-Debemos respetar la decisión de Rogue. –

Logan, de espaldas a Ororo, mirando el jardín a través de las enormes ventanas, apretó sus puños. Tenía razón pero eso no significaba que le tenía que agradar. Toda una gama de visiones de todas las posibilidades que podría sobrellevar Rogue sola, sin su protección, sin su mutación, pasaron por su cabeza.

-No podemos hacer algo así. No podemos abandonarla… - refutó Bobby.

El había sido el primero en percatarse de la desaparición de Rogue. Dos días atrás había tenido una extraña conversación con ella. Estaba fría y distante, utilizando el sarcasmo como nunca antes lo había hecho. El se sintió culpable, después de todo ella había tomado la decisión tan drástica de perder sus habilidades mutantes para poder estar más cerca de él. Prácticamente lo estropeó todo, si trataba de verlo desde el punto de vista de ella. Ese día se había levantado con todas las intenciones de hablar con ella y estuvo toda la mañana esperando su aparición pacientemente. Ya cerca del mediodía comenzó a preocuparse. Fue a su habitación para encontrarla por completo vacía, ninguno de sus artículos personales estaban en su interior.

-Chico, Ororo tiene razón. –

-¿Usted también? – y Bobby lo miró molesto, -Ella me dijo en una ocasión que usted le hizo la promesa de protegerla. ¿Así es como piensa cumplirla? –

Un sonido gutural salió de lo más hondo de Logan y se volteó abruptamente a mirar al atrevido mocosuelo.

-No te atrevas a señalarme con un dedo acusador porque hemos sido todos los que le fallamos. Tú, yo y hasta tu adorada noviecita… Todos nosotros. –

Un enrojecido Bobby por la vergüenza lo miró enmudecido. Fue un insolente hablándole de esa manera al Wolverine. Logan tenía que estar realmente enfurecido con la situación para sobre eso ofrecerse como chivo expiatorio para que así pudiera desahogar toda su furia y transformar su persona en jirones de carne y hueso.

Logan no dijo nada más. ¡Mierda! Masculló él en su interior. ¿Cómo no lo vio? Había querido sentarse a hablar con ella, preguntarle como se sentía y hablar sobre el congelador andante. Pero había caído sobre sus hombros, junto a los de Ororo, toda la responsabilidad de la escuela y había consumido casi gran parte de su tiempo, no teniendo ni un minuto para hacerlo. ¿Por qué le negó a ella sus verdaderos sentimientos? Ella si era una hija para él. Se corrigió en silencio; ella era su hija, la amaba como tal. Ese lugar en su corazón ya era suyo. Solo esperaba que estuviera donde estuviera se encontrara bien… Se reprendió a si mismo por pedir como un tonto que hubiese podido hallar algún ángel guardián para velar por su seguridad.

-Y si algún día Rogue decide volver a la mansión, la recibiremos con los brazos abiertos.- dijo Ororo, rogando al cielo que así ocurriera.


Por primera vez en su vida, Rogue agradeció al cielo la profusa cantidad de los famosos restaurantes de comida rápida tan bien conocida como McDonald's. Se topó con uno no muy lejos de donde John la abandonó. Ordenó el menú más económico para desayunar. Ella había entrado con un largo abrigo sobre su camisón de dormir, nadie se extrañó de su peculiar vestimenta. ¡Ah, las ventajas de vivir en una ciudad como Nueva York! Luego de ordenar, se dirigió al baño para vestirse como era debido. Ahora, sentada junto a una de las ventanas observando el exterior, trataba de saborear su desayuno todo el tiempo necesario. Muy pronto no tendría más dinero para comer. La ciudad estaba comenzando a despertar con los primeros rayos del sol. Ella sopesaba cual decisión tomar; continuar con su viaje como había planeado unos años atrás a Anchorage o quedarse en la ciudad y tratar de buscar algún empleo. Pero no podía evitar que su cabeza comenzara a divagar y se encontrara pensando en el dueño de unos ojos como el mar.

Rogue se tocó sus labios. Nunca había sentido nada igual. Ni tan siquiera los besos robados de Bobby eran una centésima parte de lo que ese beso había despertado en ella. Siempre imaginó que John no era del tipo de hacer las cosas a medias. Todo lo hacía con la mima pasión de las llamas con las que él solía jugar. ¿Qué sería ser amada por él? Cerrando sus ojos, pensó que debería ser una experiencia hermosa y maravillosa.

Rogue no se percató de unos ojos del color de un mar en tormenta que la miraban detenidamente a lo lejos a través de la ventana del restaurante de comida rápida. No debía acercarse a ella. Luego de haberse comportado como una bestia insufrible en la madrugada con ella, se sentía como la peor escoria que ha existido sobre la faz de la tierra. El no deseaba que ella permaneciera en la ciudad. No era el lugar apropiado para ella, no estaba segura. Si pudiera, la arrastraría hasta la próxima estación de autobús para obligarla regresar a la mansión. Sí, ahí recibiría toda la seguridad y el amor que ella necesitaba. Logan velaría por ella y Jubilee, su amiga, estaría al pendiente de que no cayera en la más miserable depresión. Esa mujer era desquiciante pero sabía que le tenía un gran afecto a Rogue.

Si las circunstancias hubiesen sido otras, le hubiese pedido que se quedara con él. Tenerla a su lado, amarla con locura. Luego del beso de unas horas atrás, donde al fin había podido sentirla en sus brazos y por unos minutos pensó que ella le pertenecía, descubrió lo que era la gloria. La gloria de saborear esa boca que era el más dulce néctar, la gloria de sentir su calor y perderse en toda su delicia… Amarla sería tan fácil. Pero él no era el adecuado para ella, su alma estaba marchita, su vida marcada para siempre. La vio ponerse de pie, llevar su bandeja al cesto de basura más cercano y salir del restaurante. Por unos segundos, viendo la expresión de su rostro iluminado por la ilusión mientras sus ojos escudriñaban la calle, tuvo la alocada idea de que ella le buscaba. Pero inmediatamente desapareció el gesto, quedando él con la idea de que tal vez lo imaginó.

El siguió sus pasos a una distancia prudente. Necesitaba saber que iba a hacer. Mientras más cerca se encontraba de la estación de autobuses, cada vez confirmaba su sospecha que ese era su destino. Le preocupaba que decisión ella había tomado. A su memoria vino la ocasión que ella, en una de sus tantas escapadas junto a él al techo de la mansión, le había hablado de su deseo de viajar a Anchorage por aventón. El la había escuchado callado, sintiendo en ella ese deseo de alejarse de todo, el mismo deseo que invadía su ser. Esperaba que esa no fuera su idea porque no permitiría que hiciera ese viaje sola.

Rogue, esperando su turno para comprar su boleto en la estación, intentaba racionalizar su decisión. Tal vez sería la máxima humillación de toda su vida, tener que tragar hondo su herido orgullo pero… regresaría. Aún en su cabeza escuchaba los gritos aterrorizados de la mujer que John ayudó la noche anterior. ¿Por qué negarse la seguridad y la estabilidad de un lugar donde sabía que vivían personas que la apreciaban¿Abandonar todo eso por el bueno para nada de Bobby? No señor. Sonriendo y dándole las gracias a la mujer que le vendió el boleto, caminó hacia el área que se encontraba su autobús y subió a él. Ella miró hacia fuera, deseando… Dejó escapar un suspiro, era solo un tonto anhelo. Cuando el autobús arrancó, una infinita pena apretó su corazón; ver a John una vez más y despedirse de él. Era un tonto anhelo.

Fue increíble la sensación de alivio que sintió John al ver el autobús alejarse con Rogue en su interior. Westchester County, no había mejor lugar para ella. Entonces¿por qué la horrible sensación de vacío? Solo una vez, solo una entre sus brazos y ya se encontraba hechizado del poder que la pequeña bruja había obrado en él. ¿O acaso era vudú? Después de todo, ese era el arte que practicaban en el sur. ¡Ah, su hermosa dama sureña!

-¿Cómo puedo ayudarle? –

Aturdido, John miró a la mujer. ¿Cuándo carajo se había introducido a la cola?

-Hola. – dijo la mujer moviendo su mano frente al rostro del joven. Ella hizo una leve mueca de desagrado; la juventud y las porquerías que utilizaban. - ¿No piensa comprar boleto? –

-Sí. A Westchester County. –

----xoxo----

Un solitario hombre de edad avanzada estaba sentado frente a una mesa con fichas de ajedrez sobre esta. Era un hermoso día soleado para disfrutar de una jugada en el parque. Miraba las piezas con una inquietante paciencia, como si estuviera a la espera de alguien. Solo esperando...

Como si hubiese aparecido de la nada, una bella rubia se acercó a él y se acomodó en el asiento frente al hombre.

-Hola, Eric. -

El hombre levantó su mirada y solo por unos segundos sus azules ojos parecieron mirarla algo perdidos en la distancia, como si ella no estuviera sentada allí. Ella se preocupó; presentía que no la reconoció... De improviso esos ojos despertaron, adquiriendo ese vivaz brillo y una leve sonrisa curvó los duros labios.

-Hola, querida Meggan. ¿Cómo estás? -

-Estaba bien hasta que me senté frente a tí. ¿Podrías tratar de controlar esos negros pensamientos? Me estan enloqueciendo.-

-Lo siento querida. Es difícil evitarlos, no todos los días te conviertes en la peor basura sobre la faz de la tierra. - añadió él con una sonrisa desdeñosa.

Meggan asintió comprensiva, envíandole una mirada llena de aprecio. Ella llegó a ser estudiante del profesor, buscando ayuda para controlar su poder mutante el cual era empatía. Este sentido telepático le ayudaba a captar las emociones y sentimientos de quien estuviera cerca de ella. Eric, a pesar de aparentemente ser un hombre frío, reservaba un lugar especial para Meggan en su corazón. Ella provenía de los Romi, al igual que su fenecida esposa.

-¿Y a qué debo el honor de tu visita, a mi, un simple humano? -

-Las ruedas del destino estan en movimiento Eric. El ha comenzado su viaje como se había predicho. -

Ella habló con gran emoción, dándole enfásis a cada sílaba como si su vida dependiera de cada una de ellas. Eric Leshnerr captó cada una de las enigmáticas palabras; toda una vida esperando para escucharlas. Irónicamente era ahora solo un hombre, un Homo sapien. De todas formas esas palabras le brindaron un gran gozo, sentimiento que muy rara vez podía sentir. Estaba seguro de que ella estaba en lo cierto; Meggan no era una empata usual. No señor. Ella era una empata elemental, podía leer auras y le permitía armonizar con los cuatros elementos del universo: aire, fuego, agua, tierra. Esa única habilidad le daba la oportunidad de poder captar cambios, hasta el de un futuro cercano.

-Dios mío... la profecía. - murmuró él maravillado.

Las noticias debieron haberlo conmocionado profundamente, opinó ella. Hacía mucho tiempo que él ya no creía en Dios.

-Pensé que querrías saberlo; después de todo, el profesor y tú prácticamente vivían respirando de esa profecía. -

-Sí, lo hacíamos. -dijo él con un cierto tono de dolor en su voz. -Todavía la esperaba... El líder entre los líderes; ni yo puedo llegarle a sus pies. -

-El que nos guiará en nuestras horas más oscuras. - continuó ella, -El padre de el Esperado. -

-No sabía que seguías la profecía. - comentó él arqueando una de sus cejas.

-Grandes mutantes la han escuchado y vivido por ella. - ella se encogió de hombros, -¿Por qué yo no habría de hacer lo mismo? -

-Es cierto. - concedió él.

Se mantuvieron callados por unos segundos, asimilando en armonioso silencio la tan esperada noticia. De pronto, sin Meggan poder contenerlo, dijo en voz alta: - El dios entre los insectos. -

-No tienes idea, querida. - y riendo suavemente, -Verdaderamente un dios entre los insectos. -


Lo sé, lo sé. Muy corto este capítulo. Prometo que el próximo será más extenso. :D

¡Oh! Y algo muy importante que había olvidado hacer en el primer capítulo. Solo estoy usando los personajes de X-men (versión película) para jugar un ratito con ellos. Estoy muy consciente de que no son míos. Tan pronto termine con ellos, los devuelvo completamente sanos. ;P

Muchas gracias KillDark por tu comentario.