceptar de modo temporal. Marinette la acomodó en su habitación. Primero colocó una almohada en su cama, en los pies. Luego a la gata y la tapó con una toalla.

Lo importante era mantenerla en calor. También le daría leche, pero con una jeringa o algo así. Sus padres le prometieron que mañana llevarían a su gata al veterinario, así que se sentía tranquila.

Sintió unos golpes en el balcón. Subió la escalera y abrió. Se topó con Chat Noir, quien bajó la escalera y se sentó junto a la gata, la acarició con ternura.

—Es toda una princesa.

—Acertaste —sonrió Marinette.

—¿Perdona?

—Se llama Princesa —Chat Noir sonrió de modo orgulloso —. Siempre me dices así, así que prácticamente tú la nombraste.

—¡Me parece un nombre prrrrfecto! —sonrió él.

Chat Noir le contó que había ido a la Torre Eiffel y que se quedó parado ahí junto a todos los gatitos. Como es un superhéroe las personas se acercaron a él. Muchos le pidieron fotografías u autógrafos, otros simplemente estaban preocupados de que hubiese un akuma cerca. Él aprovechó su fama y popularidad para contar la historia de los gatitos y buscar dueños responsables. Estuvo en eso toda la tarde, porque no todo el mundo quería gatitos. Aunque gracias al cielo, todos los gatitos encontraron hogares nuevos.

Marinette se enterneció tanto con la actitud de Chat Noir que no pudo evitar levantarse y darle un abrazo, un abrazo lleno de agradecimiento y felicidad. Se sentía en deuda con él. Además, besó su mejilla.

Ella bajó la escalera y fue a la cocina. Tomó pie de limón que sus padres habían hecho, eran miniatura. Llevó tres, todos para Chat Noir. Se los entregó con bandeja y todo. Le dijo que le debía el té, es que no quería hacer demasiado ruido.

—¡El mejor pie de limón que he comido! —exclamó Chat Noir feliz.

Marinette sonrió simplemente.

—¿Sabes algo? Cuando sucedió todo lo de los gatitos, recordé el desayuno junto a tus padres, cuando tu padre dijo: "Ya me imaginó a los gatitos corriendo por todas partes" —comentó Chat Noir entre risas.

Chat Noir pensaba que Tom se refería a que tendrían muchos gatitos, algo así como los que habían visto hoy y que todos esos gatitos serían desordenados y cometerían muchas travesuras. Era algo tierno.

Marinette en cambio había imaginado que su padre con "gatitos" se refería a hijos, no a felinos reales. Porque claro, él es técnicamente un gato, ella una chica común. Bueno... esa era su lógica. Ahora dudaba un poco de sus pensamientos.