Luego de más de un año, por fin me digno a updatear. Perdón por la espera, anduve practicando a estos personajes en un juego de Rol y pues eso se ha estado robando mi musa (y lo sigue haciendo lsdklsdf xD) pero aquí está ya la tercera parte. Espero que sea de su agrado

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One Shot Series: JAMIR

Parte 3: Krios

Sus pequeños pies colgaban bamboleándose mientras esperaba pacientemente el desayuno, sentado a la mesa de la cocina.

Era temprano y la aurora aún no se hacía presente por las ventanas, pero como todos los días, su maestro lo hacía madrugar para aprovechar al máximo la mañana; la luz de un par de lámparas de aceite empotradas en las paredes siendo su único apoyo ante la oscuridad mientras esperaban el alba.

El niño nunca estaba seguro de qué actividades realizaría, pues su tutor no seguía un horario calendarizado, al menos no después de algunos meses de intentarlo sin éxito. El hiperactivo pelirrojo se aburría y se negaba rotundamente a levantarse de la cama al saber que a cierta hora en cierto día debía hacer algo que no le causaba ninguna gracia, como por ejemplo, las clases de lectura o peor aún, la hora del baño. Así pues, era mucho más conveniente para ambos improvisar: Kiki estaría a la expectativa de algo divertido, como las actividades al aire libre y Mu no tendría que preocuparse tanto por tener en sus manos a un niño pre-indispuesto cuando se trataba de empezar un entrenamiento repetitivo.

Un breve bostezo escapó de su boca, mientras con la mirada seguía los movimientos de su maestro, el cual revisaba los cajones de despensa con cuidado. Decidió atinadamente no interrumpirlo con su acostumbrado "¿Qué vamos a desayunar, Maestro Mu?" pues podía notar en el ceño fruncido del joven un gesto consternado. Kiki solo esperaba que eso no se relacionara con cierto evento la noche anterior, cuando al haber sentido un poco de hambre antes de dormir, se escabulló a la cocina asaltando la despensa a hurtadillas en busca de golosinas. No era como si no lo hubiera hecho muchas veces antes de todas formas, apenas había aprendido a teletransportarse de habitación en habitación. ¿Mu se habría dado cuenta al fin?

Estuvo a la espera de la reacción de su maestro, pero al no recibir ningún tipo de regaño de su parte, se relajó y aún adormilado, recargó su cabeza sobre la mesa, cerrando los ojos y entreteniéndose con los sonidos de la habitación para no quedarse dormido. Podía escuchar claramente los crujidos amplificados de los pasos de Mu sobre las duelas del piso, el abrir y cerrar de cajas y por último, sus propios golpeteos con la yema de los dedos sobre la madera.

El ritmo de sus toques iba perdiendo intensidad y frecuencia al irse desvaneciendo arrullado en sueños. Ese ahí enfrente era un caramelo de lo más grande y se veía delicioso. Seguramente si le diese aunque fuera un pequeño mordisco, habría valido la pena corretearlo colina abajo esquivando a las cabras que pastaban por ahí. Casi estuvo a punto de alcanzarlo, un rastro de saliva escapando de sus sonrientes labios, cuando el sonido de un objeto grande siendo colocado en la mesa lo hizo enderezarse de golpe. Miró sus alrededores un poco confundido y luego de comprobar que no había ningún caramelo gigante en la cocina, volvió su atención a Mu. El muchacho servía harina en un tazón, la cual extrajo de un contenedor de madera con sumo cuidado para obtener lo más posible; eran apenas los puñados necesarios para llenar el pequeño recipiente.

"¿Qué es eso?" preguntó curioso el niño.

"Tsampa" Le respondió su maestro mientras colocaba la caja vacía en el suelo y se disponía a agregar el pedazo de mantequilla que había sobrado de la preparación del té, sobre la harina. El niño seguía los movimientos de su tutor mientras éste traía ahora la tetera con té caliente, vertiendo un poco, lo suficiente, sobre el montículo de harina en el tazón. Mu entonces se sentó a la mesa esperando que el contenido del plato se enfriase y entonces lo colocó frente al niño, ofreciéndoselo.

Kiki se quedó mirando, confundido. Giró la cabeza hacia a su maestro esperando que le explicara que era aquello. ¿Era eso su desayuno? Mu sin embargo, no le estaba prestando atención pues ahora se encontraba ocupado escribiendo algo en unas hojas que había hecho aparecer sobre la mesa.

Tentativamente, comenzó a picotear la harina con un dedo que luego llevó a su boca para probar su sabor. Nada fuera de lo común, pero tampoco apetitoso.

"Maestro Mu, ¿cómo se come esto?" le llamó de nuevo, revisando si no había una cuchara cerca de su plato que hubiese pasado desapercibida.

"Debes mezclarlo hasta obtener una masa, Kiki. Con ella formas esferas que puedes comer a bocados o guardar para después." Respondió el joven sin levantar la vista del papel, dejar de escribir o siquiera cambiar el tono de su voz, para luego agregar: "Como los que sueles tomar de las alacenas por la noche."

Oh, sí se había dado cuenta.
Y probablemente estaba enojado.

El niño, un tanto apenado, levantó sus manitas sobre el plato para empezar con la tarea, pero justo a punto de meterlas de lleno en el recipiente, dudó un momento. Era mejor preguntar y así procurar no molestar más al joven.

"¿Con las manos, Maestro Mu?"

"Sí."

"Bueno."

Hundió los dedos y empezó a apretar la harina. El té tibio se le escurría entre las manos y hacía ruidos graciosos al tomar puñados del revoltijo. Divertido, entre risitas, su pequeña lengua se asomaba chuscamente por su boca mientras se hincaba reacomodándose sobre la silla para poder ver mejor. Luego de un rato de juguetear con el plato y terminar con las manos pegosteadas de una sustancia chiclosa, comenzó a dudar si estaba haciendo las cosas bien.

Al no poder librarse ahora del batido que envolvía sus manos, lo más lógico le pareció lamerlas pero se detuvo de inmediato cuando sintió la mirada de su maestro fija en él. Levantó la vista y así era.

"Maestro, usted me dijo que-"

"Lo sé."

Hubo una pausa mientras los dos se miraban sin saber qué hacer hasta que Mu, luego de soltar un breve suspiro, se puso de pie, trajo consigo un recipiente con agua que hacía de lavadero, tomó al niño de la mano y le enjuagó el desastre. El muchacho entonces tomó el plato para mezclar el contenido él mismo y de pie al lado de Kiki, se inclinó hacia enfrente para que éste pudiera ver cómo se hacía. Diestramente, con una mano giraba el plato en una dirección mientras con la otra revolvía jalando hacia el lado contrario. Procediendo así, en un minuto la masa resultante tenía la consistencia deseada y era posible malearla con facilidad. Entregó al niño una pequeña bolita que había separado como muestra, mientras el resto lo dejaba en el plato y lo volvía a colocar frente a Kiki, sobre la mesa, para luego retomar su lugar.

Kiki no perdió ni un detalle de todo esto, incluso notó como su maestro muy discretamente quitaba con sus labios los restos de masa que habían quedado entre sus dedos antes de limpiarse con una toalla y así continuar con sus escritos. Y él que pensaba que eso no se debía hacer. Se encogió de hombros y regresó su atención a la pelotita de masa en sus manos, comenzando a mordisquearla. Las croquetas de Pa* siempre le habían gustado, sobre todo porque tenían un sabor dulce gracias a la miel que Mu utilizaba para darles más tiempo de almacenaje en la alacena y así tener un frasco lleno en caso de requerir de una fuente calórica extra. Eran una tentación muy grande y Kiki se las había comido todas de apenas descubrió su ubicación; desapareciendo las últimas justamente la noche anterior en su viaje clandestino a la cocina.

Ésta que estaba recién hecha, sin embargo, era mucho más suave y obviamente no tenía miel, por lo que su sabor era más salado debido a la mantequilla, aunque no podía decir que le era desagradable. Sin mucho detenimiento, se la puso entera en la boca y la masticó toda mientras pellizcaba otro pedazo del tazón. Ahora si era posible tomar la masa con los dedos sin que se le pegara, por lo que luego de juntar bolitas de diferentes tamaños, se le ocurrió darles formas diferentes.

Y entonces, poco a poco, una bolita grande se convirtió en una panza y cuatro bolitas más chicas pegadas en la parte de abajo le servían de patas, seguidas por otra bolita de tamaño mediano en la parte de arriba a la que le picó dos agujeros que hacían de ojos. Un corderito. Pero un corderito nunca debe estar solo, así que decidió hacerle compañía. No mucho después, sobre la mesa, Kiki tenía un rebaño de ovejas mantequillosas.

Mu seguía inmerso en sus apuntes y no se habría dado cuenta de los juegos del niño de no ser porque, sobresaltado, alzó el rostro con los ojos bien abiertos en dirección a su protegido cuando lo escuchó balar sonoramente, su voz aguda haciendo eco por toda la cocina al imitar fielmente el sonido de los animales.

"¡BAAAAAAAAAAAAAH! ¡BAAAAAAAAAAAHH!", repetía Kiki al mover las figuras de harina, haciéndolas saltar sobre su tazón.

Perplejo por las acciones del niño, Mu se quedó mirándolo jugar un rato. No podía negar que frente a él tenía la pintoresca imagen propia de un infante pequeño como lo era su alumno, pero al mismo tiempo, no se suponía que el chiquillo estuviese jugando con sus alimentos, por muy humildes que fuesen.

"Kiki, ¿son ovejas?"

"¡Sí, Maestro Mu!" respondió entusiasmado y emocionado porque su maestro le preguntara sobre su juego "Este de aquí es Tashi, este es Dorje, esta que le gana a todos es Yeshe. ¡Son amigos y tienen una competencia para ver quien salta más alto!"

"Bien pero, ¿con qué las hiciste?" Interrumpió Mu serenamente.

"Con la masa de tsampa."

"¿Y qué debías hacer con ella?"

"¿… comerla?"

Mu asintió, sin retirar la vista de los ojos del niño. "El día de hoy nos espera una cantidad importante de actividades que comenzaremos a realizar dentro de poco. Debes haber tomado tu desayuno para entonces. Termina tu plato."

Kiki se quedó en silencio con la vista baja al escuchar la retórica de su tutor, su rostro mostrando a cada segundo que transcurría, un creciente puchero.

"Pero… no quiero comerme a Dorje, ni a Tashi, ni a Yeshe, Maestro Mu."

"Kiki… "

"¡No quiero!" Respondió retadoramente, reuniendo con sus brazos el rebaño de figuritas, con voz temblorosa, seguida por gimoteos, los cuales no tardaron en convertirse en llanto.

Mu apretó los labios frente al desplante de su alumno y esperó a que el niño se calmara un poco. Hizo a un lado los papeles que tenía frente a él y recargó sus manos sobre la mesa, entrelazando sus dedos. Sin retirar los ojos de Kiki, inició su relato.

"Kiki, las ovejas, desde tiempos inmemoriales han acompañado a la humanidad. Son criaturas humildes y dóciles siempre a su servicio. Gracias a ellas, el hombre pudo vestir, protegerse del frío; sobrevivir al invierno al tener la posibilidad de alimentar a sus familias cuando los campos áridos no habrían de permitir una cosecha exitosa. Durante milenios, también, fueron ofrecidas a los dioses para honrarlos."

Esperó un poco, midiendo la atención de su alumno.

"¿Recuerdas el mito de Krios Khrysomallos?" El niño asintió, limpiándose las lágrimas al recordar la vez que su maestro le había narrado la historia sobre la constelación bajo la cual ambos habían nacido. Parecía ya más tranquilo, tratando de seguir el razonamiento de su maestro.

"Por su acto noble y desinteresado, ahora tiene un lugar en el firmamento."

"Pero es muy triste, Maestro Mu. Ayudó al príncipe y luego murió. Eso es triste."

"La generosidad jamás es motivo de tristeza, Kiki."

Hubo una larga pausa. Luego de escucharlo decir aquello, Kiki se quedó estudiando atentamente el rostro sereno de su joven maestro, admirado. Siempre parecía tener la respuesta correcta y, aunque no creía entender del todo su significado, él podía sentir la veracidad y convicción en sus palabras.

Fue entonces que el sonido de un estómago replicante rompió el silencio. Kiki volteó hacia sí mismo como reflejo, pero no, no había sido él. Al levantar la vista nuevamente, pudo observar como su maestro, con un marcado rubor en las mejillas, desviaba la mirada hacia algún punto distante en la esquina de la habitación.

Confundido por el hecho, Kiki buscó el plato de su maestro sobre la mesa sin éxito; ahí no se encontraba nada más que los papeles que había hecho a un lado. Ahora que hacía memoria, no recordaba haberlo visto cenar tampoco. Ni siquiera se había servido el sobrante de té, probablemente guardándolo para él por si el tazón de tsampa no le era suficiente. Al darse cuenta de esto, sorprendido y un tanto apenado, el chiquillo de inmediato regresó la mirada hacia su plato y sus amigos de masa.

"¡Maestro Mu!" levantó la voz abalanzándose sobre la mesa y estirando sus brazos hacia su tutor, en sus manos la pieza más grande de su "rebaño", siendo ofrecida sin miramientos.

El semblante del joven, pasado el sobresalto generado por el ruidoso niño, se dulcificó, regalando a su alumno una ligera sonrisa comprensiva.

"¿Estás seguro, Kiki?"

Kiki no podría haber enfatizado más su respuesta con la forma en que consentía con la cabeza, "Sí. Yeshe quiere ayudar."

No deseando desairar a su protegido, Mu accedió al ofrecimiento. Recibió la figurita de las manos de su alumno con una pequeña reverencia. "Es un gesto muy valiente y generoso de su parte, lo agradezco."

"Probablemente Dorje y Tashi compartan sus sentimientos y quieran serte de utilidad también." Agregó mientras Kiki se reacomodaba en su lugar en la mesa.

El pequeño niño asintió, tocando con los dedos los muñones que hacían de cabeza a sus otros dos corderos para luego devolverle una media sonrisa a su maestro. "Es porque son ovejas también. Como el carnero dorado."

Fue el turno de asentir aprobatoriamente de Mu y un breve suspiro de alivio escapó de sus labios al ver que su alumno reanudaba su desayuno por fin. Pero no solo eso, el pequeño mostraba virtudes envidiables a tan corta edad y aprendía rápido, con un corazón compasivo. No podía evitar el sentimiento de orgullo invadirlo.

Ahora, tan solo debía terminar los ajustes necesarios en la lista de compras para que estas situaciones no volvieran a darse, e iría, junto con el pequeño, a reabastecer sus provisiones al pueblo más cercano.

Eso, y conseguirle algunos juguetes.

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N.A/

Tsampa: harina de cebada. Es el alimento por excelencia en las planicies del Tíbet.

Pa: así se le llama a las bolitas de harina preparadas con tsampa y té de mantequilla.

Krios Khrysomallos: El Carnero del Vellocino Dorado.

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No mucho que decir, solo quisiera agradecer los reviews que tan amablemente me han dejado por aquí, ¡los aprecio muchísimo! Muchas gracias y esperemos que no tarde tanto en salir la siguiente parte. ¡Kiki seguirá haciendo de las suyas!