Sin freno de mano – Capítulo 3
Marzo estaba siendo un mes inusualmente cálido y, por ahora, había brindado una serie de días soleados perfectos que permitían a los habitantes de la ciudad salir a pasear. Ese tiempo agradable había sido el culpable de que Francis empezara a pasar calor mientras descargaba los camiones. La sensación del sudor perlando su frente y su cuerpo, fuera de cierto ámbito, le disgustaba en sobremanera.
El martes día 13 de marzo Bonnefoy se encaminaba hacia el tercer camión de la mañana cuando, de repente, un bocinazo le hizo saltar literalmente. No fue el único, sus compañeros también se habían sobresaltado. Entornó el rostro y vio que el responsable era el camión recién llegado y que, de la ventanilla del conductor, sobresalía un brazo moreno que se agitaba frenético.
— ¡Franciiiis! ¡He vueltoooo! —gritó Antonio el cual, al haber parado el camión, pudo agitar ambos brazos.
De la estupefacción inicial pasó a la alegría, que se encargó de curvar sus labios. Sin embargo, pronto fue consciente de que sus compañeros le observaban, extrañados por la situación de la que eran testigos. Los nervios se instalaron en su pecho, anidando en éste, y deseó desde el fondo de su corazón que no se le notara en la cara la vergüenza. No obstante, Antonio se encontraba ajeno a dicho sentimiento, puesto que seguía agitando los brazos y gritando su nombre.
Sonrió, nervioso, alzó la mano y la agitó, para hacerle comprender que ya le había visto y que él también estaba contento de verle. Así era, pero ahora le carcomía la incertidumbre. ¿Qué habrían pensado sus compañeros? No se hacía normal que los mozos de almacén y los camioneros entablaran una relación tan estrecha como para pitar y agitar los brazos como loco. Eso le demostraba que Antonio se salía de lo normal. Ojo, no es que pensara que fuese malo.
Uno de sus compañeros, el que sería el encargado de descargar el camión de Fernández, se puso a hablar con éste y él aprovechó para volver al trabajo. Poco rato le hizo falta para darse cuenta de que estaba contento. Antonio había vuelto, por fin. Durante su ausencia, que no había sido para nada breve, Francis se había acordado bastante de él. Cada vez que veía pasar un camión, se fijaba en el remolque para ver si tenía escrito en él "Fernández". Durante dichos momentos, le preocupaba no saber nada de él. ¿Y si había tenido un accidente? Jamás se enteraría. ¿Y si le habían robado? Una de las cualidades -o defectos, según se mirara- de Antonio era el ser confiado.
Aquel círculo vicioso de pensamientos negativos engrosaba su preocupación hasta que, por fin, hoy se había desinflado. Se veía sano y entero, lo cual era bueno. A veces, cuando recordaba su llegada y la manera en la que le había saludado, se echaba a reír entre dientes.
Estuvo distraído con aquellos pensamientos, de manera que la mañana se le pasó en un suspiro. A las dos, Francis fue a recoger su bolsa de ropa y tan perezoso estaba y tantas ganas tenía de abandonar ese sitio que no le importó salir con el mono de trabajo. Paseó por el patio de la instalación, buscando el camión de Antonio, y lo vio aparcado fuera. Sonrió y puso rumbo hacia el lugar. Les separaban unos cien metros cuando por fin lo vislumbró.
— Debes estar de broma... —murmuró Francis entre dientes, hastiado.
El peculiar varón se hallaba en un lateral, cerca de una bomba de agua con la que contaba el vehículo. Lo único que llevaba puesto era un bóxer entallado que, al estar mojado, se pegaba a su piel. Por lo demás, Antonio estaba desnudo y se daba un agua para refrescarse después de un viaje tedioso y algo acalorado. Cerró el grifo, tomó una toalla y se la llevó a la cara para secársela. Fue en ese instante cuando se dio cuenta de la presencia del rubio.
— ¡Fran! —exclamó, radiante.
— ¡Eh, eh, eh! —gritó Bonnefoy, el cual había retrocedido por instinto—. Estás mojado, ni se te ocurra.
Fue agradable volver a escuchar la risa contagiosa del inquieto español. Suspiró con alivio al ver que su mensaje no había sido desoído. Antonio regresaba al lado del camión y se secaba con brío. El abrazo no se le iba a olvidar y ambos lo sabían.
— Veo que sigues igual de enérgico que siempre —murmuró con la vista perdida en ese cuerpo tostado y bien formado. Durante segundos, sus glúteos cubiertos por la tela mojada fueron la mejor atracción que le pudieran ofrecer.
— ¿Por qué no iba a estarlo? —inquirió el hispano, que terminaba de secarse por fin. Tomó la ropa, que estaba puesta en un lado alto, libre de grasa o cualquier otra sustancia que pudiera mancharla. Durante un segundo, sus ojos permanecieron fijos en los azules, que no captaban la indirecta—. ¿Qué? ¿Quieres ver cómo me cambio? ¿También quieres ver la "mercancía" que hay debajo de la ropa?
Tuvo que aguantarse las ganas de reír, porque esta vez Francis sí que se sonrojó violentamente y se dio la vuelta. Se quitó la prenda, se puso una nueva y, rápidamente, se tapó con la camiseta. Podía ver las orejas del mozo de almacén, coloradas como si hubiesen recibido durante demasiado el tiempo los rayos del Sol.
— Ya he acabado, ya puedes girarte —le anunció mientras que sus manos abrochaban la cremallera del pantalón y metían el botón plateado en su correspondiente ojal.
— Quiero disculparme por lo de antes. ¿No te ha pasado nunca eso de que miras algo y, por alguna razón extraña, no eres consciente de que es una persona y que ésta también puede verte? Tenía la mente en otra parte, lo lamento.
— ¿Te apetece comer conmigo? He ido a por comida al supermercado —le dijo Antonio, que ni siquiera quería entrar a discutir con él acerca si debía o no disculparse. Le había parecido ridículo. ¿Acaso pensaba que estaba molesto porque le había estado observando como un nómada que después de días en el desierto por fin encuentra agua? Sería apropiado decir que si experimentaba algo era la sensación de halago.
El rubio arqueó una ceja y, para rematarlo, ladeó la cabeza hacia su izquierda. En conjunto, Francis parecía uno de esos perros a los que cuando les diriges la palabra te miran casi como si pudieran entender lo que les estás diciendo. El esfuerzo que tuvo que realizar para que sus labios no se curvaran demasiado en una sonrisa fue tremendo. Podía notar los músculos del mentón y el cuello en tensión, para evitar dicho gesto.
— ¿Qué? —logró por fin articular el rubio, demostrando además una elocuencia exagerada.
— Te he preguntado que si quieres comer conmigo. Acabas de salir de trabajar, ¿verdad? Deduzco que no has almorzado y, casualidades de la vida, yo he comprado comida de sobras. No podría categorizarla de manjar, pero al menos nos servirá para no morir de inanición. ¿Qué me dices?
Alzó la mano derecha y se rascó la mejilla, aún perplejo. Al final se encogió de hombros y asintió con la cabeza. Que aceptara la propuesta hizo feliz a Antonio, el cual sonrió y, tras dejar la ropa mojada tendida sobre parte de la estructura del remolque, caminó hacia la parte trasera del mismo. Francis le seguía, intentando no hacer caso a esa vocecita en su cabeza que le tentaba a observar aquella escultural figura.
De un hábil salto, Antonio se montó en el remolque y fue hacia el interior. De detrás de una caja sacó una bolsa de supermercado, la cual había permanecido escondida hasta que el dueño había ido a reclamarla. Regresó hasta la puerta y se sentó sobre el suelo del remolque. Francis aún estaba en tierra, indeciso. Para terminar aquella incertidumbre, Antonio palmeó sobre la superficie sólida, justo a su lado, indicándole que ése era el lugar escogido para él.
Dio un salto, impulsándose con las manos, y una vez estuvo a la altura suficiente apoyó sus posaderas en la estructura. Los pies le quedaban colgando a unos centímetros del suelo, lo cual evocó a momentos de su niñez. Empezó a balancearlos, mientras observaba curioso lo que Antonio sacaba de la bolsa blanca de plástico.
— ¿Todo eso te ibas a comer tú solo? Es muchísima comida... —murmuró Bonnefoy por lo bajo, asombrado cuando los recipientes de plástico empezaron a apilarse a su alrededor.
— Delgado por el exterior, gordo en el interior.
— Además de viejo, ¿también gordo? Ay, Antonio, tu yo interior es muy diferente a tu yo exterior —replicó, risueño.
— Claro que sí. No dejo a cualquiera que lo conozca, así que deberías sentirte halagado —murmuró cantarín.
Después de que cada uno escogiera el alimento que más le llamaba la atención, ambos empezaron a devorar con ansia el contenido. Por motivos diferentes, ninguno de los dos había comido hasta el momento por lo que aunque la calidad no fuera la mejor les supo a gloria. Mientras comían, Antonio le contaba a Francis lo que había acontecido durante esos meses que había estado fuera.
A ratos, el rubio, embobado, examinaba los gestos vehementes de su acompañante, el cual explicaba cada anécdota con desmesurada pasión y energía. Su carcajada resonó por las inmediaciones cuando escuchó la historia de cómo Antonio se había visto atacado por lo que había pensado que era una inocente ardilla y que había resultado tener más carácter que toda la madre Rusia junta.
Durante esos minutos, Francis se percató de lo bien que se lo pasaba al lado de ese hombre. Sus conversaciones no profundizaban en temas de vital importancia, más bien se pasaban el rato diciendo tontería tras tontería, pero para él era más que suficiente. Sus charlas simples le dibujaban una sonrisa en el rostro que seguro que le duraría días.
Cuando terminaron de comer, Francis metió los restos desechables en otra bolsa para luego ir a tirarlos. Se inclinó hacia atrás, apoyó las manos sobre el suelo del remolque y alzó el rostro para observar el cielo azul. La digestión pesada le dejaba una sensación de sueño que le aturdía el cerebro. Por el rabillo del ojo vio que Antonio se levantaba y que se perdía en la parte trasera del camión. No le dio importancia, porque pronto regresó a su lado. Se puso de rodillas, como un chiquillo, y le tendió un sobrecito de papel.
— ¿Qué es eso?
— Venga, ábrelo —animó el varón de cabellos castaños, el cual ya había entregado el paquete a su acompañante. Éste examinó con curiosidad el exterior.
— ¿Pero qué es? ¡No me digas que has vuelto a comprarme algo...!
— ¡Me acordé de ti!
— Antonio, ¿qué te dije la última vez? Me siento muy mal, yo nunca tengo nada preparado para ti. No puedes ir trayéndome cosas de cada viaje que hagas por Europa. A este paso te vas a arruinar.
— ¡Anda! ¡No me seas dramático! ¿Cómo voy a arruinarme por comprar una botella de vino o lo que hay ahí dentro? ¡Tampoco son cosas tan caras! —refunfuñó el hispano, el cual empezaba a estar de morros—. No necesito que me tengas nada preparado, me hace feliz ver la cara que se te queda. Además, durante ese rato en el que me acuerdo de la gente que conozco no me siento tan solo.
— Creo que no existe hombre más terco que tú... —se quejó, derrotado, mientras abría el sobre de papel marrón. Una vez abierto, lo volteó sobre su propia mano y de entre el papel resbaló el contenido del mismo.
Sobre su mano cayó un colgante con forma de gota traslúcida. Parecía una resina que había sido coloreada, ligeramente, de azul. En el corazón de la gota, había un trozo de piedra pequeña, de una tonalidad más oscura y con apariencia cristalizada. Alzó el trozo de joyería y lo expuso a la luz, cosa que lo hizo verse brillante, deslumbrante.
— Es muy bonito... ¿Qué es? —preguntó Francis, al cual le faltaba el habla.
— Lo de fuera es resina de unos árboles que crecen en Rusia, no me preguntes el nombre. Lo del interior del colgante es una piedra que se llama Chalcantita. También se puede encontrar en España, o Alemania, pero la que tienes tú es de Rusia. Me han dicho que es un amuleto que fomenta la firmeza a la hora de tomar decisiones. Te protegerá cuando tengas que hacerlo.
Definitivamente, aquello le dejó de nuevo mudo. Antonio entonces buscó en el bolsillo del pantalón y le enseñó un amuleto similar, sólo que el suyo era de color verde.
— Aprovechando, me compré otro para mí. Me contaron que la piedra es diópsido. Dicen que ayuda a recargar energías, pensar positivamente y a apartar las energías negativas. También aporta consuelo en las pruebas de la vida. Me lo he memorizado porque me parecía que me pegaba mucho —admitió, con una risa tímida—. No tienes que llevarlo si no te gusta, pero el color me recordó mucho al de tus ojos.
Una sonrisa cargada de emociones, entre las cuales se podía distinguir cariño, la sorpresa y al mismo tiempo la alegría, se adueñó del rostro del rubio, el cual rozó con las yemas de la mano izquierda el colgante. Alzó la vista y le tendió el colgante. Una vez a salvo en la mano grande, áspera y cálida, se dio la vuelta y apartó su pelo para dejar al descubierto su cuello.
— Sí quiero llevarlo. Si me has traído un amuleto desde Rusia, lo mínimo que puedo hacer es llevarlo para que me ayude en tiempos de necesidad.
Agarró el colgante con una mano, pasó la otra por delante de él, rodeándole pero sin llegarle a tocar realmente. Los dedos rozaron ligeramente la piel de su cuello, cerró el broche y soltó la pieza, que ahora descansaba contra el pecho de Bonnefoy. Después de eso, recuperó su lugar y el rubio, distraído, observó el colgante con una expresión de contento.
Antonio le espió, de soslayo, y sonrió. Acto seguido, se movió y se echó, de lado, sobre el suelo. Bonnefoy pegó un respingo y miró hacia abajo para comprobar que, efectivamente, el hispano había apoyado la cabeza en su regazo.
— ¿Qué? ¿Soy una buena almohada? —le interrogó, con una ceja arqueada.
— De las mejores que he probado, no te lo voy a negar —respondió Antonio, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha en los labios.
— Muy listillo eres tú, ¿no? —murmuró el rubio, el cual pinzó la nariz del hispano.
Éste empezó a reír, arrugó la susodicha nariz y movió suavemente la cabeza hacia los lados para liberarse del agarre. Le dejó ir y cuando desvió su mirada se encontró con los ojos verdes de Antonio. Se veían aún más coloridos que normalmente, ya que la luz incidía sobre sus irises directamente y reavivaba cada tonalidad que los componían.
— Sólo un poco, pero juro no hacerlo con malicia.
Cerró de nuevo los ojos y se perdió en el aroma del rubio, el cual había añorado en estos largos días en que no había estado allí. Aprovechando que el otro no podía pillarle in fraganti, desde esa posición estudió detenidamente sus facciones, para memorizarlas. Estiró una mano y, con cuidado, empezó a tocar sus cabellos castaños, aún algo húmedos por el aseo.
— ¿Me lo imagino o te ha crecido el pelo?
La sorpresa inicial se difuminó, alejada por la relajante sensación que esos dedos meciendo sus cabellos le inducían.
— Sí me ha crecido, pero no he tenido tiempo de ir a la peluquería en Europa del este. Como no vaya pronto, entre el moreno y mis pintas voy a parecer un gitano del gueto.
Ambos rieron al imaginarle conduciendo una caravana llena de melocotones y con acento. Era un estereotipo de los fuertes, pero para distraerse en ese momento les servía. Enterró los dedos, suavemente, llegando a acariciar el cuero cabelludo. Sus cabellos castaños, como si fuera césped, asomaban entre sus dedos, apuntando en diferentes direcciones. Se notaba que estaba más largo porque los mechones llegaban a reposar encima de sus dedos.
— Pues sé cortar el pelo. Si no quieres gastar dinero en una peluquería, puedo cortártelo. Cuando estaba en casa, peinaba a mi hermana menor y me volví todo un experto. Tuve que aprender a la fuerza, para complacer su exigencia.
— ¿Harías eso por mí? —preguntó Antonio, el cual había vuelto a abrir los ojos.
— Claro, no es tanto problema. Tampoco tienes una melena digna de Rapunzel. Seguro que será poco tiempo.
— Cuando vuelva la próxima vez, entonces.
El rubio bajó la vista a la cabellera y, con el mismo cuidado, acarició de nuevo los cabellos rebeldes. Le agradaba cómo se resbalaban, huyendo de su tacto, dando la impresión de tener vida propia. No le pasó desapercibido el cambio en su expresión a Antonio, que rehuyó la imagen, con un pellizco en el pecho.
— Estaré un par de días fuera. Me voy esta noche a Madrid. Seguramente mañana estaré ya allí. Cargaré el camión y regresaré. Una vez aquí, tendré el resto de la semana libre antes de que me manden a otro lugar. Así que, si aún quieres, me gustaría que me cortaras el pelo.
Sus ojos se encontraron y las manos de Francis cesaron en ese mismo instante. Había algo entre ellos en ese momento, eran conscientes, pero ninguno de los dos se atrevía a definirlo por miedo a equivocarse. Y entonces una voz se alzó por encima de ese silencio. Era la voz de Gilbert, el cual llamaba el nombre del hispano. Francis apartó la mano de inmediato pero le sorprendió ver que Antonio no se alejaba. Cuando les vio, Beilschmidt se quedó quieto y arqueó una ceja. La imagen no era típica, eso seguro.
— Te estaba buscando, Antonio. ¿Qué hacéis?
— ¿Hablar del tiempo y descansar después de comer? —dijo Fernández, restándole importancia—. ¿Qué ocurre?
— Necesito que rellenes unos papeles y que, en media hora, tengas el camión en el muelle de carga número 4, porque vamos a meter la mercancía que tienes que entregar en Madrid —respondió el joven, después de dudar un segundo.
— Ahora voy, dame un minuto.
Gilbert se encogió de hombros y abandonó a aquellos dos mientras pensaba en lo que había visto que no era, por supuesto, nada habitual. Francis suspiró de forma inaudible y cuando bajó la mirada los ojos de Antonio le recibieron, dándole la bienvenida con aquel verde que evocaba a la naturaleza y que le envolvía. Haciendo gala de su torpeza, Francis se rio por lo bajo.
— Bueno, supongo que por hoy se ha acabado. Tendría que hacer la colada en casa, así que mejor voy y me pongo a ello. Ve con cuidado por la capital, ¿vale?
— Me gusta cuando demuestras que te preocupas por mí —respondió Antonio, con una sonrisa entretenida.
— Alguien tiene que hacerlo, ¿no crees? Con la cabeza loca que tienes, eres capaz de cometer alguna estupidez. Mejor que alguien te meta un poquito de sentido común en esa cabecita. Y con lo bien que me tratas, ¿cómo no me voy a preocupar por tu bienestar?
La sonrisa en la tez de Antonio era como un fantasma, un espejismo que se hacía tan fuerte en la mente que uno no sabía si realmente se encontraba allí o no. El joven con cabellos de color chocolate estiró la mano derecha y rozó la mejilla suave de Francis, el cual sentía el contacto arder. El hispano apoyó la otra contra el suelo y se incorporó lentamente. Su mirada azulada fue testigo de esa ascensión, al mismo tiempo que el ritmo cardíaco se le aceleraba. Durante décimas pudo percibir el olor de Antonio y, para su sorpresa, a pesar de que podría haberlo esperado, sintió el calor de sus labios contra los propios. Fue un contacto dulce que, por desgracia, desapareció de manera tan imprevista como había hecho acto de presencia.
En cosa de un par de segundos, Antonio se había alejado, dejándole la sensación de frío de nuevo, y había bajado del camión. Atusaba su ropa y su pelo a un ritmo acelerado, como si los nervios fueran los encargados de dirigir el timón. Francis ni siquiera podía hablar, se había quedado estático, con la mirada perdida en el infinito.
— Que tengas una buena noche, Fran.
Ni siquiera le ofreció el tiempo necesario para poder responder, el cual, sin duda, hubiera utilizado para preguntar acerca de lo que acababa de pasar. Consciente de ello, el hispano puso pies en polvorosa y abandonó el lugar dejando a Francis sentado en el interior del tráiler. Un minuto más tarde, aún solo, Bonnefoy gruñó y se dejó caer, quedando tumbado contra la superficie, sin pensar en que ésta pudiera estar sucia. Se cubrió la cara con las manos y se la frotó, frustrado.
— Maldito Antonio. ¡Serás tramposo...! Te me has adelantado.
Hola~
Dun dun duuuun ya pasó :3 Bueno, en algún momento seguro que iba a pasar xD so… No tengo nada que contar de este capítulo, si tenéis dudas, me lo decís. Paso a comentar reviews:
Lady Locura, bueno ya pongo en un principio que Francis no quiere estar en ese trabajo. No le pega pero la vida nos lleva a hacer trabajos que "no nos pegan". Al menos me alegra que con la personalidad y todo eso te acabe cuadrando xD No te preocupes por lo largo o no del review, me ha hecho feliz leerte y espero que la historia te siga gustando. ¡Saludos!
Scott Kirkland, bueno, ya he puesto un par de veces y creía que quedaba claro en el fanfic que Francis no tiene otra elección porque debe trabajar de algo y ese es el trabajo que le ha salido. No es que él haya escogido ese trabajo por gusto. Yo misma iba a trabajar de mozo de almacén pero por suerte me salió algo de mi sector y no tuve que acabar pero en momentos de necesidad, si no sale otra cosa, uno no puede esperar a que las cosas se le mejoren XD No entiendo por qué no sabes qué sentir. Me gustaría saber qué no te encaja de eso, no te lo tomes a mal. Espero por eso que te siga gustando la historia si la lees uvu. Muchas gracias por dedicarle tiempo a mi historia.
LaTipaAby, jajajaja no te preocupes, a mi me pasa lo mismo cuando leo fics de otra gente. Primero quiero que vaya lento pero luego ya es de: que se líen, ¡maldita sea! XD Awwww ;_; gracias, significa mucho para mí que me digas que te gusta cómo les escribo. Gracias. MUCHÍSIMAS gracias ;;_;; Ey, no necesito tampoco críticas elaboradas de mi escritura o así. A mí me gustan mucho los review que me dicen: ah esto me ha gustado mucho, esto me ha hecho chillar, he odiado a X personaje aquí, porque que reacciones a mi fic es uno de los mejores regalos. Poco a poco han ido conociéndose y atrayéndose. Jajajaja… ¿Así que quieres sufrir después de este fic? Venga, trato. No quiero que luego te arrepientas, ¿eh? XDDD
Zenithia, se acuerda bastante de él durante el viaje xD Creo que la combinación del vino y la vista panorámica del cuerpo de Antonio ha sido como si le hubiera tocado la lotería XD. Jajaja les imagino teniendo discusiones por las tonterías más grandes. Como buen inglés y español, claro que sí XD. Yo ya avisé de que tenía uno muy doloroso y uno fluff y no recuerdo quién fue me pidió el fluff, así que… Este va a ser dulce, bastante bonito. Pero es un pequeño oasis, ya sabéis que en mis historias normales suele haber sufrimiento ovo... Ya verás, acabarás echando de menos la diabetes de este fic XDDD
Eso es todo por esta vez,
Nos leemos en el siguiente.
¡Saludos!
Miruru.
