Deseo

El deseo era abrumador, sofocante, tóxico, deliciosamente adictivo.

El deseo despertaba un cosquilleo que recorría su espina dorsal de arriba abajo causando toda clase de sensaciones maravillosas y desconocidas.

El deseo envolvía su cuerpo, torturándolo dulce y lentamente cada vez que sus ojos y los de aquella criatura hermosa se encontraban, fuera por accidente o porque desesperados buscaban acariciarse de algún modo, con la mirada, porque el contacto piel a piel estaba prohibido.

Prohibido, ése deseo era prohibido.

Abrumador, sofocante, tóxico, deliciosamente adictivo. Y prohibido.

Amor y deseo, los dos devoraban cada fibra de su ser, y ambos estaban prohibidos.

¿Entonces por qué algo me dice que no está lejos el día en que me adormezca en sus brazos escuchando los latidos de su corazón?

Distaba de saber que aquello era imposible.

Imposible, tan imposible como controlar su deseo.

Imposible, tan imposible como dominar ese amor.

Porque el hombre al que ella adoraba a lo lejos y en silencio era parte de una especie cuyos corazones no laten, porque dentro de sus pechos están congelados, y así lo estarán para siempre.

Tony Almeida, su amor prohibido, era más que su jefe, era más que su superior.

Era un vampiro.

Y de él ella se había enamorado.

A él ella lo deseaba.

Abrumadora, sofocante, tóxica y deliciosamente, lo deseaba.