CAPÍTULO 3

EL DESPERTAR

Levanté la vista del libro que estaba leyendo y miré hacia mi cama. Allí estaba tumbada Esme, ya quieta y aparentemente sumida en un sueño profundo. Su corazón empezó a latir aceleradamente. El proceso estaba a punto de terminar. Cerré el libro, lo coloqué en el estante y me senté en el borde de la cama.

De pronto, su corazón dejó de latir.

Si el mío todavía funcionara como el de un humano en ese momento me habría dado un infarto. Había llegado la hora.

Esme abrió los ojos lentamente. Se me contrajo el estómago por la culpa al ver sus iris rojos escarlata y su expresión confundida.

- ¿Estoy muerta? – murmuró.-

- No señora Platt, no está muerta.- me dirigí a ella respetuosamente, no con su nombre de pila.- No técnicamente.

- ¿Dr. Cullen, es usted? .- me miró con una ceja levantada.- Esto no es el hospital…

- No, esto no es el hospital. Es mi casa. - en su cara se dibujó una expresión de horror.- No se preocupe, todo esto tiene una explicación.

- Me siento extraña…Lo oigo todo, lo veo todo…

- Eso forma parte de la explicación señora Platt. ¿Recuerda algo de lo que pasó?

- Mi niño…- su cara se transformó.- Quería ir con mi niño… Me arrojé al vacío. Todo se volvió negro… Solo escuchaba las olas y de pronto… es como si me hubieran arrojado al fuego.

- Eso fue el inicio de la transformación.

- ¿Qué transformación?

- Verá señora Platt…- no sabía por dónde empezar. – Cuando la encontré, estaba muy grave. No iba a poder hacer nada por usted, y moriría si la hubiera movido de donde estaba…Antes de nada, quiero que sepa que lo siento. Fue usted la que decidió quitarse la vida y yo no soy quien para negarle su voluntad pero…No pude dejarla morir.

Ella me miró con los ojos carmesí y se tocó el pelo. Creo que todavía no se había fijado en el nuevo tono que había adquirido su piel.

- No se preocupe usted, Dr. Cullen…- bajó la mirada un poco avergonzada.- Es su trabajo salvar vidas.

- Lo sé, pero esta vez me… excedí un poco en el ejercicio de mis funciones.- me mordí el labio.- Verá, yo no soy una persona normal. De hecho, la gente no me consideraría ni persona si supiera lo que soy.

- Y…¿qué es usted, Dr. Cullen? – me preguntó Esme por primera vez con un atisbo de miedo en su expresión.-

- Soy un vampiro, señora Platt.

Y ella se quedó ahí, sentada en la cama como si no supiera qué decir. Mirándome fijamente la boca intentando encontrar los colmillos afilados y mirando a su alrededor, suponía que buscando sarcófagos o calaveras. Sonreí.

- No tiene por qué alarmarse. No me alimento de sangre humana.

Abrió los ojos como platos.

- Entonces… si no se alimenta de sangre…¿qué clase de vampiro es usted? – me preguntó levantando una ceja.-

Me hizo gracia aquello. Le podía más la curiosidad que el miedo.

- Yo no dije que no me alimentara de sangre. Cazo animales. Creo que ser un vampiro no tiene que implicar ser un asesino, aunque nuestra naturaleza esté inclinada hacia ello. No soy un monstruo, señora Platt. O al menos eso intento.

- Entonces… ¿No va a hacerme daño?

- Yo nunca le haría daño a un humano. – me puse serio.- Soy médico, mi trabajo es salvar vidas, no quitarlas.- sonreí.- De todas formas… habrá notado que usted ya no es humana.

- ¿No lo soy? – preguntó horrorizada.- Quiere decir… ¿Qué me ha transformado usted en vampiro?

- Me temo que sí.

Se quedó callada mirando a mis sábanas. No interrumpí su silencio. Por fin abrió la boca para hablar.

- Y… esta sensación extraña en la garganta es…

- Sed, sí. Dentro de un rato, si le parece, la llevaré al bosque para que la pueda calmar. No hará falta que mate a nadie, solo cazaremos animales.

- ¿Está seguro que no le haré daño a nadie?

- Bueno, no puedo estar completamente seguro. Los vampiros neófitos como usted tienen una fuerza superior a la nuestra y les cuesta mucho controlar sus instintos, pero si usted pone empeño en controlarse y yo estoy cerca no le hará daño a nadie. Además, iremos a una zona lo más alejada de la gente posible, así no percibirá el olor de los humanos.

Se tumbó en la cama y miró al techo.

- ¿Qué voy a hacer ahora? – preguntó en voz baja.- No puedo volver a casa, dañaría a Andrew…

- Así es. Si le parece, puede pasar una temporada conmigo mientras se acostumbra y después podrá decidir dónde quiere ir.

Me miró un poco escandalizada. Súbitamente me arrepentí de haber sido tan directo. Sorprendentemente pareció recapacitar y finalmente dijo:

- Si no es mucha molestia… Podría hacer las tareas del hogar para usted.

- ¡No se preocupe de eso! – me eché a reír.- Llevo solo más de trescientos años, friego suelos mejor que cualquiera, y plancho que es un gusto.

- ¿¿¡Trescientos años!?? – se le descolgó la mandíbula, adoptando una expresión de lo más cómica.-

- Creo que olvidé decirle que los vampiros somos inmortales. Bueno, o casi inmortales, se nos puede destruir, pero es francamente difícil.- sonreí.- Bueno, le enseñaré su habitación. Aunque si prefiere ver el resto de la casa primero…

- Sí, me encantaría verla.

Le ofrecí el brazo y se levantó de la cama. Bajamos al salón. Esme se quedó boquiabierta. La verdad que mi salón era bastante grande. Al no comer y no dormir, pude acumular muchísimo dinero y me lo gastaba casi todo en mi casa. Tenía todos los adelantos en tecnología. ¡Hasta tenía teléfono! Por supuesto, era la única persona del pueblo que poseía uno en casa, y a decir verdad, era muy útil, ya que permitía al personal del hospital contactar conmigo en caso de emergencia al momento sin necesidad de venir hasta mi casa.

Esme fue como hipnotizada desde el teléfono hasta el gramófono que tenía en un rincón del salón. Me miró como pidiéndome permiso para tocarlo. Yo me reí, me acerqué a ella y lo encendí. La música inundó la sala y una sonrisa enorme se le dibujó en la cara.

- ¡Esto es maravilloso!

- Cada vez estoy más convencido que el gramófono fue dinero estupendamente empleado. Si le gusta, puedo comprar uno para que pueda tenerlo en su cuarto.

- ¡Oh, no, por favor! ¡Debe de haberle costado una fortuna! – exclamó ella.-

- No se preocupe por eso, señora Platt. No gasto dinero en comida, así que estaré encantado de adquirir uno para usted.- le sonreí.-

- Muchísimas gracias, me encantaría…

- Mañana mismo iré a encargar uno. Ahora, si le parece, vamos pasando a la cocina…La parte más inútil de mi casa.

Ella se rió y me cogió del brazo. Esa mujer era increíble. Deseaba con todas mis fuerzas que Esme decidiese quedarse conmigo para siempre.

- ¿Para qué tiene el frutero lleno? –preguntó cogiendo un melocotón.-

- Ya sabe, hay que guardar las apariencias… Empezarían a pensar cosas raras si de vez en cuando no voy al mercado a por un poco de fruta. De todas formas, la gente piensa que cultivo frutas y hortalizas en casa para relajarme, así que me despreocupo bastante de ese tema.

- Es una pena que usted no coma… - comentó.- ¡Porque nadie en el pueblo hace una magdalenas tan ricas como las que hago yo!

Solté una carcajada.

- Si le gusta cocinar puede hacerlo sin ningún problema. Solo tiene que decirme lo que necesita y yo se lo traeré.

- Pero si nadie se va a comer lo que cocine…

- Podemos llevarlo al orfanato de Southbrook. Seguro que agradecen esas magdalenas que tan cariñosamente habré hecho yo en una de mis múltiples noches de insomnio. ¡Ya ve usted, qué cosas tan raras nos ocurren a los médicos! ¡Que de dormir tan poco acabas haciendo repostería a las dos de la mañana! – exclamé fingiendo que hablaba con una persona imaginaria.-

Esme volvió a reírse y a mí se me iluminó la cara. Me encantaba verla contenta.

Le enseñé el resto de la casa. Subimos al piso de arriba otra vez y la guié hasta la más grande de las habitaciones extra. Como el resto, estaba vacía. La animé para que la decorara a su gusto y también le mostré su cuarto de baño. Nuevamente se quedó maravillada, ya que mi casa era de las pocas que tenía los baños integrados, en vez de fuera, en la parte trasera de la casa. Sin duda, la parte que más le gustó fue la biblioteca.

- Dios mío…¿Cuántos libros guarda aquí?- preguntó pasando la vista por cada estante.-

- Unos pocos.- sonreí.- Las noches que no tengo guardia me tengo que entretener con algo, y en la librería de Port Pale ya me conocen. Voy todas las semanas a por uno o dos volúmenes y llevo aquí cinco años, más los que conservo desde hace décadas…Alguno hay de los primeros libros que tuve.

Caminé entre los estantes pasando un dedo por los lomos de los libros. Llegué al último estante, donde acumulaba los libros más antiguos y los más queridos. Cogí uno.

- Esta Biblia me la regaló mi padre.- le mostré un ejemplar bastante grande.- Es mi primer libro. Le tengo muchísimo cariño y, aunque normalmente intento consultar versiones más modernas para no dañar esta, tres o cuatro veces al año no puedo resistir la tentación de leer un pasaje.

- ¿Me leería uno? – me miró sonriendo.

- Por supuesto, siéntese.