Decir que abandoné esta historia es poco, y lo peor es que no es la única. Pero me puse las pilas estos últimos días y pasé a Word todas las ideas que tenía guardadas en mi cabeza desde hacía mucho tiempo. Además de este capítulo, sólo quedan cuatro más, que calculo que tendrán la misma extensión que este, aproximadamente.

Espero que alguien lo lea y lo disfrute :)

Disclaimer: Bleach y sus personajes son de Tite Kubo


Reivindicación

Repercusión II

Momo salió corriendo casi sin pensar hacia la Décima División. Al llegar atravesó los pasillos ignorando las miradas y los comentarios. Los subordinados, shinigamis de bajo rango de aquella unidad, no parecían tenerle el respeto que sí lograban tener otros tenientes. Había tenientes como Renji, como Iba-san o Hisagi cuya palabra, además de la de los capitanes, eran la ley. Ella no era como ellos, quería ser una buena teniente, pero su autoridad a veces no era suficiente, y ahora se daba cuenta de ello. Pero en el fondo era fuerte, porque no cualquiera podía llegar a ser teniente sin tener temple y habilidades. En aquel momento era fuerte, porque fingía no escuchar los comentarios hirientes que recibía.

Un subordinado se le acercó: –¿Viene a visitar a Hitsugaya-taicho, Hinamori-fukutaicho?

Aquel hombre gentilmente le había preguntado algo obvio. Siempre que llegaba a la Décima División era para ver a Toushirou-kun, pero el tono calmado, la ligera y educada sonrisa le habían cambiado el ánimo. La trataba como si no supiera nada de lo que había sucedido. Como si no importara.

–Así es. ¿Está en su oficina?

Eso la había alegrado, sintió la esperanza de que tal vez Shiro-chan hiciera lo mismo que aquél shinigami. No quería a Shiro-chan enojado con ella y sabía cuánto le afectaba el tema de Aizen a él.

Entró a su oficina con el sigilo de un ninja. Como siempre que Rangiku no estaba cerca, la oficina se hundía en un profundo silencio. Ni una mosca volaba y no parecía haber ninguna otra alma en el lugar más que la del capitán. Hyorinmaru yacía apoyada contra la pared, al lado del marco de la puerta y enfrente el inmenso escritorio con una pila de papeles más alta que el propio Hitsugaya.

Él al principio ignoró la presencia de ella, concentrado en seguir completando su papelerío. Momo no decía nada, no sabía que decirle exactamente, y toser para llamar su atención le parecía un tanto grosero.

–¿Qué quieres, Hinamori? –preguntó Toushirou.

Momo se encogió de hombros, intimidada por la fría actitud de su amigo: –Solo venía de visita –se excusó torpemente–. Quería saber cómo estabas, Shiro-chan.

–Estoy bien.

Hitsugaya la miró escéptico y siguió completando los formularios en silencio por unos largos segundos. Luego suspiró cansado y apoyo abruptamente la pluma en el escritorio.

–Si vas a decir algo dilo de una vez, es molesto que no le despegues la vista a esa estúpida revista.

Momo le miraba con una mirada asustada y piadosa. Era muy propio de ella mostrarse consternada y afligida fácilmente y eso ya no le parecía irritante a Toushirou, sino que lo invitaba a que dedicase su tiempo para que ella cambiara de expresión por una plena y en lo posible alegre.

–Sé… sé que Shiro-chan no me apoya con esto… –dijo en referencia a la Revista.

–Es verdad –le interrumpió–. No te apoyo ni te comprendo, Hinamori, pero sé que entre más que intente convencerte para odiar a Aizen tú no vas a cambiar. No importa, mientras no estés sufriendo por mi está bien. Eres bondadosa

–No estoy sufriendo por Aizen-taicho, no va a lastimarme de nuevo –aseguró.

–Entonces está bien. No volveremos a saber de Aizen en mucho tiempo, y para ese entonces yo me haré más fuerte y no tendrás de qué preocuparte.

Toushirou sonrió de lado después de haber pronunciado aquellas palabras que lograron que las mejillas de Momo ardieran por un instante

–Gracias Shiro-chan.

–¿Nunca vas a decirme Hitsugaya-taicho, verdad? –bromeó.

–No, Shiro-chan te queda mucho mejor.

Ella rió y se le asomó una sonrisa que a Toushirou le pareció especial. Mostraba alivio, era casi hermosa. Después de ello y de que Momo se hubiese vuelto a su escuadrón, sintió que sus obligaciones eran menos pesadas y que la bronca y el enojo que sentía antes de que Momo llegara habían desaparecido por completo. Había sido tan simple y rápido como un abrir y cerrar de ojos.

Cuando Momo se fue, Toushirou susurró lo que no sé atrevió a decirle: –Voy a protegerte, Hinamori, para que nada te pueda hacer mal.

Hacía un momento nada más que Rangiku se había cruzado a Momo en la galería de la División. Tras haber compartido un corto diálogo, se quedó pensando en ella. Se recalcaba que lo que más había captado su atención al verla eran sus ojos que, grandes y expresivos como siempre, reflejaban con fulgor una cálida sensación de alivio que no recordaba haberle visto en mucho tiempo. Rangiku supo enseguida a qué se debía aquello y ese fue el puntapié definitivo para que armara de coraje y canalizara en papel todo lo que sabía y no podía expulsar de sus pensamientos. Quería sentirse aliviada y en paz como Hinamori, por eso fue a la Novena División.

Recordaba haber estado allí muy pocas veces, por cuestiones laborales prácticamente nunca, quizás para visitar a Shuuuhei en alguna que otra oportunidad, aunque solía ir él hasta la División de ella. Era un escuadrón pacífico aunque no tan ordenado como el Sexto o el Primero. Los subordinados parecían unas pequeñas hormigas laboriosas enfrascadas en sus propios quehaceres y no diciendo nada a menos que fuese realmente necesario, actitud muy parecida a la de Tousen, que había sabido comandar por tantos años. Muchos no recordaban o no sabían hasta el momento de su llegada sobre Muguruma Kensei, y era él quien parecía desarraigado. Pero, sin preocuparse realmente, Rangiku supuso que era cuestión de tiempo para que la División se acostumbrara a su nuevo (y viejo a la vez) capitán, al final de cuenta eso era lo que siempre sucedía.

Matsumoto llegó a la oficina de la editorial tarareando en su cabeza una canción cuyo título se esforzaba en recordar. Distraídamente se toó cn un cuerpo de grandes proporciones. No sabía que le pasaba últimamente que tropezaba con todo.

–Oh, lo siente. No veía por donde caminaba.

–¡No se preocupe Komamura-taicho! Fui yo la distraída.

El amable shinigami e hizo a un lado para dejarle pasar al interior de la oficina.

–Pase, Matsumoto-fukutaicho.

–Gracias.

Al principio no entendió por qué el capitán Komamura Sajin se encontraba en ese edificio pero después de que este se hubiese ido y de saludar a Hisagi cayó en cuenta.

–Komamura-taicho se interesó por lo publicado por Momo, ¿no es verdad? –preguntó.

–En realidad –le respondió un atareado Shuuuhei, con bolsas en los ojos y vigor maltrecho por el estrés– yo le pregunté hace un par de días si no estaba interesado en escribir algunas palabras sobre Tousen-taicho y me acaba de traer el escrito para el próximo número.

–Vaya, que hasta un capitán escriba sobre otro capitán.

Hisagi sonrió orgulloso mientras seguía ordenando unos papeles dispersos por el piso. Todos tenían algún que otro manchón de impresión y hasta él mismo estaba sucio gracias a la tinta. Las cosas parecían muy atareadas en las oficinas de la Revista.

–Es la primera vez que nos llegan tantas cartas de lectores–comentó Shuuhei señalando varias pilas de sobres amontonados en el fondo de la sala–. No he tenido tiempo de leerlas todas, pero se encuentran algunas a favor de lo escrito por Hinamori… cada diez en contra. Aún así es mejor número de lo que esperaba. Yo insistí con este proyecto.

–Pues me parece bien Shuuhei, no estás haciendo nada malo.

Hisagi la miró extrañado. Que apareciese en su lugar de trabajo sin razón aparente, que se comportara tan seria y calmada y que le diera un cumplido no era algo propio de la Rangiku que él creía conocer.

–¿Te encuentras bien, Rangiku-san? –preguntó– ¿puedo ayudarte en algo?

Matsumoto hizo su pelo para atrás en un movimiento lleno de gracia. Suspiró como para darse aliento y lo dijo:

–¿Puedo escribir en tu sección? Es decir… cuando hables de Gin.

Los celestes y pálidos ojos de la teniente denotaban la piadosidad de sus palabras. Nunca supo exactamente cuál era la relación que tenían ella y el ex capitán Ichimaru, pero sabía que había existido. Siempre cuando se pasaba de copas en el bar hablaba de él, despotricaba de su sonrisa, sus actitudes y su retorcido sentido del humor, de como la había abandonado, sin dejarle nada para recordarlo, sólo con una disculpa.

Shuuhei jamás había entendido esa relación, y no quería tampoco. Kira también estimaba a Ichimaru, y eran posiblemente las únicas dos personas en todo el Seireitei, antes y después de su traición.

–Claro que puedes, Rangiku-san –replicó Hisagi–. Kira trajo material también, pero creo que será mejor que le eches una mano para rehacerlo.

La cálida y hermosa sonrisa de Rangiku le valió como agradecimiento. Seguía siendo una mujer hermosa, una atracción constante, y era increíble que tanto trabajo por hacer lograra desviar la atención de Shuuhei hacía otro lado.

–¿Por qué dices eso Shuuuuuheiiii? –preguntó, volviendo a ser la Rangiku que a él más le gustaba.

–Velo por ti misma.

Buscó entre un montón de papeles un cuaderno que en fina letra yacía el título "Oda a un zorro plateado". Era de tapa dura y sus hojas estaban plagadas de escritos.

–¿Qué es esto? –preguntó desencantada de leer un título tan ridículo como Oda a un zorro plateado.

–Son… haikus, escritos por Kira –replicó Hisagi con expresión de repugnancia–. Me hizo prometerle que publicaría una selección de los que me parecieran los mejores, pero no puedo encontrar ninguno.

–Déjame ver, no pueden ser tan malos…

Rangiku se hizo con el cuaderno y leyó una página al azar:

Apasible se

desliza, sonriendo,

zorro plateado.

Saludas como

siempre, ojos delgados,

zorro plateado.

Dio vuelta un par de páginas, a ver si la calidad literaria de esos haikus había variado un poco:

Me pregunto que

escondes, malicia no

es, quizá corazón.

La traición hirió

como tu recuerdo,

¡oh, zorro plateado!

Cerró el libro de inmediato, si seguía leyendo tal vez le darían náuseas.

–Oh por Dios, esto es horrible…

–Te lo dije.