Capítulo III
"Como si fuera la primera vez"
La muerte encierra, sin siquiera saberlo, a dos corazones en un mismo ataúd. Uno que ya dejó de palpitar, y otro que poco a poco y eventualmente dejará de hacerlo, ya sea por el dolor, por la soledad, o la adversidad. No importa si sucede luego de días o décadas. No importa si sufre de más tribulación o dicha alguna. Por cada día, por cada vez que alcance un triunfo o sencillamente por cada vez que ese corazón lata incesante, perderá una pequeña parte de su ser. Por cada triunfo el destino le arrancará algo, y por cada pálpito sus latidos se harán más débiles hasta que en un momento no pueda seguir.
Viviendo en un trance de ilusorio en donde nuestra carne se cae, desgarrados por la angustia, desviserados con lentitud por el vacío, y apuñalados con violencia por la crudeza de la realidad. Ningún placer podrá sanar, mucho menos cubrir esa cicatriz que supera a cualquier otra, porque es el alma la que es cercenada. Cada caricia, cada recepción de afecto de quien nos ama se vuelve un martirio, como si nos abrazaran teniendo la piel quemada y expuesta. No importa lo sincero y genuino que sean esas manifestaciones tan hermosas de cariño, se vuelven una tortura en esos momentos de desasosiego y solo nos sentimos como lo peor de la existencia al contemplar el horror de aquellos que intentan aliviarnos y solo nos causan más dolor sin quererlo. Un dolor inexplicable, e incomprensible para quien no lo siente. Perder una parte de ti, a un ser amado que tiene tu sangre y tuviste que velar su paulatino fallecimiento hasta sentir su gélida piel sin vida.
Te extraño tanto; y en ocasiones te necesito tan desesperadamente que comienzo a ver tu cara en el rostro de todos...
El repentino sonido del bolígrafo chocando con la madera de la mesa la despertó de golpe. Zelda inhaló de forma ruidosa, levantando su rostro de sobre el libro que tenía de almohada, sintiendo que su parpado derecho en la que tenía apoyada su cara no le respondía mientras que el otro sí, no logrando enfocar la vista por el cristal de sus lentes de lectura. Luego de salir del estupor supo en dónde estaba, después de despertarse de forma tan boba con el sonido de la pluma que se le deslizó entre sus dedos estando dormida; definitivamente "sueño ligero" se quedaba corto como para definirla.
En un lerdo intento de incorporarse, acomodó levemente el libro de biología celular que estaba leyendo, y sus tan numerosas como desastrosas notas repartidas por toda la mesa del laboratorio en el que estaba. De nuevo la jaqueca la atacó, al sentirse intensamente aturdida por la fuerte luz que alumbraba ese lugar. Cerró de nuevo los ojos, tomándose la frente con ambas manos, y sintiendo una sensación punzante en el puente de su nariz causado por sus lentes. Estaba exhausta, consumida y derrotada en una lucha en la que no parecía tener ninguna ventaja. Lentamente se quitó su bata blanca, para colocarlo en la silla junto a ella. Volvió a examinar sus apuntes. Analizando teorías e hipótesis, creando marcos metodológicos y posibles relaciones del síndrome con alguna otra enfermedad, pero no había ninguno. El Hinom era tan mortal como misterioso.
Concebido por otras incógnitas que probablemente jamás tendrían respuestas, dudas que nacían del qué había ocurrido en esa guerra que todos temían mencionar, en la que nadie se tomaba la molestia de investigar. Un vacío en la historia que todos deseaban continuara así. Como si no hubiera ocurrido. Y esa mentalidad tan perniciosa comenzaba a aflorar entre los especialistas que inicialmente buscaban una cura para el Hinom, y ahora desertaban, por gastamiento, ahíto, o por no soportar ver las consecuencias de una maldición tan destructiva. Pero Zelda seguía ahí, inamovible, con una voluntad que nadie podría difuminar. Obstinada, olvidándose de sí misma con tal de entregar lo que pudiera de su existencia para lograr así fuera un mínimo avance en lo que tanto anhelaba. Pero querer no era poder.
No lograba rememorar exactamente en qué momento su voluntad de sanar las dolencias de alguien más se había vuelto algo tan gris, que la consumía lentamente. Como si por cada vida que salvaba, por cada día que prolongara la existencia de un paciente significaba perder una parte de su ser, que se quebraba y fragmentaba en miles de pedazos al chocar contra el suelo. Las lágrimas de felicidad y los incesantes agradecimientos de quienes lograba aliviar entre los afectados ya no hacía nada en su interior, sonreía de forma mecánica, superficial, asintiendo y repitiendo la misma frase vez tras vez que realmente había olvidado el significado de cada palabra. "Solo hago mi trabajo".
Contemplaba esa alegría tan intensa en esas personas, cuando dentro de sí borboteaba la verdad: Solo era logros irrelevantes, recuperaciones temporales, y un bienestar efímero. El Hinom volvía, siempre lo hacía. Miraba ese optimismo en sus pacientes que mostraban ante una diminuta mejoría, y no sabía si sentirse en paz o como una vil mentirosa al callar la innegable verdad, que no había cura por mucho que retrasaran los síntomas. Esos últimos dos años habían pasado con la fuerza de décadas. Había sacrificado cada necesidad básica de su integridad física por su obsesivo objetivo. Días y noches que nunca recuperaría. Agotamiento que nada lograba reponerlo. El precio de lo que hacía era enorme, le estaba costando su propia vida, y ya había pasado mucho desde que había dejado de importarle.
Miraba ese sitio de superficie blanca e infestada de equipos de laboratorio, todo en un estricto orden e impregnada a olor aséptico. Ese era su pulcro infierno. Lleno de todos los recursos disponibles para lograr su más adorada ambición, y ni así parecía que la solución se avecinara por mucho que se esforzara. Todos los que ya habían perdido la confianza en la búsqueda de la cura le decían lo mismo, que tuviera fe, que buscara la ayuda de las Diosas. Eso no le causaba más que frustración, eran palabras absurdas, una fe estúpida e irrazonable.
Seguramente eran altas horas de la noche, y lo confirmó mirando el reloj. Ordenó lo poco que desbarató, puso todo en su lugar, dejó su bata en su perchero, guardó sus lentes, y sin más, apagó las luces del lugar, cerrando y saliendo inmediatamente, deseosa de ir al único lugar que podría considerarse la total contraparte de ese sitio.
—"Como si fuera la primera vez...
Que sus esencias inmortales como el tiempo surgieran en un renacimiento perpetuo con senderos unidos.
Que sus almas entraban en sincronía mientras los luceros de sus ojos se enfocaban en correspondencia.
Que sus motivaciones fueran uno por el otro sobre cualquier otra cosa, con la devoción del cuerpo y el espíritu, la tierra y el viento, la sabiduría y el valor..."—leía Zylia a gusto y fascinada con lo que sus ojos contemplaban y su habla interpretaba. Estaba en su elemento, luego de devorar chocolates hasta quedar llena, cómoda en la cama de esa habitación del centro entre almohadas suaves, y con cierto chico ciego y canoso recostado con la cabeza en los suaves muslos de ella, juntos en tan linda e íntima situación, se veía sereno, si hasta roncaba... Esperen ¿Roncaba?
— ¿¡Te dormiste?!—chilló Zylia enardecida dándole palmadas en la mejilla a Sasha con tal de despertarlo. El joven balbuceó algo inentendible, respirando agitado al salir del repentino sueño.
—No, solo descansaba los ojos—mintió Sasha con sorna por la ironía de sus palabras y sonriendo de lado para luego soltar una carcajada al oír el bufido furioso de su chica. Zylia le dio un golpecito en la frente con el lomo del libro y murmurando un "Idiota". Sasha solo pudo reírse en respuesta.
—Oye no me culpes, está un poco lenta y blanda la trama de lo que lees—Se excusó Sasha entre risas.
—Tan blanda como lo que tienes abajo—Le tiró Zylia en respuesta haciendo que el chico se le escapara una sonora risa que hizo que la princesa le tapara la boca antes de que viniera otra enfermera a acallarlos por enésima vez en la noche.
—Bueno, "descansa los ojos" mientras viene Zelda—ordenó Zylia algo mandona a Sasha mientras que comenzaba a acariciarle el cabello. El chico dio un ronquido placentero con la sensación, sonriendo a gusto al estar en el regazo de ella.
Y ahí lo tenía, engatusado y recostado en sus piernas en la cama de la habitación de Sasha en el centro. Había sido rápido el paso de unos cuantos meses, en los cuales surgió algo luego de ese excéntrico encuentro en las escaleras, sin dudas había florecido. Pero no le habían puesto nombre o término a "eso", solo se limitaban a ser un apoyo uno para el otro, y por qué no, también un salvavidas en el que podían librarse de las inquietudes. Era algo que por nada en el mundo querían que cambiara, sentirse de alguna manera u otra complementados. Demente con su demente.
Zylia decidió cambiar un poco lo que leía, así que cerró el libro que minutos antes le estaba leyendo a Sasha y lo puso sobre la mesa de noche que tenía a un lado; tomó otro, uno de sátira y humor que le fascinaba. Relataba la historia de una princesa que estaba enamorada de uno de sus más talentosos soldados de la guardia real. Tenía el librito en manos, leyendo callada. Estaba cada vez más y más exhorta en la lectura, justamente en la escena en la que la princesa estaba intentando tejer una bufanda azul para su amado. Hasta que sin percatarse comenzó a relatarlo en voz baja.
—"Para mojarlo, hay que lamerlo... Para pararlo, hay que chuparlo... Para meterlo, hay que empujarlo... ¡Qué jodidamente difícil es enhebrar una aguja!"—leyó Zylia de forma susurrante y aguantando la risa y la diversión, atrapada en su mundo.
— ¿Y cómo se llama ese libro...?—preguntó repentinamente Sasha quien supuestamente estaba dormido.
— ¡Ahora sí prestas atención, maldito!—reclamó Zylia golpeando de nuevo a Sasha en la frente con el libro. La risa complice de Sasha solo hizo que los refunfuños de la princesa se convirtieran también en carcajadas.
Ya resignada y poniendo el librito a un lado, se inclinó un poco para alcanzar el rostro de Sasha y besar con suavidad sus labios. Y el joven no reclamó en lo más mínimo. Hasta comenzó a tantear el terreno y meter un poco de lengua, y su compañera no se lo negó. No obstante, se separaron abruptamente cuando oyeron como se abría la puerta, y se dispusieron a fingir que ahí no había pasado nada. Pero Zylia dio un respingo de miedo...
— ¡Una ReDead con corsé!—gritó Zylia con horror al ver a quien había entrado. —A no, es mi hermana—corrigió riéndose de Zelda mientras la veía agotada y arrastrando los pies. Ante eso Zylia y Sasha comenzaron a reírse sonoramente, para luego bajar la voz al recordar en dónde estaban. Y para el joven no fue cosa que le sorprendiera la presencia de la Reina en ese lugar, luego de haber acosado por varias semanas a la princesa de Hyrule, era inevitable no haberse topado con su hermana mayor, y que está ya no le sorprendiera la confianza que había entre ambos, y algo más que confianza.
Zelda iba casi sonámbula, andando con pereza y sin casi fuerzas. Y como contestación a las palabras de Zylia, solo levantó su mano, alzando débilmente su dedo medio hacia su hermana.
—¿Me estás sacando el dedo medio?—preguntó Zylia con intriga actuada. Zelda asintió sin ganas mientras veía con total atención el mueble de la habitación en el que quería echarse. —Dale un poco de viagra al pobre, está flácido—Y ante esas palabras Zelda no pudo aguantar una atropellada risa, que la sacó de su estado semi muerta y la hizo reaccionar.
—Estás loca—respondió Zelda mientras se sentaba lentamente en el sillón para reposar un poquito.
—Y lo disfruto cada segundo—comentó Zylia con orgullo, mientras Sasha solo gozaba del espectáculo.
Por primera vez en horas Zelda se sentía de nuevo viva, con algo que llenara su hueco corazón y su razón desorientada. Y su sonrisa era la prueba más fidedigna. Surgía de sencillamente contemplar ese peculiar gesto tan iluminado que tenía su hermana en los momentos que compartía con ese chico del centro. Y si por alguna razón ambos no estaban internados en el mismo sitio, hacían hasta lo imposible para reunirse de alguna manera; Zelda casi enloqueció por la cantidad de veces que Zylia le suplicó acompañarla al centro de investigación. Y por una razón muy obvia, Sasha aún estaba internado ahí.
— ¿Cómo te sientes hoy, Sasha?—preguntó Zelda con profesionalismo pero con sincero interés, una combinación muy extraña considerando lo insufribles que solían ser los demás doctores del lugar. La noble se puso de pie, acercándose lentamente hasta la tablilla de los apuntes de quienes habían examinado al joven ese día no sin antes colocarse sus lentes.
—No me quejo—respondió sencillamente Sasha, complacido porque finalmente lo podrían dar de alta en pocos días por su notable mejoría.
—Podrás irte a casa muy pronto. ¿Vendrán a llevarte?—Zelda miró al joven recostado sobre Zylia.
— ¿Mis padres? Que va. Seguro mandarán al mayordomo—dijo Sasha, encogiéndose de hombros y torciendo los labios en resignación. Además, sus padres de seguro estaban en el extranjero, nunca le avisaban si se iban o por cuánto tiempo, como si no les importara su hijo, y esa suposición era acertada. Fue en ese instante en el que Zelda y Zylia se miraron una a la otra por unos instantes. —¿Se están mirando?—Aunque eso sonó más a una afirmación que a una pregunta de parte de Sasha.
—Por favor...—dijo Zylia suplicante a su hermana mayor, poniendo una cara que jamás y nunca estaría acorde con su verdadera naturaleza, ya que se le veía con una muy hipócrita carita de borrego a punto de ir al matadero. Con una simple mirada Zelda sabía perfectamente qué se traía entre manos su hermana: que ellas lo llevaran a casa.
—Ay... No le puedo ver esos ojitos de cachorro y aun así me doblegó. ¿Qué dice usted, majestad?—comentó Sasha tratando de dar una indirecta persuasión. Un repentino puchero de parte de Zylia terminó de quebrar el recelo de Zelda, quien exhaló en señal de rendición.
—Está bien. Ustedes ganan. Arreglaré tu salida para que podamos acompañarte—aseguró la rubia, antes de que Zylia diera un chillido de alegría extendiendo los brazos.
—¡No se diga más entonces!—gritó escandalosa la princesa, y en consecuencia tanto Zelda como Sasha le chitaron para que se callara; Zylia se cubrió la boca con una mano pero siguió moviéndose y celebrando en mutismo.
—Muy bien jovencita, ya tenemos que irnos—dijo Zelda con el tono típico de una madre, porque sabía que eso irritaba a su hermana. Con todo el pesar del mundo Zylia admitió que ya era momento de retirarse, había pasado ya varias horas juntos, y ya había pasado bastante de la hora límite para visitas. Ahora Zelda comprendía de dónde venía la comparación de "Más largo que despedida de enamorados". Aunque no los iba a apurar, le daba satisfacción ver esa pequeña burbuja que formaban al estar juntos.
—Buenas noches, cabeza hueca—dijo con extraño tono cariñoso Zylia, revolviendo el cabello de Sasha teniéndolo frente a frente, él sentado en la cama y la chica solo un poco inclinada desde la orilla. El joven solo sonrió.
—Buenas noches, estirada—respondió Sasha burlón correspondiendo al pequeño gesto. Se quedaron así varios instantes, en silencio y sin saber a ciencia cierta si hacerlo o no. Zylia miró discretamente de reojo a Zelda, y Sasha lo hubiera hecho si hubiera podido ver. Ahí la rubia captó lo que sucedía.
—¿Y desde cuándo están tan tímidos?—preguntó sarcástica Zelda, viendo divertida el bochorno de ambos.—Les daré un minuto—aceptó finalmente la monarca con una sonrisa cómplice, dándose la media vuelta para salir de la habitación y cerrar tras de sí la puerta con tal de darles unos últimos instantes de intimidad por ese día. Como si fuera a cometer un crimen, Zylia esperó quieta a que Zelda cerrara la puerta... Y fue ahí que abrazó a Sasha y le estampó un intenso beso en los labios como despedida. A un vaivén ni muy lento ni muy apresurado, intentando disfrutarlo.
—Nos vemos mañana, ¿Sí?—susurró Zylia, luego de haberse separado unos milímetros con tal de poder mirarlo, sin embargo, no separaron sus frentes. Como respuesta Sasha solo asintió ligeramente jadeante.
—Te quiero—respondió él en su propio mundo, y con poco aire en sus pulmones.
—Y yo a ti—
Cada día se había vuelto como las páginas de un libro que nadie podría parar de leer. Una página era una aventura más, algún acontecimiento que los llenaba con nuevos sentimientos que comenzaban a latir con fuerza en el interior de ambos. Para Zelda, verlos con una radiante dicha al estar juntos era la más gratificante obra vívida que podría contemplar, más emocionante que los escritos de cualquiera de sus favoritos.
Era una felicidad y satisfacción que no tenía manera alguna de definir, por primera vez en tanto tiempo lograba ver como la bella flor que era su amada hermana recuperaba su brillo y parte de sus ánimos genuinos al tener una nueva razón para despertar ansiosa e impaciente, más de lo que ya era.
Él y solamente él.
Quien podía hacerle sentir como la más soñadora de las enamoradas flechadas que tanto repudiaba en las historias que leía. Quien de alguna forma u otra hacía ver esos días oscuros como noche tal como una simple neblina que poco a poco se disipaba. Para Zylia, Sasha lograba ser lo que necesitara, un cómplice, un confidente, un oidor, un compañero, uno que deseaba tener siempre a su lado. Sus educadores en innumerables ocasiones repetían vez tras vez que era una dama de la alta clase, heredera del honor del apellido que compartía con su hermana, una noble que debía ser y parecer, pero en tanto tiempo y por primera vez gracias a Sasha, se sintió como una princesa.
Tantas adulaciones a su aspecto que había recibido desde su más dulce infancia, pubertad y recién adultez, y solo oía falsedades entre esos halagos. Y él, ciego y mientras ella estaba en crisis de autoestima por su enfermedad, la iluminaba con un genuino: "Eres preciosa"
Era irónico, y a la vez muy hermoso.
Porque se lo decía de la forma más sincera posible, refiriéndose a lo que tenía en su interior, y también a su belleza física. Sí, finalmente la había logrado conocer de esa forma, luego de varias semanas conociéndose, Zylia finalmente accedió a que él palpara el rostro de ella con tal de visualizar en su mente el aspecto de la joven, quedando maravillado, cautivado, y deseoso de tocarla vez tras vez con tal de seguir "mirándola", y grabando en sus pensamientos la imagen que ahora adoraba.
Cumplían tantos caprichos tontos e infantiles que tenían. Peleaban por sonseras, para luego hacer la paz con un beso de por medio. Cuando alguno de los dos o ambos estaban de nuevo internados, planeaban ideas para hacer bromas a las enfermeras, le ponían apodos a los doctores, elaboraban movimientos de protesta entre los pacientes por el sabor del pudín. Dolores de cabezas para todos, pero interminables risas para esos dos.
Zelda adoraba ver esa pequeña historia de amor en la vida real, tan pura y genuina aunque ambos implicados perjuraban ante los demás tercamente que no había nada, con lo chismosos que eran los de la aristocracia. Tenían esa relación en "clandestinidad", que ni ellos mismo se creían.
Siempre conseguían la manera de encontrarse, y no había forma de detenerlos o evitarlo. Siempre cumplían los antojos que se les metían en la cabeza, y era imposible persuadirlos. Aunque inevitablemente Zelda terminaba siendo la cómplice de ambos, ayudándolos a cumplir con aquello que querían, por muy difícil que se viera. Pero considerando las circunstancias, valía la pena para ellos disfrutar de las cosas más sencillas hasta las más increíbles.
Muchos de esos deseos eran visitar lugares que Zylia nunca había podido ver más que en ilustraciones de los libros. Y Sasha no hacía más que llenarla de detalles de cómo eran esos sitios. Pero él no lo describía como cualquiera, diciendo cómo se veía ese sitio, cómo eran los colores o cómo se sintió al verlo por primera vez. No, las experiencias del joven iban más allá, explicándole a Zylia cómo eran esos sitios desde su peculiar perspectiva, nada de lo que los ojos podían apreciar. Él había explorado esos sitios desde un ángulo que muchos daban por sentado: Los olores, las texturas de lo que palpaba, los sabores, la forma de lo que lo rodeaba, la temperatura del habiente y la brisa que daba contra su rostro, la fuerza de la misma. Los sonidos que podían captar, de la fauna principalmente, de la naturaleza que intimaba con él.
Esa era la verdadera perspectiva que Zylia deseaba vivir en carne propia. Ir al Lago Hylia solamente para sentir el fresco aroma húmedo que Sasha le describía, caminar descalza por la suave tierra arenosa de la orilla que se sentía como suaves cosquillas, tocar la tersa corteza de la madera de los árboles circundantes, y oír la brisa del atardecer acariciar la superficie del agua en un delicado silbido. Así lo "veía" Sasha, y así lo quería experimentar ella.
O tal vez ir a los bosques de la ruta hacia la distante región de Farone. Escuchar la sinfonía de innumerables animalitos que sin saberlo ofrecían una preciosa delicia a los oídos a la altura de una ópera. Saborear las manzanas asadas con la savia dulce de los árboles. Y sentir los rastrojos contra sus pies al andar entre la frondosidad.
Pero lo que más deseaba Zylia era sentir la fría caricia del viento montañoso impregnado de mentolado olor a pinos que tenía la cordillera de Lanayru. Andar por sus pequeños senderos escuchando las pisaditas de las liebres y venados montañeses que pululaban por el lugar, a la par que sentía la suave caricia del sol en contraste del agradable frío que sentía de abajo hacia arriba. Y haría lo que fuera por vivirlo con él. No había razones para posponerlo, más bien había muchas razones para hacerlo cuanto antes. De formas inimaginables se las arreglaban para convencer a Zelda de que los llevara a esos lugares, una petición que nunca menguaba con el pasar de los días, sino que se intensificaba, y su determinación solo se fortalecía.
Milagrosamente todos los inconvenientes que les evitaba realizar esos pequeños viajes clandestinos se solucionaban. Y Zelda tenía un constante debate interno sobre lo que quería hacer y lo que debía hacer. Quería complacer a su hermana en ese nuevo sueño que tenía y que la ilusionaba de una forma que no había visto desde hace mucho. Por otra parte, estaba lo que ella creía que debía hacer, velar por la seguridad y bienestar de la única familia que le quedaba, más con la enfermedad que sufría, que la consumía de manera lenta.
Finalmente tomó una decisión. Aunque haría lo que quería hacer, no por eso iba a dejar de lado la razón. Tomó todas las previsiones para el pequeño viaje al Lago Hylia, el cual era relativamente corto, cinco horas a carreta, dos horas y media para la ida y lo mismo para la vuelta. Luego de semanas de cuidadosa planeación, desde las rutas que tomarían hasta lo que llevarían en caso de cualquier situación apremiante, incluido también que Zelda determinara que la condición de la pareja estuviera estable, el trío de jóvenes salieron muy de madrugada en una carreta sencilla y corriente por discreción, hacia la ruta limitada por robles que los llevaría al destino de su sueño.
Estaban maravillados contemplando el esplendor de todo lo que los rodeaba en el lento andar de su vehículo, la flora y la diversidad de animales silvestres y dóciles que poco a poco estaban restaurando el territorio que alguna vez le perteneció previo al cataclismo y sus secuelas. La tierra se estaba recuperando a un paso lento pero indetenible. Luego del lapso calculado, finalmente llegaron a ese paradisíaco lugar, que deslumbró totalmente a las hermanas por la tonalidad de azules que había en el agua gracias a los rayos tenues del mediodía. Para Sasha también fue algo agradable, pero desde su perspectiva, sintiendo el olor del lugar, la brisa humedad y la tranquilidad notable en el silencio.
El día pasó de manera increíble, explorando las cercanías, compartiendo entre ellos esos memorables instantes. Todo era virgen, puro y salvaje, que se sentían renovados con una sensación inmejorable.
Luego de un par de horas, Zelda se quedó en la colina en la que estaba la carreta y los caballos, permitiendo que Sasha y Zylia disfrutaran de un rato a solas. Y estos sí que anhelaban esto. Una vez pudieron, hicieron lo que había acordado. La joven princesa sacó un paño de tela de su vestido, y dando risillas se lo puso delante de sus ojos con tal de cubrir por completo su vista, y poder concentrarse en sus otros sentidos y experimentar lo que su acompañante disfrutaba en esos momentos. Y es que las palabras que él usó se quedaron por completo cortas, porque la sensación era mucho más intensa de lo que pudiera expresarse. Era otra forma de disfrutar, de sentir y de vivir. Una que jamás había explorado hasta ese momento. Y ante el alumbrar del crepúsculo, ambos jóvenes sin verse uno al otro con sus ojos unieron de nuevo sus labios.
Esa primera y pequeña aventura bastó para que se volviera en su principal tema de conversación cuando estaban juntos, hablar de otros sitios interesantes que podrían visitar, con tal de sentir de nueva esa sensación tan única de libertad plena. Y vaya que tenían tiempo para hablar de esos destinos que querían algún día visitar, o mejor dicho, según ellos, iban a visitar.
El pequeño proyecto iba creciendo, y ya estaban deseosos de ir a conquistar el siguiente destino trazado: Visitar uno de los bosques de los senderos de Farone. Un lugar un poco más distante y complicado de llegar camino al suroeste, pero eso no iba a detenerlos en lo absoluto. Y Zelda estaba igual de entusiasmada, feliz de también compartir esos momentos con ellos. Luego de otra minuciosa planeación y algo de espera, se les presentó la oportunidad de darse esa pequeña fuga de un día, y no desaprovecharon la oportunidad. Hicieron lo mismo que la vez anterior durante el trayecto, reír por sus ocurrencias y apreciar lo que desconocían, Hyrule fuera de una reja de oro.
El canto de las aves y el unísono murmullo de infinidades de animalitos fue lo que les indicó que se acercaban a los bosques, y según el pequeño mapa estaban cerca de llegar; podían divisarlo, y Sasha incluso reconocía el típico sonido tan vivo que caracterizaba esa región. Como la anterior vez, en su llegada exploraron calmadamente cualquier cosa que contemplaban, y Sasha siguiéndoles el paso tomado de la mano de Zylia.
Cumplieron con cada pequeña fantasía que había previsto. Caminaron descalzos por el lugar, pateando las hojas secas. Se sentaron en las ramas de varios árboles para tener una mejor vista, y Sasha por solo seguir a la mayoría y acompañarlas. Saborearon frutas recién arrancadas, aun húmedas por la tenue y constante neblina que llenaba ese sitio. Con una improvisada fogata asaron un poco las manzanas tal como Sasha las describía, disfrutando el intenso sabor dulce y perfumado que solo se podía obtener de esa manera.
El resto del tiempo se les fue en mojar sus pies en un pequeño pozo que se encontraron, observar la fauna silvestre que andaban por allí, desde ciervitos con sus crías hasta jabalíes pastando y liebres vigilando sus madrigueras. Ya cerca del final de su pequeño escape, se quedaron de nuevo en una pequeña colina, hasta que finalmente Zelda una vez más notó que lo mejor sería darles otro rato a solas a ambos jóvenes.
Y extrañamente estos se quedaron ahí mismo, en un silencio anormal para ellos. Quién lo sabría, tal vez se habían quedado absortos con lo que podían contemplar de distintas manera de lo que los rodeaba. Finalmente comenzaron a hablar, de cosas sin importancia, pero si provenía de boca del otro, era lo más infinitamente relevante que podrían oír. Sasha de un momento a otro mencionó de nuevo que le encantaba sentir lo que ese sitio tenía.
—No sé por qué les dicen discapacitados. Solo funcionan de una manera distinta, y muy hermosa. Creo que solo ustedes son capaces de sentir lo que es hermoso—dijo Zylia repentinamente, expresando lo que sentía, y apretando con un poco la mano de Sasha con la suya.
—Por eso que no puedo estar lejos de ti. No sé cómo decirlo... Pero, no podría "ver" las cosas como lo hacía antes de conocerte.—susurró él, uniendo su frente con la de ella suavemente, como solían hacer, con tal de no lastimar su sensible piel por el padecer de ambos.—Y ya no quiero esperar. Así que... ¿Quisieras ser mi novia?—Y luego de decir eso con todo el esfuerzo del mundo, de nuevo los inundó el silencio, uno suspensivo.
Pero la respuesta no se hizo esperar. Zylia simplemente unió sus labios con los de él, sorprendiéndolo de manera grata para solo corresponder y dejarse llevar en el contacto tan placentero. Al separarse ligeramente, volvieron a unir sus frentes.
— ¿Es un sí?—preguntó Sasha divertido. La princesa soltó una pequeña risa.
—Sí... absolutamente—Le respondió apresuradamente y llena de alegría—No tienes idea de la sonrisa que tengo ahora—dijo seguidamente. Y ante eso, Sasha llevó sus dedos a los labios de ella, para delicadamente delinear la forma curva de estos y así presenciar esa sonrisa...
—Que cursi somos—acusó Sasha riendo.
—No lo arruines—dijo con tono amenazador la joven, para luego sonreír cómplice, y volver a besarlo.
Las palabras de cierto sabio del pasado decían que la felicidad siempre existiría con tres cosas que la componen, tener algo que hacer, tener algo por lo cual esperar, y tener a alguien a quien amar. Y por primera vez en mucho tiempo, ambas hermanas sentía esos pilares más fuertes que nunca. Ese sentimiento se volvía más significativo y valioso entre las adversidades, tal como el oro sometido a intensas llamas.
Tenían muchísimo que hacer, y se daban cuenta que la dicha provenía no de grandiosos éxitos, sino de pequeñas cosas, pequeños placeres. Contemplar la maravilla de las cosas simples. Disfrutar de lo que tenían en lugar de pensar en lo que tal vez les faltaba. Luchar juntas por mantener viva la esperanza que era la única razón por la que podían seguir adelante.
Esperaban juntas muchas cosas, el cumplimiento de varias expectativas a corto y largo plazo por los que habían avanzado en unidad y mutuo apoyo. Superar la enfermedad que constantemente opacaba la luz de sus semblantes, conseguir la manera de erradicarla y aliviar el dolor de innumerables personas inocentes que pertenecían a su gente, al pueblo al que se habían responsabilizado por cuidar y velar. Sanar todas las penas de Hyrule y cuidar de sus cicatrices era la comisión que les pertenecía como las mandatarias.
Pero esperaban también cosas más sencillas, un poco más infantiles y caprichosas, como repetir esas pequeñas escapadas que ya en varias ocasiones habían hecho con Sasha. Ya habían visitado un buen número de lugares, todos los más cercanos posible, e iban por más. Ya Zylia había cumplido casi todo su pequeño proyecto de visitar esos tres sitios que eran los predilectos de su pareja, lago y bosque, ahora solo le faltaba ver la nieve, verla como Sasha lo hacía. Dichosa se sentía de ver como el tiempo pasaba volando desde que habían decidido unirse, tantos meses parecían un breve suspiro, tal como los que no podía contener al ser mimaba por las caricias de él. La vida seguía, y aun tenían una pequeña meta que cumplir.
Y ese era el nuevo plan, elaborar todos los preparativos para esa cruzada con destino a la región de Lanayru. Era increíble y un gran alivio para Zelda ver ese semblante en ambos chicos que tanto les importaba, y que ahora eran su vida. Verlos irradiantes y felices pese a su condición. Los tratamientos los mantenía estable y su estado se veía prometedor. Era bien sabido que la actitud del paciente influía notablemente en el ritmo de desarrollo del síndrome, la depresión de tener esa enfermedad a veces consumía de forma más rápida y dolorosa que el mismo Hinom.
Para Zelda no había algo más satisfactorio que verlos a ambos ahora que se sentían motivados a seguir adelante, uno por el otro. Una luz en el horizonte que seguían con determinación. Pero en ocasiones se puede llegar a dudar de las intenciones del destino.
Nada volvería a ser como antes cuando una mañana mientras ambas hermanas recibieron un urgente aviso en simultáneo, justo cuando Zylia se preparaba para retomar algunas de sus responsabilidades como princesa gracias a la mejoría de su condición, Sasha había sufrido un ataque de convulsión. En su cama en esa condición, sufriendo de sangrado nasal y de sus oídos. Palabras que fueron como verdugos para el corazón de ambas nobles. No encontraron reacción, palabras o postura que tomar. Simplemente se quebraron por dentro, mientras que su exterior se mostraba vacío y muerto. Esa fachada involuntaria que tomó Zylia al escuchar esas palabras solo cubría el cómo su alma sufría una pequeña fisura que nunca iba a poder repararse.
De nuevo habían tenido que regresar a ese hábito que en primer lugar permitió que pudieran conocerse: ser internados en el centro. En los días posteriores a su primer encuentro, poco a poco comenzaron a añorar que su estadía ahí se prolongara, con tal de poder mantener cercanía y seguir conociéndose, por chocante que sonara. Pero ahora que finalmente tenían algo, algo que valoraban, regresar a ese agobiante proceso fue algo sumamente doloroso, en especial para Zylia.
Porque no era ella la confinada a una cama, ni con un nuevo brote de muerte celular, sino Sasha. De nuevo su cerebro estaba en riesgo de ser contaminado. Todo parecía tan irreal, como si en un bonito libro de romance y comedia en el pasar de una página se transformara en una espesa y deprimente tragedia. Pero ante todo, la voluntad y esa actitud positiva de ambos jóvenes no podía ser apagada. Sencillamente no menguaba, sus sonrisas seguían ahí, sus ocurrencias no brillaban por su ausencia, su convicción seguía inquebrantable, porque la esperanza no los abandonaba. Era solo un obstáculo más, uno que superarían al igual que los demás. Un día más, una prueba que debían superar, juntos.
—Este es mi libro favorito. Logré encontrarlo en braille, y quiero que lo leamos juntos—dijo Zylia realmente emocionada, luego de entregarle en manos de Sasha ese pequeño obsequio. El joven en su camilla palpó curioso la carátula de cuero y olió el fuerte y agradable olor a libro nuevo, aroma universal sin importar que fuera en otro tipo de lenguaje y material al ser para ciegos. Ágilmente Sasha leyó con la punta de sus dedos el título, sonriendo al reconocerlo; Zylia nunca dejaba de hablar de él, pero nunca le leía fragmentos, y ahora sabía por qué. Deseaba que pudieran disfrutarlo juntos de inicio a fin. Esa hermosa historia del humilde lacayo del ejército que se enamoró de los ojos de claveles rojos de la princesa de lo que alguna vez fueron sirvientes de la familia real según la mitología, los sheikahs.
La chica miraba emocionada como el joven sonreía al hacer contacto con las páginas, mirándolo sentada en la silla junto a la camilla del cuerto del centro médico. Había durado semanas buscando el obsequio, y apenas lo tuvo en manos no resistió la impaciencia de entregárselo.
—Ya quiero iniciar... Gracias—dijo Sasha, manteniendo su amplia sonrisa. Sin embargo, notó el silencio de Zylia, y sabía lo que eso significaba.
— ¿Sucede algo?—preguntó el joven, tanteando un poco hasta alcanzar la mano de su compañera para apretarla levemente.
—Tengo miedo—murmuró ella luego de unos segundos de silencio. Y Sasha ya esperaba oír esas palabras, no la culpaba, lo operarían nuevo para tratar su condición, y había altas posibilidades de que luego de la intervención quedara parapléjico. Zylia no quería pensar en lo que iba a pasar, solo quería vivir sin angustia, ser la autora de su propia vida y escribir lo que iba a depararle el mañana. No le interesaba borrar lo que ya había sufrido, solo habría querido dictaminar que las circunstancias que la esperaban, sin importar cual fueran, nunca la separaran de él.
—Yo también—respondió Sasha rápidamente, causando que Zylia sacara una melancólica sonrisa.
—Se supone que ahora debes decirme que todo saldrá bien—La acusó ella de forma divertida, buscando alguna manera de aliviar el ambiente denso entre ambos.
—Eso ya lo sabes. Apenas me recupere comenzaremos a leer el dichoso libro de los claveles rojos, iremos a Lanayru...—dijo el joven sumamente entusiasmado a su peculiar manera, sin embargo, se detuvo repentinamente en su hablar sin ninguna razón aparente y esto llamó la atención de Zylia, como esperando en suspenso de que dijera o prosiguiera de hablar, y así fue.
—Sabes... Ya no lo hago, pero me alegro de haber fumado. Si no fuera por ese vicio, tal vez no habría tenido la oportunidad de enamorarme—dijo con cierta ironía, pero también conmovido. Y la reacción de sus palabras fue uno que le agradó mucho, un beso de parte de su princesa.
Aprovecharon todo el tiempo que podía juntos en lo que restaba de esa tarde, porque al día siguiente se llevaría a cabo la última intervención quirúrgica que recibiría Sasha con tal de extirpar de nueva cuenta el tejido dañado de sus vértebras. No se le veía de otra manera que no fuera sereno, por una extraña razón lo estaba. Y además se sentía ansioso por superar todas esas circunstancias inesperadas para que todo volviera a ser como antes. Tenía a alguien quien amar, tenía algo qué hacer, amarla, y tenía algo que esperar: Cumplir ese pequeño sueño que iban a cumplir juntos. Por eso podía decir con total certeza que era feliz.
Comentarios finales
Bien, que felicidad publicar luego de tanto.
Quisiera pedir disculpas por la demora, como les comenté a varios lectores con los que mantengo contacto, en estos meses me he encontrado atrapado con responsabilidades estudiantiles debido a que estoy próximo a mi graduación y hay varios trabajos monográficos obligatorios de realizar por el bien de mi promedio. Además, sumado a ello está muy crónica adicción a Breath of the wild el cual ha consumido más de 140 horas de mi vida desde su lanzamiento :B Jaja. Pero al menos a sido productivo xD Me ha dado infinidades de ideas para este y futuros fics, y quienes lo hayan jugado notarán las influencias de Botw en este capítulo, y en los que vendrán. Por mucho, ha sido un juego espectacular.
En fin, en mis ratillos libres por ahí en los que no debía escribir como máquina para deberes escolares, lo dedicaba a este capítulo que lo hice más ligero para la comodidad de ustedes. Espero haya sido de su agrado. Quiero darle un agradecimiento por los comentarios a:
IA99
Raire-Roo 07
Egrett Williams
Yahab
Goddess Artemiss
Fox McCloude
SakuraXD
Linkand06
sonicmanuel (XD Ya te extrañaba viejo)
Ya comencé a trabajar con el siguiente capítulo, el cual estará listo por el 15-16 de este mes, me esforzaré para que mi cumple ni Breath me retrase xD
Saludos :D
