now, this IS, the Fanfic


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Elizabeth

Una carta al olvido, una vez más. Como siempre.

"Estaba encerrada, o al menos así me sentía. El cuarto no era más que una maldita…bueno, no maldita, he leído muchas cosas que clasificaron malditas, pero eso no importa.

He mejor dejar de pensar, ¿Cierto?, mi padre, perdón, "Padre", como le gusta que le diga sin el prefijo, inútil en este caso es… Bueno eso tampoco importa en este momento. Lo que quiero contar aquí…no, no es eso. ¿Plasmar?

Supongo que sí, deseo plasmar la agonía del sofocamiento. He leído un método por el cual las palabras explican sentimientos humanos, y los sentimientos humanos son dañinos…o así me ha dicho mi padre.

Otra vez no viene al caso,

He pensado que el aislamiento como método de… ¿contención? ¿de ayuda?, como suele explicarme Padre ante la situación se reduce a un mero concepto sin significado, ya que el contexto no implica, o más bien, no se aplica en el contexto en el que me siento, nuevamente, disculpen por la empatía hacía conceptos, mi padre me lo ha prohibido, al igual que la música.

¡La música!, ¿podeís creerlo?, perdón, las palabras usadas no van al caso. Debo decir en mi defensa que el hecho, de ese concepto, es que he descubierto que la música no es más que un conjunto de patrones, sonidos, letras, y ¿ritmo?, no se sí así se usara generalmente, luego lo averiguaré el motivo que causa a una persona usar la palabra "prohibición", porque Padre no puede estar equivocado, ¿verdad?..."

La carta fue arrugada y tirada al suelo.

— Esto es imposible… ¡Imposible! —Chilló Elizabeth frustrada. Pero antes de que pudiera causar más acalerres, el sonido robótico de otro chillido que conocía perfectamente retumbó por las paredes del lugar.

— ¡Oh!, ¡Amigo! —gritó con alegría Elizabeth — No podrás creerlo, la verdad no me es posible aun dominar el género literario de expresión que Padre me ha enseñado — Un nuevo chillido metálico desgarró el aire, ella supo enseguida que se trataba de una invitación a continuar hablando — El Ensayo, odio hacer ensa— El chillido cortó sus palabras. Elizabeth supo que no debía decir mas— Seguiré intentándolo, mi querido amigo. Deberas, créeme.

Y la niña esperó hasta oír el zumbido provocado por el movimiento del aire fuera de la cúpula del salón. Solo hasta ese momento se sintió libre de suspirar resignada.

Otro día más sin respuestas a sus preguntas…

..Bueno, deberá buscarlas por si misma, ¿Verdad?

— Elizabeth, ¡pequeña! — El hombre entra a la habitación con una sonrisa. Y todas las preguntas que quería hacerle se le olvidaron

— ¡Padre!