Molly II y Lucy.

Su padre había abandonado a su familia durante años, por dinero. Por dinero.

Por dinero.

No se lo podían creer y mucho menos Lucy -para quien su padre era un ídolo-. Pero al ver la cabeza gacha de éste y que él mismo contó esa parte de la historia hizo que ambas pelirrojas se tomaran un tiempo para pensar. ¿Cómo pudo haber pasado aquello? ¿Cómo su padre, al que creían un buen hombre, abandona a su propia familia en un momento como aquel por un puesto de trabajo? ¿Por qué? Eran de las pocas que quedaban en el salón, y las dos se levantaron. Primero Molly y luego Lucy, cogiendo la mano de su hermana mayor para subir juntas a la habitación que había pertenecido a su padre. No estuvieron ni dos minutos solas cuando la abuela las interrumpió.

-¿Se puede, princesas? -les preguntó desde la puerta. Ambas secaron las lágrimas con sus manos y asintieron.- ¿Estáis bien?

-No. -confesó Lucy.- ¿Cómo quieres que estemos bien, abuela? Papá os traicionó.

-No nos traicionó.

-Os abandonó, que es lo mismo. -dijo Molly.- Pensé que él era un valiente de Gryffindor. -ambas hermanas eran águilas de Ravenclaw y envidiaban la casa a la que pertenecía su padre por su valentía, esa que veían en algunos de sus primos. La señora Weasley les sonrió y las dos adolescentes bajaron la mirada.

-¿Sabéis? -dijo la abuela Molly.- No me importa en lo más mínimo que vuestro padre no estuviera con nosotros esos años. No me importa.

-¿Cómo puedes decir que no te importa? ¡Es tu hijo! -dijo Lucy, llorando a mares.

-No me importa, porque no es importante. Lo verdaderamente importante es que volvió. Es que dejó atrás el enfado, el egoísmo, el miedo a volver y volvió con nosotros, a pelear.

-No es así, abuela. No es tan fácil. -dijo Molly II, mirando al suelo.

-Lo es. Vuestro padre siente culpa y arrepentimiento cada día de su vida. Él mismo vio morir ante sus ojos a vuestro tío Fred, el gemelo de George. Estaba hablando con él. También siente culpa por eso. Cariño, ¿por qué crees que te padre te ha llamado como a mi? Por la culpa. Y si tuviera un hijo apuesto mi varita a que lo hubiera llamado Arthur. -dijo la abuela. Sus dos nietas parecían estarse convenciendo que a lo mejor no era tan grave. Ella decidió convencerlas del todo.- Lo último que necesita él ahora es que vosotras os equivoquéis como lo hizo él. Porque si os enfadáis por esto, estaréis cometiendo el mismo error. Y el alumno siempre supera al maestro. En media hora cenamos.

La abuela salió de la habitación. Dejando a dos pelirrojas totalmente confusas.