Perdón por la ENORME tardanza, pero es que se me fue la onda de este fic, prometo no tardar tanto para la próxima.
Disclaimer: InuYasha y su equipo no me pertenecen, son de la Dama del Manga Rumiko Takahashi (pero planeo tomar cartas en el asunto *risa malvada*) Mientras tanto escribo locas historias con el propósito de hacerlo sufrir porque lo amo (¿?) y aún no se le declaró a Kagome…
Capítulo 3: "Enemigos por ineludible imposicisón"
—Parece que mientras más lo deseo más se aleja de mí, sin embargo, yo misma sé que es imposible. Pero mi corazón se resiste a olvidar ese sueño que me parece inalcanzable. No quiero engañarme más. Siempre seré la guardiana de la Perla de Shikon. — La hermosa joven comenzó a recorrer el camino para volver a su hogar, pero su mente no podía apartarse de una idea, de ese deseo que habitaba en lo más profundo de su corazón. —Una mujer… como me gustaría ser una simple mujer.
—Señorita, un monstruo ha aparecido…—Un hombre de canas mayores y edad avanzada se acercó a comunicarle la noticia a la sacerdotisa de su aldea que cuidaba siempre de ellos. Una sonrisa melancólica apareció en el rostro de la bella chica.
—Es un sueño imposible. —Murmuró.
— ¿Disculpe? —Interrogó el anciano a la mujer de mirada melancólica. Su rostro siempre inexpresivo apenas marcaba una leve sensación de tristeza, como sentía pena por la joven mujer que vivía atada a una vida de constante peligro.
—Nada… nada. —Respondió antes de dar la media vuelta ya avanzar junto al hombre que la siguió, para indicarle la dirección.
El trayecto al trozo de bosque donde se encontraba fue demasiado rápido. Tres flechas fueron suficientes para que la hábil mujer atrapara al monstruo, dejándolo sin salida. Cogido por las mangas contra el tronco de un árbol. De ropajes extraños, una tela única de color rojo fuego que desprendía energía demoníaca, cabello argentado de hebras largas y ojos desconcertados, expuestos. Color oro fundido en ira y soberbia. — ¿Qué? —Preguntó confundida, sin dejar esa frialdad de lado. — ¿Un hombre mitad demonio? —Ella conocía esos rasgos, no había sido su imaginación. Era el mismo de la noche anterior y el youki que percibió era el suyo antes de convertirse en humano.
— ¿Tienes algún problema con eso? —Quiso saber el hanyou. No le agradaba que le despreciaran por su situación, ser el hijo de un demonio y una humana, sin pertenencia a una raza ni a la otra. Un relegado. Ella estalló en carcajadas, algo insólito, ya que nunca reía. — ¡Oye! ¿Pero que te pasa?
—Es que me pareció muy divertido…. Tú colgado de ese árbol y tratando de escapar. —Para el aldeano que estaba observando la escena, esta era una situación increíble: la sacerdotisa riéndose del monstruo, mientras éste parecía confundido. Se alegró por ella, porque toda la tristeza que había demostrado durante tantos días aparentaba haberse ido gracias al hanyou. Mientras esa extraña mujer reía, el hombre mitad bestia trataba de hacer que no siguiera haciéndolo, pero cualquier palabra que saliera de su boca solo parecía aumentar la alegría de aquella sacerdotisa. —Ha sido divertido, pero tengo que irme. —Dijo ella, finalmente.
—Espera un momento, ¿acaso no vas a tratar de matarme? —Cuestionó incrédulo el semi-demonio. Una punzada de temor ante la respuesta se alojó en su estómago pero el orgullo le hizo alzar el rostro y demostrar su orgullo.
—No. —Respondió con voz muy tranquila.
— ¿No? —Vociferó con voz tremebunda, desgarradora a los oídos. Instando a crear miedo en la mujer, quedando en vano su esfuerzo. Esa mujer se mostraba aún peor que la noche que lo descubrió con su forma humana, sabía su mayor secreto. Ladeó el rostro mirando fijamente al aldeano, al menos obtenía la victoria parcial sobre él. — ¿Por qué no?
—Porque no quiero. —El aldeano que se moría de temor ante la mirada insistente de oro, quedó sorprendido ante tal respuesta, la sacerdotisa estaba actuando de manera muy extraña frente a ese demonio.
—Eres una mujer demasiado tonta…—La miró desafiante, evocando el color tan marrón de sus ojos. Quiso leer en ellos algún temor pero le fue imposible, eran totalmente inescrutables, fríos, inexpresivos. Y una idea le cruzó a la mente para intentar hacerla reaccionar. — ¿No será que me tienes miedo?
—No, simplemente no quiero. —Fue la respuesta tajante.
Pero el peli-plateado volvió a insistir. Ya informado había ido en su búsqueda por aquella joya, dando crédito a las historias. Él había llegado ahí creyendo que se enfrentaría con una de las sacerdotisas más poderosas de todos los tiempos, por lo que aquella actitud le desconcertaba tanto como lo molestaba. ¿Qué se creía ella? ¿Acaso no le parecía un rival digno? Así que seguía insistiendo, quería saber la causa de aquella postura. La calma con la que respondía solo servía para enfadarlo más, de alguna manera, sospechaba que esa era su intención. De pronto la mirada de la sacerdotisa volvió a ser fría, penetrante. — ¿Cómo te llamas? —Quiso saber. El demonio quedó más sorprendido que antes. Pensando en lo extraña que era. — ¿Acaso los de tu tipo no tienen nombre? —Le urgió ella.
—Por supuesto que sí, me llamo InuYasha. —Respondió con destreza, exponiendo sus palabras tajantemente.
—InuYasha…—Meditó un segundo la joven. —…Ha sido un gusto conocerte, hasta luego. —La pelinegra dio media vuelta y comenzó a caminar. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo exhausta que estaba; el día había sido demasiado largo. El aldeano que estaba con ella la siguió sin pronunciar palabra alguna. De repente, a sus espaldas, se escuchó una potente voz, que sólo podía provenir de la garganta de un ser como el que habían dejado atrás.
— ¿Y tú, cómo te llamas? —Se paralizó con la pregunta. Fue su curiosidad la que la obligó a detenerse, aunque no se volvió ni respondió inmediatamente. —No es que me interese. —Aclaró, no quería demostrar ahínco por ella. —Es sólo que me gustaría conocer el nombre de mi futura rival. —Insistió el demonio.
—Kikyou…
*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*º *º*º*º*º*º*º*º*º*º*º*
Comenzaba un nuevo día. Kikyou sentía algo renovado dentro de sí, no sabía qué era, pero percibía que acaecía un cambio en su interior, algo imperceptible para la mayoría de la gente, ya que ella seguía mostrando ese rostro frío y calculador. Las obligaciones de ella eran demasiadas. Todos los días jugaba con los niños, pero lo que más la mantenía ocupada era el cuidar de la Perla, pues debía purificarla, además de protegerla de todo demonio o persona que deseaba robarla y no eran pocos. Casi no tenía tiempo para ella.
La tarde había transcurrido sin problemas, pero la noche no. En esta ocasión una sola flecha fue suficiente para acabar con el monstruo. Kikyou dejó escapar un suspiro de alivio, estaba agotada. Harta de tener que lidiar con lo mismo todos los días. Por algún motivo desconocido, en ese momento sus pensamientos estaban dirigidos hacía aquél joven mitad bestia. Volvió a sonreír sólo recordarlo colgado en aquél árbol y completamente confundido. Se preguntaba una y otra vez el por qué no la atacó en aquella ocasión.
Cualquiera que le hubiera visto habría pensado que se habría vuelto loca, pero por fortuna ese día se encontraba sola con el demonio muerto. Miró sus ropas, esta vez habían quedado demasiado sucias. Decidió dirigirse hacia unos baños termales para quitarse la suciedad de la batalla.
InuYasha ya se encontraba en el lugar. Después de una ardua batalla contra un ciempiés gigante todo su cuerpo estaba cubierto de sangre. Ambos estaban bañándose en el mismo lugar, pero sin saberlo, una gran roca les impedía notar la presencia del otro, además del vapor. Sin embargo sus sentidos no tardaron en alertar a ambos, percibían la presencia de alguien más en el lugar. —Ni siquiera aquí puedo estar en paz…—La joven salió del agua y tomó sus ropas, coló a prisa su hakama rojo y apretó la cinturilla con firmeza, después su kosode blanco y encima el haori del mismo color, ya vestida se acercó a ver que pasaba.
El hanyou igual estaba vestido, su hinesumi en su sitio y su actitud combativa denotada en su rostro, las garras estaban en posición. La sorpresa por ver a aquella mujer en el sitio figuró en sus ojos de ámbar. —Eres tú…
— Debí suponer que si estabas tras la Perla…—Respondió con su voz gélida, controlando el nervio repentino que surgió en su corazón. De alguna manera ese ser le causaba una tristeza al estar en su contra. Lástima que fueran tan similares…
—Te equivocas, yo ya estaba en este lugar… además, no te creas muy importante porque lograste ganarme la vez pasada…—La miró desafiante y agregó. —Fue simple descuido mío… no creas que volverá a pasar.
—Esto es todo, yo me marcho… No tengo la paciencia como para lidiar contigo. —Dio media vuelta, en verdad no quería desperdiciar el poco tiempo libre en una pelea contra él. Sintió el youki aumentar y se mantuvo alerta mientras avanzaba, a la espera de cualquier señal de ataque.
—Tú no puedes dejarme con la palabra en la boca, perra infeliz…—Impulsó sus piernas y estuvo a punto de llegar hasta ella, pero Kikyou actuó mas ágil y lanzó tres flechas, dejándolo apresado de nuevo contra un árbol de los alrededores. — ¡Bájame de una inútil vez, bruja endemoniada!
—Pensé que la vez anterior había sido un descuido…—Su tono sereno y sin atisbo de expresión fue raro al decir la burla. No la miraba a los ojos, sabía que en ellos no encontraría nada que fuera de ayuda. —Escucha… no tengo intención de seguir desperdiciando mis flechas contigo, desiste de seguirme de una vez…
— ¿Y porque no me eliminas? —La hilera de sus finos colmillos salió en la sonrisa arrogante y lasciva que le daba. Quería provocarla, si no podía contra ella, al menos podría terminar con su miserable existencia. —Sería la forma más práctica.
—No voy a complacerte…—Respondió tajantemente, con su acostumbrada sutileza de voz. —Si tu vida no te interesa ve y deshazte de ella con alguien más…—No estaba de frente cuando le respondió aquello. A él le costó reaccionar de esa impresión, aunque fue cuestión de segundos, la mujer ya no esta frente a él. El viento llegaba la misma dirección donde estaba instantes atrás. Casi como si delineara la silueta de ella, tan majestuosamente. Sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos de su cabeza, no podía decir nada amable de la perra maldita que lo había atrapado ahí, de una manera tan fácil.
—Kikyou…—Exclamó al aire, molesto. Su nombre sonaba demasiado bien cada vez que lo pronunciara.
