Sinopsis: A veces, solo necesitas bajar el ritmo y tomarte una siesta.
Nota de la autora: Honestamente, no iba a escribir nada para este día. El prompt no me disparaba ninguna idea, así que me frustré y me fui a dormir una siesta. Fue una siesta muy buena. Quiero decir, ¿saben ese tipo de siestas en las que te despertás para darte cuenta de que babeaste toda la almohada y no recordás ni en qué año estás? Bueno, ese tipo de siesta (mi hermana incluso me hizo una broma, me dijo que estábamos en Junio y yo me quedé como "¡¿QUÉ CARAJO, CUÁNTO DORMÍ?!" pero esa es una historia para otra ocasión). Bueno, adivinen qué fue lo primero que pensé cuando me desperté. Exacto, la tierna y pequeña pareja que ha tomado control de mi vida. Es que pensé, "guau, Loke y Aries deberían tomar una siesta juntos y tener un momento acogedor juntos". Así que tomé mi lapicera, escribí este fic a la velocidad de la luz y este es el resultado. También, este fic de alguna manera es sensual pero no sexual. Salió medio raro en ese sentido.
Habiendo dicho eso, por favor disfruten del fic.
Day 4: Date= "Cita". Para este día se me ocurrió escribir lo que sucedería al terminar una cita entre estas dos ternuras.
Una siesta
-Después de ti-dijo el caballeroso León, sosteniendo la reja del barco para dejarle paso en la bajada de la embarcación.
Aries se ruborizó, pero caminó con seguridad fuera del barco para pisar tierra firme en la constelación del Carnero. La cita había sido estupenda. A pesar de que la tímida pelirrosa había sido un manojo de nervios más temprano, la actitud fluida y experimentada de Leo la había descontracturado lentamente hasta que había dejado de tartamudear y disculparse por cada pequeño acto que cometía. Una vez relajada, la cita había corrido maravillosamente, habían almorzado en un restaurante acorde a los estándares del rey del zodiaco y tomado un romántico paseo en bote por la Vía Láctea. Curiosamente, ahora que la cita estaba culminando, el cordero no quería que llegara a su fin.
Sin embargo, el encuentro no había transcurrido sin percances. De camino hacia el paseo en bote Loke había sentido el llamado de Lucy y tuvo que abandonar a Aries con una disculpa sincera en los labios. Aunque el inconveniente no había durado más de un minuto debido a la diferencia de tiempo entre Earthland y el Mundo Celestial, Loke había regresado con la melena despeinada y bolsas bajo los ojos. Había ganado la batalla, pero la pelea había drenado su fuerza y ya no mostraba la vitalidad que había exhibido antes. Nunca lo admitiría en voz alta, pero lo aliviaba que la cita estuviera llegando a su fin, pues no podía aguantar mucho más tiempo despierto. Necesitaba descansar.
Cruzaron las colinas que conformaban el Reino del Canero sin intercambiar palabras, Loke demasiado cansado como para hablar y Aries sumida en sus propios pensamientos. La supernova que hacía las veces de sol en la dimensión interestelar alumbraba con fuerza los prados, la resolana afectaba al León incluso con sus gafas de sol puestas, y supo que no podría mantener los ojos abiertos por más tiempo. Quiso apurar el paso para llegar a la casa de la caprina lo antes posible cuando percibió que su compañera se había detenido.
-Aries, ¿sucede algo?-preguntó volteándose.
-Siempre me gustó este prado. Se conserva florido todos los días del año-suspiró ella observando el suelo.
Fue entonces cuando el Loke se dio cuenta de que, ensimismado en su propio agotamiento, no se había percatado de que estaban en una colina con flores silvestres cuyos capullos liberaban luz estelar. Las luces se entremezclaban combinando diferentes colores antes de ascender al cielo y perderse con las demás estrellas. Vaya. Realmente debía estar pulverizado si no había visto el espectáculo antes.
-¿Quieres sentarte?-preguntó ella inocentemente, ignorante de su extenuación.
Loke no dudo en asentir con toda la educación posible. Tal vez estuviera cansado, pero era un caballero por naturaleza, y sus instintos primarios le urgían complacer los deseos de su pareja antes que los propios. Además, el descanso y calor que pudieran proporcionar una cama en ese momento no podían competir con pasar un rato más con la maravillosa mujer que tenía a su lado.
-Nada me gustaría más-dijo con un brillo pícaro en los ojos.
Aries se ruborizó ante tal declaración, pero creó una manta de lana sobre el pasto y se sentó sobre ella. Esperaba que Leo se sentara a su lado, por eso la tomó por sorpresa cuando la piel en su columna se erizó al sentirlo acomodarse detrás de ella con una pierna a cada lado de su cuerpo, y el pecho prácticamente pegado a su espalda. El León se apoyó sobre sus manos para darse estabilidad antes de posar su mentón sobre el hombro de la muchacha. Ella tragó saliva, de repente plenamente consciente de cada pequeño movimiento que daba su cuerpo mientras sentía que sus mejillas se oscurecían. Leo estaba extremadamente cerca.
Él pareció percibir su tensión porque alejó un poco la cabeza antes de preguntar:
-¿Te encuentras bien?
-¡Sí!-se apresuró a contestar ella. Después de unos segundos agregó-Me sorprendiste, eso es todo.
-¿Es demasiado cerca?-preguntó el León, súbitamente preocupado.
-No… en lo absoluto… está bien, es… lindo-murmuró la joven tan bajo que, si no hubiera sido por sus finos oídos, el felino no la hubiera escuchado.
Sonrió al oírla admitir sus sentimientos. Levantó una mano para dejar que sus nudillos vagabundearan por el brazo de la pelirrosa, antes de subir el apéndice y pasear la yema de sus dedos por ese cuello de jazmín y cerezas. Notó que la piel estaba de gallina bajo sus dedos, lo que le daba una interesante textura sobre la cual jugar.
-Me gusta estar cerca de ti-le susurró al oído, ganándose un suave jadeo y temblor por parte de ella-Me gusta acariciarte… tocar tu suave piel, sentir cómo te estremeces, saborear tus labios, besar cada rincón de tu cuerpo…
-Leo…-gimió ella imperceptiblemente. Podía sentirle el aliento revoloteando por su nuca, erizando su piel y llenándole el estómago de mariposas. Él le corrió el cabello a un costado para descubrirle el hombro y cuello, y unos segundos después sintió sus labios sobre su temblorosa piel, no besando, simplemente acariciando, rozando, tentando sin consumar. Volteó el rostro para tratar de encontrar esos labios, pero él se los negó sutilmente, optando por seguir camino más abajo, recorriendo su omoplato y hombro con etéreos besos, volviéndola loca.
-¡Lo estás haciendo a propósito!-lo acusó ella con el ceño fruncido por la frustración de no obtener lo que deseaba.
-Puede ser…-admitió él trabando miradas con una sonrisa traviesa. Pero la sonrisa desapareció un instante después junto con el juego en sus ojos para revelar extenuación a través de sus gafas de sol-Pero lo cierto es que estoy muy cansado, Aries. Esta vez soy yo el que va a tener que disculparse. No voy a poder complacerte correctamente hoy.
La muchacha se ruborizó furiosamente al escuchar esa declaración y rompió el contacto visual ante de asegurar con rapidez:-¡No, no! ¡No te preocupes, Leo! ¡Lo siento, lo siento! ¡No te sientas obligado a nada!-dijo agachando la cabeza.
El muchacho le levantó la barbilla para poder volver a mirarla a los ojos con una sonrisa cálida.
-Aries, no tienes que disculparte. ¿Te importa si simplemente nos quedamos así, descansando un poco?
-Claro-murmuró ella-Podemos quedarnos como te sientas más cómodo.
-Qué bueno-susurró él antes de cerrar los ojos y echarse hacia atrás sobre el manto de lana rosa, llevándose a su cordero con él para acostarla sobre su pecho.
La chica jadeó de sorpresa, pues no se esperaba el movimiento. Leo la tenía firmemente abrazada entre sus brazos, y no parecía tener intenciones de soltarla. Levantó la vista pero él tenía los ojos cerrados, aparentemente habiendo sucumbido ya al reino de los sueños. Su rostro estaba ladeado al costado, el temple relajado, los labios levemente entreabiertos y su respiración regular. Aries sonrió, pues en este estado parecía más un niño que un fuerte espíritu celestial.
Entonces, un suave sonido comenzó a decorar el aire, y regulares zumbidos vibraron en el pecho de Leo. Aries se sobresaltó, antes de darse cuenta de que el felino estaba dulcemente ronroneando. Sonrió con rubor tintando sus mejillas al verlo tan tranquilo y relajado.
El maternal Carnero le removió los anteojos y los dejó a un lado para que no lo molestaran en su descanso, antes de acurrucarse contra su amado, cerrar los ojos y dejar que el ronroneo la arrullara a unírsele en un sueño pacífico del que tardaron horas en despertar.
