Disclaimer: Digimon no me pertenece y esto lo escribí sin ánimo de lucro. Este fic es propiedad de HikariCaelum.
Luces en el cielo
III
Castillos de nube y luces en el cielo
El cielo nocturno estaba bellamente adornado con el constante centellar de las estrellas y la hermosa y enorme luna llena era el gran faro y guía de todas ellas. Hikari y Takeru estaban sentados en la banca que tenían en el balcón de su departamento, disfrutando del panorama sin igual que el cielo había decidido regalarles para terminar con un ajetreado día.
Él la tenía entre sus brazos y con sus manos le acariciaba; mientras ella se acurrucaba, se pegaba lo más que podía a su cuerpo, su cabeza recargada en su hombro y su mano recorría su fornido pecho. La tranquilidad de la ciudad, en esa hora de la noche, hacía juego con sus pausadas y coordinadas respiraciones. Una suave, delicada y refrescante brisa se hacía presente y daba algunas pausas constantemente. Era como si el cosmos, del que todos formamos parte, respirara tranquilamente y ese proceso de inhalar y exhalar se manifestase en el viento.
La velada no había resultado tan bien como lo esperaban, pero lo importante era que habían hecho oficial ante sus familias la decisión que habían tomado. Era el paso natural a su relación, la siguiente etapa del compromiso. Se habían conocido desde muy jóvenes, sus familias se conocían, sus hermanos eran amigos y ellos hicieron buenas migas desde el inicio. Ambos sufrieron duros golpes en el transcurso de su vida y ambos tenían el mismo emisor: sus padres. En el caso de él, fue el divorcio; en el de ella, su constante ausencia.
—¿Estás bien? —le preguntó dubitativo, rompiendo el cómodo silencio en el que estaban insertos.
—Sí, ya me imaginaba un escenario semejante. Ya no es ninguna sorpresa para mí —respondió, serena—. ¿Y tú? ¿Cómo te sentiste con tu familia?
—Bien, yo también me hice a la idea de que mis padres no volverían a estar juntos nunca más. A veces creo que fue lo mejor, cada vez que pensaba en ello, indudablemente me hacía daño. No obstante y tengan sus diferencias, me es imposible odiarlos; aún conservo un profundo cariño por cada uno de ellos. Me alegró, sobremanera, que el día de hoy nos tratamos civilizadamente. Me parece que hicimos una breve tregua de la constante indiferencia, discusiones y reclamos.
Otro silencio volvió a envolverlos, pero su agarre se hizo más fuerte, como demostrándose que el uno contaba con el otro. Que ese vacío que llevaban en el alma podía ser reconfortado y llenado. Que no estaban solos. Ya no, ahora sus soledades se hacían compañía.
—Takeru…
—Dime.
—¿Qué piensas sobre nuestro futuro?
Aunque no lo expresara, en su tono de voz se podía percibir un miedo latente, miedo a la incertidumbre ante la oscura niebla que envuelve al futuro; el negro velo que lo oculta. A pesar de que sus dudas eran comprensibles, no dejaban de hacerle gracia a su acompañante.
—No lo sé a ciencia cierta. Lo único que visualizo en mi futuro es tenerte junto a mí. No importa cómo sea o las circunstancias; pero no lo concibo sin ti.
Una dulce y bella sonrisa adorno el rostro de la chica. En sus ojos comenzó a billar un fulgor de esperanza, de confianza, de ilusión.
—Sabes, nunca hemos hablado de ello, pero me gustaría mucho tener un hijo —confesó.
—¿Sólo uno? Yo pensaba en unos dos o tres.
Comenzaron a reír, era una táctica que usaban para hacer amenas las pláticas serias; sin perder cierta solemnidad que suelen llevar ese tipo de conversaciones. Sólo era otra forma en la que lograban conectarse como cómplices. De repente, un pequeño haz de luz cruzó todo el firmamento. Un evento como aquel era muy difícil de presenciar y una total fortuna. Al parecer el destino quería darles un regalo.
Sin perder tiempo, cada uno cerró los ojos y depositó su confianza en el universo para que acomodara todo en su sitio y su más grande anhelo se cumpliese.
—¿Qué deseo pediste? —preguntó curiosa.
—Eso no se dice, sino, no se cumplirá.
Lo que ninguno de los dos sabía es que su deseo era el mismo. Cada uno pedía por tener la dicha y la suerte de contar con la compañía del otro. Querían seguirla conservando, que fuese esa pequeña luz que los iluminase en la penumbra del futuro. Que fuera su sostén, su camino, su puente; y en compensación, ellos se ofrecían para hacer lo mismo. No tendrían que preocuparse por lo suyo, el otro estaba al pendiente.
Decidieron continuar con su amena charla. Juntos comenzaron a construir un futuro soñado, armar un bello castillo en la más alta de las nubes. La luz de la alborada empezó a vislumbrarse en el horizonte. En todo ese tiempo mantuvieron su abrazo y se enfocaron en su pasatiempo favorito: soñar despiertos.
Este capítulo tiene una razón de orden. Lo planeé para publicarlo a las 12:00, tiempo de España, porque es cuando el sol alcanza su punto más alto y alumbra con todo su esplendor (en teoría, pero esa es la idea).
