Capítulo 3

Disclaimer: Naruto le pertenece a Kishimoto M.


Se despertó desorientada... y adolorida. Intentó desenredarse de sus sabanas, cuando al mirar a un lado, vio su osito tirado al suelo. Su rostro se incendió, recordando la noche.

Cubrió su carita, hecha un manojo de vergüenza, sin saber cómo enfrentaría al hombre cuando lo viera... después de esa anoche. Recordaba sus besos, el toque de sus manos, su voz ronca murmurar suciedades en su oído, y la sensación extraña de aquella carne gruesa moverse con agilidad en su interior, que en nada se pareció a la desagradable mano de su abuelo.

Se tapó la cabeza con las sabanas en inconsciente acto de protección, gimiendo de la pena. Si era sincera con ella misma, aquello, todo aquello que le había hecho le había gustado, y mucho. ¿Sería así siempre?

Aterrorizada como estaba de ser tocada por un hombre, jamás imagino que la experiencia llegase a ser tan embriagadora. Entendió que le habían mentido. Le habían dicho desde la primera vez que sangró, que era una mujer y que cuando le tocara complacer a un hombre, sería su deber de someterse a sus desagradables caricias.

Se sentó en la cama, sintiendo sus partes íntimas incomodas y sensibles al tacto. Se levantó, sintiendo sus piernas temblar levemente. Cargó su osito, avergonzada de haberlo tirado a un lado, y lo colocó en su mesita de noche. En realidad no era la primera vez que lo veía tirado. Madara se encargaba por las noches de arrojarlo, y suplantar su puesto junto a su pecho.

¿La querría? O es que quizás él se comportaba así con todas sus mujeres. No era tonta. Un hombre como Madara seguramente se acostaba con muchas. Había escuchado una vez sin querer, que Natsu desaparecía en su habitación en las noches, y que no volvía a salir hasta entrada en la mañana, toda desarreglada, muy en contra de la apariencia requerida en los miembros de su clan. También advirtió a varias mujeres de su clan, algunas inclusive casadas, mirándolo con deseo. Sin embargo, él la escogió a ella.

Madara no era lindo de rostro como Tokuma o su primo Neji-nii, sin embargo, tenía una personalidad que intimidaba e infundía respeto. Su mandíbula era cuadrada y fuerte, y sus ojos, aunque hermosos, observaban con tal poder de penetración que ella apenas conseguía sostenerle su mirada. Madara exudaba una virilidad de la que ella con su escaso conocimiento de mujer, no lograba ser inmune. Ni decir de su tamaño, era inclusive más grande que Iroha-san, el Hyūga más alto de su clan.

Espabilándose, realizando que no podía quedarse escondida todo el día en la habitación, salió a darse un baño. Sentía su piel pegadiza de sudor seco, y en su entrepierna percibía la presencia de una sustancia viscosa.

Ingresó más tarde a la cocina, para encontrarse que Madara no estaba.

Respiró con alivio, al menos no tendría que verlo de inmediato. Él le había dejado el desayuno casi preparado, solo los huevos frescos yacían en la meseta para ser preparados y se sintió agradecida.

Vio una nota dejándole saber que regresaría pronto, pero que había tenido salir por cuestiones del clan, enrojeció al ver 'te veo luego mi Luna', ese mismo apelativo tierno con que la había llamado en la noche. Hinata suspiró, presionando el papel contra su pecho.

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—¿Te gustan? —sonrió alegre al ver al niño disfrutar con gozo de los o-nigiris de vegetales. Tenía varios arrocitos esparcidos por la cara, dándole mucha gracia porque siempre se las daba de grandecito.

Se estaba encariñando con el crío. A cada rato llegaba a la casa fingiendo aburrimiento, pero le había confesado un día, que cocinaba mejor que su mamá, pero que ni se atreviera a decirle a nadie, porque entonces dejaría de ser su amigo.

Su madre, Mikoto-san, una dama muy amable y educada que vivía contiguo, era la esposa de un primo mayor de Madara, así que eso convertía a Sasuke en sobrino del hombre. El niño también tenía un hermano mayor, de la edad de Hinata, pero a ese no lo conocía. Sabia de él porque el chico hablaba de su aniki todo el tiempo, y como sería tan fuerte como él cuándo fuera grande. Hinata, solo para molestarlo le preguntaba, —pensé que ya eras grande, —él enrojecía y respondía refunfuñando, —¡lo soy! ... solo que... cuando sea más grande.

—Ah, más grande de lo que ya eres. Ya entiendo. —Ella le seguía el juego.

—¿Y que hace esta pulga aquí? —anunció su… –que le llamaba, ¿marido? – por la puerta trasera. Ella se sonrojó, y él como si nada le desordenó el pelo al chico, haciendo que este le gruñera. Él no le hizo caso y se dirigió a Hinata,

—¿Y no hay para mí?

—Cla-claro Madara-sama, —y caminó deprisa a servirle un platico con inarizushis, sus favoritos.

—Yo no soy una pulga, —anunció con vehemencia el menor.

—¿Ah sí? Desde aquí pareces una pulga.

—¡Pues cuando crezca, seré más grande que tú!

—Ah ja ja ja, está bien está bien. Veremos eso, —rio el hombre.

—¡También me casaré con Hinata, así que eres mi rival!

La carcajada de Madara retumbó por toda la casa.

—Pero serás carbón desvergonzado como tu tío, ven acá, —lo agarró por el pescuezo y sacudió rudamente el cabello. —Por eso eres mi sobrino favorito, —dijo a carcajadas, mientras que el pequeño refunfuñando, trataba de zafarse del agarre férreo del hombre.

Hinata, afectada y sonrosada, observó el intercambio con sorpresa. Pensó que la falta de respeto de Sasuke lo haría enfurecer y hasta quizás pegarle, como hubiese sucedido con cualquier niño de su clan en la misma situación, sin embrago, se dio cuenta en ese momento que su marido era más gentil de lo que imaginaba. Su pecho entibió, pensando que quizás un día lo vería con un nene suyo, actuando de igual manera.

—Pues intenta robármela. Pero advierto, te costará mucho, aquí sobra macho para ella, ¿verdad amor?

La carita de la joven hirvió, mientras que Madara reía a costa de ellos. Hinata suspiró sonrosada.

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A veces en las tardes, Hinata entrenaba vigorosamente su Byakugan seguido del almuerzo.

Ese día Madara se había quedado dormido en la sala, sobre el tatami. Le pareció extraño, ya que él siempre se le advertía con mucha energía. Todos los días se levantaba bien temprano, ella apenas lo veía, pero siempre regresaba en las tardes.

Enrojeció recordando sus noches. Después de la primera noche juntos como marido y mujer, Madara la dejó tranquila por un día, solo acurrucándose junto a ella. Sin embargo, después del tercer día, la tomaba todas las noches, sin darle tregua, haciéndola gimotear mucho.

Dormía recostado de lado, con su cabello salvaje cayéndole de lado. Ella le trajo una sabanita cubriéndolo, pero pensó después que quizás aquel gesto fuese innecesario. Madara era naturalmente caliente y no pasaba frio.

Golpeaba el tocón de madera con fuerzas. Cada golpe hacia que la madera estallara en una llovizna de astillas, pero sabía que no era suficiente. Hubiese querido tener a alguien con quien compartir su entrenamiento, quería crecer. Alas, haría lo que podía.

Lo vio antes de sentirlo. Con su Byakugan, reparó en Madara despierto, observándola desde la terraza lateral, con el pecho al descubierto y los brazos cruzados. Trató de no prestarle atención y continuó con su ejercicio. Sin embargo, vio después con su técnica que el hombre se acercaba.

—Te estas entrenando, me gusta eso. Uno nunca sabe lo que pueda pasar.

—Si Madara-sama, —al menos su tartamudeo mejoraba, a la vez que se familiarizaba más con su persona.

—¿Lo haces todas las tardes?

—Casi todas, —respondió cohibida, removiéndose un mechón de la cara.

—Ven, pelea conmigo.

Ella hesitó, no creyendo sus palabras.

—Ven, ¿me temes? — y sin pensarlo más arremetió contra él, puño fino listo para el ataque.

En dos brincos cayó en frente, y sus brazos se movieron agiles para golpearle sus puntos de tenketsu. Sin embargo él, con la agilidad de una pantera la esquivó como si de un insecto se tratara, y le golpeó el costado de su antebrazo, evitando la mano cargada de chakra acercándose a su cuerpo.

Se repitió esto muchas veces, ella se acercaba para darle el golpe, mientras que el a último momento la evadía como si nada. Se dio cuenta, que estaba jugando con ella. Le miró a los ojos, ni siquiera el sharingan lo tenía activado. Se sintió una basura, era tan débil que siquiera era digna a que usara su jutsu heredado.

Repentinamente ella suspendió sus movimientos, afligida, sin mirarlo a la cara.

—¿Por qué frenaste, cansada tan pronto?

—¡No! es solo que a usted... a usted yo no le soy un reto. No tiene que molestarse.

—¿Y te vas a rendir tan fácil?

Ella lo miró, sorprendida.

—No, —pronunció firme, animándose. Ella activó sus ojos nuevamente, y empuñado sus manos se tiró al ataque.

Continuaron por rato, hasta que cayó al suelo abatida y falta de aire.

—Tienes buena técnica, solo necesitas práctica.

—No tiene que decirme eso Madara-sama, sé que soy un fracaso.

Él se agachó junto a ella, y tomándola de la mandíbula la obligó a que lo mirara a los ojos.

—No te halago porque seas mi mujer y me guste hacerte el amor en las noches. Yo jamás brindo buen reporte al que no se lo merece.

—Usted siquiera activó su justsu… —comentó acongojada.

—Hinata, puedo contar con los dedos de una mano con quienes activo mi sharingan cuando peleo.

Eso la sorprendió. Sabía que el hombre era fuerte, pero no hasta el punto de siquiera necesitar de su poder ocular para pelear.

—En realidad, solo conozco una persona en este mundo que es mi igual... —ella pensó que quizás quería decir algo más, pero no lo hizo.

La cargó, pasándole un brazo por la espalda y otros por las piernas, arrimándosela al pecho, y se la llevó directo a la casa.

—¿Quieres que te entrene?

Se sorprendió por su generosa propuesta, y no queriendo desaprovecharlo aceptó de inmediato.

—No podré hacerlo todos los días, pero quizás dos o tres veces por semana. —Ella se emocionó.

—Pero, tengo una condición. —Detuvo su camino, parándose en medio de la sala, sin soltarla.

—¿Que condición Madara-sama? —preguntó en un susurro.

—Cada vez que entrenemos y no logres darme siquiera un golpe, recibirás un castigo— y sonrió de medio lado.

—¿Ca-castigo?

—Si.

—¿Será muy malo?

—Eso depende... —se le erizó la piel, notando su mirada ladina mirándola fijo. Ella enrojeció, sintiendo que esa mirada le revolvía sus estomago con mariposas y le acaloraba su entrepierna.

El continuó su camino por un pasillo.

—¿A dónde me lleva Madara-sama? —preguntó tratando de cambiar el rumbo de conversación.

Ladeó una sonrisa —Mhm, pienso darte un baño.

Ella se agarró fuerte a su espalda, escondiendo la quemazón en su rostro. Eso le pasaba por preguntar.

…..

Después de la decepción de su esposa, Madara nunca pensó que se encontraría un día a alguien como Hinata.

En realidad jamás había estado con una mujer como ella. Tímida y sumisa, y con un corazón enorme. Tampoco conocido a alguien que le respondiera con su cuerpo tan honestamente. Sus gemidos desposeían artilugio alguno. Eran producto de pura necesidad y deleite jamás experimentado con otro.

Ni su esposa, ni sus amantes, ni putas, ninguna tenía una pizca de sumisión, y ninguna había sido tan ingenua. Porque su Hinata a pesar de todo, había sido una niña virgen aquella noche que la hizo suya, haciéndolo sentirse bien macho si era honesto consigo.

Lo sabía no solo por su actitud, pero también porque la había obligado varias veces tocarle la virilidad, dura y lista para ella. Y siempre se hacía un manojo de nervios. Le preguntaba cosas como, "¿has visto una antes?" y "¿has tocado una?" o "ven y siéntela, es toda tuya" y ella se hacía todo un manojo de nervios, negando con insistencia. Supo entonces que el chisme de Natsu había sido cierto, y que el viejo de mierda solo le había metido la mano. Maldito viejo desgraciado.

Después de unos días, ella no le peleó o forcejeó, no le daba trabajo abrirle las piernas y someterla al placer. De hecho, en las últimas semanas, hasta se abría para él, sin necesidad de mucho arrullamiento. Esto le indicó que estaba lista para algo más duro. Y a él sí que le encantaba el sexo duro y rudo.

Ya sabía que tipo de castigos quería, pensó juguetón, mientras le acariciaba el cabello liso a la chica desnuda y rendida en sus brazos.

La bañó, tal y como le había declarado, muy para su vergüenza. Y terminaron juntos en la poceta, ella sobre su cuerpo, donde le enseño a montarlo. Aunque cansada, se había movido sobre él con buen abandono, y se había quedado dormida después de su clímax sobre su pecho, él aún dentro de ella. Le acarició la espalda húmeda, sentado en el agua tibia.

Lo cierto es que era un suertudo de mierda.

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Esquivó su patada con un golpe de mano.

La chica, agitada y sudorosa, cayó al piso de madera al perder el equilibrio. Se mordió los labios aguantando el dolor al pegarse rudamente contra el suelo del dojo, para luego saltar de un brinco y arremeter nuevamente contra él.

Su puño suave se movía con fluidez frente a ella, tal como le habían enseñado, sin embargo, él los evadía sin apenas emplear movimiento o esfuerzo alguno. Ella acometió fuerte, el aire chispeaba cargado de chakra y la madera crujía sonora bajo sus pies.

Ella, con sus venas enfiladas alrededor de sus ojos, veía el chakra del hombre correr tranquilamente dentro de su cuerpo.

Era monstruoso. Sobre todo la primera vez que le vio, no conocía humano alguno con semejante volumen y... oscuridad. Supo entonces, que jamás tendría un chance con él, cuanto más aparecería como una mosquita molesta. Pero estaba renuente a rendirse, ese no era su camino del ninja, además... no quería ser castigada. Tembló al pensarlo, destabilizándola, haciéndola caer nuevamente. En realidad estaba agotada, apenas si podía moverse. Él había cumplido con ella, aunque no servía como un contrincante digno a su destreza, él se había mantenido allí, enseñándole como le había prometido.

El hombre se acercó y le agarró por sus antebrazos sorprendiéndola, haciendo que su poder ocular se desactivara, elevándola a sus pies.

—Creo que es suficiente por hoy Hinata, —anunció ronco sin soltarla.

—Yo-yo puedo continuar Madara-sama, —agregó la chica jadeando.

El la miró firme a los ojos, una ceja elevada escéptico.

—Es mejor continuar otro día, —agregó suave.

Le puso un dedo bajo su barbilla, elevándola para que le mirara a los ojos, y ella asintió, arrebolada, sabiendo que sería castigada. Sin cortar su toque, bajó la cabeza para tomar los labios dulces de ella. Ella no lo rechazó e introdujo la lengua, saboreándola con avidez. Estaba agitada y temblorosa, pero él no había roto ni una gota de sudor. La apretó contra su cuerpo, para sentirla completa contra él, sintiéndolo crecer en sus pantalones. Si, él quería castigarla.

La soltó de súbito, dejándola anonadada por un instante, para luego quedarse tiesa y nerviosa, cuando Madara comenzó a caminar alrededor de ella.

—Desnúdate, —mandó escueto.

—¿...eh?

Él sonrió de soslayo. —Es hora de tu castigo mi Luna.

—Pero... ¿dolerá? —preguntó ansiosa.

—¿Alguna vez te hecho algo que no te haya gustado?

Su cara se volvió una manzanita madura y él pensó que se advertía muy linda. Le encantaba hacerla sonrojar, pero ahora mismo tenía otras prioridades.

Ella, sin chistar más, comenzó a desabrocharse el lazo en su cintura, sosteniendo su corta yukata.

Sus ropas cayeron a la madera en un sonido sordo. Le mandó además a desasir sus bandas envolviéndole sus lindos pechos, pudiendo verificar entonces, que su rubor le llegaba hasta los montes.

Estaba nerviosa, y su cuerpo titiritaba ligeramente producto del ejercicio... y los nervios. Entonces él, sin aun tocarla, volvió a rodear su cuerpo, deteniéndose tras sus espaldas. Ella se cubrió sus pechos, sintiéndose cohibida, porque aunque él ya le había visto y hecho, no se sentía segura expuesta. Ella sintió un frufrú de ropas, suponiendo que él se desnudaba también.

Primero sintió las manos gruesas posarse en sus hombros, para acariciarle la piel de sus brazos, para después recorrerle los senos y pegarla contra su amplio pecho, pudiendo comprobar entonces su desnudez.

Sintió su aliento antes de sentir su lengua recorrer su cuello, para luego terminar con besos y pequeñas mordidas que le erizaron los pelos.

Sus manos, que habían decidido recorrerle la cintura y caderas, regresaron al tope de sus hombros, para forzarla de rodillas al piso.

Ella cayó sobre sus ropas, sintiendo al hombre arrodillarse tras ella, cuando su mano la empujó suavemente hacia delante, haciéndola caer de manos al suelo.

Se sentía tan expuesta, no estaba segura si le gustaba, y estaba nerviosa a lo que le podría hacer, aún insegura en su cuerpo y aún no lograba quitarse de unas el miedo a la intimidad con el hombre, sobre todo allí, en un lugar desconocido que no era su habitación y a la luz del día y no las velas de la noche.

Se apoyó sobre sus manos, de manera más cómoda, y el hombre le acotejó las piernas, dejando su trasero redondoexpuesto al aire. Ella jadeó y tembló cuando la tocó. Le acarició las nalgas con algo de rudeza, para entonces plantarle una sonora nalgada.

—¡Madara!, —se quejó.

—Shh, está bien mi Luna, es tu castigo...

—Pero...

—Shh, —volvió a arrullar, acariciándola con delicadeza, para luego deslizar su mano más bajo a su entrepierna, y frotar los suaves labios de su intimidad.

Ella gimió muy a su pesar, y él, sacando su mano de ella, le volvió a pegar una fuerte nalgada.

Ella sollozó, mas asustada que adolorida, y él le volvió a acariciar, para luego volverle a arremeter varias veces.

—Cinco, solo cinco mi amor. ¿Estás bien?

—Ma-Madara-sama, porque...

—Shhh, está bien mi Luna, todo está bien. Quédate así... —comenzó a besarle la piel de su enrojecido derrière, para luego trazar con la lengua un camino sureño.

—Es-espere... —se quejó, sintiendo el músculo bucal suave y húmedo moverse alrededor de sus delicadas zonas erógenas.

Madara sorbió, mimó y metió su lengua en lugares de los que ella no imagino tendrían nada que ver con el sexo. Pero nada la preparó para sentir el apéndice del hombre en esa abertura a la que le llamaba cariñosamente como "mi coñito rico", y casi se desmaya cuando su clímax recaló sin consuelo. Sus rodillas cayeron rendidas, mientras que la mano del hombre le masajeó los últimos vestigios de su orgasmo. La enderezó, sosteniéndola por la cintura y abriéndole bien las piernas, para entonces sin mucho esperar, entrar en ella de una zarpada.

La chica jadeó, sintiendo agudamente la rudeza de su miembro, pero estaba tan húmeda, que el hombre fue capaz de deslizarse en su interior sin dificultad. El piso se volvió su ancla, mientras que Madara la movía y la mecía a su antojo. Se sintió como una muñeca, sin voluntad propia pero aquella de su amo. Y lo peor quizás era que... le gustaba.

Ella no vio cuándo una figura sigilosa se asomó a la puerta corrediza, para observarlos. Pero Madara si la advirtió, e hicieron contacto visual. El por su lado no frenó sus embistes ni por un instante.

Se observaron el uno al otro, hasta que Madara, perdiendo interés, regresó su atención a la pequeña mujer gimiendo bajo él, y se acercó a su cuello para besarlo sin perder el ritmo de sus poderosas caderas.

Una mueca de desagrado se posó en los labios de la intrusa, marchándose en una ráfaga enfadada de sedas.

Madara, perdido de placer dentro de los estrechos confines de la chica, jadeaba con fuerza.

—Eres mía Hinata, —gruñó bajo, —solo mía.

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—Buenas tardes Uchiha-san, quiero agradecerle por haber venido...

—¡Que formal! por favor llámeme Hazuki.

—Hazuki-san... si bueno verá, como mi llegada a este lugar fue algo... repentino, no tuve tiempo de hacer preparaciones. Tengo varias yukatas que me gustaría que le modifique las mangas... no creo que sea muy bien visto que ande luciendo vestimenta de soltera.

—Por supuesto yo entiendo.

—Uruchi-obasan me la recomendó, dice que es usted la mejor costurera por estos lados... —añadió la joven.

—Uruchi-oba me honra, —y le sonrió con amabilidad.

Era cierto. Si hubiese sido su boda, parte de los preparativos hubiesen sido la adquisición de nueva indumentaria que reflejara su nuevo estatus de mujer casada. Uchiha Hazuki era una señora risueña que lucía estar cerca de los cuarenta. Su rostro agraciado, mostraba algunas líneas de expresión, pero su mirada era de una mujer alegre. Seguramente una de esas almas fuertes que no se permitían derrumbar por los sucesos de la vida.

—Mira, ¿qué te parece este corte? Es muy práctico para-

Sintieron unos pasos por el corredor lateral, y una señora extremadamente hermosa en elegante florido kimono irrumpió en la sala, sin tocar ni pedir permiso. Hinata vio el rostro de Hazuki cambiar de amistoso a uno frío, mientras que la señora caminaba alrededor del salón, observando muebles y ornamentos, sin dirigirle palabra.

Hinata, pensando que aquello era muy descortés, pero sin querer serlo ella comenzó:

—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó amablemente.

La elegante señora la miró con desprecio, y habló finalmente:

—Hazuki, no sabes la gracia que me da ver a la ramera oficial y la no oficial de mi marido en esta casa juntas. ¿Que ahora se han hecho mejores amigas? —preguntó con fingido entusiasmo.

Hinata sintió que se le congelaban las venas y un calor inundarle el rostro. Tenía sospechas de quien podía ser, pero aquello lo corroboraba.

—¿Me pregunto qué posibles temas de conversación tendrán?… mm, cuantas veces se han follado a Madara en la semana-

—Naori-san, no creo que a Madara-sama le gustará saber que has venido aquí sin ser invitada, —añadió Hazuki gélidamente.

—¿Y quien te crees que eres tú para suponer o no lo qué pensará mi marido? —añadió duramente.

—Además, solo estaba de pasada para conocer la nueva… mujercita de mi esposo —prosiguió alegremente. —Pero mírala, si es muy linda, imagino que no tuviste que mamarle mucho la verga para convencerlo a que te trajera

—Usted… por favor, lárguese de mi casa, —expresó Hinata enderezándose y llenándose de valor.

—¿Tu casa? —se burló. —Que yo sepa esta es la casa de mi esposo, por consiguiente, es mi casa también.

—Naori, márchate, tu presencia no es deseada.

—Ok ok, por dios, que no hay que ponerse así… dijo juguetona.

—Niña, dile a Madara cuando regrese que quiero verlo. ¿Claro? —Y se fue sin dirigirse mas a ellas, cabeza en alto.

Un silencio incomodo llenó la habitación. La señora Hazuki miraba a un lado, claramente disgustada. Hinata no sabía que decir, y un sentimiento de tristeza le lleno el estómago. Supuso que era normal que la felicidad no duraría mucho.

—Hazuki-san… ¿usted me decía algo sobre un corte?

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—¿Y por dónde anda Itachi? Hace rato que no lo veo, —preguntó el Uchiha mayor mientras almorzaba.

—¿Niisan? Anda con su novia, — respondió Sasuke con claro fastidio marcado en su rostro infantil.

—¿Eh? ¿Itachi tiene novia? —preguntó con curiosidad el hombre.

—Sí, es un fastidio. Andan pegados como chicle, y no me deja salir con ellos. Siempre solos por ahí, — y chasqueó la lengua molesto, —ya casi no entrena conmigo.

—Ah, y por eso es que andas aquí de perro faldero con mi mujer ¿eh? Serás cabroncito.

—Te lo dije, cuándo crezca te quitaré a Hinata. Ella será mía. ¡Ese es mi camino ninja!

—Anja, —respondió el hombre con indolencia. —¿Y quién es la novia de tu hermano? El muy pillo no me ha dicho nada, —rio para sí, llevándose a la boca algo de vegetales horneados. —Es uno de mis mejores guerreros, —le aclaró a Hinata.

—Izumi. Uchiha Izumi, —respondió el pequeño frunciendo el ceño.

—Sasuke, —comenzó el hombre, —con ese carácter no vas a llegar ni a los cincuenta. —Sasuke le hizo una mueca.

—Izumi… ¿ella no es la hija de Hazuki? —preguntó Madara. Hinata sintió su corazón brincar y le dio una ojeada al hombre. Sasuke se encogió de hombros.

—Creo que sí.

Hinata miró su plato, sintiendo su pecho estrujarse ligeramente. No le había contado a Madara lo acontecido. De hecho, no pensaba decirle nada. ¿Quién era ella? solo una simple concubina. Sin derechos de recriminar ni de pedir explicaciones. En realidad, tampoco las quería. Quería solo que su vida se mantuviese simple y sin complicaciones… si Madara se iba con otras mujeres, por más que le doliese ¿qué iba a hacer ella?

¿Será por eso que no vivían juntos? ¿Porque él la engañaba, y ella, su esposa, se cansó de sus infidelidades y era ahora grosera y amargada? Hinata suspiró con congoja.

—¿Que pasa Hinata? —preguntó el Uchiha mayor, haciéndola brincar ligeramente en su asiento.

—Na-nada, —fingió.

—Mm. Ven aquí, —se la pegó a su lado, —no me gusta que me ocultes nada ¿está bien? Si algo te molesta me lo dices.

—S-si, Madara-sama. No se preocupe, yo estoy bien, —mintió ella con una sonrisa.

El la besó, y Sasuke hizo arqueadas, más otros gestos de asco. Madara irritado, le dio un cocotazo al niño. Hinata sonrió melancólica. No quería que ese momento acabara.

Continuará


Notas: "Sexo duro y rudo" lol. Esa frase la leí por primera vez en un fic de okashira janet. Ella escribe precioso, aunque le descarga más al Naruhina. Sobre todo su "Seduciendo a Nejinissan" (nejihina) y "De vuelta a tu corazón" (kakahina) son clásicos aquí en ffnet.

Yukatas de soltera: no se mucho de eso, pero tengo entendido que las formas de los kimonos y yukatas tienen que ver con el estatus civil.

Hazuki es la mama de Izumi, la niña que Itachi asesinó primero durante la masacre. ¿Recuerdan cuando Obito le dijo a Sasuke que él había matado a su amante? Vaya, no se eso de amante con un niño de 13 años, pero por lo menos si eran enamorados. ¡Que triste! Así que quise añadirlos en esta historia.

Alguien menciono que queria que Itachi apareciera en el fic. Siento la decepcion pero Itachi sera solo mencionado varias veces. Decidi hacerlo mayor que los cinco anos que le lleva a Sasuke, simplemente por como es mencionado por Madara en el capitulo primero. Quiciera decir que a mi Itachi me encanta y aunque solo tengo 2 fics con ellos, el Itahina es mi OTP, sin dudas creo que son el par mas sano de todo Naruto.