Capítulo 3: Superando miedos.
LILIAN.
Me revolví entre las sábanas de la cama por culpa de un rayo de sol que se colaba entre el único hueco abierto de las cortinas entrecerradas. Solté un quejido lastimero, ¿por qué tenía que despertarme siempre cuando estaba en lo más interesante de mi sueño? Suspiré con resignación sabiendo que ya no me iba a volver a dormir, y abrí los ojos.
Al ver la moqueta beige del suelo, pegué un brinco en la cama y me aferré a las sábanas. Solo cuando me fijé en cómo sobresalía mi maleta roja por debajo de mi, pudo mi cerebro comprender dónde estaba. Me pasé una mano por la cara soltando una buena bocanada de aire. Menudo susto más tremendo. Si no hubiese estado tan adormilada, podría haber sabido por qué no había suelo de madera donde ahora había moqueta y que ya no estaba en mi casa. Bueno, técnicamente sí estaba en "mi casa", pero aún se me hacía extraña la idea de pensar en este sitio como en un hogar, aunque fuese provisional.
Escuché un grito seguido de una risa venir del piso de abajo y sonreí levemente. ¿Cómo es que alguien tan pequeño como mi hermano podía tener tanta energía tan pronto en la mañana?
Me levanté bostezando, arrastré los pies por la moqueta hasta las cortinas y las abrí de un tirón. Noté una punzada en la parte posterior de los ojos y los entrecerré, momentáneamente cegada por el sol y e hice fuerza con las manos para abrir la ventana. Cuando se ajustaron mis ojos a la claridad, coloqué los antebrazos en el alféizar y me dediqué a observar el bosque. Las ramas oscilaban de un lado al otro, en una danza suave por la brisa de la mañana, haciendo ruidos a los que no estaba acostumbrada. ¿Habría sido eso lo que había escuchado anoche? Tal vez Embry tenía razón y tan sólo era un animal salvaje correteando por ahí. Hice una mueca y me estiré, recordando sus palabras y el tono tajante de su voz.
Repentinamente, la puerta de mi habitación chocó contra la pared y el renacuajo de Adrián se lanzó en dirección a mi cama. Mi madre apoyó el hombro contra el marco. Me sonrió.
— Buenos días. Pensé que seguías dormida.
— Hace poco acabo de despertarme.
— Ha llamado Embry —me informó mientras intentaba controlar a mi hermano para que dejase de saltar. Enarqué una ceja, ahora completamente despierta—. Dice que dentro de poco se pasa para buscarte. Yo he decidido ir otro día a por los papeles a Port Ángeles, así que viene también a por el coche… —vaciló un momento antes de continuar—. Me parece que quiere presentarte a sus amigos.
Ante sus palabras, algo dentro de mi cabeza se activó y empezó a parpadear alertándome de un posible peligro imaginario del que tan sólo yo era consciente. Siempre me pasaba lo mismo cuando tenía que conocer a gente nueva o enfrentarme a cualquier situación que requiriese un intercambio social. Cambié el peso del cuerpo de una pierna a otra y aparté la vista de mi madre, sabiendo que estaba observándome para ver la reacción a sus palabras.
¿Tanto le habría costado a Embry avisarme de que quería que conociese a sus amigos? Podría haber tenido tiempo de prepararme mentalmente para ese momento. Me iba a costar horrores encontrar el botón de apagado a esa lucecita de mi cerebro, ahora que sabía que no tenía más remedio que poner buena cara y pasar un mal rato delante de gente extraña.
Aspiré lentamente intentando poner en blanco la cabeza antes de que empezase el huracán de pensamientos. Me centré en la risa de Adrián al pegar un nuevo bote.
— Lily…
— ¿Te ha dicho cuando viene? —carraspeé. Apretó los labios, pero no terminó lo que iba a decir. La cama crujió cuando mi hermano volvió a rebotar.
— Me parece que tienes media hora —asentí lentamente dirigiendo mi mirada hacia la maleta. Había una pequeña abolladura en una de las esquinas, y la pintura roja estaba desgastada en ese lado—. Tu ropa está en el armario.
— Vale.
— También hay agua caliente…
— ¿Es una forma sutil de decirme que apesto?
— Puede ser.
Solté un resoplido y ella sonrió levemente.
Cuando los dos desaparecieron por la puerta, solté un quejido y me senté en el borde de la cama ¿era una mala persona por no querer conocer a los amigos de mi primo? Ellos no eran culpables de mi miedo a entablar nuevas relaciones.
— ¡Argh!
Agité la cabeza y me levanté para poder poner orden al desastre que había hecho mi hermano. Decidí no pensar en nada y simplemente enfrentarme a las cosas cuando llegasen poco a poco. Ahora mismo, tenía que recoger la habitación y elegir qué ponerme antes de que apareciera por la puerta.
Pasado unos minutos, me coloqué en una esquina del cuarto y asentí complacida. La habitación todavía no estaba del todo decorada, lo que me daba espacio para poder acomodarla a mi gusto, algo que en verdad me entusiasmaba. Por el momento, me conformaría con un sitio recogido y ordenado.
Me fije en el único elemento de decoración que había en todo el cuarto, un cuadro de madera que descansaba en la mesilla de noche. La foto que guardaba mostraba dos niños de más o menos la misma edad: el chico sonreía inocentemente a la cámara, enseñando unos incisivos de tamaño irregular demostrando su juventud y vestía un trajecito de tirantes horrendo que por lo menos debía quedarle una o dos tallas más grande; la niña de su lado llevaba un vestido añil, con el pelo recogido en dos coletas a cada lado de sus grandes orejas, tenía el dedo en la mejilla del chico de donde le estaba quitando un trozo de chocolate y miraba a la cámara con cara de sorpresa. Justo después de esa foto, la niña se comería el chocolate y saldría corriendo con el niño hacia las cortinas del salón de bodas, donde se esconderían hasta que sus madres apareciesen para darles una regañina. Todo eso lo sabía porque los niños de la foto eramos Embry y yo, momentos después de haber entrado en las cocinas del restaurante y de haber destrozado los adornos de la tarta nupcial de la boda de nuestra tía Bonnie. Solté aire lentamente por la boca volviendo a la realidad. Había encontrado el marco y la foto encima de la cama, envuelta en un lazo marrón, junto a una pequeña nota que simplemente decía: My best troublemate!. Sí, desde luego que Embry siempre fue mi mejor compañero de travesuras.
Cogiendo algo de ropa, me metí en la ducha e inmediatamente los músculos del cuello se me relajaron al hacer contacto con el agua caliente. Hasta ese momento en que me paré a pensarlo, no me había percatado de lo tensa que estaba. No tenía que ser un genio para saber qué era lo que me estaba poniendo tan nerviosa. Nunca se me había dado bien conocer gente nueva. Me abrumaba y me incomodaba mucho estar con demasiada gente, ser el centro de atención o simplemente tener que enfrentarme a alguien a quien no conocía de nada. Por supuesto, las demás personas no tenían nada que ver con mi problema a la hora de socializar, era algo que siempre había estado dentro de mi cabeza y con lo que había tenido que luchar desde pequeña.
Igualmente, nunca había querido apegarme demasiado a nadie, ya que siempre había estado de aquí para allá por el trabajo de mis padres. Es difícil mantener una amistad cuando no sabes el momento en el que te vas a volver a mudar; además las amistades a distancia no son nada fáciles de mantener cuando una de las partes no está dispuesta a dedicarle el esfuerzo que merecen. Desde muy pequeña me había concienciado que iba a ser difícil para mi tener amigas con las que salir todos los días a jugar a la calle o a cotillear sobre cosas del instituto, y aunque al principio había sido duro, ahora hasta lo agradecía. Me gustaba estar sola, me agradaba el silencio.
Lo único que no me agradaba era el pánico que me entraba cada vez que veía a una persona desconocida.
Después de dejar que el desagüe tragase mis tontas ideas, me sequé el pelo y me coloqué la ropa. Eché un último vistazo a mi alrededor antes de salir de la habitación y bajé las escaleras hasta el salón. Al llegar abajo, el olor de la comida recién hecha me guió hasta la cocina como si fuera la música del flautista de Hamelin. Me rugieron las tripas de solo pensar en el desayuno.
Nada más abrir la puerta de la cocina, me quedé paralizada con la mirada fija en la mesa. Un calor sofocante me subió por el cuello hasta instalarse en mis mejillas.
Sentados a la mesa había tres invitados inesperados. Uno de ellos era Embry, quien estaba recostado en la silla con las manos unidas detrás de su cabeza. A pesar de estar de espaldas a mi sabía que era él, habría podido reconocer esa camiseta de Flash en cualquier parte, ya que se la había regalado yo dos veranos atrás. Ahora le quedaba estrecha alrededor de los hombros, la manga no conseguía taparle del todo el tatuaje que vi ayer en su hombro derecho. Un gesto mal dado y la camiseta serviría para hacer trapos de limpieza. Enarqué una ceja, alguien había ido demasiado al gimnasio.
Mi atención se dirigió al chico que estaba sentado frente a él. De no haber sabido que Embry era hijo único, habría pensado que eran hermanos, o como mucho primos. Él también había ido demasiado tiempo al gimnasio y tenía un corte de pelo parecido al de él. Su cara me resultaba familiar, pero en ese momento en el que mi cerebro estaba haciendo las maletas para dejarme en la estacada, no conseguía recordar dónde lo había visto. Alguna foto que me envió Embry, ¿quizás? El chico sonrió de forma burlona a mi primo y le dio un manotazo en el brazo, dejando ver bajo la manga de su camiseta la parte de abajo de un tatuaje.
Una risa ronca me hizo fijarme en la última persona no-conocida que estaba en la mesa. Un señor de aproximadamente la edad de mi madre estaba sentado en la cabecera, como presidiendo aquella reunión improvisada a la cual acababa de llegar. Su sola presencia parecía llenar toda la estancia y me sentí intimidada, sin saber que hacer o de qué modo actuar ante la autoridad que emanaba. A sus pies, junto a su silla de ruedas, descansaban unas bolsas de papel decoradas con dibujos tribales.
Al alzar la vista, me di cuenta de que el hombre me estaba mirando y sonreía.
— Bueno días, Lilian.
Su saludo fue suficiente para hacer que los otros dos chicos se fijasen en mí.
— Hey, pensábamos que te había tragado la bañera.
— Buenos días a ti también Embry —murmuré sentándome a su lado. Me dio un pequeño empujón con el hombro.
— ¿Qué tal la primera noche? ¿Has dormido bien?
— Más o menos —alzó una ceja esperando una explicación—. Pesadillas.
— Seguro que es por el cambio de ambiente —dijo el otro chico con una sonrisa amable en el rostro. Extendió una mano hacia mi y me quedé mirándola, preguntándome por un momento qué era lo que quería, hasta que caí en la cuenta. Me di una bofetada mental—. Soy Quil.
— Lily.
Apreté levemente su mano y enseguida me percaté de la temperatura de su piel. Estaba, literalmente, ardiendo. ¿Cuánto calor corporal soltaban estos chicos? Yo era un cubito de hielo en comparación. Al darse cuenta de mi cara de confusión, el chico apartó rápidamente la mano y se la llevó a su nuca.
— Tu primo me ha hablado mucho de ti.
Su confesión me dejó descolocada. Miré de reojo a Embry.
— ¿Enserio?
— Es un alivio que por fin estéis aquí —siguió Quil. Empezó a tamborilear los dedos sobre la madera de la mesa a la vez que una sonrisa empezaba a curvar sus labios—, no ha cerrado la boca desde que supo que veníais. Pensé que el cerebro se me iba a derretir.
— Creía que no tenías de eso —rebatió mi primo con la boca llena. Mi madre acababa de colocar mi plato del desayuno delante de mi y él se había llevado un trozo de tortita a la boca.
Le di un puntapié en el tobillo. Mi comida no se toca.
— Algo más que tú, seguro —contestó su amigo con una sonrisa burlona.
— Lo dice el que confundió una pasta de aguacate con wasabi, y tubo quemaduras en la lengua.
— Habló el que siempre lleva los calcetines desparejados. ¿Has encontrado el otro par de los calcetines de Mickey?
Los dos chicos siguieron hablando entre ellos, lanzándose comentarios el uno al otro. Parecía un partido de tenis, ¿y lo mejor? Lo mejor era que a pesar de que se estaban tomando el pelo el uno al otro, se notaba a la legua la amistad que tenían. Me alegraba mucho por mi primo, pero no puede evitar sentir un aguijonazo de envidia en el pecho.
Mi madre me colocó una mano en el hombro y me lo apretó levemente para llamar mi atención.
— Lily, él es Billy Black —señalo al señor que tenía a mi lado—. Creo haberte hablado alguna vez de él.
Billy Black… definitivamente había escuchado ese nombre en alguna parte.
Mi madre no hablaba demasiado sobre su vida antes de mudarse a España con mi padre. Si alguna vez mencionaba algo era para hablar de sus hermanas, de algún viaje que tenía que hacer aquí o porque algún conocido suyo se había puesto en contacto con ella.
Yo no entendía por qué ese secretismo sobre su vida, aunque nunca me había atrevido a preguntar nada por miedo a tocar algún tema del que no quería o no estaba preparada para hablar. Tendría sus razones para no querer hablar sobre ello.
— Oh, es un placer conocerle señor Black.
— Llámame Billy —alzó las comisuras de los labios. Me miró durante un momento y chasqueó la lengua— Apuesto mi silla a que seguro que no me recuerdas. La última vez que te vi aquí tan sólo eras un bebé.
Sin poder evitarlo, la mirada se me desvió a mi madre. Se había sentado frente a mi y controlaba con la mirada a Adrián quien estaba sentado en la encimera de la cocina jugando con el móvil.
Tenía los hombros tensos, y si se había dado cuenta de que la miraba, me estaba ignorando deliberadamente.
¿Qué era eso de que me había visto de bebé, aquí? La única vez que había venido aquí no había sido de bebé, es más, ni siquiera había pasado por la reserva y me costaba recordar todo lo que había hecho con claridad. Ni siquiera tenía fotos de bebé que me diesen una pista sobre lo que había hecho en ese tiempo. Las únicas que había visto eran posteriores a mis tres años.
Fruncí el ceño confundida.
— Lo siento. No recuerdo haber venido nunca a La Push —Billy hizo un ademán con la mano restándole importancia.
Embry apoyó el codo en mi silla, interesándose por la conversación, y se inclinó hacia delante con curiosidad.
— Yo tampoco recuerdo que vinieras antes de la boda de la tía.
Mi madre carraspeó y estiró los labios en un intento de sonrisa.
— Eras muy pequeño, y Lily acababa de cumplir un año. Fue un viaje relámpago, no tiene mayor importancia.
— A mi hija Rachel le gustaría volver a verte —Billy, sintiendo la incomodidad de mi madre, intentó cambiar de tema—. Tenía siete años cuando estuvisteis aquí y sí te recuerda. Ahora está en casa, con su novio.
— ¿Por qué no dejáis a Billy en su casa antes de ir a la de Emily? Es una buena oportunidad para que os veáis. Qué pena que Rebecca esté en Hawaii, seguro que le habría gustado verte también.
El excesivo entusiasmo de mi madre me provocó una sensación amarga en la boca del estómago. ¿Qué narices le pasaba? Viaje relámpago sin importancia, mi pie. Olía a excusa por todos los lados.
Me quedé observándola hasta que su mirada chocó con la mía. Alcé las cejas para darle a entender que iba a necesitar explicaciones y rápido. Hizo una mueca y bajó los hombros lentamente. Cuando volviera de casa de los amigos de Embry, íbamos a hablar sí o sí.
Ella volvió a mirar a mi hermano.
— Adrián, ¿le has enseñado a tu hermana el regalo de Billy?
Él levantó la cabeza del móvil de mi madre un momento y cogió algo que estaba a su lado, enseñándomelo mientras mostraba su dentadura mellada.
Lo que tenía en las manos era una figura tallada con mucho cuidado en madera oscura, con detalles intrincados alrededor del cuerpo. Tenía forma de un animal con el hocico levantado hacia arriba.
— Es un lobo —dijo mi hermano volviendo a dejarlo a su lado en la encimera.
— Lo ha hecho mi hijo, Jacob —Billy se agachó hasta las bolsas y dejó una de ellas delante de mi—. Este es para ti. También lo ha hecho él.
— No tenía por qué molestarse… —murmuré volviendo a sentir mis mejillas encendidas. Agarré la bolsa con manos temblorosas— Es todo un detalle por su parte.
— Tutéame, no soy tan viejo —rio él—. Espero que te guste, Lilian.
Al ver lo que había dentro de la bolsa abrí la boca con sorpresa.
Metí la mano, cogí con cuidado el objeto y lo saqué. Era un atrapasueños sencillo, con un gran aro recubierto de cuerda marrón. La red de su interior estaba adornada con pequeños cristales de diferentes tonalidades que reflejaban la luz, creando destellos en las paredes de la cocina por la luz de las ventanas. En el centro de la red, había un pequeño lobo colgando, también de madera, en la misma posición que el de mi hermano. Del aro principal caían varias cuerdas del mismo material que lo revestía, terminando en las características plumas blancas y marrones que lo hacían tan reconocible.
Por un momento, no supe qué decir. Era uno de los regalos más bonitos que me habían hecho nunca.
— Me encanta —musité conmovida—, muchísimas gracias Billy.
— Me alegro que te guste.
— Dale las gracias a tu hijo de mi parte —sonreí levemente—, es todo un artista.
— Se las podrás dar tu cuando lo veas, estáis invitados a comer a mi casa todas las veces que queráis.
— Jake ha estado fuera un mes —dijo Quil en tono confidente. Señaló el atrapasueños—. Trabajó en eso antes de marcharse. Yo le conseguí las plumas.
— Gracias a ti también, entonces.
— No las merece —el chico hizo un ademán con la mano.
Embry bufó a mi lado.
— ¿Intentando llevarte el mérito del trabajo de otros? ¿Otra vez?
La mesa tembló y mi primo se encorvó hacia delante, llevándose las manos a su pierna. Quil reía silenciosamente.
— A este paso me voy a quedar sin espinilla —murmuró Embry mirando mal a su amigo. Hizo una mueca y me miró de soslayo— ¿Has terminado de comer? Cuanto antes nos vayamos, mejor.
Antes de salir fuera y meterme en el coche de Embry en dirección a la casa de Billy, me escabullí con la excusa de dejar el regalo colocado en mi habitación para poder estar sola unos segundos y poder respirar hondo. Dejé el atrapasueños colgado en el cabecero de la cama, frente a la ventana para que los rayos del sol pudieran iluminar las cristales de colores.
Un cosquilleo me recorrió el estómago mientras lo observaba.
¿Cómo hubiera sido mi vida si las visitas aquí hubiesen sido más frecuentes? No me servía de nada preguntármelo ahora, pero de todas formas, dejé que mi mente volase sobre esa idea durante unos segundos. Seguramente habría conocido mucho antes a las personas que estaba por conocer hoy, y no habría tenido problemas para entablar una amistad con ellos. Ahora recordaría a los hijos de Billy y mi madre no tendría que darme una explicación de por qué tanto secretismo con algo que era muy simple. Y lo más importante era que lo más probable, la lucecita de emergencia de mi cerebro se tomaría un descanso y no desataría en mi lo que estaba acostumbrado a hacer.
Ladeé la cabeza examinando aquel hermoso objeto que había hecho el hijo de Billy, Jacob. El lobo se balanceaba en un ligero vaivén debido a la brisa que se colaba por la ventana. El chico había sido demasiado generoso en invertir su tiempo preparando los regalos para unos perfectos desconocidos. Aspiré hondo hasta que mis pulmones protestaron. Tenía que dejar de preocuparme tanto y no cerrarme a la posibilidad de conocer personas nuevas. Si alguien como él había sido capaz de hacer el lobo y el atrapasueños para alguien que no conocía, me parecía justo darle una oportunidad a las personas que iba a conocer aquí en la reserva. ¿Quién sabe? Quizás hasta conseguía hacer algún amigo o dos.
Venga Lily, que no te van a morder.
El vértigo de mi recién encontrada confianza se me instaló en el pecho.
。。。。。。
— Y eso que ves allí es James Island.
Me aparté un mechón de pelo de la cara debido al viento y me acerqué la cámara, cerrando un ojo por simple costumbre. Enfoqué hacia la arbolada isla en mitad del mar y escuché el conocido chik-chak de la foto recién hecha.
Esa mañana me había levantado temprano y había ido con Seth a recorrer First Beach.
No hacía ni veinticuatro horas que había conocido al chico en casa de Emily, en donde, extrañamente, me había sentido casi bienvenida a la pequeña familia que había escogido mi primo.
Después de haber dejado a Billy en su casa y de haber escuchado los gritos de una Rachel muy emocionada por volver a verme y las extrañas risitas de un tal Paul, nos pusimos rumbo a casa de la misteriosa Emily y de su prometido, Sam. Por lo poco que me contó Quil antes de llegar, Sam era una persona bastante importante en la reserva, como una especie de policía o algo así, alguien de bastante estima para el Consejo Tribal. Sinceramente, no presté mucha atención a lo que me dijo, estaba demasiado ocupada aguantando la respiración para no perder los nervios y salir de un coche en marcha en dirección a mi nueva habitación y esconderme bajo las sábanas hasta que se me olvidase lo que significaba la palabra "ansiedad".
Al llegar allí no me paré a observar la casa como normalmente lo habría hecho, sino que mi mirada se quedó pegada a los chicos que había dentro de ella, los cuales podía oír perfectamente desde el porche de la entrada. En ese momento mi cerebro finalmente decidió cerrar el chiringuito e irse de vacaciones a las Bahamas. Podría haberme llevado con él, la verdad.
Lo primero que pensé fue que mi primo Embry era parte de un grupo de halterofilia y no me lo había contado. ¿Qué clase de comida les dan a estos chicos en la reserva? Solo con la mirada eran capaces de romperte un dedo o dos, quizás hasta la mano entera.
Quitando mi shock inicial, y mi tendencia a dramatizar todo, entendí el famoso refrán que tanto le gustaba repetir a mi padre "las apariencias engañan, Lily". Sintiéndome intimidada o no, jamás había tenido un recibimiento tan caluroso en toda mi vida. Y no sólo por la temperatura de los chicos de la reserva, sino por la forma en la que me miraban y me daban la bienvenida a La Push. Era como si volviesen a ver a una vieja amiga que hacía tiempo se había marchado y reaparecía años después delante de ellos. Le echaba la responsabilidad de todo a Embry, quien seguramente les habría cansado de tanto hablar sobre mi familia. Se lo agradecí silenciosamente.
Mi teléfono no había estado tan lleno de contactos desde… bueno, desde nunca.
Emily era una mujer sencillamente hermosa, tanto por dentro como por fuera, incluso con las tres cicatrices que desfiguraban el lado derecho de su rostro y a las que intenté no mirar demasiado para no hacerla sentir incómoda. Al cabo de un rato, hasta se me olvidó que estaban allí. Sam era, como me lo había imaginado por la descripción de Quil, una persona que asustaba con su presencia y complexión. Parecía un armario ropero, de esos que tienen muchas puertas y llegan hasta el techo. A pesar de sentirme como un gnomo a su lado, y eso que yo medía metro setenta y dos, al ver las miradas de adoración que le daba a Emily cada vez que pasaba por su lado para dejar un nuevo plato repleto de comida en la mesa, empecé a verle con otros ojos.
La otra parejita de la casa eran Jared y Kim. No eran más que un revoltijo de manos y pies en el sofá cuando entré en la casa. La risa contagiosa de Kim debido a las cosquillas que le estaba haciendo su novio consiguió arrancarme una pequeña sonrisa, y cuando a ella se le tiñeron los prominentes pómulos de color carmesí al ver que tenían un público inesperado, hizo que me diera cuenta de que quizás no era la única persona con demasiada timidez de la casa. Como era de esperarse, no tardé demasiado en entablar conversación con ella, a pesar de que Jared no la dejaba sola en ningún momento. Él era algo así como el perfecto hermano mayor que siempre está con bromas e intentando hacerte saltar con sus comentarios.
Había otra chica allí con la que apenas hablé. Era Leah, la hermana mayor de Seth. Me daba la impresión de que estaba incómoda o que estaba allí casi por obligación, y que no tenía ganas de tener que fingir una sonrisa. No pude evitar preguntarme si esa incomodidad era por mi culpa, lo que me hizo sentir mal. Cuando fui a saludarla, se me quedó mirando durante un rato, examinando mi cara, y luego me saludó con un asentimiento de cabeza. Se pasó todo el día pegada a un ventanal junto a la entrada, mirando el bosque de fuera y sin hablar con nadie que no fuera su hermano.
Decir que Seth era hiperactivo era quedarse muy lejos de la realidad. Parecía que había mezclado bebidas energéticas con golosinas altas en azúcar y ahora no era capaz de quemar toda esa energía que tenía dentro. Desde el momento en que me vio, no paró de parlotear sobre el instituto, los compañeros de clase, que estaríamos en el mismo curso, sobre los cotilleos de la reserva y algo sobre unas deportivas azules que no llegue a entender del todo. No fue hasta que Emily me rescató que pude respirar con tranquilidad y asimilar toda la información que me había soltado en menos de media hora.
Sin embargo, ya había hecho el pacto con el diablo y había aceptado su invitación de recorrer la reserva a la mañana siguiente.
— ¿Quieres que te cuente la historia de James Island? —la pregunta de verdad era: ¿tenía alguna otra alternativa?— La cierto es que hay muchas leyendas urbanas sobre lo que realmente hay allí ahora, que se supone que es un faro, pero antes no era nada más que un sitio desde donde observar ballenas y crecer cultivos. Hay quien cree que allí hay un cementerio en el que pasan cosas extrañas, ¿te lo puedes creer? Dicen que han visto luces y cosas raras; por no hablar de la teoría que dice que los alienigenas…
Seth siguió parloteando sobre la isla mientras caminábamos cerca de la orilla. Tuve que apartarme corriendo varias veces para que las olas no me mojasen los zapatos. Al cuarto intento de mantenerme seca, desistí y dejé que el agua me salpicase las botas. Me encogí un poco y me subí la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla debido al frío y el viento que se había levantado esa mañana. El olor a sal marina me había perseguido desde que me había levantado y ahora me iba a acompañar hasta casa debido a mis calcetines mojados. En una situación normal, me habría quejado de la incomodidad que me producía tener los pies helados y húmedos, pero si lo hacía, me temía que iba a perderme una oportunidad perfecta para sacar fotos a la playa. Tenía que reconocer que First Beach no tenía nada que envidiar a las playas del mediterráneo, la sola imagen de las piedrecillas de diferentes colores de la orilla y los blancos troncos varados en la arena, le daban un aspecto casi mágico, como sacado de las páginas de un libro. Los acantilados se erigían altos como torres a lo lejos, cerca de la linde del bosque. Las olas chocaban con fuerza contra las rocas de su base, salpicando todo a su alrededor. Era precioso.
Seguimos caminando un rato más hasta que los dos decidimos sentarnos en uno de los troncos semi-hundidos en la arena.
Estuvimos un rato en silencio, solo roto por las olas, mientras que yo guardaba la cámara en su funda y él movía con nerviosismo su pierna de arriba a abajo, al compás de las manecillas de un segundero. Me miró varias veces de reojo y abrió la boca otro par, intentando decir algo pero sin atreverse.
Dejé escapar una pequeña risa.
— Suéltalo —le dije. Apoyé los antebrazos en las rodillas y le miré— ¿Qué pasa?
— ¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él expulsando las palabras atropelladamente.
— Claro.
— ¿Qué impresión te has llevado de nosotros?
Me quedé mirándole un momento, confundida. ¿Qué impresión tenía de ellos? Sus mejillas se pusieron oscuras.
— ¿Qué quieres decir?
— Pues eso mismo… —se rascó la nuca con nerviosismo— ¿Qué es lo que has pensado de nosotros? ¿Te sentiste a gusto ayer?
— Esas son dos preguntas —bromeé sonriendo de medio lado.
— Ya —Seth expulsó aire sonoramente y sonrió, un poco más relajado—, ¿puedes contestarlas?
— A la tercera te diré que sí, puedo contestarlas —el bufó divertido—. Y… sí, me sentí bastante a gusto.
Eso pareció gustarle, ya que dejó de mover la pierna. Me miró y ladeó la cabeza.
— Se te notaba un poco incómoda.
Mierda. Las mejillas empezaron a quemarme y me estiré, pensando qué contestarle. No había sido mi intención parecer incómoda, a pesar de haberlo estado al principio, y mucho menos haberles hecho pensar que era por su culpa o algo así, ya que si Seth se había dado cuenta, seguramente que los demás también. Por un momento pensé en mentirle y decirle que estaba cansada por el viaje y que por eso estaba incómoda, pero no tuve el valor de hacerlo. Además, odiaba las mentiras con la misma pasión con la que odiaba el brocoli, y si no me gustaba que me mintiesen, tampoco iba a soltarle cualquier cosa que se me pasase por la cabeza para justificarme. No me parecía nada justo.
Hice una mueca y me encogí de hombros.
— No se me da muy bien conocer gente nueva… —reconocí— Nunca sé cómo reaccionar o qué decir, no tiene nada que ver con vosotros.
El asintió lentamente, pero no comentó nada más, lo que agradecí. No estaba preparada para una lluvia de preguntas sobre eso.
Se le curvaron las comisuras de los labios.
— Embry mencionó que eras bastante tímida.
— ¿Qué es exactamente lo que ha estado contando Embry sobre mi? —pregunté resoplando— Quil me dijo que no había cerrado la boca desde que supo lo del intercambio, y sé lo pesado que se puede poner cuando empieza a hablar.
— Ah, nada malo, créeme —soltó una risita por lo bajo—. Todo ha sido bastante bueno. Nos dijo algo sobre unas galletas con virutas de chocolate de vuestro abuelo y algo de una tarta. También dijo que dibujabas bastante bien.
Estaba decidido, iba a darle a Embry con un disco de esos de hacer pesa en la cabeza en cuanto lo tuviera delante.
— Bueno, no sabría decirte si dibujo bien o mal, simplemente me gusta.
— ¿Sabías que Emily nos va a dar clase de arte en el instituto? —negué— Pues sí, va a darnos clase.
Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y escondí la barbilla bajo la tela para ver si conseguía no quedarme congelada. A lo lejos una niña correteaba alegremente de un lado a otro recogiendo piedras de la arena y entregándoselas a un chico que me resultaba familiar. Como estaban a unos cuantos metros de nosotros, no pude ver quien era, ya que me había olvidado las gafas en casa y mi vista de lejos era malísima, pero parecía estar disfrutando lo mismo o más que la niña. El viento arrastraba las carcajadas estridentes de los dos hasta donde estábamos Seth y yo.
— Ese es Quil.
— No te creo —dije alzando una ceja. Seth simplemente me señaló con la barbilla en dirección hacia el chico y vi que estaba agitando su mano en el aire saludándonos. Paró cuando la niña quiso meterse en el agua— ¿Tiene una hermana?
— No. Ella es Claire, la sobrina de Emily. A veces sus padres suelen traerla aquí cuando quieren estar solos y él hace las veces de canguro.
La pequeña soltó un chillido cuando él la cogió en brazos, la agarró del tobillo y la dejó colgando en el aire. Claire empezó a tirarle las piedrecillas que tenía en las manos intentando atinarle a la cara y soltando carcajadas cada vez que una de ellas le daba en el pómulo o la frente. La niña tenía puntería.
— Nunca me habría imaginado a Quil de canguro.
— Tendrías que verle en las fiestas de cumpleaños de la niña —Seth se rió al recordarlo—. Maquillaje, tiara y trajecito de princesa Disney. Es todo un cuadro.
— Venga ya —abrí la boca con incredulidad—. Una foto o no ha pasado.
— Lo juro, seguro que Emily tiene alguna por casa que pueda enseñarte —se quedó un rato callado y se encogió de hombros—. Creo que él haría cualquier cosa por esa niña.
— ¿Hasta cantar las canciones de Disney?
— Hasta cantar todas las canciones de Disney, una tras otra. Sin parar.
Solté un silbido y seguimos mirando a Claire y a Quil hasta que la niña terminó por mojarse las piernas y entonces los dos se marcharon. Podía escuchar la voz de Quil regañándola antes de montarla en el coche. Después de eso, los dos nos quedamos en silencio escuchando el sonido de las olas.
A pesar de que algo dentro de mi cabeza empezó a correr en círculos y a gritar "incómodo", intenté no hacer caso y simplemente disfrutar de ese momento y de la compañía de Seth. Aún siendo como un niño con un subidón de azúcar, podía verme tranquilamente entablando una amistad con él. Tenía un humor y un optimismo que ahora mismo necesitaba y no parecía una mala persona. Sus ganas por hacerme sentir a gusto en este lugar me parecían entrañables y estaba consiguiendo hacerme salir un poco del cascarón.
Al girar para mirarle, recordé algo a lo que había estado dándole vueltas en la cama antes de dormirme.
— ¿Puedo preguntarte algo yo ahora?
— Me parece justo —asintió con esa sonrisa suya—, dispara.
— ¿Qué significa el tatuaje?
Mi pregunta le pilló por sorpresa y su sonrisa flaqueó.
— ¿Qué?
— Ese tatuaje del hombro —lo señalé— Me he dado cuenta de que todos lo tenéis en el mismo sitio. ¿Qué son? ¿Dos perros, dos lobos…?
— Ah… —arrugó la frente y esquivó mi mirada. Sus pies empezaron a jugar con la arena— Son dos lobos. Son una especie protegida aquí.
Sí, Embry me había dicho lo mismo.
Me quedé mirándole, esperando a que continuara con la explicación. Él hizo un gesto con la boca y se encogió de hombros.
— La verdad es que es algo difícil de explicar.
— Tengo tiempo.
— Eh… —volvió a abrir y cerrar la boca como lo había hecho antes— Tienen que ver con la tribu.
Y eso pareció zanjar el tema. Me había parecido una forma sutil de decir que alguien fuera de los de la tribu, osea, una "forastera" como yo, no tenía por qué interesarse en cosas como el significado de un tatuaje. Aunque por sus palabras pude deducir que era como un símbolo de identidad o de hermandad o algo parecido.
Seth intentó cambiar de tema.
— ¿Tienes la lista de los libros del instituto?
— Pues la verdad es que no —contesté.
— Si quieres podemos ir otro día a encargarlos —dijo él recuperando de nuevo el entusiasmo. Lo cierto era que necesitaba hacerlo, por lo que asentí—. Conozco un sitio en Forks donde los venden. Algunos son un poco más difíciles de conseguir en la librería de aquí, ya que son especializados, así que no nos queda más remedio que ir allí a por ellos —sonrió y alzó las cejas de arriba a abajo varias veces—. Ya sabes, con suerte, este es nuestro último curso antes de graduarnos.
Asentí enfocando la mirada en las olas del mar. Dentro de un año iba a graduarme y dentro de poco iba a ser oficialmente mayor de edad. Por lo menos en España. De tan solo pensarlo me daban escalofríos.
Cualquier adolescente de mi edad estaría deseando terminar el instituto y ser libre para hacer lo que le diera la gana, para sentirse como un adulto y poder actuar como uno sin que nadie le dijera lo que hacer. Sin embargo, a mi la idea de no saber qué hacer me aterraba. Sentía que al terminar mis estudios, cerraba esa etapa de mi vida y me quedaba perdida sin rumbo alguno.
— ¿Ya sabes lo que vas a hacer después de graduarte? —pregunté.
— ¿Sinceramente? —asentí— No tengo ni idea. De pequeño siempre había pensado en ser policía, pero no creo que ahora mismo pueda hacerlo.
Arrugué la frente.
— ¿Por qué no?
— Ah… Estoy un poco ocupado últimamente —se rascó la nuca y carraspeó— ¿Tu tienes alguna idea?
— Supongo que ir a la universidad, aunque no tengo muy claro qué estudiar —suspiré. Agarré una pequeña rama del suelo y comencé a garabatear sin sentido en la arena.
— ¿Por qué no algo relacionado con el arte?
— Lo había pensado, pero esa es solo mi afición —comenté haciendo una mueca—. Creo que si la convirtiese en mi trabajo, terminaría por no gustarme.
— Entiendo… —se quedó mirando unos segundos mis garabatos— ¿A qué universidad te gustaría ir? ¿Has pensado en quedarte aquí a estudiar?
— ¿Aquí? —gire la cabeza, alzando las cejas por la sorpresa— Yo…
Su móvil empezó a sonar en ese momento con una música estridente que pude identificar como la canción del inicio de un anime.
— Perdona.
Seth se giró hacia un lado y empezó a hablar con la otra persona.
¿Estudiar aquí? No me lo había planteado nunca. Es decir, no me lo había planteado hasta que acepté el intercambio, pero eso era distinto a hacer una carrera universitaria. Tenía que contemplar demasiadas cosas si decidía venirme aquí, como por ejemplo, si podía permitirme pagar un alquiler, la comida, el transporte o incluso la carrera. Además, no sabía si estaba preparada para vivir sola en un país que no conocía de nada y donde todo y todos eran diferente a lo que estaba acostumbrada. La cabeza empezó a darme pinchazos de solo imaginármelo.
Apoyé la mejilla en la mano y solté aire despacio. Crecer era una basura.
Seth se levantó de golpe haciéndome pegar un brinco del susto. Comenzó a caminar en círculos delante de mi, con el teléfono pegado a la oreja y hablando tan rápido que me costaba seguirle el ritmo. Por lo menos él parecía estar contento por algo, pues se le había iluminado toda la cara.
Al colgar, me miró con ojos brillantes y una sonrisa que le llegaba a las orejas.
— Ya sé a dónde podemos ir ahora.
