N.A.: ¡Muchísimas gracias por sus comentarios!
Eres increíble
Me decía una voz cada noche.
Eres hermosa.
Se repetía, como ecos a lo lejos.
Y eres mía.
/
Me desperté de golpe, sobresaltada. Una fina capa de sudor cubría mi frente, pero era frío, y mis manos estaban heladas. Miré el reloj, cuyas manecillas marcaban un tic tac constante y que me ponían los nervios de punta. Las 5:52 a.m. Me quedé mirando al techo, mis ojos vacíos, un intenso presentimiento en mi pecho.
Estos sueños habían comenzado desde el día en que llegué a esta pequeña ciudad, justo una semana antes de entrar al instituto. En ellos, casi siempre podía revivir una y otra vez fragmentos de mi vida pasada, a veces con mis amigos, a veces con mis vecinos. Pero había otras ocasiones en las que una voz me llamaba, reprochándome. Yo conocía esa voz perfectamente y sabía por qué querría recriminarme.
Sin embargo no eran momentos para estar pensando en ello. El día de hoy pintaba ser excepcionalmente caluroso, así que tendría que buscar entre mis cosas algo que fuera menos abrigado, y con un poco más de ánimo me levanté de mi cama y comencé mi rutina.
Ese día estacioné el auto tan sólo a una cuadra. Había llegado más temprano que de costumbre así que aún no habían alumnos rondando por los alrededores. El sonido de la hierba bajo mis pies era gracioso: en mi país por lo general era pavimento o nieve. Y sin embargo aquí todo era tan verde, tan fresco y vivo. Seguramente le encontraría el amor a este lugar muy pronto.
El día comenzó tranquilo, el profesor revisaba un ensayo sobre el efecto de la burguesía en la economía post—revolución francesa. Era más fácil de lo que se escuchaba. Me había tomado mi tiempo escribiendo, como siempre, sin embargo, en ningún momento me pude concentrar por completo. Constantemente pensaba en Ken, y cómo no contestaba mis mensajes, ni por Facebook, ni Whatsapp ni Twitter ni nada. Era como si se hubiera esfumado.
Y aquí estaba yo, al fondo del salón y sentada al lado de su lugar, vacío una vez más. Golpetee el lápiz, inquieta, contra la mesa. El profesor comenzó a pasar la lista de asistencia.
—Iris.
—Presente.
—Violeta.
—Presente.
Me sorprendía que siguieran pasando lista a estas alturas. El profesor siguió dando nombres, casi todos contestando presente después de ser llamados.
—Viktor... Kentin... Alex... Kim...
Presente, ausente, presente y presente. Me hundí más en mi asiento.
—Castiel. —dijo, repasando con los ojos el salón, y comenzando a anotar la inasistencia.
En ese momento la puerta del salón se abrió, con rudeza. Me enderecé, ilusionada por ver a un chico con gafas entrar, pero en su lugar hubo una ligera sorpresa. No era Ken, sino un chico de cabello rojo, que parecía sumamente irritado a estas horas de la mañana.
—Presente. —Soltó, aburrido. El profesor se acomodó las gafas y lo miró reprobatoriamente.
—Que extraño que nos honre con su presencia, joven. —El sarcasmo era palpable. Castiel bufó.
—¿Puedo pasar o no? —preguntó hastiado.
El profesor solo le dio un asentimiento con la cabeza y el chico ingresó al salón. Me alteré un poco cuando me di cuenta de que se dirigía hacia atrás, en donde estaba yo. Cuando llegó a las últimas mesas, me dirigió una corta mirada, y después dejó caer su mochila en el suelo, para sentarse con desgano también, justo en la esquina, al contrario que yo, que me sentaba junto a la ventana.
—Muy bien, ahora que estamos todos, comencemos. —dijo el profesor, tomando un marcador y comenzando a escribir.
Mi mirada estaba cuidadosamente dirigida hacia el frente, y me costaba trabajo no voltear de reojo hacia mi compañero. ¿Qué hacía aquí? Es más, ¿desde cuándo tomaba esta clase? Ya con este llevaba tres días asistiendo y hasta este día no había aparecido. No pude soportarlo, y lo observé brevemente. Estaba sentado de forma holgada y que denotaba claro desinterés en clase. Miraba constantemente su teléfono, y no parecía estar muy contento de estar aquí. Me miró directamente.
Mi primer impulso fue esquivar su mirada, pero me contuve. Debía esforzarme por que no siguiera pensando que era una especie de empollona (que quizás lo soy un poco, pero eso él no lo sabía). Cuando tuvo claro que no planeaba dejarme intimidar, nuestro pequeño intercambio ocular se convirtió sin darme cuenta en una silenciosa batalla por lograr que el otro retirara la mirada. Fruncí el ceño, y su expresión se volvió confundida. El profesor me preguntó algo pero cubrí mis ojos con mi mano y le respondí sin dejar de mirar a Castiel. Correcto, me dijo, y el pelirrojo sonrió con burla.
De repente, me guiñó un ojo y me lanzó un beso, tomándome completamente desprevenida y haciendo que volteara a la pared. Fue más el tiempo que tardé el mirarlo de nuevo que él lo que tardó en poner una burlona sonrisa de victoria. Moviendo sólo sus labios y sin emitir sonido alguno, expresó una palabra que entendí perfectamente.
MO—JI—GA—TA
Maldito.
Pero ésto no se iba a quedar así.
Sentí la adrenalina de un reto recorrerme. Con disimulo, coloqué mi mochila frente a mí, de manera que me cubriera de los que estaban al frente en el salón. Castiel miraba curioso mis movimientos; perfecto, que mire. Recorrí con la mirada el salón de clases, esperando a que nadie volteara hacia atrás, y que el profesor comenzara a escribir en el pizarrón, de espaldas a la clase. Cuando estuve segura de que nadie se daría cuenta, miré a Castiel directamente a los ojos y puse una expresión seductora. Estaba confundido, pero decidido a comenzar de nuevo el reto si yo lo proponía. Los orgullosos caen primero, dicen. Suavemente recorrí con un dedo mi cuello, bajando por mis clavículas, y terminando ahí donde empezaba mi busto. Pude notar el momento exacto en el que se dio cuenta de lo que planeaba hacer, pues sus ojos se abrieron desmesuradamente. En ese momento, tomé el borde del cuello de mi playera y lo jalé hacia abajo, descubriendo una delicada y sexy pieza de lencería, con lazos y transparencias por doquier.
Oh, lo volvería a hacer mil veces con tal de repetir la expresión que puso. Se quedó completamente congelado, viendo mi pecho por dos segundos mientras que su rostro se volvió de un rojo tan intenso que combinaba con su cabello. Cuando se dio cuenta de lo que hacía apartó rápidamente la mirada, cubriendo sus labios con una mano. fue tan gracioso que no pude evitar que se me escapara una risa. Castiel volteó a verme, acusador, pero aún sonrojado. Yo no podía parar de reír.
—¿Qué es tan gracioso, señorita Regis? —La profunda voz del profesor hizo que toda la sangre abandonara mi cabeza. Con un rápido movimiento volví a acomodar mi playera, pidiendo a todos los dioses que no se hubiera dado cuenta. Justo a tiempo, pues el profesor había llegado en ese momento y estaba frente a mi mesa. Castiel me miró, preocupado.
—Pues... —dije, tartamudeando. Arqueó una ceja, expectante.
—¿Y bien? —preguntó, al darse cuenta de que no le respondía. ¿Qué le podía decir? La verdad obviamente no. Así que sólo suspiré, derrotada.
—Disculpe. —dije en voz baja, agachando la cabeza. Él sólo se cruzó de brazos.
—Detención. Después de clase. —Levanté la cabeza inmediatamente para decir algo —¡Sin quejas! O serán dos días. Y a usted... —dijo, mirando al pelirrojo—, ¿qué tiene que ver en todo ésto?
—Yo... —Él también se había quedado sin palabras.
—Él no hizo nada profesor. Ni siquiera se su nombre. —Mentí, moviendo la mano como quitándole importancia.
Pareció pensárselo un poco, desconfiando de Castiel, sin embargo se la tragó.
No me quedó más remedio que morderme la lengua y aceptar mi castigo. El resto de la clase me la pasé callada, intentando no mirar al pelirrojo, aún cuando él obviamente estaba mirándome a mí, como queriendo captar mi atención. Al menos el profesor no pareció darse cuenta de lo que había hecho, la mochila me había salvado.
Recibí el timbre del final de la clase con alivio. inhalé profundo, cerrando los ojos. Sentí cómo una persona se paraba a un lado mío y cuando miré, ahí estaba Castiel.
—¿Se te ofrece algo? —pregunté, hastiada.
—Linda vista la de hace rato, una lástima que el profesor la arruinara. —contestó burlándose. Yo sólo estaba enojada así que decidí ignorarlo, pero Castiel no se iba.
—En serio, ¿qué quieres?
Él pareció dudar.
—¿Por qué le dijiste eso al profesor? —Parecía sinceramente interesado. Ni siquiera yo sabía por qué lo había hecho. ¿Honor?
—Supongo que... en realidad tú no eres culpable de mis desvaríos mentales. —respondí con honestidad.
—Pero los disfruto. Siéntete libre de hacerlos cuando quieras. —dijo, sonriéndome de lado y poniendo sus manos en sus caderas. Todo un chico malo. Le aventé un papel que tenía en la mesa, riendo también.
—Desaparece. —Le contesté. Él me guiñó un ojo y me dejó ahí sentada. Hasta ese momento no me di cuenta de que Kim, Iris y Violeta me estaban esperando, con miradas desde lo pícaro hasta la sorpresa. Pues vaya lío. Guardé mis cosas y me dirigí hacia ellas, para ir a la siguiente clase.
—Eh tía, ¿entonces tú y Castiel...? —Soltó Kim, curiosa. Yo sólo negué con la cabeza.
—Es muy atractivo, pero acabo de conocerlo —contesté con la verdad—, además tengo otras cosas en mente por ahora.
—Pero se verían muy bien juntos, a ambos les parece gustar la misma música. —dijo Iris. Sonreí.
Era verdad que también me gustaba mucho el color negro, pero sinceramente no tenía idea de los gustos de él. Había todo un mundo de subculturas que usaban ese color. Sin embargo, no estaba cerrada a la idea.
—No lo sé, le preguntaré.
—¿Por una cita? —preguntó Kim, alzando la voz.
—¡Por sus bandas favoritas! —contesté, no queriendo dar lugar a malentendidos. Kim definitivamente parecía de las que sueltan las cosas sin filtros. Era algo bueno pero alguien podría oír.
Aún así nos reímos juntas, incluso Violeta. Nos dirigimos tranquilamente al comedor, donde desayunamos mientras me contaban acerca de ellas, sobre los profesores o las personas en general. Me pusieron sobre aviso acerca de que si veía pasar a un perro pequeño por la escuela, lo mejor que podía hacer era atraparlo, pues era de la directora y las cosas podían ponerse muy feas si se perdía. Sonreí, extrañada. La simple idea de tener que atrapar a un chucho en la escuela me parecía ridícula, ¿quién trae a un perro a la escuela?
El momento pasó tranquilo. Sentía que estaba haciendo buenas amigas, aún si no llevábamos mucho tiempo de conocerlas me parecían personas amables. Cuando el almuerzo terminó llevé mi bandeja a su lugar. Desde ese lugar logré captar algo pasar por la puerta del comedor que me llamó la atención. ¿No sería...?
Disculpándome con las chicas, me dirigí hacia donde había visto pasar a la persona que captó mi interés. Tenía el presentimiento de que debía ir, algo en mi interior me lo decía. Cuando logré llegar y miré a lo largo del pasillo, no había nadie; sin embargo, yo estaba segura de que lo había visto. Tomé el camino que conducía hacia la salida del patio, doblando esquinas y procurando no chocar contra alguna pobre alma que se me cruzara en esos momentos. Cuando llegué al último pasillo antes de la salida, por fin lo vi: Un chico con sudadera verde y cabello castaño cortado en forma de hongo caminaba apresuradamente, escapando, y yo no lo iba a permitir.
—¡Ken! —grité con todas mis fuerzas. Él se sobresaltó, pero apresuró el paso para mi sorpresa. Salió al patio y casi parecía estar corriendo, ¿por qué huía de mi? Lo imité, siguiéndolo hasta el patio del instituto—, ¡Ken! ¡Se que puedes oírme! —Volví a gritarle, aunque esta vez no hubo necesidad dado que era más bajo que yo y estaba a tres pasos de alcanzarlo. Por fin lo tuve lo suficientemente cerca como para tomarlo del brazo, impidiendo que huyera. Él me miró, sumamente nervioso y fingiendo una risa.
—¡Alex! Que bueno verte, no creí que me hablaras a mí. —Soltó, sin embargo yo no reía.
—Ken, ¿pero qué demonios te pasa? Llevo medio colegio detrás de ti. —Le dije, intentando recuperar el aliento por haber corrido. Pero algo estaba mal en todo esto, Ken no me miraba a los ojos como normalmente lo hacía, sino todo lo contrario, parecía sumamente incómodo y querer irse lejos de allí. Solté su brazo, dándome cuenta de que aún lo tenía agarrado.
—No te reconocí, creí que eras una acosadora. —Mentía muy mal, pues tartamudeaba las palabras y no podía mantener sus pies quietos. Yo observé todo, atentamente. No quería decirme lo que estaba pasando, eso era obvio, pero tenía que sacarle la verdad de alguna u otra forma.
—¿Tienes alguna galleta de chocolate? —Le pregunté, sabiendo que él siempre traía. Eso cambió repentinamente su humor. Sonriendo suavemente me dijo que sí, y juntos nos dirigimos a una banca junto a un gran árbol, donde podríamos comerlas. Abrió el paquete y me lo ofreció; yo saqué una galleta del empaque, y comencé a morderla, sumida en mis pensamientos. Ken ya se notaba más calmado. Lo conocía desde hacía un buen tiempo, sabía que su comida favorita eran las galletas de chocolate, y que cuando las comía automáticamente el mundo se volvía un lugar mejor.
—Ken, mírame —dije, suavemente. Él no lo hizo, sino que clavó su mirada en el suelo—, mírame, por favor.
Él levantó la cabeza, con esos ojos verdes que con esas horrendas gafas sólo podían verse de muy cerca. Pero siempre he estado cerca, sabía que tenía unos ojos maravillosos, llenos de amabilidad; pero en estos momentos estaban vidriosos, podía darme cuenta de que estaba luchando por no llorar. Sentí un nudo en el estómago al verlo así.
—Estoy bien. —contestó. Si nadie te ha preguntado si estás bien y tú contestas sólo, definitivamente no está nada bien.
—¿Por qué no has venido a la escuela? Llevo dos días intentando comunicarme contigo y no había forma —dije, intentando que mi tono no fuera de reproche—. Estaba muy preocupada.
—¡No! No quiero que te preocupes más por mi. —dijo, en un susurro. Algo parecía ser importante en esa frase.
—¿Es por Ámber? Si llego a enterarme de que te hizo otra cosa...
—No es por Ámber. —Ken se puso serio de repente, lo que hizo que me callara automáticamente. Estrujó sus manos, parecía buscar la manera adecuada de decirme algo.
—Si no es por ella... ¿qué es lo que sucede? —pregunté, al fin poniéndole más atención a lo que él tuviera que decir que a mi propia sed por respuestas.
—Yo... creo que para mañana te habrías enterado de todas formas. Prefiero que lo sepas por mí. —Y con un suspiro, comenzó a contarme todo.
Resultó ser que el problema nunca fue que Ámber y sus amigas le quitaran su dinero. El problema fui yo. Estaba tan enojada en ese momento que no me di cuenta de que mi amigo se sentía muy culpable de que tuviera que defenderlo. Jamás había sido ningún problema para mi, pero esta vez casi hice algo por lo que me podían haber expulsado, y él no había hecho nada al respecto. Ese día Ken había llegado a su casa y le había contado todo a sus padres: cómo abusaban de él desde que estábamos en el antiguo colegio hasta el día de hoy. Su padre, al escucharlo, entró en cólera junto a su madre, y había querido hablar con los padres de la rubia. Ken los convenció de que no tenía ningún sentido hacerlo, así que en su lugar habían decidido mandarlo a la escuela militar, para volverlo más fuerte. Estos dos días que no se había presentado a clase los había pasado realizando sus trámites de baja, y no me había contactado porque no sabía cómo decirme todo.
Me quedé helada en mi lugar, sin saber que hacer o decir. Es cierto que cuando llegué aquí estaba mentalizada para dejar todo y a todos atrás, pero Ken decidió seguirme y fue un consuelo tener a alguien conocido en esta nueva ciudad, un alivio que ahora me era arrebatado por culpa de tres idiotas que lo único que buscaban era arruinar la vida de los demás.
—¿Y cuándo te vas?
—Mañana ya estaré lejos de aquí.
—Puedo... puedo hablar con tus padres Ken, no tienes que hacer algo que no quieras, puedo...
—Alex. —Me interrumpió, con más seguridad en su voz de la que nunca le había escuchado. Tomó mis manos entre las suyas, y me miró directamente a los ojos—. Nadie me está obligando a nada.
—¿Qué? —pregunté, con un hilo de voz. Él asintió.
—Es verdad que una parte de mi quisiera quedarse aquí contigo, siempre. —Suspiró, intentando contener sus lágrimas. Mi corazón se estaba partiendo en dos poco a poco—. Pero ya me cansé de ser simplemente un niño inútil, al que tienes que estar cuidando constantemente.
—¡No eres un inútil, Ken! ¡Sin tí, no me habría detenido y hubiera hecho algo de lo que me arrepentiría!
—¡Pero si no fuera porque soy débil no habrías tenido que defenderme en primer lugar! —dijo, alzando la voz de repente—. ¿No lo entiendes? Quiero ser yo el que te defienda a ti, el que te ayude a caminar con tacones altos, quien te alcance las cosas de los lugares a los que no llegues, y no al revés. Quiero ser alguien que pueda evitar que te griten cosas por la calle y que no me confundan con tu hermano menor, que te haga sentir a salvo entre mis brazos... y si me quedo hoy... si me quedo no podré ser todo eso para ti. —Terminó, no pudiendo contener más sus lágrimas.
Sentía un nudo en la garganta. No sabía cuán profundos eran los sentimientos de Ken hacia mi, y me sentí un poco avergonzada, pues a pesar de lo mucho que lo quería, no podía corresponderle de la misma manera.
—Ken, yo...
—No tienes que decirlo, se que sólo me ves como a un amigo —dijo, limpiándose las lágrimas —. Pero eso es sólo por cómo soy hoy. Me voy a ir un tiempo, pero te prometo que volveré. —Ken sacó de su mochila un bulto, que extendió hacia mí. Era un osito de peluche del mismo color que su cabello, y llevaba una camiseta con un corazón en el centro. Era sumamente tierno.
—Es precioso, Ken, gracias. —dije, intentando contenerme.
—Cuando vuelva, voy a cambiar tus sentimientos. No importa lo que tenga que hacer, conseguiré que me veas diferente y que te enamores de mi. —dijo, con determinación en su rostro— Ésto es para que no me olvides mientras no estoy.
Abracé al oso, hundiéndome mi rostro en él. No había manera de que pudiera olvidarme de mi amigo, incluso si no me hubiera dejado este regalo. Mi corazón estaba triste por la pérdida, sin embargo lo comprendía. Entendía que esto era algo que él debía hacer, y no sería yo la que lo frenara.
—Cuando vuelvas, prométeme que te encargarás de Ámber personalmente.
Ken rió, asintiendo.
—Es una promesa.
Y tras un largo abrazo, ambos nos despedimos. Pasaría mucho tiempo antes de volverlo a ver.
Cuando volví a entrar al instituto, un intenso sentimiento de venganza se apoderó de mí, aún sabiendo que era algo irracional: cierto, la rubia era la culpable de todo, pero Ken había encontrado su propia fuerza interior tras tocar el fondo, ¿entonces qué? ¿Ahora le tenía que agradecer a Ámber? Sacudí la cabeza, horrorizada ante el pensamiento.
Dicen que la mente es fuerte, y la mía debía ser super poderosa, pues cruzando el pasillo iba pasando el objeto de mi odio. Al verme, sonrió con malicia y se dirigió directamente hacia mi. Yo le daría una bienvenida placentera.
—¡Hola, arpía! Ya estarás contenta. —dije exageradamente alegre.
—¿Arpía? ¿Es lo mejor que se te puede ocurrir? —contestó, plantándose frente a mí con ambas manos a la cintura. Yo la confronté.
—Sí, claro, el sol es el sol y la luna la luna. —Me acerqué—. Y tú eres una arpía. —Le murmuré, amenazante, haciendo mucho énfasis en la palabra. Ella no se inmutó.
—¡Veo que ya te enteraste de las buenas noticias! —Su sonrisa de superioridad me provocaba la necesidad de borrársela de alguna forma, pero debía de contenerme—. Mira el lado positivo, —dijo, enrollando un mechón de su cabello en actitud burlesca—, al menos ya podrá comprarse sus propias cosas.
Podría matarla.
No se veía a nadie más en el pasillo. Era alta, pero no tanto, y bastante esbelta, seguramente producto de alguna dieta a base de hojas y esas cosas verdes. Podría empujarla contra la pared, noquearla, arrastrarla una cuadra hasta el auto, cavar una pequeña tumba en el patio comunitario del edificio, y encontrarle un buen uso en muerte usándola como abono para las plantas. Unos rosales no, pensaba más bien algo como los girasoles, el centro combinaba con su cabello...
De vuelta a la realidad, inspiré hondo para evitar al menos darle un golpe.
—¿Sabes, rubia? Las personas como tú siempre terminan cayendo de un barranco dramáticamente, o chocando contra un árbol mientras la policía los persigue en las películas.
—Menos mal que esto es la realidad.
—Podemos arreglarlo.
—¿Qué pasa aquí? —Se escuchó una voz grave desde el fondo del pasillo. Genial, lo que me faltaba. Nathaniel venía hacia nosotros, con una mirada de severidad, pero noté que únicamente la dirigía hacia mí. La bruja ya había tenido tiempo de pasarlo al lado oscuro, entonces—. Ámber, ¿estás bien?
—¿Ámber, estás bien? —repetí, perpleja—. Oh, disculpa, es que interrumpiste mi preludio de asesinato. —dije, con sarcasmo. Y sin embargo en algún momento lo pensé...
—Nathaniel ¡Ha querido atacarme! —Se pegó contra él, expresión de temor incluída. Yo sólo me reí, aún no podía creer lo hipócrita que podía ser.
—¿Es verdad, Alex?
—¡Por supuesto que no! Mírala: Cejas levantadas, hombros caídos, sus brazos a los costados. A todas luces no tiene miedo, está fingiendo.
Nathaniel volteó a mirar a su hermana, quien se mostró indignada frente a las acusaciones.
—Ámber me dijo que hace unos días quisiste golpearla, ¿es verdad? —preguntó, con una expresión anhelante por que le dijera que no. Lo siento chico, no te daré la satisfacción.
—No te lo voy a negar. —dije, observando como los ojos de Nathaniel expresaban su enojo—. En realidad, de lo único que me arrepiento es de no haberlo hecho.
—¿Pero cuál es tu problema? Es mi hermana y no voy a permitir que le hagas daño— dijo adoptando una actitud protectora de inmediato. Rolé los ojos, cruzándome de brazos.
—Deberías de conocer todos los hechos antes de tomar un lado, ¿no lo crees? —contesté, levantando un ceja—. Podrías llevarte una sorpresa.
—Es mi hermana.
—Y ya repetiste ese argumento.
—¡No le hablas así a Nathaniel, mosca! —ladró la rubia.
—¡Y tú cállate! Por culpa tuya y de tus amigas Ken tuvo que irse. —De nuevo sentí un nudo en la garganta, pero no les daría la oportunidad de verme afectada. Nathaniel pareció pensárselo por un momento.
—¿Ken? El chico que se dio de baja hace un momento, ¿qué tienes que ver tú Ámber?
—Si ese perdedor se fue yo no soy su madre para saber que pasa por su cabeza.
Ya, seguramente. Nathaniel la miró fijamente, analizando, y después se quedó absorto en un punto del suelo. Parecía pensar qué decir. Yo seguía esperando a saber cuál sería su posición en todo esto, más por curiosidad que por otra cosa. Con o sin su apoyo, me encargaría de hacerle la vida un infierno a Ámber durante la ausencia de Ken. Finalmente, habló.
—Jamás vi a Ámber cruzar palabra con tu amigo— dijo, intentando justificar a su hermana.
—Yo jamás he visto el viento pero me da en la cara todos los jodidos días. —solté, molesta.
—Lo lamento, es mi hermana y le creo. —Bajó la mirada al suelo. Estaba sorprendida, ¡no le creía! No lo hacía y era obvio que sabía que algo andaba mal en todo esto, pero él decidió ignorarlo. Me reí, incrédula, una última vez.
—Tampoco te voy a decir qué hacer. Ya estás grande. —Terminé, chocando hombro con hombro antes de irme. Si la rubia sonriera más, explotaría, y Nathaniel no dijo ni me reclamó nada.
Con el coraje en flor caminé a través del instituto. No sabía cómo iba a lograr prestar atención el resto de día. Me quedé pensando en los dos hermanos, y cómo algunas personas preferían cegarse a la realidad. Y entonces recordaba la mirada del rubio y el trato que me dio, y me repetía constantemente que no me afectaba en lo absoluto, aunque dentro de mí sabía que no era cierto. Sin embargo, ya antes había decidido alejarme del rubio y eso implicaba que tampoco intentaría cambiar la imagen que tenía de mí. Quizás así él también me evitaría a mi y me ahorraría ese esfuerzo.
En serio, ¿cómo iba a poder concentrarme? Mi mente se mantuvo divagando de un lado a otro durante todas las clases. Incluso Violeta, que era tan tímida, me preguntó si me ocurría algo. Con una sonrisa le dije que no me pasaba nada y ella pareció creérselo. Cuando el timbre sonó, sentí un enorme alivio en mi interior. Sólo tenía ganas de llegar a casa y acostarme el resto del día. Iba saliendo con las chicas cuando me crucé al profesor de historia en el pasillo.
—¿A dónde cree que va, señorita? —dijo.
Maldición, había olvidado por completo la detención.
—Profesor, de verdad, hoy no es un buen día. —Mi voz era casi suplicante.
—Una disculpa por interrumpir su apretada agenda, debió pensarlo antes de no prestar atención en mi clase.
Tuve que morderme la lengua para no soltar un comentario ácido. Es tan clásico de los profesores pensar que el tiempo de los jóvenes es menos importante que el suyo. Me despedí de las chicas, que sólo me enviaron una mirada piadosa antes de marcharse, y con una actitud decaída me dejé guiar al salón de castigo. Precisamente iba siguiendo al profesor, que iba dando algún sermón que yo no estaba escuchando, cuando cruzamos con Castiel, que me miró, intrigado. Yo simplemente lo saludé con un gesto de cabeza, no tenía ganas ni tiempo de hacer vida social. Llegamos a un salón que se encontraba en el segundo piso. Gracioso, la primera vez que subía a este nivel y era en detención. Entré: era igual a los demás salones, sólo que un poco más pequeño.
—Puede retirarse a las 4:00 p.m., yo estaré vigilándola cada determinado tiempo para asegurarme de que todo vaya bien. —Miré el reloj, que marcaba las 3:00 p.m., toda una hora aquí, grandioso. El profesor cerró la puerta tras de mí, y lo escuché alejarse. Elegí el lugar donde estaría sentada la siguiente hora y dejé caer mi mochila con un sonoro golpe. De todos los días, precisamente hoy estrenaría mi vida en detención: ni una sóla vez me había levantado ni siquiera un reporte en mi vida, no porque no hiciera algo que lo mereciera, sino porque no me habían descubierto. Supongo que sólo era cuestión de tiempo.
Miré el reloj: 3:04 p.m. No podía ser que el tiempo se pasara tan lento. Revisé mis redes sociales, me puse al día en mis notificaciones, y cuando terminé aún me quedaban más de 40 minutos por delante. Estaba aburrida. Pensé en ponerme en mandarle un mensaje a mis antiguos amigos, pero me detuve: los estuve ignorando por los últimos días, y me había ido tan abruptamente que estaba segura de que estarían molestos conmigo. Más que molestos. Y sin embargo, ¿qué podía hacer? Mucho había tenido ya con una despedida, y cada vez que me llegaba un mensaje de ellos sentía un dolor en el estómago que me dejaba sin aire. Tan sólo quería seguir con mi vida, fingiendo que nada de los últimos 16 años había pasado, que nunca había tenido amigos que me querían, que jamás llegué a enamorarme de mi mejor amigo, que quizá nunca volvería a verlos y que estaba alejada de mis padres.
Maldición, pensé, hundiéndome en la silla. Entre lo de Ken, los hermanos de hace rato, la detención y la mudanza había comenzado a deprimirme. Luchaba por no darle importancia, por distraerme con lo que hubiera a mi alcance, pero en momentos como este, que me quedaba sola y sin algo en lo que ocupar, no podía evitar pensar. Quizá simplemente debía armar un berrinche o algo y volver... Sacudí esa idea de mi cabeza, pues sería darles problemas innecesarios a mis padres.
La puerta del salón se abrió de golpe, sobresaltándome. Ahí, bajo el marco, se encontraba Castiel en toda su gloria. Parecía muy lleno de sí mismo.
—¿Qué quieres? —Le solté, cansada.
—Vaya, parece que alguien está de buen humor hoy. —dijo, con una mano en la cintura y sonriendo, obviamente intentaba molestar.
—De hecho hoy no tengo ni un poquito de humor Castiel.
—¿Ocurrió algo? —Preguntó, cruzándose de brazos. Lo observé, atraída por el hecho de que mostraba interés. Miré su ropa, su chaqueta y pantalón de cuero negro gritaban "rebelde" a cien kilómetros, y su playera parecía ser de alguna banda de rock. No parecía ser del tipo de persona que se preocupa por otros abiertamente, y ya con ésta iban dos ocasiones en las que demostraba no molestarle tanto mi compañía.
—Un problema con cierto rubio que adoras. —Le dije, desviando la atención hacia el menor de mis problemas. Él frunció el ceño.
—Prefiero no hablar de él.
—¿Entonces para qué preguntas? —Bufé. No era de mucha ayuda.
—¡Y un demonio! Eso me pasa por querer venir a ayudarte. —Contestó, disgustado.
Sonreí suavemente.
—Tienes muy mal carácter, ¿verdad? —Pude notar como él cambiaba de posición, incómodo. Sin embargo, lo que había dicho sonaba interesante.
—Sí, y a cualquiera que no le parezca se las ve con mi puño.
—Tranquilo, sólo era una observación. ¿Decías que venías a ayudarme...? —Le invité a seguir contándome. Él parecía ahora reacio a contarme, pero al final de cuentas lo hizo.
—No tienes por qué estar aquí. Los profesores siempre dicen que vendrán a vigilarte, pero en realidad te dejan aquí y se van a sus casas, tan tranquilos ellos.
—Sorprendente, eso es justo lo que me dijo. —Le respondí con los ojos muy abiertos. Él sonrió de lado.
—Pues claro, ya llevo un buen tiempo aquí. Tú júntate conmigo y aprenderás muchas cosas más. —Su sonrisa era sumamente seductora, y su actitud despreocupada lo hacía un chico atrayente. No dudaba que tendría muchas chicas tras de él en el instituto. Era una lástima que a mi me gustaran más... inexpertos.
—¿Es eso una invitación? —Le dije, guiñándole un ojo de la misma forma que él hiciera en la mañana. Me siguió el juego.
—Tómalo como más desees, niña, no me voy a negar.
Con una carcajada me levanté de mi asiento. Tomé mis cosas y salimos de allí, juntos. Al llegar a las escaleras, comencé a bajar, pero me di cuenta de que Castiel se dirigía hacia arriba.
—¿No vienes? —Me preguntó, dejándome ahí. Dudé. Si bien quería llegar a casa y terminar este día del demonio, mi curiosidad era grande, así que me decidí por seguirle. Llegué a una gran puerta de metal y la abrí, quedándome perpleja.
Ante mí se abría el paisaje de la ciudad completa, vista desde lo que parecía ser la azotea de la escuela. El viento aquí soplaba con más fuerza, y agradecí llevar una coleta de caballo. Mi cabello enredado podía convertirse en una masa que albergaba todos los males del mundo. Cerrando la puerta tras de mí, seguí disfrutando la vista. Amoris parecía ser una ciudad bastante pintoresca. No había tenido la ocasión de parar y observar en todo su esplendor, pero desde aquí todo parecía tan verde y colorido que me hizo sentir que todo estaría bien. Sonriendo, voltee, buscando a Castiel con la mirada, y cuando lo encontré me quedé muda por un segundo. Estaba apoyado en la barandilla, con el sol tras de él, y los rayos de sol que llegaban a su cabello rojo lo encendían, haciendo que pareciera fuego encendido. Miraba al horizonte, distraído, como sólo pueden quedarse las personas que se ahogan con sus pensamientos. Luego, su mirada profunda y gris también encontró la mía, y en ese momento lo supe: no tenía muy claro de qué manera pero él iba a cambiar mi vida.
When you need a way to beat the pressure down
When you need to find a way to breathe
I could be the one to make you feel that way
I could be the one to set you free
