Hola. Esta vez actualizo pronto porque, lo siento muchísimo, el capítulo es ridículamente corto. Quiero agradecer con palpitaciones de corazón a esas maravillosas personas que leen mi historia, la ponen en favoritos o cualquiera de esas cosas que yo todavía no controlo. Pero indudablemente regalaría un día de mi vida a:

Su Broderick

y... redoble, por favor...

Jocii Cullen (Qué chica más chachi-estupendosa)

Por dejarme esos reviews. Y, como todo el mundo sabe, cuando te dan un regalo sin motivo aparente lo correcto es devolver el favor. Por eso, os dedico este capítulo ¡Que lo disfrutéis! Y estoy segura de que se me ocurrirá otro regalo...

Besos


Paseo

Me encaminé hacia la colina que había enfrente de mi casa.

Solía ir al pequeño jardín de flores silvestres que ocupaba la cima del promontorio con mi viejo tomo de Romeo y Julieta bajo el brazo.

Después de mis largas tardes de lectura en mi lugar favorito, volvía a casa con una sonrisa, la moral mucho más alta y una flor en el pelo.

Pisé las baldosas de piedra que había a lo largo del camino, igual que Dorothy con sus zapatitos rojos; con la única diferencia de que mis zapatos eran de color beige desgastado.

Sería un crimen que una plebeya como yo llamase la atención con unos zapatos rojos. Ja, ja, ja. Qué cuento tan absurdo.

Me fijé en los matojos que crecían en el suelo árido.

Puse atención en el sonido lejano del río y en el canto de los mirlos.

No faltaba mucho para alcanzar la cima, que no estaba a más de dos metros del suelo. Seguí caminando hasta que mis pies se toparon con una superficie lisa. Había llegado. Me limpié de un manotazo las gotas de sudor que perlaban mi frente y me dispuse a sentarme a los pies del abedul que daba sombra al parque.

Me recogí como pude el vestido largo poco apto para el calor de finales de Agosto, apoyé la espalda contra el tronco y me resbalé hasta quedar sentada en el suelo. Deshice mi moño y contemplé mi cabello color caoba.

Todo bien. Esa era yo.

Miré mis brazos pálidos y quité algunas ramitas que se habían adherido a mi piel. Abrí mi libro y observé la primera página. Con una letra inclinada y minuciosa estaba escrito:

Isabella Swan

Otro preciado regalo de mi madre antes de dejar que Charlie y yo nos marchásemos. Mi madre se llamaba Reneé. Mis padres nunca se llevaron muy bien. Ellos se querían, pero no pertenecían a nadie. Tan solo al viento, al agua, al sol... Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Los dos me querían mucho más que a cualquier otra cosa. Lo sé. Pero mi madre aseguró que mi padre cuidaría de mí mejor que ella. Un día la escuché decirle a Charlie:

- Iros los dos. Bella y tú. La quiero muchísimo pero si ni siquiera puedo cuidar de mi misma no podré cuidar de ella.

La negación de mi padre no duró mucho tiempo. Por lo tanto, los regalos que ella me había dado y esas palabras grabadas con fuego en mi memoria, eran lo único que me quedaba de ella. Poco recordaba su voz, el color de sus ojos, sus miradas cariñosas, la forma en que decía mi nombre y lo feliz que era yo con mi madre…

Acaricié la primera página. Pasé la hoja y empecé a leer. Me dejé llevar por la historia, deseando una igual. Por unos momentos olvidé mi pasado, mi presente y, lo más importante, mi futuro.