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París, Barcelona, Londres, Roma


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Lo primero que hicieron al pisar tierra española, fue ir a comer. Habían escuchado maravillas acerca de la gastronomía.

Buscaron el lugar más "típico", comieron jamón y otros embutidos, queso, tortilla de patata, ensaladilla… Acabaron muy llenos pero muy de acuerdo con que allí se comía muy bien. También habían bebido alguna copa de vino y se reían el uno del otro diciendo que no sabían andar en línea recta (aunque era mentira).

El hotel estaba en pleno centro de Barcelona. Aunque era temprano, y podrían dar una vuelta por la ciudad de noche, decidieron quedarse en la habitación y ver una película de las que llevaban descargadas en el ordenador portátil.

Se quedaron dormidos enseguida. Kouichi, que se despertó de pronto en medio de la noche, bajó el ordenador al suelo y extendió la colcha para tapar a Kouji y a sí mismo.

Durmieron hasta tarde.

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La Rambla estaba llenísima de gente, a pesar de que fuera temporada baja de turismo. Kouji se aseguró de tener la cartera a buen recaudo y se dio cuenta de que su hermano hacía un gesto idéntico. Era un lugar fácil para que los ladrones se aprovecharan.

Había dibujos por el suelo, gente pintada o disfrazada fingiendo ser estatuas y moviéndose cuando les echaban dinero, puestos donde vendían flores o algo de comer y sillas de las cafeterías.

Se sentaron en una, por el gusto de pasar un rato relajado al sol. Hacía calor, así que se quitaron las chaquetas que abrigaban de más. Kouichi se rio porque su hermano estaba de cara a la luz y tenía que guiñar los ojos para mirarle.

—Takuya me pidió que fuéramos al campo de fútbol y le mandásemos fotos —dijo Kouji—. Como si no pudiera verlas por internet…

—Vamos luego.

—¿No tienes mil sitios que visitar?

—Seguro que vemos alguno de camino. Además, tenemos varios días. Da tiempo a todo.

—Pues para tanto que ver estamos muy tranquilos aquí.

—Esa es la gracia, relajarnos también, no solo es un viaje para visitar monumentos, también para disfrutar de momentos así.

Kouichi cerró los ojos y giró la cabeza para que le diera el sol.

Bastante después, se levantaron y pasearon por esa gran calle llena de vida, viendo a los artistas locales, a los turistas como ellos y escuchando el bullicio. Era curioso sentirse acompañados, y a la vez solitarios, en un punto perdido de una ciudad tan lejana a la suya.

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Los colores de los mosaicos eran vivos y brillantes. Contrastaban mucho con la ropa oscura que llevaba Kouji (como siempre). Las formas eran redondeadas, con bancos torcidos y pocas esquinas.

—Gaudí, el arquitecto que lo diseñó… —comenzó a explicar Kouichi.

—Y que diseñó un montón de cosas por la ciudad.

—Sí. Pues él fue muy inteligente con este sitio, el parque Güell. Aprovechó la elevación natural del terreno, de alguna manera así consiguió que la naturaleza se integrara en lo urbano. Y quiso darle un significado más espiritual, algo religioso, entonces esas escaleras con las que recubrió esa elevación de la naturaleza son como un camino hacia alcanzar nuestra propia cumbre. Y arriba iba a estar la capilla, pero al final no se construyó.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Tal vez no quisieron terminar de darle el significado religioso.

—Prefirieron que todo el mundo se sintiera identificado, ¿quieres decir? Que pudieran subir esas escaleras y pensar que estaban avanzando en… no sé, en sí mismos o algo así. —Kouichi asintió con la cabeza.

—Eso pienso.

Kouji subió el primer peldaño de la escalera, su hermano lo siguió de cerca pero siempre un pasito detrás.

Más tarde pasaron por un pasillo tan inclinado que daba la sensación de que se caían todo el rato. También fueron a visitar otras obras de Gaudí, tenía un estilo tan característico que se veía perfectamente qué casas habían sido diseñadas por él.

Kouichi disfrutó muchísimo del día, aquel arquitecto español era muy reconocido en Japón, y trató de explicarle a Kouji por qué era tan impresionante ver en persona algo que había visto tantas veces en fotografías y estudiado tanto.

Anduvieron muchísimo, así que en la cena daban cabezadas por el sueño. Desde luego, estaban aprovechando bien el viaje.

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El teléfono empezó a sonar. Kouji, que estaba recostado en la cama viendo la televisión (aunque poco entendía de lo que decían), resopló antes de levantarse. Era su madre, llamando a su hermano.

—¿Sí?

—¿Kouji? —Siempre le sorprendía que la mujer fuera una de las personas que mejor los distinguía.

—Soy yo, Kouichi está en la ducha.

—Vale. Sé que las llamadas son caras, es que parecía urgente.

—¿El qué?

—Como no le han localizado en su teléfono, ni ha respondido por e-mail, me han llamado a mí. La empresa esa en la que hizo prácticas al final de la carrera. ¿Cómo se llamaba…?

—¿Qué querían?

—No me lo han dicho. Supongo que será algo del trabajo que le ofrecieron. —Hubo un silencio, largo. La madre entendió lo que Kouji estaba callando—. Si no te lo ha dicho debe ser por algo, cariño.

—Sí, porque algo de esto va a enfadarme.

—Bueno, tengo que volver al trabajo. Sed buenos, ¿vale?

Se despidió distraídamente. Un cuarto de hora después, Kouichi salió del baño con el pelo todavía un poco húmedo, pero ya vestido.

—Te ha llamado mamá.

—¿Ah, sí? Qué raro, quedamos en que hablaríamos una vez a la semana, porque es caro, y ya la llamamos anoche…

—Te buscaban los de la empresa que quiere contratarte.

Kouji se cruzó de brazos y esperó. Por supuesto, como siempre, su hermano veía venir el enfrentamiento desde lejos y se tomaba su tiempo para adentrarse en él. Terminó de secarse el pelo con una toalla, se sentó en una de las dos butacas que había en aquella habitación de hotel y esperó.

—Se supone que te toca a ti hablar, Kouichi.

—¿Qué quieres saber?

—¿Qué trabajo te han ofrecido?

—Ser parte del diseño de la fachada de una línea de hoteles que hay por gran parte de Europa. —Kouji sintió ardor de estómago.

—Así que para eso era este viaje, para decidir a dónde quieres marcharte… ¿Cuándo pensabas contármelo, cuando me dejaras solo en nuestro apartamento?

—Para empezar, eres tú quien me propuso viajar. —Kouichi hablaba con toda la serenidad del mundo. Eso estresaba más a su gemelo, siempre era demasiado tranquilo—. Y no. No he aceptado el trabajo.

—¿Por qué no?

—No voy a marcharme de nuestra ciudad.

Kouji no tuvo oportunidad de responder nada. Su hermano se puso de pie, le tiró la chaqueta y salió de la habitación.

Visitaron el barrio gótico de Barcelona, caminaron mucho ese día. Y estuvieron muy callados. A ratos, compartían ceño fruncido por razones bien distintas.

Fue delante de la obra que más quería visitar Kouichi, cuando pasó un largo rato simplemente admirando la Sagrada Familia, ese monumento que parecía que nunca terminaría de construirse, que retomaron la discusión interrumpida.

—¿Sabes por qué estás enfadado?

—Porque no me habías dicho nada —respondió Kouji, sin mirarlo—. Porque estás rechazando una gran oportunidad.

—No. Estás enfadado porque por un rato has creído que te abandonaba. —En momentos como esos, era cuando prefería que su hermano no lo conociera tanto—. Estate tranquilo, no voy a ir a ningún lado.

—Kouichi, no puedes hacer eso. Ser arquitecto es tu sueño y…

—Me gusta la arquitectura, claro que sí. Pero no es mi sueño. Mi sueño es estar con mis seres queridos. Con mamá, con nuestros amigos, y, sobre todo, contigo.

—Pero…

—No hay peros, Kou. —Sus ojos se encontraron en medio de la multitud que paseaba por la ciudad y se acercaba para contemplar la catedral—. Ya estuve sin ti. Ya creí que había perdido a todos. Sé cuáles son mis prioridades y qué me hace feliz.

Kouji quiso sentirse egoísta por alegrarse. No pudo.

Apoyó la frente en el hombro de su hermano y suspiró, aliviado.

Kouichi siguió admirando la obra largo rato. Kouji no se movió de esa posición.


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No me he inventado lo de que a los japoneses les guste Gaudí, siempre hay muchos allí y además es algo que me enseñó Marmalade Boy jajaja. He de decir que esta última escena es una de las primeras que escribí y que más me gustan.