Muchas gracias a quienes leen y también a quienes comentan :)
Romance y Reflexión
—3—
Sin preocupaciones
Una profunda y pausada respiración a su lado fue lo primero que sus sentidos percibieron, luego sintió como aquel aroma tan particular acariciaba sus fosas nasales y finalmente, una ligera presión sobre su piel; Ron tenía su mano apoyada delicadamente sobre su cintura, sujetándola en un débil abrazo.
Su corazón se aceleró al instante y su mente subió a las nubes. Despertarse de esa manera realmente la hizo desear no dormir sola nunca más.
Un momento, ¿se habían quedado dormidos? Reparó en que en la habitación no había ningún rastro de luz y que solo se podían distinguir las opacas figuras de los muebles contrastando con la absoluta oscuridad del lugar.
¡Oh! ¡Se habían quedaro dormidos! Y en la misma cama, Merlín.
—¡Qué no se entere nadie!— rogó en su fuero interno. ¡Y menos su madre! Y aunque por más tentadora que fuera la idea, no podía permitírselo de nuevo, al menos no todavía.
¿Qué? ¿No todavía?
Entornó los ojos. Mejor no pensaba en eso y así no ponerse más colorada de lo que debía estar. A su pesar, retiró la mano de Ron de su cintura y se levantó haciendo crujir toda la cama, pero él ni se inmutó. Le echó una última ojeada y se guardó esa tierna imagen, y también la sensación del momento, pues reitero, eso no debía ocurrir de nuevo.
Bajó lenta y cuidadosamente las escaleras hasta llegar al dormitorio que compartía con Ginny. Se lamentó que las viejas tablas del piso no le echaran una ayuda, pues al paso que iba despertaría a toda la casa.
—Hermione Jane Granger— la llamó una severa voz cuando cerró la puerta tras de si. Le dio un vuelco al corazón.
—¡Ginny!— exclamó lo más bajo que pudo. —¡Me asustaste!
—¿Sabes que hora es?— preguntó la pelirroja prendiendo la lámpara de su mesita de noche.
—No, y tampoco quiero saberlo— se apresuró a responder sin mirarla. Era una situación bastante embarazosa.
Ginny rodó los ojos. —Esa es una respuesta bastante inesperada proviniendo de ti.
Sí, estaba de acuerdo, pero no le dijo nada y se apresuró a meterse en la cama.
—¡Hermione!— volvió a insistir la pelirroja. —No tienes porque ponerte así— dijo y la miró perspicazmente. —Además, no quisimos despertarlos para cenar, se veían demasiado… lindos.
—¡¿Qué?— chilló ¿Así que todos los habían visto? ¡Genial! —¡Ay, Ginny!, se suponía que no debíamos quedarnos dormidos, verás, estábamos…
—Hazme el favor de no darme detalles.
Cierto, solo conseguiría avergonzarse más de lo que estaba.
—Si que creí que irían más lento, ya sabes— volvió a comentar Ginny con ese tono que se parecía cada vez más al de los gemelos.
Resopló. La pelirroja cuando se lo proponía podía llegar a ser muy molesta. Bueno, aunque era ella la que le hacía caso. Tampoco era para tanto, así que después de todo, lo que menos hizo fue preocuparse y se quedó dormida con una enorme sonrisa poblando sus labios.
Sonrisa que no la abandonaría y que con el pasar de los días se ensanchaba más.
Esta mañana en particular, Hermione descubrió con horror que había pasado en creces en el horario de su sueño habitual, ¡pero cómo no! Si el día anterior se habían reunido todos en el salón y habían mirado películas muggles en un moderno televisor muggle —cortesía de Harry Potter— hasta muy entrada la noche.
Estiró con extrema tranquilidad sus sábanas y dobló su pijama como si fuera la prenda más delicada del mundo. La tedió bajo su almohada con igual dedicación.
Hermione realmente estaba en las nubes, pero no se daba por enterada.
Sonrió con satisfacción al comprobar que la cama había quedado perfectamente hecha y evitó mirar al otro extremo de la habitación, pues la cama de Ginny dejaba mucho que desear.
Suspiró y se asomó por la diminuta ventana.
Los rayos del sol pegaban con fuerza, seguramente ya era pasado el medio día ¡Y ella recién se estaba levantando! La última vez que se había levantado a esa hora probablemente recaía en los tiempos en los que su madre le cambiaba los pañales.
Posiblemente se pasaría todo el día bostezando y rebalsando sopor por todos lados, y eso realmente le desagradaba —si que evita pensar que Ron irradia aquel aura soporífera la mayor parte del tiempo— ¡Y es que condenada película del demonio! Aunque ahora que lo pensaba, lo que menos había hecho era prestarle atención al filme. Ni siquiera se acordaba de que se trataba, si de lo único que había estado pendiente era de un pelirrojo que se dedicó a llamar su atención a cada minuto.
Su sonrisa se re-ensanchó al recordar como Ron jugueteaba con sus dedos, los enredaba en sus risos y después le rosaba la mano, luego la entrelazaba a la suya y finalmente la soltaba para acariciar brevemente su mejilla y después volver a repetir el juego desde diferentes ángulos. Había empezado muy tímido e inocente, pero después parece que agarró confianza porque terminó rodeándola con un brazo por los hombros y después por la cintura bajo las —todavía— perspicaces, pero muy aprobatorias miradas Weasley.
¡Bendita película!
Y a pesar de que no se acordara más allá del título, la iba a guardar aquel momento en una caja bajo siete llaves, ignorando a la lejana vocecilla que le gritaba que eso era realmente estúpido, pero es que durante esos días, lo único que llenaba su cabeza eran mayoritariamente mariposillas y toda cosa relativa a la palabra cursi..
La puerta de la habitación se abrió de sopetón y casi se cae del susto.
—¡Ah! ¡Ya te levantaste!— exclamó Ginny con tono mordaz. Entornó los ojos.
—¿Pasó algo?
—Nada, si que ya está servido el almuerzo— le informó.
—¡¿Almuerzo?
Ginny puso los ojos en blanco. —Sí, pero no te espantes, todos despertamos hace muy poco.
—Gracias
—A mí me pareció muy interesante la película— comentó Ginny antes de salir del cuarto. —¿Y a ti?
Hermione suspiró. Ginny nunca cambiaría.
Antes de bajar, se aseguró de que su cabello no estuviera tan desordenado y que su ropa estuviera en orden.
—Buenos días, Hermione— la saludó Ron, que extrañamente había despertado antes que ella.
—Buenos días, Ron— se mordió el labio y pasó a su asiento, frente a él. Se miraron furtivamente y sonrieron con complicidad.
—Hola, Hermione— la saludó Harry, que estaba al costado izquierdo del pelirrojo y ella recién reparó en que su amigo estaba ahí.
—Hola— lo saludó sin poder ocultar su vergüenza ante lo obvio de la escena. Ginny se sentó a su lado y los cuatro se quedaron en silencio, contemplándose perspicazmente.
Rompieron a reír.
—Había pensado que podíamos ir a dar un paseo por las colinas— comentó Ron engullendo un enorme trozo de pollo.
—¿Le hablas a Hermione?— preguntó distraídamente Harry. Ron vaciló.
—Eh, no sé, o sea… podemos ir los cuatro si quieren.
Harry dejó el cuchillo a un lado y fijó seriamente su mirada en su amigo.
—Oye, no te lo tomes a mal, pero no es mi intención seguir… interrumpiendo entre ustedes— dijo con severidad. —Ya fue suficiente el año pasado con estar presente cada vez que querían besarse.
Hermione y Ron se atragantaron al mismo tiempo y se miraron ruborizados, pero con suspicacia, tratando de sonsacarse información con la mirada, a ver si conseguían averiguar lo que opinaba el otro de lo último que había dicho su amigo.
Sí, probablemente era cierto.
Quizás cuantas cosas más podría comentar Harry al respecto —porque no es que lo hiciera muy a menudo— de hecho, era el primer comentario con el que se refería directamente a ellos.
Hermione de pronto se avergonzó un poco, era más que obvio que Harry se había percatado de cosas que ellos pasaban inadvertidas.
—Llegaron más cartas esta mañana— informó la señora Weasley sentándose a la mesa junto con el resto de los integrantes de la familia.
Harry hizo una mueca de desagrado.
—Ya no las quiero— refunfuñó Ron mirando su plato con cara de disgusto.
—Antes no opinabas lo mismo, hermanito— comentó George como quien no quiere la cosa.
—Bueno, eso era antes…
—¿Qué cartas?— preguntó Hermione echándole una ojeada analizadora a Ron.
Bill y George soltaron una risita.
—Cartas de admiradoras y cosas por el estilo— informó este último con falsa seriedad. Hermione entornó los ojos ¿Admiradoras?
—Harry también ha recibido muchas cartas— se apresuró a añadir Charlie al ver la expresión en su rostro. —Ustedes tres se han ganado una buena manada de admiradores.
—Yo no he recibido ninguna carta— replicó Hermione sin ocultar su repentina molestia. Pensar en un grupo de chicas tontas persiguiendo a Ron le revolvía un poco el estómago, pero realmente no tenía porque preocuparse por algo tan banal como eso.
¿Cierto?
—Eso es porque no sabías que existían— agregó Harry con tono despectivo. —Ahora que lo sabes se activará no se qué hechizo y te llegarán todas de un sopetón, ya lo verás.
—Como tú estuviste la mayor parte del tiempo afuera, en Australia, no tuviste que soportar el furor que causó en un principio todo eso del innombrable— comenzó a explicar Ginny.
—Voldemort— corrigió Harry. —Ya no hay porque llamarle el innombrabley todos esos apoditos que…
—Eso mismo— lo interrumpió Ginny restándole importancia. —Pero el asunto es que todos estaban desesperados por tener un pedazo de Harry— hizo una mueca. —¡Y por supuesto que de ustedes dos también!
Hermione alzó las cejas con incredulidad. —No me lo creo— murmuró.
Ginny se rió. —Oye ¿de verdad crees que sigues siendo una doña nadie en el mundo mágico? ¡Pues te equivocas!— exclamó con solemnidad.
Hermione se quedó en silencio, pensando en lo que aquella afirmación implicaba y acarreaba. Se horrorizó al imaginarse lo que se podría encontrar cuando llegase el momento de enfrentarla. Rápidamente su mente comenzó a hacer especulaciones al respecto y a sugerir planes y estrategias para evadir todas esas cosas. Y a pesar de que siempre había sido muy asertiva, esta vez definitivamente sus ideas no se acercaban mucho a la realidad que se le vendría encima y mucho menos, las consecuencias que le traería.
Pero eso no lo sabía, así que nada podía hacer al respecto.
—Bueno, al menos el sortilegio ha resultado muy útil y estamos muy tranquilos ¿a qué no?— comentó Charlie tratando de volver a entablar conversación, pues todos se habían quedado repentinamente callados.
Hermione parpadeó. —¿Sortilegio?— preguntó, muy confundida y con temor.
—Sí, creí que te habías dado cuenta— murmuró Ron.
Puso los ojos en blanco. —Ron, ¿hay un hechizo alrededor de La Madriguera y no me lo dijiste?— su expresión ahora era de total indignación. Algunos Weasley se movieron incómodos.
—No se van a poner a discutir, ¿verdad?— gruñó Ginny negando con la cabeza.
—No, claro que no— se apresuró de decir tratando de controlar su temperamento, aunque se enfurruñó en la silla; pues probablemente algo estaba yendo mal y ella había estado viviendo en una burbuja perfecta durante esos días.
—Explíquenme, por favor— pidió secamente.
—Mira, el ministerio tuvo que venir a poner un sortilegio espanta-reporteros— comenzó a explicarle de nuevo la pelirroja. —Fue muy útil los primeros días, de ahí que no se ha aparecido ninguno de esos buitres asquerosos…
Ahora podía divagar un poco más profundo respecto a la real magnitud del asunto, pero una vez más, o quizás —por primera vez— su anhelo de tranquilidad barrió con todas las preguntas que podía comenzar a formular.
Al menos por ese día.
—¿No estás molesta conmigo?— le preguntó Ron al terminar el almuerzo, después de bajar a reunirse en el vestíbulo.
—No, no ¿por qué?
Ron se ruborizó. —No, por nada— dudó. Se supone que no tenía porque esconderle cosas tan obvias. —Porque no te comenté eso del sortilegio…
Hermione frunció el entrecejo levemente.
—Sí, sí me molestó— confesó secamente con frialdad.
Él vaciló, pues sabía perfectamente que esa reacción —y principalmente el tono de voz— normalmente precedía a alguna pequeña discusión que podía terminar en réplicas no muy agradables, y aunque no lo sabía, Hermione pensaba exactamente lo mismo, y ella no pretendía arruinar el día por eso, ¡era demasiado absurdo!, a pesar de que una parte de su orgullo había sido atacada —pues en primer lugar, no se había dado cuenta del hechizo, y en segundo lugar, ¡nadie le había dicho nada!
—Eh…
—¿A dónde íbamos a ir?— preguntó apresuradamente, temerosa de que dijera algo que de verdad le molestara.
Resopló. Se supone que ese tema no debería de hacer eco desde ahora en adelante, pero ¡Ah! No iba a pensar en ello. Por primera vez se dejaría llevar por aquel aura despreocupada que le alentaba a solo vivir el momento. A no pensar más allá ni a indagar sobre futuras preocupaciones y conflictos.
Lo único que importaba ahora era estar con Ron. Sonrió.
—Quiero que vayamos a dar un paseo, a caminar, ¿tú quieres?
—¿Cómo no voy a querer?
Salieron de la casa y los rayos del sol los golpearon de inmediato; el día estaba radiante y todo allá afuera los invitaba a vivir y a disfrutar de algún momento que parecía prometer ser maravilloso.
—¿Sabes?, creí que íbamos a discutir o algo así— confesó Ron fijando su vista en algún punto inexistente en el plano.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros. —¿Por qué no es así como funcionábamos antes?— inquirió.
—Tú mismo lo has dicho Ron, eso era antes— le respondió subrayando la última palabra. Él le sonrió con un dejo de picardía.
—¿Antes?
—Sí, antes— murmuró, captando la intención de Ron en su tono de voz. Se mordió el labio. —¿Sabes?, yo también pensé lo mismo— agregó. Él la miró muy detenidamente.
—Pero ¿sabes otra cosa?— volvió a decir. —Ahora prefiero que gastemos el tiempo en otras actividades, ¿me entiendes?— y sin esperar respuesta y consciente del rubor en sus mejillas, comenzó a caminar en dirección al verde infinito que se extendía cruzando los límites de La Madriguera.
Sin decir más, se fueron alejando del lugar, adentrándose y perdiéndose en el paisaje, el que era digno de ser retratado en la más perfecta obra de arte: el sol se alzaba imperante sobre las colinas cubiertas de espeso y brillante césped, las praderas rebosaban infinita tranquilidad y se mezclaban con las pocas, pero variadas flores cuyos pétalos estaban pintados desde el más común de los colores hasta el más rebuscado matiz que podía existir. El follaje de los árboles no se quedaba atrás y resaltaba con creces sus hojas, pasando por todos los tonos de verde, formas y tamaños, y se mecía al ritmo de la leve brisa que comenzaba a correr.
Realmente era un espectáculo digno de atención y admiración, pero realmente era lo menos presente en las mentes de Ron y Hermione, pues solo eran conscientes de s mutua compañía. Solo le prestaban atención al otro y a pesar de no haber pronunciado palabra alguna durante su caminata, no habían parado de lanzarse miradas furtivas, y cuando eran sorprendidos, ya no se molestaban en fingir que miraban a otro sitio o a apartarla rápidamente, si no que acentuaban aún más la sonrisa que llevaban pegada en sus labios.
Aunque todavía se podía decir que se sentían bastante nerviosos y un poco cohibidos.
Ron adelantó a Hermione y se detuvo en la cima de la extensa colina que habían estado subiendo durante varios minutos. Su respiración estaba un poco agitada, pero al llegar concluyó que había valido la pena. El paisaje que se revelaba era envidiable y a lo lejos se veía, como un pequeño barquito navegando en ese océano verde, La Madriguera.
Aspiró profundamente el aire, llenando sus pulmones de aquella fragancia tan natural. Le pareció exquisita y encontró todo muy hermoso. Pensó en que nunca antes se había detenido a contemplar todas las cosas que lo rodeaban y ahora le parecía todo maravilloso, pero lo era mucho más saber que podía compartirlas con Hermione.
¿Sería la revelación de sus sentimientos aquello que despertó la chispa en su interior, por vivir y disfrutar al máximo la vida? No lo sabía, y tampoco lo iba a pensar en en ese momento.
Pero así era.
Y se sintió feliz. Y no recordaba haberse sentido de esa manera hace mucho tiempo. ¡Mucho tiempo!
Hermione llegó a su lado y no dijo nada. Ambos se quedaron mirando el panorama que se les regalaba. Se preguntó si ella pensaría y sentiría lo mismo que él.
Se miraron de soslayo al mismo tiempo y sonrieron por milésima vez en aquel día. Ella se dejó caer cómodamente en el pasto y se sentó cruzando las piernas. Él la imitó, ubicándose en frente, muy cerca de ella, pues tenía que hacer uso de los privilegios que tanto había tardado en tomar.
Cuanto tiempo perdido —pensó— y por eso mismo ahora debía de aprovechar y vivir cada momento como si fuera el último, porque Ron si había algo que había aprendido muy bien —y lamentablemente por las malas— era que cada momento podía ser el último, que cada momento se puede acabar en lo que se tarda en pronunciar un Avada Kedavra.
Y por eso él estaba decidido a lanzarse plenamente a lo que tanto tiempo le había costado asumir. Aunque también tenía que admitir que le costaría un poco más poner en marcha su plan de acción, pues cuando se trataba de Hermione todo le provocaba algo de inhibición.
¡Es que era Hermione! Y quería que todo fuera bonito y todas esas cursilerías de las que se habpia burlado en algún momento, pero ahora las anhelaba, incluso más que mil ranas de chocolate o que los Chudley Cannons salieran campeones.
Pero por supuesto que eso no iba a admitirlo en un lugar que no fuera su cabeza.
Se quedaron largo rato en silencio, contemplándose sin apuros, sin fingir que no lo hacían.
Y Ron la observó como siempre había querido, porque ya no habían interrupciones, como cuando había un libro de por medio o la sencilla idea de que lo sorprendiera. Ahora no había nada, nada de qué preocuparse. No tenían que ir a preguntarle a Harry a cada minuto si todo estaba bien, no tenían que chequear la hora para entrar a clases o cerciorarse de que nadie los estuviera espiando.
No había nada de qué preocuparse, solo una escasa distancia que era llenada por sus propias respiraciones.
Continuó observándola y no pudo evitar sonreír al notar que se sonrojaba ligeramente a ratos, seguramente porque no le quitaba los ojos de encima.
¿Le diría alguna vez cuantas veces la había observado a escondidas? O que se fijaba en cada detalle de su rostro cada vez que podía y que tomaba apuntes cada vez que se encontraba con algo nuevo, como ahora por ejemplo, que descubrió que sus ojos se tornaban algo pardos cuando se mezclaban con los fulgurantes rayos del sol y el reflejo del césped.
O tal ves estaba muy aturdido por el momento y veía cosas donde no las había, pero ¿acaso importaba? Ahora su cabello castaño lucía un tanto dorado, por los mismos rayos del sol, si que eso era algo de lo que ya se había dado cuenta con anterioridad, pero no por eso era menos digno de atención.
Continuó apreciándola. Es que era como si tuviera que asegurarse de que no era ningún encantamiento o incluso el producto que los gemelos alguna vez le habían metido a la fuerza —ese que te hace prácticamente alucinar con lo que más deseas— pensar en esa posibilidad lo asustó un poco, per no era tan estúpido como para creérselo y además que Hermione estaba ahí, muy cerca suyo, con los ojos muy atentos y una mirada que desviaba por un fugaz instante para luego volver a buscar la suya, tan intensa y penetrante. Sí, ahí estaba Hermione, mordiéndose el labio a cada tanto y sospechaba que aquellos no eran más que posbles síntomas de cuando estaba un poco nerviosa.
Sonrió.
Seguro que él tenía la punta de las orejas coloradas, pero no le importaba. Siguió observándola, embobado, y sabía que sonreía como un estúpido, pero tampoco le importaba. Se fue acercando lentamente, disfrutando del momento previo y atento a las emociones que se desataban en tiempo record con solo aumentar su cercanía. Apoyó su frente a la suya y sus narices se acariciaron. Ella abrió muchos los ojos, fijos en los suyos y sus labios entreabiertos, invitándolo, dándole permiso para continuar.
Y por supuesto que lo haría, así que con la misma lentitud sus labios se encontraron. Aquel primer contacto les hizo sentir una grandiosa descarga eléctrica recorrerles todo el cuerpo. Luego de asimilarla, comenzó a besarla tiernamente, con delicadeza y un poco de nerviosismo.
¿Cuántas veces habían podido besarse realmente? Estaba seguro que todavía se podían contar con los dedos de una sola mano. Ya acabaría con aquella pobre cuenta. Tenían todo el tiempo del mundo.
¡Todo el tiempo del mundo!
Su cara ardía por el roce de sus mejillas mientras que sus labios seguían jugando suavemente, todavía un poco temerosos; conociéndose, alejándose y acercándose. Libres por haber encontrado el sitio en el que encajaban desde siempre.
Se separaron solo cuando les faltó aire y Ron abrió lentamente los ojos encontrándose con su chispeante mirada. Se acercó de nuevo y le dio besitos cortos y ella soltó una risita divertida. Le acarició la mejilla.
Ante el gesto, ambos se miraron, entendiéndose sin decir nada, pensando y sintiendo al mismo tiempo lo maravilloso que era todo eso, lo indescriptible que era realmente. Entonces ella también alzó su mano y correspondió el gesto de la misma manera.
Sus labios se volvieron a encontrar en un beso igual al primero. Dulce, suave, alentador y hasta un punto doloroso.
Sí, doloroso porque Ron sentía como si algo se le iba clavando dentro, como si algo en su pecho se abría. Le ardía como si hubiera un mismísimo incendio dentro de él y supo vagamente, entre besos, que no era más que la pequeña llama que se había encendido hace tantos años clamando el nombre de Hermione y que ahora por fin comenzaba a ser alimentada, expandiéndose y abrazando todo lo que le pertencía, porque de una vez por todas se había sellado la dulce condena que lo ataría, que lo llevaría hasta la cima y hasta el suelo, que lo arrastraría a algún precipicio, a veces incluso tan rápido que no lo dejaría respirar.
Si que Ron poco y nada sabía respecto a eso último. Y tampoco es que se pondría a pensar en todas esas cosas, si en ese momento de lo único que era consciente era de sus latidos desbocados, presos de los sentimientos y sensaciones, presos de todo lo que Hermione estaba provocando en él, de que ella se colaba por cada poro de su piel, adueñándose sin piedad de todo lo que le pertenecía a cada roce de sus labios, dejándose guiar.
Y él los guiaba. Y mil sensaciones nuevas se descubrían.
¡Cómo no iba a dejarse embriagar! ¡Cómo oponerse a algo tan, tan…! ¡No habían palabras para describirlo!
—Hermione— murmuró cuando se separaron de nuevo a unos escasos milímetros. —¿Te gusta?
Ella lo miró un poco extrañada y se sintió estúpido por haber roto el silencio con una pregunta tan tonta.
—¿A qué te refieres?— le preguntó ella sonriendo, y él no se resistió a besarla otra vez para que entienda a lo que se refería.
—A… todo esto.
Hermione acentuó su sonrisa y se tomó todo el tiempo del mundo para responder. Reclinó levemente su cabeza hacia atrás dejando que la brisa acariciara su rostro y la piel expuesta del cuello. Cerró los ojos. Se veía totalmente relajada y on no pudo evitar hacer la comparación de aquella escena en las que estudiaba con tanto esmero, tan concentrada o cuando algo le preocupaba y todas esas cosas.
Ahora que lo pensaba. ¿Cuántas veces había visto a Hermione tan relajada, tan libre, sin libros ni planes de cómo salvar al mundo de por medio?
No muchas, pero ahora ahí estaban, sin ninguna maldita preocupación.
Ojalá fuera así toda la vida.
—Tonto, me gusta…— susurró Hermione suavemente. —Me…— comenzó de nuevo, pero no terminó la frase, porque no era que solo le gustaba. Le encantaba, le fascinaba, le extasiaba, la aturdía, y todas esas cosas que apuntaban a lo mismo y que desembocaban en las mismas cosas que él sentía.
—¿Por qué me preguntas eso?
Ron sonrió y se puso de pie sin contestarle. ¿Qué le iba a responder? Había cosas que eran mucho más interesantes cuando se dejaban en una especie de misterio magnético. Sonrió de nuevo ante esa ocurrencia y la tomó de la mano para que también se pusiera de pie. Comenzaron a caminar así, cogidos de la mano, algo que todavía era nuevo para ellos, así que se agregaba a la lista de cosas aturdidoras y maravillosas del día.
Preso del repentino entusiasmo del momento, Ron comenzó a jalar para que fueran más rápido bajando por la pequeña pendiente de la colina e ignorando la confusa mirada de Hermione se echó a correr, retándola en silencio a que lo alcanzara.
Y ella sin pensarlo dos veces así lo hizo.
Ron corría consciente de que si alcanzaba su máxima velocidad nunca lo alcanzaría o tardaría demasiado, así que se limitó a trotar. Su mata de cabello se desparramaba a causa del viento y se abandonó a esa sensación de libertad, la que se hizo mucho más grande hasta casi infinita cuando la mano de Hermione se enredó con la suya, atrapándolo.
Así que no era tan lenta como había supuesto. Pensó en quizás cuantas cosas más que suponía no eran ciertas.
Esa idea no le agradó, pues probablemente habían muchas cosas a las que él le había otorgado cierta obviedad y restado importancia solo para no intensificar lo que sentía por ella; porque eran amigos y todo eso, porque había intentado escapar de todas esas cosas, ocultándolas afanosamente para no levantar sospechas ni para él mismo.
No faltaba pensar mucho para darse cuenta de su inminente fracaso al respecto, pero eso ya era algo lejano y realmente no quería por nada del mundo dejar de sentir lo que estaba diciendo ¿Cómo iba a negarse? Decidió entonces que debía comenzar cuanto antes a cumplir sus propósitos; de saber y explorar en profundidad a aquella chica que lo había estado acompañando durante tantos años, aquel rostro que había visto crecer, tal como él la había visto a ella.
Quería conocerla. Realmente conocerla. No quería perderse de nada.
—¡Te atrapé!— exclamó Hermione triunfantemente cuando logró que se detuviera por completo.
—Creí que eras más lenta— le dijo con picardía. Ella frunció el entrecejo y él sonrió. ¡Cómo le gustaba aquel gesto!
—Bueno, en todo caso no vale porque yo estaba solo trotando— volvió a decir, y está ves las cejas de Hermione se alzaron con consternación y él se sorprendió de los repentinos cambios que podía adoptar su rostro de un momento a otro.
Como le gustaba ¡Cómo le gustaba, por Merlín!
—Presumido— gruñó Hermione. Se acercó a él mirándolo con esa mirada desafiante que tantas veces había visto y tras hacerle creer que iba a besarlo, se echó a correr de la misma manera en la que él lo había hecho antes, retándolo a que la alcanzara esta vez.
Sin pensarlo ni una vez, así lo hizo.
Corrió tras ella dando grandes zancadas y comprobó que a pesar de tener las piernas mucho más cortas que él, las movía bastante rápido, por lo que tardó un poco más en alcanzarla. Cuando la tomó por el brazo se tamblaeron peligrosamente y sonrió cuando ella se recargó en sus hombros para no caer. Guiado por la nueva emoción del momento, fingió que perdía el equilibrio y se arrojó al suelo a propósito, obligándola a que cayera sobre él para atajarla entre sus brazos.
A causa de la pequeña, pero aún inclinada pendiente, rodaron un par de vueltas colina abajo riéndose estrepitosamente.
—¡Eso fue a propósito!— le reprendió Hermione cuando se detuvieron del todo, mientras seguían riéndose. Le sonrió reconociendo su culpa —seguro había logrado engañarla alguna vez— y la abrazó con sutileza por la cintura para evitar que se alejara, pues había quedado levemente recostada sobre él y no quería por nada del mundo romper aquella cercanía. Su mano pareció arder por un segundo ante el contacto con su menuda cintura.
Hermione recargó y junto sus manos sobre su pecho y se quedó mirándolo. Era la sonrisa más bella que le había visto jamás.
Algunos risos le cubrían el rostro y él los quitó con cuidado ¡Tapaban la sin igual vista! Además que nunca había tenido la oportunidad de observarla desde esa perspectiva tan privilegiada.
—Te ves linda— murmuró. Ella abrió mucho los ojos y se acomodó un mechón detrás de la oreja solo por hacer algo, sonrojada por la sorpresa que le suponía que él le dijera eso.
—Gracias.
—¿Te lo dije alguna vez?— Ella entornó los ojos.
—No— se mordió el labio. —Al menos no que yo haya escuchado, o directamente, o algo así…
—Lo eres— le dijo, interrumpiéndola y preguntándose al mismo tiempo de donde había sacado esa seguridad que sentía. —A mis ojos, créeme que sí.
Ella abandonó su posición y se acomodó a su lado, por lo que él tuvo que sacar su mano de su cintura e incorporarse sobre su antebrazo para volver a mirarla. Ahora la veía desde arriba.
Hermione sonreía totalmente complacida y un poco ruborizada, a la vez que se mordía los labios, entre sonrisa y sonrisa, pensando que eso realmente no podía estar pasando. Le tomó de la mano sacándola de sus tontos pensamientos.
Se reclinó para volver a besarla dando rienda suelta a una ternura que antes hubiera dudado que poseía.
Era como si se descubriera a él mismo, al tiempo que estaba con ella.
—¿Cómo lo sientes?— le preguntó en un susurro, cuando no pudo continuar el ritmo debido a la posición en la que se encontraba. Y de nuevo se sintió un imbécil al preguntar y romper el silencio.
—¿Te refieres a esto?— y esta vez ella lo besó. Se dejó guiar. Los labios de Hermione eran suaves y cálidos. Su simple contacto bastaba para llevarlo lejos, perderse y encontrarse. Todo al mismo tiempo.
Él asintió, sonrojado.
—Se siente…— comenzó Hermione. —Es…— pero de nuevo no terminó la frase. ¿Cómo decirle que no había palabras para describirlo?
Suspiró.
—Yo creo que no hay palabras. Todas les quedan chicas— dijo Ron con suficiencia y ella asintió complacida de que hubieran pensado lo mismo. Cerró los ojos y aspiró profundamente, dejando que aquella mezcla de aromas que tanto le gustaba acariciara su olfato.
Ron al ver como disfrutaba del aroma de las colinas se acordó —por la clase de pociones de Slughorn— que a ella le gustaba el aroma del césped, y también al de pergamino nuevo y, ¿y qué más? No lo había dicho porque se había sonrojado.
—Hermione— la llamó con cautela.
—Dime.
—¿Te acuerdas de aquella clase de pociones…?
—¿Cuál de todas?— preguntó inmediatamente abriendo los ojos. Ron se impacientó y pensó que claro, debería de acordarse de todas las condenadas clases que habían tenido en su vida.
—No me dejas terminar— refunfuñó. —La clase en la que Slughorn nos mostró la amortentia…
La expresión de Hermione cambió.
—¿Y qué hay con esa clase?— preguntó mirando hacia otro lado. Se acordaba perfectamente de esa clase; pues le había refregado en sus narices lo que ella había ignorado olimicamente.
Sí, aquella clase tuvo que admitir de una vez por todas que le gustaba Ron, si que con el correr de ese año tuvo que admitir que era mucho más que eso.
—¿Cuál es el otro aroma que sentiste aparte de césped y pergamino?— soltó Ron sin rodeos.
Hermione dudó y se preguntó a cuantas cosas más él había prestado atención y que ella no lo había considerado así. Tal ves era mucho más observador de lo que ella creía.
—Pues…— se mordió el labio. Le cohibía decirlo abiertamente. Además nunca lo había dicho en voz alta. Cambió de idea.
—A esto— murmuró. Se incorporó y sumergió su rostro en su cabello y aspiró pausadamente, embriagándose de ese aroma que sinceramente, creía que le traería problemas de tan aturdida que la ponía.
—¿A mi cabello?— preguntó Ron desconcertado. Ella se rió y asintió.
Ron sonrió ampliamente. —¿En serio?— volvió a preguntar entusiasmado. Hermione lo miró de reojo y volvió a asentir.
—¿De verdad?— insistió. Es que lo había pillado por sorpresa. ¡Eso quería decir muchas cosas! Oh, si lo hubiera sabido en ese tiempo se hubieran ahorrado tantas cosas. Bueno, aunque ahora que se encontraban así era muy fácil pensar en cosas que realmente no se hubiera atrevido a hacer en aquellos tiempos.
—Ya basta, Ron— gruñó Hermione. —Ya te dije que sí.
Él negó con la cabeza, divertido
—Recién ahora lo dijiste— murmuró y ella lo miró ceñuda, y antes de que replicara se apresuró a besarle la comisura de los labios.
—¿Y no me vas a preguntar lo que yo olí?
Hermione se mordió el labio y clavó la vista en un árbol lejano. Y sí, resulta que no pensaba en formularle aquella pregunta, porque admitía que le daba temor escuchar la respuesta. Escuchar por ejemplo, que él no había apreciado algo relacionado con ella —¡Y tampoco tenía que haber sido así!— aunque lo que más le provocaba miedo era que en vez de cualquier cosa, haya olido algo así como un perfume barato que apuntase a una rubia descerebrada.
Oh sí, a Hermione aún se le apretaba el estómago y le hervía la sangre cuando pensaba en Lavender y Ron juntos en una frase, o en una maldita butaca enrollándose, pero por supuesto que no eran celos, claro que no. Ella no se consideraba una chica celosa.
Si que, aunque no lo sospechara, probablemente durante el transcurso del año tendría que retractarse de dicha declaración.
—No, no te voy a preguntar— musitó. Ron se decepcionó.
—Chocolate— comenzó a pesar de la negativa, pues quería que lo supiera. Si que iba a saltarse el detalle de que no había acercado su nariz al brebaje el mismo día que Slughorn se los enseñó —por miedo a descubrir lo que sospechaba— sino que lo había hecho en una tienda en Hogsmeada meses después.
—Mucho chocolate— repitió. —Y también a como huele el pasto de la cancha de quidditch por las mañanas cubierto de rocío, ¡Deberías de olerlo!— exclamó entusiasmado. Hermione escuchaba muy atenta a pesar de que supuestamente no quería.
—Y también olí…— dijo con tono misterioso, tratando de hacer el asunto interesante. Ella alzó las cejas con escepticismo y Ron al momento se incorporó y lentamente encajó su nariz en el espacio entre su clavícula y mentón y aspiró profundamente. Hermione no se esperaba eso y se quedó paralizada, pero no por la impresión, sino por la tremenda reacción que desencadenó en su cuerpo tal gesto. Tragó saliva.
—¿Te-te refieres a que oliste mi cuello?— preguntó aturdida. Y ambos se echaron a reír por lo ridículo que había sonado la afirmación.
—Sí, puede ser— susurró Ron acercándose de nuevo, si que esta vez le tomó delicadamente el rostro para girarlo y atrapar sus labios. Hermione se rió y se acomodó para responderle el beso. En un acto inconsciente pasó sus manos alrededor de su cuello para acercarse más a su cuerpo.
Oh. Se sentía tan bien.
Se siguieron besando con todo el romanticismo del mundo y con toda la calma que profesaba el lugar, con sus sentimientos a flor de piel y sumergiéndose en aquellas misteriosas sensaciones, complaciendo a los desbocados latidos de sus corazones.
Escuchaban y respondían.
Estaban tan ensimismados besándose que ni se dieron cuenta de que sus besos comenzaban a lograr una completa armonía y coordinación, por lo que duraban mucho más, así que sus movimientos suaves y pausados se prolongaban indefinidamente y solo paraban cuando fuese estrictamente necesario —o sea, no morir ahogados— para luego volver a besarse, cada vez con un poquitito más de confianza, abarcando un poquito más de superficie.
Sí. Así es como debía de ser. Ahí es donde precisamente debían estar y sin ninguna jodida preocupación asaltando sus mentes.
Así que Hermione una vez más podría dormir tranquilamente, dejándose llevar por su anhelo de no se qué, y para cuando haya despertado al otro día —y los siguientes— miraría con ojos soñadores las colinas desde la diminuta ventana del cuarto de Ginny, tratando de distinguir sin éxito cual de esas cimas había sido testigo de aquella tarde, la que pasaría a ser uno de sus recuerdos más memorables y también, sin saberlo y ni si quiera imaginarlo, sería alguna vez motivo de llantos y de hasta pensamientos nostálgicos.
Gracias.
