Capítulo nuevo :) Muchísimas gracias por los reviews, los favoritos y a los seguidores de la historia. De nuevo, he podido actualizar en viernes :D
Capítulo 2: Cherburgo
10 de abril de 1912
El Titanic ha saltado en unas cuatro horas desde Southampton a Cherburgo.
Un hombre interesante embarcó en Cherburgo. Tenía un billete de primera clase y un corazón viajero. Su nombre era Francis Bonnefoy. Su negocio, la cocina. Iba a ir a Nueva York a abrir un nuevo restaurante(o al menos eso decía). ¿Pero eran realmente sus intenciones tan sencillas?
Un hombre interesante se embarcó en una aventura ese día. Tenía un billete de primera clase pero los otros miembros de su grupo social solían despreciarlo. Era diferente del resto.
Era creativo, aparte de romántico empedernido. Había amado y perdido, amado y perdido, amado y perdido... muchas veces algunas de sus relaciones habían acabado de esa manera, pero él nunca había perdido la esperanza. Siempre había estado seguro del destino. Siempre había sido un imán para la suerte.
Embarcó en el Titanic con un brillo en los ojos y el corazón agitado. Ya podía sentir que ese viaje iba a ser algo más que una simple travesía. Francis estaba en camino de un gran viaje. Una aventura que cambiaría el mundo. Si cambiaría su mundo o el mundo, bueno...eso era cuestión del destino.
Otra gente podría haber llamado bonita a la suite de la primera clase. Para Elizabetha eso era cualquier otro sitio. Simplemente era otro lugar para ser encerrada. Con él. Le miró con el rabillo del ojo. Estaba con Iván, su fiel seguidor que le servía como un guardaespaldas, un mayordomo y todo lo que había entre medio. La joven miró calmada a Roderich dirigir a los camareros, vigilándolos como el perro que vigila a las ovejas mientras éstos guardaban el equipaje. ¿Sería ella también una oveja? Probablemente. Quizás era una especial, pero después de todo era un objeto que él mantenía como cualquier otro.
Elizabetha quería odiarlo por ello, pero en vez de eso era a sí misma a quien dirigía el odio. Después de todo, sabía que no era un simple producto para ser vendido o comprado. Sin embargo, estaba dejando que su propia vida fuese siendo proyectada por otros. Observaba desde un banquillo como los demás tomaban decisiones por ella, como el objeto sedentario que era. El pájaro en la jaula volvió a su mente.
Sí, la analogía tomaba más forma a cada vez que pensaba en ella. Elizabetha era un inútil pajarillo. Sus alas habían sido cortadas y la única cosa con la que podía soñar era estar ahí sentada, siendo hermosa. Sus manos temblaron mientras se observaba en el espejo, tirándose de su pelo enfadada.
¿Por qué no puedo simplemente huir?
Perfecto.
Ludwig había perdido a su hermano. ¿Cómo era eso posible? ¡Estaban en un barco, por el amor de Dios! Por otra parte, era el mayor barco construido hasta la fecha, o algo parecido. Aún había un montón de personas fuera en la cubierta, pero ninguna se le hacía familiar. Si Ludwig no le encontraba pronto, Gilbert se metería en algún problema, y por supuesto ambos tendrían que sufrir las consecuencias. Así era como siempre había sido.
-¿Por qué accedí a esto?-se gruñó a sí mismo.
Siguió andando con actitud cascarrabias, golpeando a la gente que se le ponía por delante hasta que alguien le golpeó de vuelta, empujándolo hacia los peldaños de metal que estaban a su izquierda. Se dio de bruces torpemente con otra persona que ya estaba inclinada sobre ellos. El otro hombre gritó y si Ludwig no le hubiese tomado por detrás de la camisa en el último segundo habría tenido una caída mortal en el océano.
-Lo siento.-se disculpó dejando al extraño de nuevo de pie.
El chico, más bajo que él, asintió, con los ojos aún llenos de pánico.
-E-Está bien.-tartamudeó nervioso. El rizo que le salía por debajo de su cabello castaño se balanceaba hacia arriba y abajo mientras él temblaba.-M-Mi hermano me advirtió de que me caería, pero supongo que no le hice caso.
El alemán agitó la cabeza mientras la culpa le inundaba al ver lo nervioso y asustado que se veía la víctima de su torpeza.
-No, es mi culpa.
El otro chico, asustadísimo, comenzó a retroceder lentamente.
-¡No, de verdad, yo soy quien no debería haberse apoyado ahí! ¡No me debes nada!
Ludwig le escrutó confuso.
-De verdad, lo siento...
Los ojos marrones del muchacho se ensancharon y éste retrocedió aún más.
-Debería irme ya. ¡G-Gracias por salvarme!-y tras eso, salió corriendo raudo y veloz, como un caballo de carreras.
Ludwig agitó la cabeza.
-Que raro.-murmuró.
-¿Vas a venir a tomar el té, Eli?-preguntó Roderich tomando a Elizabetha por los hombros mientras ella miraba su reflejo en un espejo. Los gestos del hombre tenían que ser tiernos y amables, pero como siempre la chica los sentía tensos y forzados. Elizabetha le hizo caso omiso.
-Por favor, déjame un momento para arreglarme. Estaré lista en breve.-dijo con una rápida sonrisa.
-Vale, no tardes.-Roderich aceptó de mala gana. La dejó antes de darle un rápido beso en la mejilla.
El lugar en el que sus labios tocaron a Elizabetha se sintió frío incluso después de que se hubiese ido de la habitación.
Elizabetha no tenía nada que arreglarse. Continuó observándose enfrente del espejo unos momentos más, mirando de vuelta a su pálido reflejo. Finalmente se giró y salió por la puerta. Optó por tomar el camino largo a través del pasillo y así tomar algo de aire fresco en vez de ir por los interiores. Justo cuando estaba yendo elegantemente hacia el exterior, alguien que iba caminando bastante deprisa se chocó con ella.
El caballero con el que había chocado tuvo la cortesía (por no mencionar los reflejos) de tomarla del brazo, pero el libro que él llevaba en el brazo no corrió la misma suerte. Cayó abierto en la cubierta desmadejado, y el viento pasó sus páginas como si estuviese buscando una en concreto.
-Lo siento.-se disculpó Elizabetha.
-No tienes de que disculparte, mademoiselle, fue mi culpa.-insistió la otra persona.
Elizabetha le estudió con curiosidad un instante. Era de primera clase(tenía que serlo para haber accedido a esa parte del barco) pero se veía diferente del típico caballero rico. Su pelo era largo, rubio y rizado(desordenado a propósito). Su comportamiento estaba falto de arrogancia, o en falta de una palabra mejor, esnobismo. Y sus ojos...eran elegantes, pero no de una manera pedante. Era diferente a los demás. Quizás era incluso tan diferente como Elizabetha.
-Ya puedes soltarme.-indicó la chica, observando los profundos y pensativos ojos azules del hombre.
-Claro, perdone.-respondió. Él la miró. También lo sintió. Eran parecidos, de alguna manera. Estaban buscando algo; algo que el dinero no podía darles. Desafortunadamente, ninguno de los dos estaba seguro del qué.
-Mi nombre es Elizabetha.-se presentó ella misma.-Elizabetha Héderváry.
-Francis Bonnefoy.-respondió él.
Elizabetha reconoció el nombre al momento. Recordó que Roderich había mencionado ese nombre en varias ocasiones. A él no le gustaba el francés.
"Ah, sí, Francis. Intentamos no asociarnos mucho con él. Es un poco extraño. Es uno de... esos tipos artistas."
Francis recogió el libro que se le había caído, examinando la página en la que había quedado abierto con una sonrisa. Elizabetha estaba a punto de preguntar qué era, pero se detuvo cuando vio un rostro familiar aparecer por la esquina. Era Iván. Obviamente, le habían enviado a buscarla, ya que se paró cuando la vio.
-Así que aquí estás.-dijo, aunque de hecho estaba fulminando a Francis con la mirada con sospecha.-Tienes que venir conmigo.
Elizabetha no le cuestionó, aunque no le faltaron ganas. Apenas fue capaz de despedirse de Francis ya que Iván la guió lejos de él. Durante un momento, algo diferente había ocurrido. Sin embargo, una vez más Roderich se lo estaba quitando más rápido de lo usual.
-Déjame algo claro. ¿Vamos a dormir en un camarote con dos perfectos extraños?-preguntó Ludwig.
Finalmente se las había ingeniado para encontrar a su hermano, y en ese momento estaban recorriendo la cubierta G, buscando su camarote.
-Sí, ¿pero y qué? He oído que hay algunos en los que hay hasta diez personas compartiéndolo. Esas grandes familias, ¿sabes?
Ludwig suspiró miserablemente. Ya había sido un largo y doloroso día. Aún quedaba partes del barco por ver, pero lo único que quería era tumbarse en una cama y dormir profundamente.
-¡Mira, mira, éste es el nuestro!-Gritó Gilbert lanzándose corriendo hacia el final del pasillo.
Ludwig se tropezó al seguir a su hermano.
-¡Hey, Lud! Nuestros compañeros de habitación ya están aquí, ¡date prisa!
Finalmente Ludwig le alcanzó y se asomó por la puerta. Por un momento, no registró la cara que le dio la bienvenida. Tuvo el extraño sentimiento de que había visto antes a la misma persona en algún otro lugar, pero no pudo recordar en dónde exactamente. Entonces, el chico corrió rápidamente hacia él. Uno de los dos hombres que ya estaban sentados dentro del camarote era el chico al que había salvado de caer por la borda hacía unas pocas horas. El moreno tímido, quien estaba encaramado en la litera de abajo en la pared más alejada, reconoció a Ludwig al instante.
-Oh, eres tú.-Su tono no era para nada amigable. Y si la manera en que se hundía más cerca de los paneles blanco era una señal, esa era que aún estaba atemorizado de Ludwig. Su compañero, que se le parecía lo suficiente como para ser un familiar, miró hacia atrás y hacia delante observando la reacción de ambos, antes de decir:
-¿Así que tú eres el capullo que asustó tanto a mi hermano?
Su hermano pegó un bote en la cama y se acercó a él.
-¡no, Lovino, por favor!
El tal Lovino no tenía intención de escucharle.
-¿Así que piensas que puedes ir por ahí asustando a la gente y empujándola, eh?-Lovino empujó a Gilbert para situarse más cerca de Ludwig, aunque esto no le sentó muy bien al de ojos rojos.
-¡Oye! ¿Sabes quién soy? ¿Crees que puedes empujarme así como así?
Lovino gruñó y murmuró algo en italiano.
-¿Qué has dicho, niñato?-dijo Gilbert en un gruñido, dándole un golpe a Lovino en la cabeza.
-¡hey! ¡Para ya!
Gilbert se rió con ganas y tomó al italiano de la oreja.
-Suéltame!-chilló Lovino, golpeando fuertemente a Gilbert. Éste se rió de nuevo, sin soltar al de ojos marrones.-¡No me toques!-gruñó el italiano.
-¿O si no qué, eh? No eres muy duro. Esto no es nada con lo que te puedo hacer, ja ja ja.
Los dedos de Ludwig temblaron a la vez que el lío se iba prolongando y su paciencia se acabó desplomando.
-¡Déjame ir, bastardo!-gruñía el italiano.
-No eres más que un debilucho, no puedes hacer nada para impedírmelo.-decía Gilbert.-¡No puedes escapar de mi genialidad!
Feliciano intentó ayudar a su hermano diciendo:
-¡Déjale ir, por favor! Se suele poner de mal humor, pero en realidad...
-¿Debería mi genial presencia ir a por ti también?
-No, no, por favor...
-¡SUFICIENTE!-Gritó Ludwig.
Las paredes parecían temblar al sonido de su voz de comandante, y un silencio instantáneo se apoderó del camarote. A pesar de que Ludwig llevaba rato con los ojos apretados podría afirmar que, aunque ya no hubiese protestas, su hermano seguía torturando silencionasemente a su compañero de habitación.
-Déjale en paz, Gilbert.
-Argh, Ludwig, siempre fastidiando mis muestras de genialidad.
El pobre Ludwig abrió los ojos y escrutó a su hermano con una mirada significativa hasta que éste finalmente soltó a Lovino. El hermano de éste se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro. El otro le dio las gracias con un golpecito en el hombro y un bajo y avergonzado "déjalo, Feliciano."
-Ahora, sentad todos la cabeza. No podemos evitar estas peleas, pero al menos deberíamos intentar sobrellevarlas lo mejor que podamos. No hay más opciones, ¿entendido?-sermoneó Ludwig en su tono de sermoneo(Gilbert se aseguró que fuese mejorando conforme pasaron los años).
Gilbert alzó la mano.
-¿Así que destruir su cabecita no es una opción?
-¡NO!
-Me gustaría ver cómo lo intentas, maldito monstruo alemán.-espetó Lovino, sobándose aún la oreja.
-¿Ah, sí?
-¡PARAD!-Gritó Ludwig antes de acercarse a su hermano y darle una colleja en la cabeza.-Parad todos con esta gilipollez, o si no nunca podremos descansar tranquilos. Tenemos que convivir unas cuantas noches, ya está.
Suspiros reticentes e irónicos murmuros resonaron como respuesta.
-¿He sido claro?-añadió Ludwig peligrosamente.
-Sí, sí.-respondio Gilbert.
-Sí, como sea.-añadió Lovino rodando los ojos.
Los ojos azules del alemán finalmente se posaron en los de Feliciano, cuya mirada era ahora un poco más tranquila.
-Lo he pillado.-respondió, algo más amable que los otros dos.
Feliciano lentamente le sonrió, y sin saber cómo ni por qué, Ludwig luchó para mantener su estoico comportamiento. Agitó la cabeza, evitando sonreírle de vuelta.
Qué raro.
Ahora mismo esta historia parece muy aleatoria, pero serás capaz de entenderla cuando todo se junte.
