The Crying for Edward Contest

Nombre del mini-fic: El Amanecer de la Luna

Autor: Cris as Bella Cullen

Categoría: M

Summary: Cada año, una sola noche de verano, en Forks ocurre lo más mágico y hermoso que puede ocurrir en aquel aburrido pueblo: una lluvia de estrellas ¿Qué ocurrirá cuando Edward la lleve a ver aquel precio fenómeno? Para Bella será la el mejor día de toda su vida.

Número total de palabras: 2,850

Número total de palabras en el mini-fic: 6,985


Creo que no es necesario avisar que necesitarás pañuelos,

¿verdad?

Espero no haceros llorar, aunque no se porqué siempre lo hago con alguno de mis fics...

Se despide vuestras siempre tímida pero risueña,

Cris


-Te amo –dijo con su suave voz aterciopelada antes de besarme suavemente en los labios.

Respondí al beso con otro igual que se empezó a convertir en uno más pasional y caliente, lleno de amor y ferocidad.

Sus manos bajaron de mis mejillas por mi cuello, mis hombros, mis costados, rozando levemente mis senos por el camino, hasta que se posaron en mi cintura. Bajó despacio, acariciando lentamente cada parte del camino, con cariño y amor, como si de una muñeca hecha de la más fina porcelana se tratase.

Mis manos bajaron por su pecho, acariciando sus abdominales por encima de la tela hasta llegar a la cintura de sus pantalones vaqueros, después volvieron a subir despacio, lenta y cariñosamente, memorizando todas y cada una de las partes de su muy bien formado cuerpo, sus abdominales, su pecho, la línea de su clavícula, sus fuertes hombros, su pálido cuello, hasta llegar a su destino: los cabellos cobrizos de la nuca de Edward

Las manos de Edward jugaron con el dobladillo de la fina blusa morada que llevaba puesta en aquel momento y se colaron bajo esta. Subieron descaradamente acariciando mi vientre, mi tripa… hasta llegar a mis senos, los cuales acarició por encima de la tela de mi sostén negro, provocando que múltiples gemidos escapasen de mi boca, los cuales eran acallados, en su mayoría, por sus propios labios.

-Bella –dijo entrecortada voz de Edward-. Te amo, te amo más que a nada en el mundo.

-Yo también te amo Edward –susurré con la voz entrecortada debido a la velocidad de mis respiraciones.

-Soy un monstruo, soy un monstruo, soy un monstruo… -oí a una entrecortada voz decir, una voz familiar, la voz de Edward, pero era imposible que fuera su voz… él estaba aquí conmigo y me estaba besando y la voz se oía lejana… como si estuviera en un rincón de mi cabeza…- Soy un monstruo, soy un monstruo –repitió la voz, ahora si que estaba segura, esa aterciopelada voz era la de mi Edward pero entonces… ¿Qué estaba ocurriendo aquí?

Y entonces… desperté.

-Soy un monstruo –repetía Edward a mi lado.

Me incorporé y me acerqué a el, sintiendo un leve dolor recorrer todo mi cuerpo cuando al hacer aquellos simples movimientos que eran necesarios para acercarme al amor de mi vida, a Edward, pero reprimí el dolor, era leve y no me molestaba estaba… acostumbrada a aquel dolor, como el latido de la sangre al palpitar detrás de un cardenal, era algo normal, nada nuevo, excepto que antes solo era en una zona y ahora en casi todo el cuerpo.

-Edward… ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que va mal? –pregunté con un pequeño y extraño temblor en la garganta.

-¿Acaso necesitas preguntarlo? –preguntó, su voz sonaba dolida y extraña y eso me extrañó-. ¿En que piensas? –preguntó de repente mirándome fijamente, sus ojos estaban dolidos, expresaban culpabilidad… pero ¿Por qué se sentía culpable?

-Estás molesto y no entiendo el porqué, ¿Es que yo…? –no pude terminar la frase.

Suspiró y se dejó caer sobre la manta, se tapó los ojos con su brazo.

-¿Estás muy malherida, Bella? Quiero la verdad, y no intentes quitarle importancia.

-¿Malherida? –pregunté, más para mí que para el y entonces recodé aquel leve dolor que sentí al moverme. Sentía una cierta rigidez y una cierta sensación de dolor también, eso era verdad, pero sobretodo tenía la extraña impresión de que tenía todos los huesos descoyuntados y de que había cambiado su consistencia, para quedarse cerca de la de una medusa. Y no era para nada un sentimiento desagradable.

Entonces me fijé un poco más y me di cuenta a lo que se refería. Por toda la extensión de color pálido de mi piel, grandes cardenales de color púrpura estaban comenzando a formarse. Seguí la mirada con la mirada el trazo que hacían hasta mi hombro, y después vi como descendían a través de mis costillas. Presioné un punto de piel púrpura que decoraba mi antebrazo izquierdo, repentinamente desapareció justo en el lugar en el que había tocado para luego reaparecer poco después. Sentí un liguero y familiar dolor punzante.

Sentí como Edward se movía a mi lado y como, de una forma tan liguera que no parecía estar siquiera tocándome, colocó la mano sobre los cardenales del brazo, y los siguió uno por vez, acomodando sus largos dedos al diseño que trazaban sobre mi piel.

-Oh –murmuré.

Intenté recordarlos, recordar el dolor que debían de haberme producido, pero no fui capaz. No pude recuperar ni un momento en que sus manos me hubieran apretado en exceso p en que hubieran resultado demasiado duras. Solo recordaba que deseaba que me abrazara más fuerte y que me sentí muy complacida cuando así lo hizo…

"-No, Edward, no te detengas, por favor… -dije viendo sus intenciones de parar -. Abrázame, Edward, abrázame más y más fuerte… por favor Edward… por mi…

Él me abrazó fuerte"

"-Edward, abrázame –susurré -. Abrázame fuerte –quería estar lo más cerca posible de él, quería que volviésemos a ser uno."

-Yo… lo siento tanto Bella –susurró mientras yo no apartaba mi mirada de los cardenales-. Ya sabía que pasaría esto. Soy un monstruo por dejar que sucediera. No debería… -emitió un sonido bajo, de pura repulsión, con la parte más profunda de la garganta a la vez que se dejaba caer nuevamente sobre las mantas y volvía a cruzar el brazo sobre su rostro y se quedó inmóvil-. Lo siento tanto que apenas puedo decirte cuanto.

No se que me impulsó ha hacer lo que hice a continuación, pero lo hice. Me senté encima de él, con mis piernas a cada lado de él. Me incliné y pude oír el débil gemido que escapó de entre sus labios.

-Dime que no lo disfrutaste, dime que no me deseas, dime que no me amas –susurré cerca de su oído-. Dímelo, Edward –ordené un poco más alto.

-Sí, lo disfruté –dijo en voz alta, seria y firme mientras apartaba el brazo de su cara y me miraba fijamente a los ojos-. Sí te deseo. Sí, te amo, te amo más que a nada, Bella. Porque tú siempre serás mía, mi Bella –susurró antes de lanzarse a mis labios y llevar sus manos a mí baja espalda.

Sus manos me acariciaron la espalda de arriba abajo, dibujando figuras inexistentes y acariciando cada punto, como si deseara memorizar todo al milímetro, al detalle, recordando la curva de cada hueso, cada pequeño lunar, cada imperceptible imperfección… cada todo.

Mis manos volaron a su pelo y lo despeinaron y desordenaron más de lo que ya estaba. Mientras tanto nuestras bocas danzaban juntas en un baile que era más bien una lucha, una lucha por obtener el ansiado control, una lucha de amor, una lucha por demostrar quien amaba más a quien…

Cuando nuestros labios se separaron y nos miramos fijamente a los ojos, comprendí que nunca podría amar a nadie que no fuera Edward, comprendí que nunca podría vivir sin él, comprendí que… pasase lo que pasase, nuestro amor sería eterno y duraría… duraría para siempre.

Nos giró quedando sobre mí, pero sin dejarme sentir un mísero gramo de su peso sobre mi cuerpo. Me besó de nuevo en los labios antes de mirarme fijamente.

-Te amo –dije firmemente mientras le besaba suavemente pero con todo el amor que sentía hacia él, en los labios.

-Y yo Bella, y yo… Bella, recuerda que te amo más que a nada en el mundo, que siempre te amaré. Te juro amor eterno, Bella –susurró antes de entrar lentamente en mi interior.

Comenzó a moverse suave y lentamente mientras me besaba y me susurraba al oído cosas como "nunca olvides que te amo" o "te lo juro, yo te amo" y cosas similares hasta que finalmente llegamos al placentero clímax.

-Te amo, Edward. Siempre seré tuya –susurré besando castamente sus labios-. Nunca olvides tú que el amor de una humana, aunque no lo creas, puede durar para siempre –murmuré contra sus labios antes de caer en el mundo de los sueños…

Domingo, dulce y deliciosa tarde de domingo. Pensé mientras me sentaba en una de las sillas de la isla de la cocina y me dedicaba a comer mi desayuno-comida-merienda del día: huevos revueltos con patatas, mayonesa y ketchup.

El día anterior había sido el mejor día de mi vida: el desayuno creado por Edward, la camina por el bosque, la comida frente al lado y la merienda-cena, la carrera hasta nuestro prado, la lluvia de estrellas y… y el haber hecho el amor con Edward, el hombre al que amo más que a nada en la vida.

Terminé mi comida y limpié el plato rápidamente. Esperé pacientemente la llegada de Charlie, al cual saludé alegremente cuando apareció sonriente por la puerta cargando un cubo lleno de peces.

-Bueno, creo que ya tenemos reservas de pescado para los siguientes cinco años y medio –bromeé terminando de guardarlos en el congelador.

-¿Qué tal tu fin de semana, Bella? –preguntó sonriente.

-La palabra perfecto es quedarse corto –murmuré antes de acercarme a él y besar suavemente su mejilla. Sonreí- Buenas noches, papá –dije antes de subir las escaleras hasta mi habitación con una enorme e increíble sonrisa adornando mi cara, no podía esperar más por volver a verle, por volver a Edward.

Me cambié mi ropa por mi cómo pijama, comprobé que ventana estuviese abierta antes de tumbarme en mi cama. Encendí mi reproductor de música y me quedé dormida esperando a Edward, un Edward que nunca llegó en toda la noche.

A la mañana siguiente desperté algo extraña, como si algo fuese mal. Negué con la cabeza intentando deshacerme de aquella extraña sensación que recorría mi cuerpo y oprimía mi corazón y decidí darme una ducha y aprovechar la mañana del lunes. Hoy había sol así que Edward seguramente estaría cazando.

Después de desayunar decidí ir a Port Ángeles a por un par de cosas, así que con una pequeña sonrisa en mi rostro, decidí coger mi camioneta y adentrarme en el tráfico matutino de un día de verano en Forks.

Paseé por la calles. Entré en una librería y compré un par de libros. También entré en el centro comercial y, un extraño impulso hizo que entrarse a diferentes tiendas de ropa y comprase cosas que gente como Alice habría escogido para mí, no yo misma, algo raro me estaba sucediendo.

Me detuve ante la tienda de música y no pude evitar dirigir mi atención a un hermoso violín que había en el escaparate. Lástima que fuese tan caro, si no, juro que lo hubiese comprado.

Comí una enorme hamburguesa que podía haber alimentado a un Emmett humano, en el McDonals antes de salir del centro comercial para dirigirme a mi vieja camioneta roja.

Me detuve al pasar cerca de una joyería y no pude evitar el impulso de gastar casi todo mi dinero en un hermoso colgante con forma de círculo de dos colores. Representaba el Yin y el Yan y se podía dividir en dos. Pagué, me lo puse y caminé hasta mi camioneta. Dejé las bolsas en esta y conduje de vuelta a casa.

Al llegar a casa, coloqué toda la ropa en el pequeño armario de mi habitación, cogí ropa limpia y, después de un largo baño de agua caliente, me dirigí a mi cama, no sin antes comprobar que la ventana de mi habitación estuviera dormida. Nuevamente, al igual que la noche anterior, cogí mi reproductor de música y me dormí con las esperanzas de que Edward volviese aquella noche.

No lo hizo.

Gruñí cuando, al despertar el martes por la mañana, me encontré con la luz del sol entrando por mi ventana. Hoy no volvería a ver a Edward en todo él día, otra vez… a no ser que volviera por la noche, me recordé feliz antes de saltar de la cama, coger ropa limpia de mi armario y correr al cuarto de baño a tomar un buen baño de cálida y relajante agua caliente, disfrutando del nuevo olor de mi champú, vainillas y lavandas, un nuevo olor que no había podido resistirme a coger el día anterior.

Después de vestirme, peinarme y comprobar que el colgante no se hubiese movido de su lugar, mi cuello, bajé a la cocina y me preparé una tortilla francesa y un zumo de naranja para desayunar.

Toda la mañana del martes me la pasé recogiendo y limpiando toda la casa. Ordené mi habitación tirando las cosas que ya no utilizaba o usaba y reemplazándolas por cosas nuevas. Pasé la aspiradora por el salón, el pasillo y ambas habitaciones, la de mi padre y la mía. Quité el polvo de todos y cada uno de los rincones de la casa. Hice la colada, la sequé y más tarde la planché, la doblé y la ordené

Después de comer una deliciosa tortilla de patatas y un vaso de leche, me subí a mi camioneta y me dirigí al súper-mercado de Forks a comprar los víveres necesarios para llenar el frigorífico de una casa habitada por mi padre y yo. Después de volver a casa y ordenar la comida y cada lugar, preparé la cena de Charlie, pescado frito con patatas y me subí a mi cuarto, sin ánimos ni energías de esperar a mi padre.

Seguí la misma rutina de siempre, me duché, me puse mi pijama, comprobé que la ventana de mi habitación estuviese abierta y me quedé dormida escuchando mi reproductor de música.

Volví a esperar a Edward, pero, al igual que las anteriores noches… no apareció.

El miércoles amaneció nublado y esperé toda la mañana la llegada de Edward, una visita de Alice… una llamada como mínimo. Esperé algo que nunca ocurrió. Entonces decidí conducir hasta la casa de los Cullen, cabreada por la lentitud de mi vieja y escacharrada camioneta, necesitaba un coche nuevo.

Cuando llegué no pude evitar soltar un jadeo. Las persianas bajadas, el garaje cerrado con candado, las ventanas con tablones de madera…

Me acerqué temblorosa a la puerta y la abrí, no sin antes arremeter un par de empujones que hicieron que el dolor de los cardenales de mis brazos se volviese insoportable. Entré de sopetón y casi caigo al suelo. Después de recuperar el peligro miré a mí alrededor y las lágrimas comenzaron a bajar lentamente y silenciosamente por mi cara. Todo, cada mueble, cada cuadro, cada jarrón, cada estatua, cada figurita… todo estaba cubierto por una sábana blanca, incluso su piano.

Subí corriendo las escaleras, no podía creerlo, no quería creerlo. Corrí hasta su cuarto y abrí la puerta de su habitación, no sin dificultad. Nada estaba cubierto por aquella sábana blanca que tanto dolor me había producido verla. Sin embargo, todos y cada uno de sus libros, sus discos, su sofá, todas y cada una se sus pertenencias… todo, todo se encontraba tirado en el suelo… tirado y destrozado.

Cerca de la papelera que había al lado de la puerta de su habitación, aquella papelera que era mero objeto de decoración, aquella papelera que nunca utilizaba, destacaba un arrugado papel blanco. Me agaché, aun con las lágrimas bajando silenciosamente de mis ojos hasta el final de mi cara, y con manos temblorosas cogí aquel arrugado papel que había hecho bola.

Cerré los ojos y me lo imaginé sentado en algún sitió escribiendo, podía imaginármelo fruncir el ceño ante las ideas con las que no estaba de acuerdo, eso lo hacía siempre, pero, por muy en desacuerdo que estuviera siempre estaría usando aquella tan elegante y hermosa letra suya.

Abrí los ojos y regresé mi atención al papel que se encontraba entre mis manos. Con manos temblorosas, lo desdoblé y un sollozo se escapó de entre mis labios al ver su letra, esa inconfundible letra escribiendo un común "Querida Bella…" Reprimí el siguiente sollozo, me apoyé en la pared a mi lado y comencé a leer mentalmente la carta, escuchando su aterciopelada e inconfundible voz en mi cabeza en vez de la mía propia.

Querida Bella:

No puedo vivir esta mentira que estoy viviendo contigo.

No soy humano, Bella, no puedo fingir ser algo que no soy.

Yo soy un monstruo, un ser creado para matar, hacer daño y crear el mal, un asesino.

No quiero matarte, Bella.

Por eso mismo me voy.

No puedo poner tu vida en peligro, de nuevo.

No puedo fingir cosas que no siento, ya no te amo, Bella, pude que lo de antes fuera amor, pero esto… no puedo vivir una mentira.

Sal adelante, por mí, por mí familia, por Charlie… por ti.

Vive la vida que yo nunca podré vivir… Se humana,

Vive.

Edward.

Me dejé caer por la pared mientras las lágrimas bajaban descontroladas, al igual que los sollozos que salían de mis labios.

Edward… Edward… Edward…

Nada tenía sentido en este mundo si no era con él…

Sin Edward mi corazón moría…

Sin Edward… yo moría.


Espero que os haya gustado...

o que os haya hecho llorar... no lo sé, simplemente espero que os sirva como ejemplo a las personas que participareis en el contest.

Millones de besos,

Cris

Nota: Lo continuaré, después del contest, lo prometo