El cuarto de Kyoshi

El cuarto de Kyoshi

Esta casa es muy antigua, tiene paredes de piedra y yeso, muy gruesas, de esas que guardan los sonidos y los sueltan cuando menos te lo esperas

"en los techos guarda las voces de la gente"

Decía mi tío Sasuke

"y en las baldosas del patio, las de la madre naturaleza"

Tiene también un pequeño estanque y arcos en los pasillos.

Antes había un perico, que era como parte de la misma casa, y uno de los tesoros de mi tía Sákura. Se llamaba Rorro.

En cuanto alguno de los cuatro llegaba a la casa, el perico se ponía a gritar "¡mis niñoooos! ¡Mis amoreeees!" imitando, según élla voz de mi tía Sákura.

Era un perico libre; la enorme jaula blanca que colgaba en la habitación de mis tíos no tenía puerta y entraba y salía a voluntad, al igual que a todas las habitaciones de la casa. Lo mismo lo encontrabas acurrucado en un sillón de la sala que en la tina del baño o las almohadas de mi prima o mía.

Mi tía y su perico cantaban a dúo a veces:

Ella: corazón santo

Él: tú reinarás

Ella: tú nuestro encanto

Él: siempre serás

El perico también cantaba en modalidad de solista, el himno, alguna canción que estuviera de moda, y rezaba.

Mi tío Sasuke decía que si hubiera un concurso de animales fastidiosos él y Naruto empatarían en el primer lugar. Mi tía Sákura fingía que no lo escuchaba, ella adoraba a su perico y lo consentía muchísimo, igual que a nosotras.

Por lo único que se enojaba, con él y con nosotros, era por que maltratáramos sus plantas:

– ¡Rorro no deshojes los helechos! ¡Ichigo chan, no arranques los duraznos verdes! ¡Sayuri chan, deja las flores en paz! –

Yo no podía entrar a una cocina sin que algo pasara, jamás he sabido ni he podido cocinar ni nada por el estilo, así que, por el bien común, me quedaba fuera de la cocina mientras mi tía y mi prima preparaban la comida.

Un día mi tío Sasuke me dio una espada de madera,

–ándele, Ichigo chan, juegue por ahí, diviértase un rato –

Yo comencé a luchar tímidamente contra los enemigos imaginarios…

Poco a poco el calor de la batalla aumentó: una cabeza salió volando, después un brazo, luego el otro…

– ¡Ichigo chan! ¿Qué estás haciendo?

¡Eran mi tía Sákura y mi prima Sayuri!

Mi prima miró el piso y comenzó a mover su mano estirada de arriba abajo con un leve "sssssss"

– ¡mira nada más, niña! ¿Por qué destruyes mis plantas?

Las cabezas y los brazos se transformaron en helechos rotos y flores destrozadas. Le iba a decir que mi tío me había dado la espada, que él me había dicho que jugara ahí, pero el gesto de su cara me dejó muda.

Nunca antes se había enojado conmigo. Me dieron ganas de llorar.

– ¡perdóneme tía! –fue lo único que dije

–No, Ichigo chan, esto no lo podemos pasar por alto. Lo siento mucho, niña, pero te vas a quedar en el cuarto de Kyoshi hasta la hora de la merienda –me sentenció

¡El cuarto de Kyoshi! ¡Era lo peor que le podía pasar a cualquiera!

Ese cuarto nos daba miedo. Está en el fondo del jardín. Del techo salía un sonido agudísimo, muy parecido a una escala musical.

Mi tío Sasuke nos decía que era la voz de Kyoshi.

Una cantante de muy lejos que, según él, vivó aquí, en la casa, hace más de un siglo y que, defraudada por la pena de un viejo amor, se encerró a piedra y lodo en ese cuarto sin comer, sin beber, sin dormir. Sólo cantando de día y noche:

Coração, coração ingrato.

Hasta que se consumió.

Decía que jamás encontraron el cadáver, que lo único que encontraron fue su vestido, joyas y peineta.

Y qué, seguramente, sus cenizas habían volado y se habían quedado atoradas entre los tabiques del techo, desde donde, tristemente, seguía entonando su canción desgarradora

–Y así será hasta el fin del mundo –nos decía con voz solemne y a nosotras se nos erizaba la piel.

Cuando mi tía no estaba, él nos llevaba ahí y, haciendo voz de tenor, se ponía a gritar:

"¡Kyoshi, saaaaálganos!"

Y nosotros salíamos corriendo lo más rápido que pudiéramos, era una prueba de valentía que ninguno consiguió pasar hasta cinco años más tarde.

Con miedo y todo, me dirigí hasta ahí, por que sabía que merecía el castigo.

Entré muy temerosa, escuchando pasos detrás de mí. Cerré la puerta.

Sentí que alguien la jalaba por fuera, así que, temblando como gelatina, logre dar algunos pasos y me senté en un rincón

Con todas mis fuerzas canté para mis adentros

"¡Kyoshi, no me vaya a saliiiiiiiir!"

La puerta se comenzó a abrir…

Rechinaba horriblemente.

Me encogí para protegerme.

Se seguía abriendo…

¡Una cabeza se asomó!

Cerré los ojos esperando lo peor, y escuché una voz que, en miedo de terror, sonó como de ultratumba

– ¿Qué le pasó, Ichigo chan?

Era mi tío Sasuke, que me veía con una mirada entre compasiva y burlona. Me dio mucho coraje y decidí no hablarle

– ¿no me contesta? –me preguntó

Seguí callada

– ¿está enojada conmigo niña? –se me acercó y se sentó frente a mí

–Sí, tío –respondí al fin

–por su culpa mi tía me castigó

– ¿por mi culpa? –se sorprendió

– ¿es culpa mía que usted anduviera jugando en un lugar que sabía que estaba prohibido?

–pero usted me dijo que…

pero usted me dijo que… –me interrumpió haciendo una voz chillona, que se suponía era la mía, y luego continuó con su voz normal

–sabe bien que las plantas no son mías, sino de su tía ¿Cómo acepta que alguien le ofrezca disponer de lo ajeno? Si le hubiera ofrecido mis instrumentos para que jugara entonces la responsabilidad habría sido mía, pero si usted aceptó jugar con las plantas de su tía, sólo por que yo se lo sugerí, la responsable es usted y nadie más. Además ¿Cómo se le ocurre hacer destrozos en una casa en donde está usted solo de visita?

Al ver mi cara deprimida, de una de las bolsas de su chaleco extrajo un pan y me lo dio, noté algunos mordiscos en la cubierta y me explicó:

–es pan labrado, Ichigo chan, y, como yo mismo lo labré es pan sagrado

Yo acepté el pan sagrado pues el miedo me había dejado un hueco en el estómago

–cómaselo rápido –me dijo

–no se lo vayan a arrebatar

– ¿Cómo tío? –pregunté con un escalofrío

Con voz ronca, muy lenta, como un eco del más allá, me dijo

–acuérdese que Kyoshi murió de hambreee…

Me metí a la boca el pan entero

Cuando me estaba ahogando, me acostó sobre sus piernas boca abajo, me golpeó la espalda con fuerza y me dijo

–por ser usted mi sobrina este "avanzado tratamiento médico" le va a costra el módico precio de la mitad de lo que traiga usted en el bolsillo…