Sadness-Doll: Somos dos y más me gusta ponerlos en conflicto, que por ahora no se ha visto, pero créeme que se verá. Gracias por tus cumplidos, viniendo de alguien cuyas historias me gusta leer es grato saberlo.
marijf22: Lo que sucederá en esta capítulo, uy, es un giro enorme. Precisamente no puede dejarla con Tsunade porque sería el primer lugar en el que Orochimaru buscaría. Me alegro que haya funcionado el encuentro con ese par XD
Hatsune-san: Es mejor que leas por tu cuenta lo que ocurre en este capítulo, no te lo quiero arruinar XD Es bastante poco común la manera en que se conocen Sasuke y Sakura, pero no lo descubrirás hasta el capítulo 9 :B
Esmeralda Ermitaña
Capítulo III
La salud de Kimimaro había empezado a decrecer considerablemente los últimos días. Se veía con menos energía al entrenar y también en las cosas cotidianas. Sakura podía tener ocho años, pero no era nada de tonta, podía ver con claridad que su padre estaba más pálido y débil de lo normal, pero cada vez que le preguntaba, éste lo ignoraba todo, decía que estaba cansado, pero nada más.
Habían ido a entrenar a lo más profundo del bosque para no ser vistos y Sakura no podía entender cómo su padre seguía entrenando cuando su estado era el de un hombre sin energías. Sin embargo, ella no sabía lo que él, porque si lo hiciera entendería que lo que su papá quería hacer era prepararla lo antes posible.
Al volver del entrenamiento por el desgastado camino que los conducía nuevamente a la Aldea de la Hierba, estaban los dos con sus ropas sucias por el esfuerzo de ambos, pero aún quedaba una porción de camino considerable para llegar a su casa. El estómago de la niña comenzó a rugir y su padre escuchó.
—Estás hambrienta—notó Kimimaro— ¿por qué no me lo dijiste?
—Esperaba llegar a casa —se excusó la pequeña.
Al ver un poco más al fondo del camino, el padre pudo ver una pequeña posada que al juzgar por su apariencia ofrecía comida. Efectivamente salía vapor de su interior y el olor a apetitosa comida inundó su nariz.
—Aún nos queda para llegar—dijo Kimimaro— Comamos aquí, no hará daño esta vez.
Considerando que era lo mejor, entraron y ordenaron. Para ser un lugar pequeño, estaba copado de gente y de familias. Sakura devoraba su caldo con voracidad, en verdad estaba hambrienta. En cambio, su padre apenas tocaba la comida.
—Otousan—llamó la niña— Te ves muy cansado.
—Solo estoy descansando un rato —tranquilizaba Kimimaro— Sigue comiendo.
De pronto, la paz que existía se acabó cuando entró a la posada un extraño personaje quien llevaba un saco en sus manos, era demasiado extraño y no parecía atraído por las facultades culinarias del lugar, se podía decir juzgando su mirada desconfiada a todos los rincones.
—Presta atención—le dijo Kimimaro en silencio a su hija— Algo se trae, no lo pierdas de vista.
Y, en efecto, fijándose bien se podía ver que llevaba un arma dentro de ese saco, pero tal como le había enseñado su padre, conservó la calma y esperó.
— ¡Todos, entréguenme todo lo que tienen! —dijo el desconocido sacando una gran espada del saco.
Era un lugar familiar, por lo cual los clientes hicieron lo que se les pidió. Algunos niños lloraban y las madres se intranquilizaban. Los únicos realmente calmados eran Kimimaro y Sakura, siempre atentos.
—¡Tú! —dijo el asaltante apuntando a Kimimaro con su espada— no me gusta esa cara tuya de displicencia, ¡compórtate! ¿No sabes con quién estás tratando?
Pero a pesar de las advertencias que estaba recibiendo, no cambiaba su semblante ni decía nada, lo que enfurecía aún más al hombre que ya estaba perdiendo la paciencia con alguien tan indiferente a su llegada.
—¡Muere! —gritó el hombre moviendo su espada en el aire directo hacia el joven padre.
En sólo unos segundos ocurrieron montones de cosas. Al ver que se avecinaba la estocada, Kimimaro se disponía a detener su muñeca en el aire, después de todo era lo suficientemente fuerte como para frenarlo, pero en cuanto decidió mover su brazo, sintió un dolor punzante que recorrió desde su hombro hasta la punta de sus dedos impidiendo que se moviera. Sakura lo notó y sintió mucho miedo por su padre, sintió adrenalina, lo cual desató lo inevitable.
—¡No! —gritó la pequeña empujando al asaltante.
En ese instante, su cuerpo había activado la técnica que había estado aprendiendo con su padre en el bosque, propia del clan Kaguya: Karamatsu no Mai. Y los huesos salieron como navajas de su cuerpo clavándose en el torso de quien se proponía a atacar a su progenitor, logrando así que retrocediera y que además callera al piso retorciéndose de dolor por las heridas propinadas.
Todos los presentes lo vieron y se levantaron para ver más de cerca las lesiones del asaltante, pero más que eso, para ver a la niña quien había sacado huesos de su cuerpo. Fue cuando Sakura midió la situación. Primero vio las miradas de la gente alrededor suyo que no la miraban al rostro, miraban los huesos que sobresalían de su cuerpo como si de cuchillos se trataran. Luego miró al asaltante en el piso cuya mirada se tornaba de terror al ver tan desconocida habilidad.
La gente la miraba de la misma manera, con miedo, con extrañeza y hasta con odio. Se sintió culpable, como si hubiese hecho algo terrible y ocultó sus huesos bajo la piel nuevamente. La niña estuvo a punto de quebrarse cuando sintió a su padre cargarla y llevársela corriendo de allí.
En los brazos de su progenitor se sentía más segura, pero los rostros asustados seguían acechándola. Se apegó más al torso de su padre por eso y casi no sintió cuando estuvieron en casa. Fue puesta en el piso y apenas se volteó para ver a su padre pudo ver que luchaba por mantenerse en pié y tratando de recuperar el aliento se sentó en el sillón de la sala.
—¡Otousan! —gritó la pequeña asustada más por su padre que lo recientemente ocurrido— ¿Qué tienes, por favor? Háblame.
—Sa-kura —trataba de hablar el agitado joven— Ahora todos saben.
— ¡Perdóname! —suplicaba la niña con lágrimas en sus ojos— Si es por eso que estás así te juro que no volveré a hacerlo, pero por favor ponte bien.
No tenía caso, la respiración de su padre se agitaba aún más y el sudor empezó a correr por su frente. No podía hacer nada, el destino ya estaba sellado para él. Su vida se apagaba mientras la llama de desesperación de su hija se avivaba.
—Hija mía.
—Aquí estoy, Dime otousan.
—Escúchame—hablaba casi como en susurro— Te buscarán, los aldeanos, debes huir, lo más lejos que puedas.
—Huiremos los dos —lloraba la niña desesperanzada.
—Perdona que no te pueda seguir—decía cada vez más inaudible su padre— Pensé que tendría más tiempo para quedarme, pero el tiempo se agotó. Los pergaminos que contienen los jutsus que debes aprender están bajo mi cama.
—No, otousan —pedía a los cielos la niña de ojos verdes que ya veía la vida de su padre desvanecerse— Quédate conmigo, por favor ¡No me dejes, no me dejes aquí sola!
—Qué más… quisiera —decía el moribundo con sus últimos alientos— Vendrán aquí en unos momentos, debes irte ahora. Sakura… te amo hija mía.
Sus últimas palabras se quedaron tatuadas en el corazón de su hija, que a diferencia del de su padre, permaneció latiendo fuertemente con miedo. El cadáver de su padre quedó postrado en el sillón, inmóvil e inerte. Su calor se desvanecía en el aire siendo la cabeza de su hija contra su pecho la única calidez que se le acercaba.
Entonces recordó que no era tiempo para llorar, debía huir ahora mismo, pero no iba a dejar el cadáver de su padre esperando que lo quemaran y tiraran sus cenizas al olvido. Había sido un padre maravilloso, quien nunca dejó de enseñarle nada en ningún momento y no iba a permitir que su nombre se perdiera. Corrió rápidamente y se colgó los pergaminos a la cadera. Con un vano intento, intentó levantar el largo y pesado cuerpo de su padre, no hubo caso. Era muy pequeña para levantar un cuerpo de esa magnitud.
—Okasan—pronunció aferrándose enérgicamente al cuerpo de su padre— ¡dame tu fuerza!
Tayuya pareció haberla en verdad escuchado, porque su hija recibió lo que necesitaba en ese momento y pudo cargar el cadáver de su padre sobre sus espaldas. Le pesaba mucho, tanto que hacía que sus piernas se doblaran, pero no sintió dolor, lo único que le importaba era darle una digna sepultura.
Salió casi corriendo de su ahora ex casa con su padre a cuestas buscando internarse en el bosque, confiando en que su espesura sería su aliada y lo fue, fue su amiga cuando de perderse se trataba. Eso era lo que tenía que hacer, internarse hasta perderse, hasta no saber en dónde estaba. Miró a su alrededor después de unos minutos y se dio cuenta de que estaba en un lugar que no conocía, sólo veía árboles.
Pudo descansar el peso que llevaba en su espalda y puso el cuerpo inerte de su padre sobre el suelo. Sólo ahí pudo llorar fuertemente. Gritó de una sola vez, todo salió en un mismo rugido. Su desesperación al ver que no pudo hacer nada, su desconsuelo por perder a su padre y el miedo al que se enfrentaba al estar irremediablemente sola, sin padre ni madre a los ocho años.
Con sus manos —que ahora tenían la fuerza de garras— cavó lo que sería la tumba de su padre. Sólo tenía esos momento de paz para darle, los aprovecharía de todas maneras. Cubrió todo su cuerpo con una espesa capa de tierra hasta tener listo el sepulcro y agotada por todo el esfuerzo en tan poco tiempo se dejó caer sobre el montículo de tierra que sobresalía sobre el resto. Quedó dormida al instante, debilitada tanto en la parte física como en la moral.
…
—Es la última vez que dejo que interrogues a alguien—replicaba un personaje azul mientras caminaba por el bosque— eres realmente descuidado.
—Era la única manera de asegurarnos de que dijera absolutamente todo lo que sabía—se excusaba su compañero manteniendo el ritmo del paso.
—Pero lo mataste, ¿a quién se le ocurre usar el Tsukuyomi contra un anciano? Sólo a ti y gracias a eso le dio un infarto, muy bien Itachi. Ya puedo escuchar al líder haciéndonos dormir con un sermón.
—No seas tan ruidoso, Kisame—pidió el joven caminando delante de él— además conseguimos toda la información que necesitábamos, no te quejes. Tú mismo estás haciendo un discurso.
—Si por lo menos me hubieras permitido cortarlo antes de que muriera—reprochaba el hombre tiburón caminando hacia adelante.
Unos pasos más bastaron para que Kisame se diera cuenta que su compañero se había detenido. Su mirada estaba enfocada en un punto que él no lograba descifrar.
—¿Por qué te detienes? —preguntó comenzando a exasperarse.
Una pregunta sin respuesta, puesto que seguía mirando sin despegar su vista. Procurando seguir la ruta de sus ojos, Kisame se dio cuenta de hacia dónde miraba y se quedó quieto por un rato. Era la niña que había visto cuando llegaron a la Aldea de la Hierba, dormida sobre un montículo de tierra y bastante descuidada, se podía ver en sus ropas desgastadas.
—Oye, ¿no es la mocosa rosada?—vislumbró el hombre azul acercándose hacia donde Sakura dormía— Sigue respirando, esto no tomará más de un minuto.
Levantó a Samehada en el aire sobre la cabeza de la niña de ojos verdes, sediento de sangre y de muerte al igual que su espada que le pedía matanza. Una sombra siniestra se proyectaba sobre el cuerpo de la pequeña que dormitaba sobre la tumba de su padre cuando sólo bastaba un movimiento para acabar con su vida también y acompañar a su padre, pero alguien decidió lo contrario.
Antes de que Kisame pudiera finalizar su cometido, en un abrir y cerrar de ojos el Uchiha se encontraba hincado junto al cuerpo de la durmiente Sakura. Su compañero no entendía nada sobre lo que pretendía y menos lo sabría con ese rostro inexpresivo que siempre llevaba.
Con su mano, Itachi movió la espalda de la niña sutilmente, lo suficiente como para despertarla sin molestias de ninguna clase hasta que por fin abrió los ojos y su compañero azul tuvo que aplacar su instinto asesino. Sakura miró hacia adelante tomándose su tiempo y se impresionó al ver al mismo joven de la mirada depredadora ante sus ojos nuevamente. Se preguntó cuánto tiempo había estado dormida.
—Tú—alcanzó a decir la niña.
—¿Estás sola? —preguntó el Uchiha— ¿dónde está tu padre?
Por toda respuesta, la pequeña de ojos verdes únicamente miró hacia abajo, colocando su palma sobre la tierra aún fresca.
—Ya veo. Entonces estás por tu cuenta.
La niña asentía y Kisame ya estaba comenzando a ponerse nervioso, porque cuando Itachi empezaba a interrogar era porque estaba planeando algo.
—¿Quieres venir? —preguntó directamente el joven ante la mirada asombrada de la niña y su compañero— Llevaremos tus pergaminos también.
— ¡Uchiha! —interrumpió el hombre azul— ¿qué se supone que estás tramando con traer a la mocosa?
La falta de confianza en lo que estaba intentando hacer molestó un poco a Itachi y siendo él quien daba las órdenes quiso poner todo en su lugar.
—Tapa tus oídos y cierra los ojos—susurró el joven al oído de Sakura quien acató de inmediato lo que le dijo.
Ante la protección que la muchacha hizo sobre ella misma, el mozo pudo mirar de frente a su compañero y con presencia hizo valer su autoridad.
—No cuestiones lo que hago—exigió el Uchiha.
—Tengo todo el derecho. Llegamos aquí y anduvimos en círculos, mataste al viejo sospechoso y ahora quieres que andemos de mamá canguro con una niñata.
—Tú al igual que yo la viste en la posada.
—De acuerdo, ¡es una mocosa que se saca los huesos para rascarse la espalda!
— Muéstrame sólo una persona que pueda hacer lo mismo—desafió Itachi.
Kisame no podía negar lo innegable, ahora entendía que lo que su compañero quería hacer era aprovechar esa misteriosa y poderosa habilidad que poseía la huérfana; sin embargo, le inquietaba y a la vez entusiasmaba saber cómo iba a terminar aquello. Después de todo, la responsabilidad recaería en Itachi.
—Ven—ordenó el mozo a la pequeña Sakura con algo de desconfianza— ¿Otra vez temiendo? Si quisiera hacerte algo lo hubiera hecho ya.
Eso era cierto, si él hubiese querido probablemente estaría muerta o algo peor, así que no lo pensó dos veces y subió a la espalda del Uchiha, siendo cargada a la vista de un Kisame que ponía los ojos en blanco.
Se dirigían a una de las guaridas de los Akatsuki en las afueras de la Aldea de la Hierba, pero no hablaron en todo el camino. El hombre tiburón iba detrás de ellos preguntando cómo se había dejado convencer, pero era demasiado tarde para cambiar de opinión.
—"Al líder no le agradará esto" —pensó Kisame.
…...
CONTINUARÁ…
