Un Pasado al Cual Volver
Capítulo 3: La misma Persona
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Hacía frío, probablemente. Muy probablemente. Sora se encontraba en la terraza de un viejo edificio en Villa Crepúsculo. Tras su conversación con Axel todo en él se desvaneció; cómo bien era sabido, Axel no iba a brindarle demasiada información sobre nada. ¿Por qué? Porque era un maldito chupasangre aburrido y disfrutaba jugar con la consciencia del resto. Bueno, tal vez eso no era del todo cierto, excepto la parte del aburrimiento. Sin apartar la mirada de la ventana, Sora comenzaba a impacientarse si la información que Axel le había dado era real quién habitaba ese pequeño espacio era Roxas. Su cuerpo se estremeció y un escalofrío le recorrió el cuerpo; mordió su labio en la misma impaciencia. Sora se abrazó a sí mismo, era curioso cómo funcionaban los vampiros... No había pulso, y su corazón había dejado de latir hace tanto. Pero las emociones estaban, ahí y se desbordaban por cada poro de su cuerpo.
¿Qué haría? ¿Roxas se acordaría de él? Y... ¿si no era la misma persona? Tan pronto como ese último pensamiento llegó a él Sora sintió miedo e incertidumbre. La base de todo ser humano, su personalidad, podría haber cambiado si las vivencias eran distintas. Y de repente el miedo se hizo real. Tan real que lo invadió el pánico. Sus ojos azules salieron de sus órbitas, tal vez debería irse. No era correcto hacer esto. Estúpida impulsividad que lo había llevado hasta este límite, debería irse. Pero la curiosidad era tan fuerte. El castaño no podía detener su flujo de pensamientos, simplemente no podía y aunque hubiese podido no estaba seguro de querer controlarlos. Empezó a mover sus dedos y se levantó en un respingo. Roxas no iba a aparecer por esa ventana. Aunque sea asomarse por ella, la distancia entre ambos edificios, uno en el que estaba él y el otro en el que supuestamente habitaba Roxas, era muy corta.
No eran muy altos, quizá unos nueve pisos, y Roxas debería vivir en el octavo. Sora empezó a caminar en círculos.
—Oh disculpa, no sabía que había alguien acá. ¿Vives aquí?
Oh. Sora abrió los ojos de par en par. Había estado tan inmerso en sus pensamientos que no se había percatado que alguien se acercaba. O que, de hecho, estaba de pie a su lado. Todo en él se frenó. Absolutamente, podía sentir hasta órganos que no sabía que existían. Frente a él, vestido de una campera blanca, jeans y una remera negra de manga larga, estaba Roxas. Mirándolo curioso y serio. Bueno, ¿no era ésta una linda parodia? Sora estaba paralizado, no sabía que decirle porque ciertamente no se había preparado mentalmente para esto. Sus intenciones sólo eran mirarlo a distancia, conservando su distancia. Sin contacto. Pero la vida a veces nos da un milagro o nos juega una treta. Y Sora no sabía cuál era en este momento.
—Ehr... Sí, ¡No! —. "Piensa rápido, Sora" se dijo a sí mismo. No se había preparado para esta situación, por no decir que era lo mismo a estar desnudo frente a un público—. Yo... yo estaba, estaba mirando los alrededores... para, para ¿alquilar aquí? —. Si pudiese patearse mentalmente, lo habría hecho. Eso había sonado tan poco convincente.
—Ya veo, es inusual eso a esta hora.
—¿¡Verdad!?—. Era un idiota, solo así iba a sonar más sospechoso. Debía continuar la mentira—. Es decir, ¡la puta madre! —. Al decir esto y recordando cuan malo era para mentir, Sora se llevó las manos a la cabeza, agachándose de cuclillas y diciendo otra maldición pero que sólo él escuchó.
—Tranquilo, no te juzgo—. Roxas, o quién tenía su aspecto, se sentó a su lado. Su semblante serio, tranquilo. Igual al de antaño. Su voz era la misma, su aspecto igual. Era difícil no decir que era la misma persona que el castaño recordaba—. Es decir, tengo un amigo con hábitos similares—. Sora supo que se refería a Axel; un pequeño hito de celos lo recorrió y no pudo evitar inflamar una mejilla de manera infantil—. Justo lo estaba esperando. Soy Roxas, por cierto.
Roxas. El destino era cruel y bromista. Mismo nombre, ¿enserio? Así iba a ser muy difícil no evitar confundirlo con aquel Roxas. Los vampiros parecían reencarnar. Sora sonrió de manera triste, mirando frente a él. ¿Cuál era el plan ahora? Haberse convertido resultó ser una pérdida de tiempo. ¿Qué pensaba que iba a pasar ahora? ¿Qué mágicamente su memoria iba a volver? ¿Qué iba a decirle que lo amaba y se iba a tirar a sus brazos? "Estúpido" y aun así él podría conformarse sólo con esto. Amistad, quizá. Hablar de manera ocasional, por algún encuentro fortuito del destino. Casi tan fortuito como éste. Ya había dado el primer paso al acercarse y no había forma que Sora pudiese retroceder de cualquier forma. En esta ocasión se arrepentía de no haber hecho caso a Leon cuando trato de advertirle sobre los riesgos; reiteradas veces. Cada año, o momento.
—Sora—dijo, simplemente. Sora lo miró profundamente a los ojos. Esos intensos ojos azules lleno de un brillo que desconocía. Eran profundos, decían tantas cosas, como dos cristales. Allí estaba su pasado. Su humanidad. En el pasado los ojos de Roxas eran como dos pozos vacíos, carentes de sueños.
Por un instante. Efímeros minutos. Sora se alegró y no se arrepintió cuando Roxas le sonrió. La vida que parecía llevar ahora le llenaba. Estaba seguro de ello. No obstante... Un pinchazo de dolor lo rozó. Él ya no formaba parte de su vida, ni era necesario en ella. Ese último pensamiento le estrujó el alma.
—¿Sora? Enserio...—. Sora levantó una ceja, ¿y eso a qué venia? —. Axel, mi amigo, mencionó tu nombre esta mañana. ¿Coincidencia o lo conoces?
Sora estalló en risas. Quizá los nervios. Quizá por lo irrisorio de la situación o que Roxas haya mencionado su nombre en voz alta.
—De seguro dijo incoherencias el muy bastardo—dijo, y lo invadió la curiosidad—. Axel jamás me dijo de ti. ¿Hace mucho se conocen? ¿Ya te mostró su colección erótica de revistas? —. Sora recostó su cuerpo, cruzando sus brazos en la nuca y lo miró de reojo divertido al ver la expresión desencajada de Roxas. Y las mejillas rojas ante la incomodidad de la situación.
—Aa. No entiendo cómo se puede sentir orgulloso de eso—dijo, y luego la expresión cambió a una melancólica—. Conocí a Axel hace muchos años atrás, es algo así como un hermano mayor creo. No conocí a mis padres—. El muchacho se pasó una mano por los cabellos—. Es raro, pero sufro insomnio desde que tengo uso de razón y había caminado por una zona desconocida; no tengo muchos recuerdos—dijo mirándolo fijamente y sonriendo nerviosamente—. Ni sé porque te estoy diciendo esto.
A Sora le quedó claro una cosa: su Roxas estaba ahí.
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¿Por qué había hecho tantas confesiones a un desconocido?
—Roxas, Roxas, Roxas, mesa cuatro. Espabila pibe, que hay mucho trabajo por aquí para perderte en tus fantasías de mierda.
Cid seguro era un hombre tosco.
—Ahí voy. ¡Voy!
Su trabajo era mesero. Una pequeña confitería en el cruce de dos calles peatonales. A pesar de contar con seis mesas y sillas sobre el mostrador la demanda era había resultado tan grande que a falta de mesas optaron por poner seis más sobre las calles. Al ser una zona peatonal y no tener transito venían familias ante la seguridad que brindaba. Niños pequeños, adolescentes. Roxas suspiro llevaba dos bandejas en ambas manos y estaba seguro que el delantal que tenía se habría rozado durante sus idas y vueltas. No había podido dormir nada, ya comenzaba a dudar que se trate de un simple insomnio. Hace un mes que había comenzado a considerar la parálisis de sueño. Sus horas de sueño eran de no más de tres horas por día y, aunque no sintiera el peso de ello, no iba a tener diecisiete años por siempre. Era algo evidente que el cuerpo le iba a pasar factura algún día.
Sin embargo, el insomnio de ayer había sido intencional. Sora. Roxas negó con la cabeza, no entendía que había ocurrido ayer. De repente había expuesto todos sus secretos, pasado a un total desconocido y el desconocido escuchó toda su historia. De Axel, su vida en el hogar, sus creencias, sus aspiraciones, situación actual. Y se había sentido bien, eran cosas de las que ni siquiera hablaba con sus amigos. No, de hecho, dudaba que conocieran su pasado. Roxas siempre temía que lo miraran con lástima cuando la realidad era que no sintió en algún momento que la haya pasado mal. Su infancia había sido buena. Quizá no la ideal, pero de tantos infortunios que sufren los niños a diario, en su situación, la suya había sido un milagro. Se rodeó de buenas personas, pudo independizarse antes de los dieciocho gracias a Cid y a Aerith quién le dio permiso para ello. Acceder a una educación y otros beneficios. Sin embargo, encontró una sonrisa en Sora y bromas al respecto cuando se abrió a él. Bromas sobre situaciones engorrosas que nunca habría imaginado hacer.
Sí, Roxas hoy se sentía pleno.
—¿Y esto? —. La jornada laboral había finalizado bien; eran apenas las cinco de la tarde cuando su reemplazo para el resto del día había llegado y ya estaba poniéndose el uniforme. Roxas miró la hoja en blanco que Cid le estaba extendiendo—. ¿Una aplicación?
—No, tus vacaciones, ¿Qué carajo te parece que es?—. Cid continuó revolviendo el panqueque en la sartén vuelta y vuelta—. Muchacho, ya vas a cumplir dieciocho y no voy a darte trabajo toda tu vida.
—Pero aún no...
—No quiero escuchar pelotudeces—dijo, tajante—. Si no pruebas algo no lo sabrás. El trato era tenerte aquí hasta ser adulto—. Cid no lo miraba a los ojos mientras le hablaba. Continuaba con la atención puesta en lo que hacía—. Por cierto, buen trabajo.
Roxas miró el papel suspirando. Tantas presiones.
—Gracias Cid—dijo, sonriendo. Cid lo hacía por su bienestar, Roxas lo sabía. Era mejor meditar un poco más en su futuro. Aspirar a algo, ¿no?
—¡Roxas! Hermano, ¿ya terminaste? —. Hayner estaba frente a él junto al resto de su grupo de amigos en las puertas del local con una pelota de baloncesto girando en su dedo índice.
Ni había escuchado la campana de las puertas sonar al recibir clientes o en este caso a sus amigos. De sentirse pleno, paso a estar absorto en sus pensamientos. Roxas dobló la hoja que Cid le había dado y la guardó en el bolsillo de su pantalón, doblándola con cuidado. Calzó su mochila con la muda de ropa sucia ante el trabajo de hoy. Por ahí salir con sus amigos en este día frío iba a ayudar a aplacar sus ideas y a distraerse. Roxas sonrió de costado, casi engreído.
—¿Tan rápido quieres perder?—dijo, con aire victorioso.
—Pfft, ya veremos amigo. Ya veremos.
Para cuando llegaron al parque, lo encontraron desértico. Las hojas de los árboles ya habían empezado a caer hacía ya un mes; apenas algunas se mantenían férreas a los troncos. La cancha de básquet contaba con el espacio suficiente como para hacerte sudar y el terreno sin delinear se sentía denso bajo su calzado. En la cancha solo eran Hayner y él. Pence y Olette se encontraban sentados en una mesa un poco alejada de la cancha, ambos con un café que habían llevado de la confitería antes de salir. La riña con Hayner duró más de una hora y media. Había llegado el punto que todo lo que Roxas escuchaba era la pelota rebotar una y otra vez sobre el piso. Parecía mentira, pero el deporte distraía su estresada mente y pensamientos negativos. Se olvidaba todo por unos instantes y podía disfrutar de estar vivo sin tantas presiones. No obstante, Sora seguía viniendo a su mente. Era algo constante ya. ¿Quién era? Roxas no entendía.
No entendía el ambiente que había entre ellos. Era familiar. Era cálido. Era algo tan distinto. Tan distinto que no había palabras para describir lo que había sentido ayer. Quizá todo era un disparate de su subconsciente. Luego de una larga charla que había durado hasta las cuatro de la mañana, Roxas había terminado con su número de teléfono. Sí. Así como así, había intercambiado celulares con un extraño que era algo sospechoso. Es decir, ¿enserio? Mirar departamentos a las diez de la noche... Bueno, Axel era igual de raro en ese sentido. Aparte se conocían, no tenía por qué sospechar, ¿no? ¿Estaba bien no?
—Aa... No puedo más—dijo Hayner, agarrando sus rodillas—. Esta te la doy por ganada amigo—. Chocaron puños tras eso.
—Era evidente que iba a pasar—. Roxas se limpió el sudor de la frente con el brazo—. Vamos con el resto.
Se acercaron abrazados a Pence y Olette que aún tenían el café en sus manos.
—Así que Cid te apresuró a elegir una carrera—. Olette se apretaba el cuello de la campera tras decir eso—. Es decir, tienes muchas opciones Roxas. Y eres bueno en bastantes.
—Lo sé, sólo que aún no me decido por una carrera exacta—. Reconoció, sentándose y tratando de recuperar la respiración—. Agradezco que Cid se preocupe por mí, pero no lo sé.
—Vamos hombre, sólo tienes que probar. Y eventualmente en algún momento darás con lo que es para ti.
—Hayner tiene razón—dijo Olette, sonriendo—. Si no es lo que quieres, siempre puedes probar el próximo año otra cosa.
La noche comenzaba a ceñirse sobre ellos. El sol comenzaba a ocultarse, Roxas negó con la cabeza. No podía preocupar a todos por un asunto que parecía trivial, estaba siendo egoísta al respecto. Miró a Hayner y Olette que se tomaban los manos sentados uno al lado del otro. ¿Cuánto hacía ya que habían empezado a salir? Había sido el último San Valentín, en el cual una confesión muy torpe por parte de él había sido calmada por ella, quién lo había besado de manera tímida, dando a entender que correspondía a sus sentimientos. O al menos eso había dicho Olette. Debía ser lindo estar con alguién con ese cariño que tenían el uno por el otro. En su caso, jamás había sentido interés por esas cosas. Es decir, no era que nunca se le habían confesado. Sí, pero Roxas sentía que no tenía mucho para entregar, y también estaba el factor que no sentía nada por ellas.
—Tal vez les haga caso, y me inscriba en alguna de mis opciones
—¡Eso es hombre! ¡Esa es la actitud! —dijo Hayner, alzándole el pulgar. Mirando a los ojos a Olette. Quien asentía con la cabeza.
—Y sino—. Esta vez fue Pence en hablar, con una microcámara en sus dedos—. Siempre puedes practicar fotografía y trabajar con mi familia.
Todos se rieron de ello. Roxas no tenía madera para el arte. Todos lo sabían menos Pence. Volvieron todos caminando en la misma dirección, los ojos de Roxas se detuvieron en las manos cruzadas de sus amigos y llevo la suya al bolsillo de su pantalón. Tocando su celular. No. No iba a llamarlo, ¿aparte que le iba a decir? Era un completo desconocido y no tenían una excusa para hablar tampoco. No había relación entre ellos. Debía dejar de fantasear con eso. ¿En que estaba pensando? Podría... Decirle a Axel. No, ¿por qué? Por más que Roxas le diera vuelta al asunto había una realidad.
Quería verlo otra vez.
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—Sora, ¿cuántas veces hemos tenido esta conversación? —. Leon dejó su hastiada voz resonar en la habitación—. No podemos arriesgarnos a ser descubiertos y tu exploración podría exponernos.
—Lo sé, Leon, lo sé—. Estaba elegiendo cuidadosamente sus palabras. Leon tenía razón, Sora lo sabía muy en el fondo. Pero era tan difícil, masajeó sus sienes. Quería que su hermano lo entendiera—. Pero Roxas está ahí. Está ahí. ¡Son la misma persona!
—A ver si entendí, me estás diciendo que Roxas te reconoció, qué se acuerda de nosotros. O de Cloud, para el caso.
—No... Pero.
—No quiero hablar más de esto Sora. Si sabes discernir lo bueno de lo malo, confío en que harás lo correcto con esto.
Sora salió volando por la ventana. No. Ni él tenía confianza en sí mismo. No venía con un manual con instrucciones sobre sus acciones y qué hacer con cada maldita situación que se le atravesaba en la vida. El motivo de convertirse en vampiro había sido poder verlo, estar con él. El momento en que el cuerpo de Roxas era quemado y hecho cenizas por el sol era un recuerdo que seguía latente en su mente. No había día en que lo olvidara, se sentía responsable por ello. Por otro lado, en aquel entonces Roxas nunca había estado satisfecho con su naturaleza. Sora tenía miedo de sentirse rechazado si le decía que era. De la misma manera que Roxas se había rechazado a sí mismo. Había miedo en tantas cosas de una misma situación. Sabía sus opciones, pero sus opciones era una mierda. Ninguna la llevaba a un feliz por siempre.
Disney se había extinguido hace años para él, o al menos así lo veía. Había volado tanto qué sin darse cuenta había atravesado el bosque y llegado a la ciudad. Sora suspiró en la misma frustración. No tenía opciones. Y tenía hambre, sus colmillos parecía salir por voluntad propia y su garganta estaba tan seca que le dolía. Sora solía alimentarse de pacientes terminales en el hospital de Villa Crepúsculo; usualmente un vampiro no mataba por beber la sangre de un humano la primera vez. No. Pero dejaba las marcas, lo cual podría exponerlo en la cacería a ser conocido por los seres humanos. Mientras se dirigía allí el destino parecía haberle preparado otra situación. Dos adolescentes totalmente alcoholizados se tambaleaban por las calles, riéndose. Los ojos de Sora tomaron un color dorado, las emociones se habían desbordado, y cuando se preparaba para saltarle a la yugular su celular sonó.
Roxas...
"No ahora..." pensó, no. Se había prometido no intervenir en la vida del muchacho. Pero había sido su idea la de intercambiar celulares, ¿no? Al carajo con todo. Sora colgó su celular. Y siguió a los adolescentes por las calles, los siguió durante quince minutos hasta que ambos tomaron direcciones distintas y se acercó al muchacho que seguramente se iba a desvanecer en cualquier momento. Bajo planeando en cámara lenta, sin ser percibido por la presa y le sonrió.
—La noche es peligrosa para andar solo, ¿no crees? —le dijo, sin dejar de sonreír y acercándose.
—Eww, acá nunca pasha nada de nada—. Estaba seguro que ese hombre no podía discernir nada, o ver nada de nada. Sora se acercó acechante, sus pasos no podían escuchar, era como si se deslizara por las piedras.
En estas situaciones le llenaban de adrenalina el pulso. Y cuando iba a clavar los colmillos en la clavícula de su víctima...
—¿Sora?
A sus espaldas resonó la voz de Roxas. Sora se giró en cámara lenta, efectivamente era Roxas. Tragó saliva. Sus ojos volvieron a teñirse del color azul usual y los colmillos se ocultaron en sus ensías.
—R...Roxas, ¡vaya! Qué coincidencia—dijo, torpemente. El hombre que estaba frente a él se fue cantando. Muy en cámara lenta. Pero volviendo a lo importante, Sora sintió que le estallaba una vena de la frente—. ¿Qué haces a estas horas? ¿Axel nunca te dijo de no salir a la noche solo?
—Aa. Cada vez que puede de hecho, volvía de la casa de una amiga—dijo, restándole importancia. Sora se mordió el labio... Era realmente peligroso para él—. Intenté llamarte, por cierto... Cuando mencionaste el buscar un apartamento, se me ocurrió que quizá no tenías dónde pasar la noche o te habías mudado a la ciudad hace poco y no estaba seguro de ello.
Sora respiro sonoramente. Roxas no había cambiado en nada. Y él lo seguía queriendo, con la misma sinceridad de antaño. No pudo evitar sonreír. Roxas siempre sería el mismo.
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Tbc
N/A: Oh Dios, no tengo cara para pedir disculpas por el tiempo que me demoró escribir esto. Espero terminar esta historia. ¡Gracias a todos por leer! Y por los hermosos comentarios que me llegaron.
Trataré de publicar lo antes posible.
*Hugs
