DISCLAIMER: los personajes de esta historia pertenecen a la maravillosa Stephanie Meyer, yo solo los tomé prestados.
La historia es completamente mía.
Capítulo 3.
Isabella bajó del carruaje y entró a su casa. La seguían sus padres, hablando acerca de lo entretenido de la velada. Y también de los malintencionados comentarios de algunos de los presentes.
- ¿Te puedes creer la poca cara de la señora Stanley? – comenzó Charles -. Insinuó que no cumplía con mis deberes de padre, por no haber mandado a Bella a un internado de señoritas.
- Pues a mi me dijo que no era correcto para una señorita de su edad, y soltera, andar regalándose de semejante manera, aludiendo al vestido que utilizó nuestra niña.
- ¡Bah! Como si ella fuera un dechado de decoro y buenas costumbres – criticó la aludida -. Entre ella y su hermana, no se quién es más odiosa.
Su hermana era la señora Mallory, que como ya hemos visto, pertenecía a la nueva sociedad de comerciantes en busca de un familiar noble. Su forma de ver (y demostrar) lo que son las buenas costumbres, dejaba mucho que desear.
Charlie, como solían llamarlo cariñosamente en la familia, se encogió de hombros y frunció el seño. Odiaba que la gente le dijera cómo debía educar a su única hija, y no le importaba molestar su disgusto a aquellos que lo provocaban. Creía que la mejor manera de educar a un hijo, era manteniéndolo junto a su familia, enseñándole las reglas de la sociedad, pero permitiéndole pensar y decidir por sí mismo. Que disfrutara de la naturaleza, y que tuviera buenos amigos con los que salir a divertirse. Ni siquiera aceptaba que su hija dependiera de una carabina para poder asomarse al balcón, como el resto de la sociedad imponía. Él confiaba en el buen juicio de su hija, que jamás permitiría que alguien la comprometiera en contra de su voluntad. Es por eso que se llevaban tan bien con los duques de Gales, quienes tenían el mismo pensamiento en cuanto a la educación de sus hijos.
Mientras su padre se perdía en sus pensamientos, Bella subió a su habitación, donde encontró a Sue dispuesta a ayudarla con su vestido.
- ¿Qué tal estuvo el baile? – preguntó ni bien la vio entrar.
- Entretenido – Sue comenzó a soltarle el corsé.
- ¿Y el joven duque? ¿Qué te pareció?
Lo pensó por un momento.
- Elegante, apuesto – muy apuesto. Solo que eso no lo dijo -. Aunque parecía bastante nervioso, como si no estuviera acostumbrado a este tipo de eventos.
- Según me han dicho, estuvo mucho tiempo en el ejército. De seguro no acudía a muchos compromisos sociales.
- Es posible... Aun así, se comportó con mucha caballerosidad, y encanto.
La criada la vio a los ojos.
- ¿Con que encanto, no?
- ¿Por qué me miras así?
- No será que... no sé... ¿Te gustó el recién llegado Cullen?
Bufó exasperada.
- ¡Oh no! ¿Tu también?
Sue sonrió.
- ¿Quién mas piensa semejante locura?
- ¿Quién mas? Pues Alice y Rose, por supuesto. Tienen la loca idea de que me gustó Edward. Apenas crucé dos palabras con él. Y fueron mi nombre.
- Asi que no es "Su Excelencia el Duque", o "El joven duque de Bradford", sino simplemente Edward – rió con ganas al ver la cara de su ama.
Bella se alejó y se sentó sobre su cama, ofendida. Al parecer había un complot en su contra.
- ¿Sabes qué? – le dijo -. Tienes el resto de la noche libre. Vete a dormir, yo me termino de arreglar sola.
Sue salió por la puerta, aun riéndose. Bella se quitó el resto de la ropa y se puso un camisón, antes de meterse definitivamente a la cama. La cabeza le daba vueltas debido a todo lo sucedido aquella noche. Los murmullos de la gente a causa de su provocativo vestido (gracias Rose), el aura de misterio que llevaban sus amigas sin disimulo, y por último, Edward Cullen.
Jamás pensó que se encontraría en algun momento, frente a semejante situación. No se interesaba en los hombres. Sabía que cuando llegara el indicado, se daría cuenta. En cada temporada a la que había asistido, de baile en baile, se mantenía fríamente apartada de las propuestas matrimoniales que pudieran surgir. Veía como cada joven de su edad cuchicheaba sobre tal o cual personaje digno de mención, alabando su extenso linaje de sangre azul, la cuenta del banco, y la manera de hacerlo caer en sus redes. Observaba los intentos de las mujeres por crear situaciones comprometedoras, buscando la forma de obtener una propuesta matrimonial de algun hombre para proteger su honor. Era la caza del marido perfecto. Las madres alentaban a sus hijas, las vestían para encantar a sus pretendientes, las aleccionaban sobre cómo comportarse para lograr su objetivo. Parecía que prácticamente, las estuvieran vendiendo al mejor postor, y ellas estaban totalmente de acuerdo en ser vendidas.
En cada uno de esos bailes y cenas a las que había asistido, debió huir más de una vez de hombres dispuestos a comprometer su virtud, para poder cazar a la heredera del ducado de Kent, buscando su dinero, como si el suyo propio no les alcanzara. El más insistente era Michael Newton, conde de Lancaster, que nunca se perdía la oportunidad de incordiarla. Le pedía un baile, la invitaba con una copa de champagne, trataba de dirigirla "sutilmente" hacia los jardines de la casa de turno, y robarle un beso (y tal vez algo más). Ella se estremecía cada vez que lo veía, buscando algun refugio propicio para evitar su descarada cercanía. Lo aborrecía, y cada vez le costaba mas lograr simular educación y no enviarlo al mismísimo infierno en cuanto se le acercaba. Cuando esto sucedía, Alice la apoyaba, ayudándola a escapar o metiéndose en el medio de ambos, echando por tierra cualquier intención que pudiera tener el conde. Y tampoco tenía pelos en la lengua, para mandarlo a mudar cuando demostraba ser particularmente insistente. Rosalie también ayudaba cuando podía. En calidad de prometida del duque heredero de Gales, asistía a aquellas veladas y apartaba a todo hombre que se les acercara a ella o a sus amigas. Sabía de la animosidad que provocaban en Bella, y de la rabia mal contenida de Alice, que solo tenía ojos para el hermano de su rubia amiga.
Sus padres, por otro lado, tampoco alentaban a los hombres para acercarse a ella. Detestaban que la vieran como a un pedazo de carne o una manera fácil de conseguir dinero. Aceptaban la forma de ser de su única hija y la protegían cada vez que podían. Las veces que sus amigas no asistían a las fiestas, eran ellos quienes se encargaban de apartar a sus pretendientes, ganándose miradas de gratitud de su retoño, y de rabia por parte del género masculino. Eso sí, permitían que se divirtiera cuanto quisiera, que bailara cada vez que lo deseara, puesto que no solo había hombres odiosos. Sin ir más lejos, Jasper Hale se había hecho muy amigo de Isabella y la sacaba a bailar si veía que la estaban incomodando, o estaba aburrida. La veía como una hermana mas a quien cuidar, y ella sentía lo mismo por él, quien estaba absolutamente enamorado de Alice Cullen, y la cortejaba cada día. Hasta que se casaron por fin.
Otro amigo (y guardaespaldas) era Emmett Cullen, quien con solo una mirada espantaba a aquel que se acercara a su "hermanita", como él mismo decía.
Los Cullen, Hale, y Swan eran como una enorme familia, que se protegían unos a otros como fieras, mostrando la mas absoluta lealtad para con sus amigos.
Casi sin quererlo, Isabella comenzó a recordar un cabello broncíneo, ojos como dos esmeraldas brillantes, la mandíbula cuadrada, y el prolijo afeitado que ostentaba Edward Cullen. El hermano de sus amigos tenía un cuerpo impresionante, con sus músculos marcados debido al enorme ejercicio físico al que seguro se había sometido en sus entrenamientos. Grandes manos, cuello musculoso, caminar elegante, y peligroso. Parecía dispuesto a atacar si eso fuera necesario. También recordó su torpeza al realizar la reverencia luego de presentarse, sus nervios a flor de piel, los intentos por parecer interesado cuando lo abordaban las mujeres. Rió al recordarlo, viendo su desesperación cuando lo encerraban, dándose cuenta de que su caballerosidad no le permitiría desairar a aquellas damas. Observó cuando Jasper logró salvarlo del ataque de las más encarnizadas personas en el mercado del matrimonio, las mujeres Mallory. Madre e hija eran como una piedra en el zapato de cualquier caballero respetable. Y esta no iba a ser la excepción. Se alegró por él, pero también sintió lástima, porque aunque se hubiera salvado en esta oportunidad, no siempre sería asi.
Cuando la risa paró, pudo concentrarse en la forma en la que se sintió al tenerlo enfrente. Su corazón latía violentamente en su pecho, amenazando con salirse si no se calmaba. Los nervios la estaban matando, invitándola a cometer una locura. Sentía calor en partes del cuerpo que no sabía que pudieran calentarse de esa manera, y eso no ayudaba a calmar sus nervios. Veía su boca, y quería pasar sus dedos por esos labios, tratando de adivinar si eran tan suaves como parecían. Le ardían los dedos por el deseo insatisfecho y las ansias de tocarlo en donde fuera. Se horrorizó ante aquellos pecaminosos pensamientos, pero no podía dejar de tenerlos.
Se durmió con el nombre de Edward en los labios.
Mientras tanto, en la mansión de los duques de Gales, Esme y Carlisle Cullen intercambiaban sus opiniones sobre esa noche. Estaban felices de que su hijo hubiera regresado, y en cuanto supieron que sucedería, comenzaron a organizar aquella fiesta en su honor, como una bienvenida especial para el hijo pródigo.
Emmett había llegado esa misma mañana de su luna de miel con Rosalie, y al enterarse de la noticia, se ofreció a ayudar con los últimos preparativos, mientras su esposa se encontraba con sus amigas.
Invitaron a todas aquellas personas que creyeron necesarias, entre amigos, conocidos, y ciudadanos varios, entre los cuales se encontraban los que negociaban con el duque. Estos últimos no siempre eran las mejores personas, pero no podían evitarse porque podrían provocar grandes problemas.
La sociedad se regía por ciertas normas, y aunque nuestros duques no estuvieran de acuerdo con todas ellas, no por eso debían provocar un escándalo que afectara a la familia. Había normas que no podía dejarse de lado.
Estando ya recostados en su recámara, Esme y Carlisle charlaban animadamente.
- ¡Estoy tan feliz de que Edward haya regresado! – exclamó Esme de pronto -. ¿Crees que le habrá gustado la fiesta? No parecía muy cómodo.
- Por supuesto que no estaba cómodo – contestó su esposo -. No esta acostumbrado a tales eventos sociales, pero estoy seguro de que esta contento por la recepción que obtuvo entre nuestros amigos.
- ¡Un duque, nada menos! – se notaba a leguas el orgullo de madre -. Es maravilloso que el rey le haya concedido el título, en agradecimiento por los años de servicio.
- Debemos escribir una carta al Almirante Black, presentándole nuestros respetos, y el agradecimiento por haber cuidado de nuestro hijo por todos estos años.
Esme se mostró de acuerdo con su esposo, pero luego su ceño se frunció.
- Hay algo que lamento.
- ¿Qué es querida? – le tomó la mano.
- Todas esas mujeres que se abalanzaron sobre mi niño como buitres.
Carlisle rió con ganas.
- Sabes que eso siempre sucede.
- Si, pero tuvo que salvarlo Jasper, sino pobrecito de mi pequeño. Esa arpía de Lauren parecía a punto de violarlo.
Este último comentario, en un tono tan lastimero, provocó las carcajadas del gran duque.
A pesar de ser los anfitriones, y de tener que atender a todos sus invitados (y prestarles atención), sus miradas siempre estuvieron puestas sobre Edward, con la propia preocupación paternal acerca de las reacciones que éste pudiera llegar a tener. Es por eso, que vieron cómo era hábilmente acorralado por la señora Mallory y su hija Lauren, cerca de una columna. También fueron testigos de la mirada desesperada y en busca de ayuda. Esme quiso intervenir en cuanto lo vio, pero su marido no se lo permitió "debemos dejar que él se libere solo. Debe empezar a adquirir práctica". Por suerte, el conde Hale lo había visto a tiempo y había salido disparado en su rescate. Esme le estaría eternamente agradecida por eso.
- ¿Hablaste con Alice? – le preguntó la duquesa.
- ¿Con Alice? ¿Y de qué debería haber hablado? – la detuvo antes de que contestara -. No me digas nada. Le hizo otra trastada a la señora Stanley – su tono delataba la resignación que tenía en cuanto a la conducta de su hija. Sin mencionar que de seguro, la señora Stanley se lo habría merecido.
- No, no es eso – rogó para sus adentros que algo asi no sucediera pronto.
- ¿Y entonces?
- Allie cree que debemos darle un empujoncito a Edward en dirección a Isabella. Dice estar segura de que son el uno para el otro.
- Pero si ni siquiera se conocen – protestó Carlisle.
- Si, lo se. Pero sería un buen partido. Y lo salvaría de las garras de quienes dicen llamarse damas.
Carlisle lo pensó. Solo por dos segundos.
- Nuestra hija tiene razón. No sería una mala idea. Aunque estoy completamente seguro de que ninguno de los dos necesitara de nuestra ayuda.
- ¿Y por qué crees eso? – cuestionó su esposa.
- Intuición de padre.
Zanjó el tema, lanzándose sobre su esposa para besarla con pasión.
En su habitación, Edward (ajeno a la conversación de sus progenitores) terminaba de acostarse luego de haberse quitado la ropa, con la asistencia de su ayuda de cámara, Tyler. Un solo pensamiento pasaba por su mente, haciéndolo estremecer. La señora Mallory NO había olvidado su promesa...
Hola! como lo prometido es deuda, aquí les traigo un nuevo capítulo... Tuve una semanita tremenda! asi que es una suerte que ya lo tuviera escrito...
El miercoles rindo y me tengo que poner a estudiar ya, porque con todo lo que pasó estos días apenas tuve tiempo de agarrar los apuntes (es una suerte que sea poco, y fácil..). Ya veremos que tal me va. Deseenme suerte! jaja
Como siempre les digo, espero que les guste como va la historia, y que me dejen sus opiniones... Les agradezco a aquellas que me escriben, agregan a favoritos, o me ponen en sus alertas. Muchísimas Gracias!
Que tengan una muy linda semana! ;)
Nos seguimos leyendo..
Besos!
