He vuelto con otra viñeta un poco más larga que casi, casi, podría pasar por un capítulo, pero que no lo es. Este trata ahora acerca de la guerra, cuando James y Lily ya estaban casados y todo se resumía en amor y luchas. Quise hacer algo representativo de ellos con este tema porque leí "Y el resto es historia" de Dryadeh, y me agrado como ponía a estos dos personajes, en un papel mucho más maduro que el que estoy acostumbrada a escribir. Además, tomé el tema de la gripe, porque estoy terriblemente enferma de esto, gripe normal, descuiden, y me siento frustrada en mi casa sin poder salir ni hacer nada. Eso refleja Lily, o al menos intente que lo hiciera, mi descontento ante esta enfermedad malevola (?).

Bueno, ya me dejo de todos estos rollos y paso a dejarles la viñeta número tres, títulada: "Gripe"

Disclaimer: Ni los personajes ni el ambiente me pertenecen, son propiedad de Jotacá, en cuanto a la gripe de Lily tampoco es mía, pero tengo una igual ;)


Corría el mes de Enero en Londres, en medio de una furiosa, y peligrosa, guerra. El invierno le daba al tiempo, aires de desesperanza; con el frio que prodigaba por todo el país, las fuertes ráfagas de viento que congelaban las pocas hojas que aún no habían caído de los arboles, o las fuertes tormentas que rompían la tranquilidad de la noche; logrando deprimir hasta el más fuerte… y enfermarlo también.

—Esto es absurdo, James —Replicó Lily, con el ceño fruncido y los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, en una actitud desafiante. El hombre frente a ella suspiraba cansado, pero decidido.

Estaban en una vieja casa, haciendo guardias para la Orden del Fénix, aunque en ese momento a lo que menos prestaban atención era a la persona que debían vigilar, pues una avistada discusión los tenía ocupados. Todo había comenzado cuando James la acompañó, amablemente, hasta una de las habitaciones de la casita, y la recostó en la cama, envolviéndola en las mantas hasta el punto de que no podía moverse; sólo porque ella había estornudado.

Lily estaba indignada, no podía creer que su marido, aquel que tan orgulloso se había sentido de ella cuando ambos ingresaron en la Orden, la obligara a permanecer en cama, sin salir a la lucha que, Lily presentía, estaba a la vuelta de la esquina. ¡Ella estaba bien! ¡No se sentía tan mal! Si, era cierto que su temperatura estaba un par de grados por encima de lo normal, que su garganta estaba tremendamente irritada, tanto que su voz apenas y se escuchaba, y que tenía que limpiar cada cierto tiempo su pañuelo porque tosía indiscriminadamente, ¡pero ella se sentía bien!

—Vamos, cariño, no pongas en riesgo tu salud —Insistía James, sonriéndole tímidamente, conocía lo suficiente a su mujer como para saber que cuando fruncía de ese modo las cejas y la boca, presagiaba tormenta.

¿Poner en riesgo su salud? ¡Al diablo con su salud! ¿No era, acaso, una de las partidarias de la Orden? ¿No se esforzaba para que aquel-que-no-debe-de-ser-nombrado cayera y volviera la paz? ¿No había jurado, en el funeral de los padres de James, pelear incansablemente hasta que eso sucediera?¡Estaban en medio de una guerra! ¡La gripe le importaba un pepino!

Abrió la boca, dispuesta a replicar con todas esas ideas arremolinadas en su lengua, dispuestas a saltar fuera para convencer a su marido, pero este la detuvo, metiéndole el termómetro hasta la garganta. Lily tosió, como acto reflejo, para despejar su garganta, pero esta se escuchó seca, demostrando así lo grave de su enfermedad. James negó con la cabeza, más decidido que antes, y le volvió a colocar en su lugar el termómetro, que se había caído a las colchas de flores.

—No quiero que empeores, San Mungo no es seguro en estos tiempos —Alegó él, simplemente, después paso una mano por el cabello rojo de su esposa, con ternura, y le beso la frente—. Volveré más tarde, por favor no te levantes.

Tomó su varita y antes de que Lily pudiera decir algo, él ya había salido, dejándola sola en aquella habitación. La pelirroja estaba desorientada, y no tenía bien claro que pensar de aquellas palabras. Sabía que San Mungo ya no era un lugar seguro, lo había sabido desde hace meses, al mismo tiempo que toda la orden, más exactamente cuando habían perdido la lucha contra los mortifagos que intentaron, y lograron, tomar el hospital. Ella estaba informada de aquello, por lo que no comprendía, porque James venía a explicárselo en el tono en que se da a entender que uno más uno, es igual a dos.

No veía el problema, San Mungo era la mejor opción para curar heridas y enfermedades mágicas, pero ella sabía bastante de pociones curativas, tanto, que podría cuidar a alguien sometido a una maldición cruciatus y, a la larga y si el caso no era demasiado grave, reponerlo. No por nada, había sacado un Extraordinario en su EXTASIS de Pociones, si se hería en batalla ella misma podía aliviarse, no requería el hospital… «Pero la gripe no es una enfermedad que se pueda curar con pociones» susurró aquella abrumadora voz.

Lily soltó un resoplido, y se relajó sobre las sabanas, con los labios bien fruncidos. A continuación, miró el techo, aburrida, contando los diminutos cuadritos de azulejo verde que en él había, sin poder moverse, sabiendo que se perdía una pequeña, pero emocionante lucha, solo por estar enferma... Merlín sabía que ella no se merecía aquello, lo sabía y no le había importado. Entonces a Lily tampoco debía importarle, se levantaría e iría a luchar, estaba decidido.

Luchó contra las sabanas, que parecían haberse pegado a su piel, sin quererse desprender; después, tentó en la penumbra de la habitación, hasta encontrar el borde de la cama, se aferró a este y de un tirón, se puso en pie. Pero tan rápido como se había levantado, volvió a caer estrepitosamente en el colchón, mareada y con la frente perlada por el sudor de la temperatura.

—De acuerdo —Le susurró a la obscuridad, mientras volvía a cubrir su cuerpo con las delicadas sabanas—. Un día de descanso no le viene mal a nadie.