Holas. como estan.. quisiera agradecer primero ke todo los reviews ke me han mandado, jojojo Espero ke sigan leyendo este fics, ke si bien es un poco complejo creamne se pone cada vez mejor...
Akari, se ke tay enredada, aer si puedo explicarte un poco. Este fics sera una trilogia, e4s decir tres fics, en cuanto termine de publicar este iniciare la segunda parte que cuanta la historia de Megumi y al finalizar este publicare el tercero, que es la historia de kaoru. Las tres estan entrelazadas, asi que si kieren saber el final final de esto pues tienen ke seguir leyendo las tres historias. Espero ke te haya kedado mas claro el asunto sino ya sabes preguntame no mas por MSN y ahi tratare de explicarte...

En fin, Espero ke les guste este capitulo, y mientras mas reviews llegan mas rapido subo el proximo capitulo jojojo... nos vemos abajo


Bailando en el Aire.

Dos

Misao decidió que el pueblo se parecía algo al Brigadoon de Nathaniel Hawthorne. Decidió explorarlo un poco antes de ir al mercado. Durante meses se había dicho que estaba a salvo; que era li­bre. Sin embargo, al caminar por las preciosas ca­lles con sus casas pintorescas, al respirar la brisa marina, al escuchar el acento de Nueva Inglaterra, se sentía a salvo por primera vez, y libre.

Nadie la conocía aún, pero la conocerían. Co­nocerían a Misao Makimashi, la habilidosa cocinera que vivía en la casita del bosque. Haría amigos y organizaría su vida. Construiría un futuro. Allí no la alcanzaría nada del pasado.

Algún día formaría parte de la isla, como la es­trecha oficina de correos con fachada de madera gris o el largo y sólido muelle donde los pescado­res llevaban las capturas del día.

Para celebrarlo se compró unas campanillas con forma de estrellas que sonaban con el viento y que había visto en un escaparate. Era la primera cosa que se compraba por capricho desde hacía casi un año.

La primera noche en la isla la pasó en su pre­ciosa cama, disfrutando de la felicidad y escuchan­do las campanillas y el aliento del mar.

Se levantó antes de amanecer. Estaba deseando ponerse a trabajar. Empezó a hacer la masa mien­tras la sopa hervía. Se había gastado hasta el último céntimo en utensilios de cocina, incluído gran par­te del dinero que le habían adelantado y del sueldo del mes siguiente. No le importaba. Tendría lo mejor y haría lo mejor. Kaoru Kamiya, su benefactora, no se arrepentiría de haberla contratado.

La cocina era exactamente como ella quería, no como le habían dicho que debía ser. Cuando tuviera tiempo se acercaría al vivero y compraría hierbas aromáticas. Algunas las plantaría en el alféizar de la ventana. Sin ningún orden, como le gustaba. En su casa, nada, absolutamente nada, sería uniforme y exacto ni impecable o elegante. No habría mármoles por todos lados, ni viviría entre cristales o rodeada de grandes jarrones con exóti­cas flores frías y sin aroma. No habría...

Se detuvo en .seco. Ya era hora de dejar de re­petirse lo que no habría y de empezar a pensar en lo que sí habría. Su pasado la acosaría hasta que pasara esa página de su vida definitivamente.

Metió la primera tanda de tartas en el horno mientras salía el sol y la ventana de levante parecía arder en llamas. Se acordó de la mujer de mejillas sonrosadas que la había ayudado en el mercado. Dorcas Burmingham: un nombre yanqui hasta la médula. Además, se había mostrado muy cálida y no había podido disimular cierta curiosidad; lo que podría haber hecho que Misao se cerrara en sí mis­ma, sin embargo había sido capaz de charlar, de responder animadamente a algunas preguntas y de evitar otras.

Sacó las tartas para que se enfriaran y metió los bollos en el horno. Misao dio la bienvenida al día con una canción mientras la habitación se llenaba de luz.

Lulú cruzó los brazos sobre el esquelético pe­cho. Kaoru sabía que era la forma que tenía de inten­tar parecer intimidante. Apenas llegaba al metro y medio, pesaba unos cuarenta kilos completamente vestida y tenía cara de duendecillo apenado, de modo que le resultaba difícil intimidar a alguien.

—No sabes nada de ella.

—Sé que está sola, que busca trabajo y que es­taba en el lugar adecuado y en el momento preciso.

—Es una desconocida. No es normal contratar a una desconocida, prestarle dinero y dejarle una casa sin saber algo de ella. No tiene referencias, Kaoru. Ni una. Puede ser una psicópata que escapa de la justicia.

—Has vuelto a leer libros de crímenes basados en casos reales¿verdad?

Lulú frunció el ceño, un gesto que en su cara se parecía a una sonrisa triste.

—Las malas personas existen.

—Desde luego —Kaoru imprimió los pedidos que le habían llegado al correo electrónico—. Sin ellas no habría equilibrio ni estímulos. Huye de al­go, Lulú, pero no de la ley. El destino la ha traído hasta aquí, hasta mí.

—A veces el destino puede darte una puñalada trapera.

—Lo sé perfectamente.

Salió del despacho con las páginas impresas en la mano. Lulú le pisaba los talones. Kaoru no le dijo que se metiera en sus asuntos porque Lulú Cabot había sido quien la había criado.

—Además —siguió Kaoru—, deberías saber que puedo cuidar de mí misma.

—Acoges a descarriados, has bajado la guardia.

—No es una descarriada, está buscando algo, que es muy distinto. Siento algo por ella —añadió Kaoru mientras bajaba las escaleras—. Cuando se sienta más cómoda, la observaré de cerca.

—Por lo menos pídele una referencia.

Kaoru arqueó una ceja al oír la puerta trasera.

—Ya tengo una. Es puntual. No la chinches, Lulú —le advirtió Kaoru mientras le daba los pedi­dos—. También es frágil todavía. Buenos días, Misao.

—Buenos días —Misao entró despreocupada­mente con los brazos llenos de bandejas tapadas—. He dejado el coche detrás, no pasa nada¿verdad?

—No, está muy bien. ¿Te echo una mano?

—No, gracias. Tengo todo amontonado en el coche.

—Lulú, ésta es Misao. Ya os conoceréis mejor más tarde.

—Encantada de conocerte, Lulú. Acabo de empezar a organizarme.

—Sigue con lo tuyo —Kaoru esperó a que Misao hubiera subido las escaleras—. Parece peligrosa¿no?

Lulú levantó la barbilla.

—A veces las apariencias engañan.

Al cabo de un momento, Misao volvió a bajar las escaleras. Llevaba una camiseta blanca por dentro de los vaqueros. El pequeño medallón de oro pa­recía un amuleto.

—He preparado un poco de café. Os bajaré dos tazas en el próximo viaje, pero no sé cómo os gusta.

—Para mí, solo; para Lulú poco cargado y con azúcar. Gracias.

—Mmm... ¿os importa si no os traigo el café hasta que termine? Me gustaría que vierais cómo queda todo —fue hacia la puerta ligeramente ru­borizada—. Un momento¿de acuerdo?

—Deseosa de agradar —comentó Kaoru mien­tras se ocupaban de los pedidos—. Ansiosa por trabajar. Efectivamente, no hay duda, es una psicópa­ta, llama a la policía.

—Cállate.

Misao, sin aliento y agitada por los nervios y la satisfacción, volvió a bajar a los veinte minutos.

—¿Podéis subir ahora? Todavía tengo tiempo de cambiar las cosas si no os gusta. ¿Te importaría venir también tú, Lulú? Kaoru me ha dicho que estás al tanto de todo en la tienda y podrás decirme si hay algo que no está como debiera.

—Ejem... —Lulú dejó lo que estaba haciendo con un gruñido—. Yo no me ocupo del café —pro­testó. Sin embargo, siguió a Kaoru y Misao.

El mostrador rebosaba de pasteles glaseados, bollos y tortas con pasas. Había una tarta muy alta de chocolate y nata y galletas grandes como la pal­ma de una mano. De la cocina salía el delicioso olor de la sopa hirviendo.

En la pizarra, escritas con una letra clara y de­licada, se leían las especialidades del día. El cristal resplandecía, el café tenía un aroma irresistible y en la barra había una jarra de latón azul claro llena de palitos de canela.

Kaoru fue de un lado a otro de la barra como un general pasando revista a las tropas. Mientras, Misao hacía un esfuerzo por no retorcerse las manos.

—Todavía no he puesto las ensaladas y la so­pa porque he pensado que si esperaba hasta las once o así la gente se tiraría más por la pastele­ría. Hay más tartaletas y browniesNo los he sa­cado porque me ha parecido que tampoco debe resultar abrumador y los browniesson más apro­piados para la tarde o para después de comer. He sacado la tarta con la esperanza de que los clien­tes se fijen en ella y vuelvan más tarde para to­mar un poco. Pero puedo volver a ponerlo como queráis...

Se calló al ver que Kaoru levantaba un dedo.

—Probemos una de esas tartaletas.

—Claro. Traeré una de las que no he sacado —fue a la cocina y volvió a salir con una tartaleta sobre una servilleta de papel.

Kaoru la partió en dos sin decir nada y dio la mi­tad a Lulú. La mordió y sonrió.

—¿Te parece una buena referencia? —murmu­ró. Luego se volvió hacia Misao—. Si no te tranqui­lizas, los clientes van a pensar que le pasa algo a la comida; no la pedirán y se perderán algo muy es­pecial. Tienes un don, Misao.

—¿Te gusta? —Misao dejó escapar un suspiro de alivio—. Esta mañana he probado un poco de todo lo que he hecho. Estoy empachada —dijo lleván­dose una mano al estómago—. Quería que todo saliera bien.

—Y así es. Ahora tranquilízate, porque vas a estar muy ocupada cuando se corra la voz de que tenemos un genio en la cocina.

Se hubiese corrido o no la voz, Misao pronto estuvo muy ocupada. A las diez y media ya estaba preparando otro puchero de café y rellenando las bandejas. Cada vez que oía la caja registradora, sentía un escalofrío de emoción. Cuando envol­vió media docena de bollos para un cliente que aseguraba no haber probado unos mejores en su vida, tuvo que contenerse para no ponerse a bailar.

—Gracias. Vuelva pronto.

Se volvió hacia el siguiente cliente con el ros­tro resplandeciente.

Ésa fue la primera impresión que Aoshi tuvo de ella. Una morena encantadora con un delantal blan­co y una sonrisa de oreja a oreja que le hacía unos hoyuelos en las mejillas. Le produjo una sacudida muy agradable y le correspondió con otra sonrisa.

—Había oído lo de los bollos, pero no sabía nada de la sonrisa.

—La sonrisa es gratis, los bollos, no.

—Me llevaré uno de arándanos y un café solo y grande, para llevar. Me llamo Aoshi. Aoshi Shinomori.

—Misao.

Cogió uno de los vasos del café para llevar. Ella no necesitaba mirarlo de reojo. La experiencia le había enseñado a interpretar rápidamente una cara y a recordarla, y ésta la tenía muy presente mien­tras servía el café.

Bronceado y con unas pequeñas arrugas que se abrían en las comisuras de unos ojos azules y pe­netrantes. Una mandíbula firme con una intrigan­te cicatriz. Pelo negro, un poco largo y algo riza­do que ya estaba quemado por el sol en junio. Cara afilada, con una nariz larga y recta y una boca presta para la sonrisa que mostraba un incisivo li­geramente torcido.

Le pareció una cara honrada. De trato fácil y amistoso. Dejó el café en la barra y volvió a mirar­lo mientras cogía un bollo de la bandeja.

Tenía unos hombros anchos y buenos brazos. La camisa estaba remangada hasta los codos y des­teñida por el sol y el agua. La mano que tomó el vaso era grande y fuerte. Misao solía confiar en los hombres con manos grandes. Las manos finas y con la manicura hecha eran las que podían hacer más daño.

—¿Sólo uno? —preguntó mientras metía el bollo en una bolsa.

—Por el momento basta con uno. He oído que llegaste ayer a la isla.

—En el mejor momento —Misao tecleó el pedido y le encantó que él abriera la bolsa y oliera dentro.

—El mejor momento para todos si esto sabe tan bien como huele. ¿De dónde vienes?

—De Boston.

El inclinó la cabeza.

—No pareces de Boston. Por tu acento —ex­plicó al ver que ella se limitaba a mirarlo.

—Ah —tomó el dinero con mano firme y le devolvió el cambio—. Nací en un pequeño pueblo del medio oeste... pero he estado en muchas par­tes —ella mantuvo la sonrisa mientras le daba el recibo—. Supongo que por eso no tengo acento de ningún sitio en concreto.

—Supongo.

—Eh, sheriff.

Aoshi miró por encima del hombro.

—Buenos días, señora Macey.

—¿Vas a ir a hablar con Pete Stahr sobre ese perro?

—Iba para allá en este momento.

—Ese perro tan pronto se revuelca entre pesca­do muerto como entre los rosales. Y luego se restrie­ga con la ropa que tengo colgada. Tengo que volver a lavarla toda. Me gustan los perros como a la que más.

—Claro, señora.

—Pero Pete debe tener atado a ese perro.

—Hablaré con él esta mañana. Debe probar uno de estos bollos, señora Macey.

—He venido a buscar un libro —sin embargo, miró los bollos y apretó los labios—. Parecen sabrosos. Debes ser la chica nueva¿no?

—Sí —Misao notaba la garganta seca y áspera y temió que la voz le hubiera salido igual—. Me lla­mo Misao. ¿Quiere que le ponga algo?

—Quizá me siente un rato con una taza de té y una de esas tartaletas. Tengo debilidad por las tarta­letas de frutas. No me des unos de esos tés tan sofis­ticados. Dame uno de naranja. Dile a Pete que man­tenga alejado a su perro de mi colada —añadió dirigiéndose a Aoshi—. Si no, tendrá que hacerla él.

—Sí, señora —Aoshi volvió a sonreír a Misao sin dejar de mirarla. Había notado lo pálida que se ha­bía puesto cuando Gladys Macey lo había llamado sheriff—. Encantado de conocerte, Misao.

Ella inclinó la cabeza ligeramente. Aoshi notó que seguía manteniendo las manos ocupadas, pe­ro que le temblaban un poco.

Se preguntó por qué una hermosa joven como ésa temía a la ley. Mientras bajaba las escaleras, pensó que había gente que se asustaba sólo con ver un policía.

Echó una ojeada por el piso principal y vio a Kaoru que colocaba unos libros en la sección de novelas de misterio. Aoshi decidió que no pasaría na­da por hacer unas preguntas.

—¿Mucho trabajo?

—Mmm —Kaoru metió unos libros de bolsillo en la estantería sin darse la vuelta—. Espero que haya más. La temporada ya ha empezado y tengo un arma secreta en el café.

—Acabo de conocerla. ¿Le has alquilado la ca­sita amarilla?

—Exactamente.

—¿Has comprobado su historial laboral o sus referencias?

—Mira, Aoshi —Kaoru se dio la vuelta. Con taco­nes era casi tan alta como él y le dio una palmadita en la mejilla—. Somos amigos desde hace tiempo. Lo suficiente como para que pueda decirte que te ocupes de tus asuntos. No quiero que vengas al ca­fé para interrogar a mis empleados.

—De acuerdo, la llevaré a comisaría y sacaré la porra de goma.

Ella se rió, se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla.

—Serás bruto. No te preocupes por Misao. No busca problemas.

—Se puso nerviosa cuando se enteró de que yo era el sheriff.

—Cariño, eres tan guapo que pones nerviosas a todas las mujeres.

—Contigo no me ha funcionado nunca —re­plicó él.

—Sabes que sí. Ahora, vete y deja que me ocu­pe de mi negocio.

—Me voy. Tengo que cumplir con mis obli­gaciones y reñir a Pete Stahr por su perro maloliente.

—Sheriff Shinomori, eres tan valiente... —Kaoru par­padeó seductoramente—. ¿Qué sería de nosotros si no os tuviéramos a ti y a tu fornida hermana pa­ra que nos protegierais?

—-Ja, ja. Megumi vendrá en el trasbordador de mediodía. Si llega a venir un poco antes, se habría ocupado del asunto del perro.

—¿Ya ha pasado una semana? —Kaoru hizo una mueca y siguió con los libros—. En fin, todo lo bueno se acaba.

—No voy a mediar entre vosotras otra vez. Antes prefiero tratar con el perro de Pete.

Ella se rió, pero cuando Aoshi se marchó, Kaoru miró hacia las escaleras y se quedó pensativa. Decidió subir a última hora de la mañana. Misao ya había sacado la comida del mediodía. Kaoru notó que las ensaladas parecían frescas y apetitosas y que el aroma de la sopa tentaría a cualquiera que entra­ra en la tienda.

—¿Qué tal todo?

—Muy bien. Por fin hay un poco de tranquili­dad —Misao se limpió las manos en el delantal—. Esta mañana se ha dado estupendamente. Los bo­llos han ganado, pero las tartaletas les han seguido de cerca.

—Te toca descansar —le dijo Kaoru—. Yo aten­deré si viene alguien, salvo que quiera algo que exija el uso de esa máquina infernal.

En la cocina, Kaoru se sentó en un taburete y cruzó las piernas.

—Pásate por mi despacho cuando termines el turno. Firmaremos los papeles del contrato.

—De acuerdo. He estado pensando en el me­nú de mañana.

—Lo comentaremos luego. ¿Por qué no te to­mas una taza de café y descansas?

—Ya estoy bastante nerviosa —Misao abrió la nevera y sacó una botella de agua—. Me conformaré con esto.

—¿Te has apañado bien con la casa?

—Ha sido muy fácil. No recuerdo haber dor­mido ni haberme despertado nunca tan bien. Con la ventana abierta puedo oír el mar. Es como una canción de cuna. ¿Has visto el amanecer? Ha sido impresionante.

—Te creeré. Procuro evitar los amaneceres. Se empeñan en ocurrir demasiado temprano —alargó el brazo y sorprendió a Misao al quitarle la botella de agua para darle un sorbo—. Me han dicho que has conocido a Aoshi Shinomori.

—¿De verdad? —Misao se puso a limpiar los fo­gones con un trapo—. ¡Ah! El sheriff Shinomori. Sí, se llevó un café solo y un bollo de arándanos.

—Ha habido Shinomoris en esta isla desde hace si­glos y Aoshi es uno de los mejores. Es amable —dijo intencionadamente Kaoru—-, cariñoso y for­mal sin ser pesado.

—Es tu... —la palabra «novio» parecía no en­cajar en una mujer como Kaoru—. ¿Tenéis alguna relación?

—¿Amorosa? No —Kaoru volvió a pasarle la bo­tella a Misao—. Es demasiado bueno para mí. Aunque me enamoré perdidamente de él cuando tenía quince o dieciséis años. Te habrás dado cuenta de que es un ejemplar de primera.

—No me interesan los hombres.

—Entiendo. ¿Huyes de eso¿De un hombre?

Misao no respondió y Kaoru se levantó.

—Bueno, si alguna vez te apetece hablar, yo es­cucho muy bien y soy comprensiva.

—Te agradezco todo lo que has hecho por mí, Kaoru. Sólo quiero hacer mi trabajo.

—Más que suficiente —se oyó una campanilla, lo que quería decir que había alguien en el mostra­dor—. No. Es tu rato de descanso —dijo Kaoru an­tes de que Misao saliera corriendo de la cocina—. Yo me encargaré de los clientes. No te pongas triste, hermanita. Ahora sólo tienes que responder ante ti misma.

Misao, extrañamente aliviada, se quedó donde estaba. Podía oír el tono grave de Kaoru que hablaba con los clientes. En la tienda sonaba una música de flautas. Cerró los ojos y se imaginó a sí misma en ese mismo sitio al día siguiente. Al año siguiente. Cómoda y reconfortada. Productiva y feliz.

No había motivos para estar triste o temerosa ni para estar preocupada por el sheriff. No tenía sentido que se fijara en ella o que investigara sus antecedentes. Además, si lo hacía¿qué iba a encontrar? Había tenido cuidado. Había atado todos los cabos.

No, ya no iba a huir más. Había llegado e iba a quedarse.

Terminó el agua y salió de la cocina cuando Kaoru se volvía hacia ella. El reloj de la plaza dio las doce con campanadas lentas y pesadas.

Le pareció que el suelo temblaba y la luz se hi­zo más brillante y diáfana. La música le llenaba la cabeza, era como miles de arpas que tocaban al unísono. El viento... habría jurado que una ráfaga de viento cálido le había acariciado el rostro y pei­nado el cabello. Olía a cera y tierra húmeda.

El mundo giró y se estremeció. Luego, en una fracción de segundo, volvió a pararse como si no hubiera pasado nada. Misao sacudió la cabeza para aclararse las ideas y se encontró mirando fijamente a los ojos azules de Kaoru.

—¿Qué ha sido eso¿Un terremoto? —mien­tras lo decía, Misao se dio cuenta de que nadie en la tienda parecía preocupado—. Me ha parecido... he notado...

—Lo sé —el tono de Kaoru era tranquilo, pero Misao apreció algo que no había oído antes—. Bue­no, eso lo explica todo.

—¿Qué explica?

Misao, agitada, agarró la muñeca de Kaoru. Notó como si una fuerza le subiera por el brazo.

—Hablaremos de ello más tarde. Ha llegado el trasbordador de mediodía —Megumi había vuelto. Ya estaban las tres en la isla—. Vamos a tener tra­bajo. Misao, sirve la sopa —dijo amablemente mien­tras se alejaba.

Kaoru no se sorprendía con frecuencia y eso era algo que no le preocupaba. La fuerza que había sentido con Misao había sido más intensa e íntima de lo que había esperado. Eso le fastidiaba. Debe­ría haber estado preparada. Ella sabía, creía y en­tendía el giro que había dado el destino muchos años antes. Y el que podía dar en ese momento.

Sin embargo, creer en el destino no significaba que una mujer debiera quedarse de brazos cruza­dos. Se podía y se debía hacer algo. Pero tenía que pensar, que ordenar las cosas.

¿Qué podía hacer ella para que todo saliera bien cuando no le quedaba más remedio que estar atada a una mujer estúpida y terca que negaba obs­tinadamente que ella tuviera poderes y a otra que, como un conejillo asustado, huía y no sabía que te­nía ninguno?

Se encerró en el despacho y fue de un lado a otro. Rara vez hacía magia allí. Era su sitio de tra­bajo y lo mantenía al margen de sus poderes y muy apegado a la tierra. Sin embargo, todas las reglas tenían sus excepciones.

Pensativa, tomó la bola de cristal de la balda y se sentó a la mesa. Le divertía ver aquel objeto junto al teléfono y el ordenador. No obstante, la magia respetaba el progreso, aunque el progreso no respetara siempre a la magia.

Rodeó la bola con las manos y dejó la mente en blanco.

—Muéstrame lo que tengo que ver. La isla acoge a las tres hermanas y determinaremos nues­tro destino. Mostraos a mí, visiones de cristal. Que se haga mi voluntad.

El interior de la bola resplandeció y giró en un remolino. Luego se hizo transparente. En lo más profundo, como si flotaran en el agua, se vio a sí misma, a Misao y a Megumi. Un círculo entre las som­bras del bosque y fuego. Los árboles también esta­ban en llamas, pero con un color otoñal. La luna llena derramaba luz como un resplandor en el agua.

Entre los árboles apareció otra sombra que se convirtió en un hombre. Era hermoso; con unos ojos que quemaban.

El círculo se rompió. Misao corrió, pero el hom­bre la golpeó. Ella se hizo añicos como si fuera de cristal. Los cielos se abrieron, cayeron rayos y re­tumbaron los truenos. Todo lo que Kaoru pudo ver fue un torrente que arrastró hasta el mar a los bos­ques y la isla.

Kaoru se apartó y se puso las manos en las caderas.

—Siempre pasa lo mismo —dijo irritada—. Un hombre lo estropea todo. Bueno, ya nos ocuparemos de eso —volvió a dejar la bola en el estan­te—. Ya nos ocuparemos de eso.

Kaoru estaba acabando de ordenar unos docu­mentos cuando Misao llamó a la puerta.

—Justo a tiempo —dijo Kaoru mientras apagaba el ordenador—. Tienes esa maravillosa costumbre. Necesito que rellenes estos impresos —señaló un montón de papeles que había en la mesa—. Les he puesto fecha de ayer. ¿Qué tal van los clientes del almuerzo?

—Como la seda.

Misao se sentó. Las manos ya no le sudaban al re­llenar los impresos. Nombre, fecha de nacimiento, número de la seguridad social. Esos datos eran su­yos. Se había ocupado de ello personalmente.

—Tae acaba de llegar. He preparado el menú de mañana.

—Mmm —Kaoru cogió el papel doblado que le pasó Misao y lo leyó mientras la joven continuaba escribiendo—. Parece bueno. Más atrevida de lo que solía ser Tsubame.

—¿Demasiado atrevida?

—No, sencillamente, «más». ¿Qué vas a hacer el resto del día? —Kaoru ojeó por encima el primer im­preso—. Misao Makimashi... ¿sin inicial intermedia?

—Daré un paseo por la playa. Trabajaré un po­co en el jardín. Quizá explore el bosque que rodea la casa.

—Hay un pequeño arroyo donde crecen agui­leñas en esta época del año. En la espesura hay helechos de los que parece que ocultan hadas.

—No me parece que seas de las personas que creen en las hadas.

Kaoru sonrió.

—No nos conocemos bien todavía. Tres Her­manas está llena de leyendas y tradiciones y en los bosques hay todo tipo de secretos. ¿Conoces la le­yenda de Tres Hermanas?

—No.

—Te la contaré algún día que tengamos tiempo para esas cosas. Ahora deberías salir al aire libre.

—Kaoru¿qué pasó antes? A mediodía.

—Dímelo tú. ¿Qué crees que pasó?

—Sentí como un temblor de tierra. La luz cambió y el aire también. Como una... descarga de energía —le pareció ridículo al decirlo, pero continuó: —Tú lo sentiste también, pero nadie más lo notó. Nadie notó nada fuera de lo normal.

—La mayoría de la gente espera lo normal y eso es lo que consiguen.

—Si es una adivinanza, no sé resolverla —Misao, impaciente, arrastró los pies—. A ti no te sorpren­dió, te irritó un poco, pero no te sorprendió.

Kaoru, intrigada, se apoyó en el respaldo y ar­queó una ceja.

—Muy cierto. Interpretas bien a las personas.

—Una habilidad que he desarrollado para so­brevivir.

—La has desarrollado mucho —añadió Kaoru—. ¿Que qué pasó? Creo que se puede llamar cone­xión. ¿Qué pasa cuando tres cargas positivas ocu­pan el mismo espacio a la vez?

Misao sacudió la cabeza.

—No tengo ni idea.

—Yo tampoco, pero sería interesante enterar­se. Los que son semejantes se reconocen entre sí¿no crees? Yo te he reconocido a ti.

Misao sintió como si la sangre se le helara y le abrasara al mismo tiempo.

—No sé lo que quieres decir.

—No me refiero a quién eres o eras —dijo sua­vemente Kaoru—. Sino qué eres. Puedes confiar en mí sobre ese asunto. No voy a hurgar en tu pasado, Misao. Me interesa más tu futuro.

Misao abrió la boca. Estuvo a punto de soltarlo todo. Lo que la obsesionaba, lo que la perseguía. Pero hacerlo la dejaría a merced de otra persona y eso era algo que no volvería a hacer jamás.

—Mañana pondré sopa fría de verduras y pollo y sándwiches de queso y calabacín. No voy a com­plicarme más.

—Es un buen principio. Disfruta de la tarde —Kaoru esperó hasta que la joven llegó a la puerta—.Misao, mientras tengas miedo, él seguirá ganando.

—Me importa un rábano ganar —contestó Misao.

Salió precipitadamente y cerró la puerta.

Continuara...


Holas... Espero ke les haya gustado este capitulo... en fin espero sus comentarios, dudas, consultas y demaces ke para eso estoy :P

cuidenseeee

nos veremos en el proximo...

matta ne