Syaoran se alista para pasar su primera noche en la aldea. Mientras se resigna a dormir en la calle, conoce a una amable jovencita que por curiosidad, lo hospedará en su casa.

— Allá afuera hay un chico que busca al señor de 60 años que sabe de kung fu.
— ¿De nuevo?
— Abuelo, no eres tú al que buscan, ¿verdad?

III

El frío de la oscuridad no era mucho, pero Syaoran, sentado en la acera, se abrazaba a sí mismo para mantener el calor del cuerpo y pensar mejor cómo pasaría su primera noche en Shufangya. Recorrió el lugar con tanto interés, que cuando se dio cuenta, ya había anochecido. Además, le dolían los pies, por lo que se sentó cerca de donde había visto a los policías hace algunas horas. Las luces de los edificios de alrededor estaban encendidas, pero ya no había tantas personas en la calle.

Syaoran cerró los ojos, pero los abrió de nuevo cuando escuchó que alguien caminaba por la misma acera donde él descansaba. Era una chica que llevaba lo que parecía ser una olla de comida en las manos. Se veía joven, vestía el traje típico de las aldeas chinas, y llevaba el cabello corto, debajo de los hombros con las partes delanteras más largas que las traseras. Parecía amable. Le preguntaría a ella sobre los lugares para alojarse ahí.

— Ea, señorita.

— ¿Sí? — respondió ella mientras se detenía ante el jovencito.

— Disculpe la molestia. Es que deseaba hacerle una consulta. Mire, soy nuevo en este lugar y en realidad no conozco a nadie. Me gustaría que me recomendara algún lugar donde alojarme.

—¡Vaya! — exclamó la mujer — Parece una plaga de nuevos residentes en Shufangya. Sin ofender, claro.

— ¿De verdad? — preguntó Syaoran — ¿Ha llegado mucha gente?

— Emm, bueno, no mucha gente que digamos, pero unos llegan, otros vuelven y el caso es que tenemos alguna que otra gente nueva en la aldea… Y, ¿se puede saber qué haces aquí?

— Busco a una persona por el encargo de mi maestro. Verás, él me dio un recado para esa persona, pero no tengo idea de quién sea, me dio pocas pistas y sólo sé que vive aquí.

— ¿Y cómo es? — preguntó la chica — Quizá pueda ayudarte.

— Es un hombre de más de 60 años, rico y que sabe kung fu.

— ¿Un peleador? — cuestionó ella.

— Sí.

La chica se quedó pensativa. Un peleador. ¿Kung fu? La misma persona por quien alguien más había preguntado días antes. Se lo tenía que ir a contar a su abuelo.

— Oye, si quieres puedo preguntarle a mi abuelo sobre un lugar donde te puedas quedar. Mira, voy a entregar esta comida a una mujer que lo lleva a un barrio donde hay personas pobres para que tengan algo que comer, y luego regresaré al restaurant.

—Si quiere la acompaño y le ayudo a llevar la comida.

Ella asintió. Rápido, ambos jóvenes fueron a entregar la comida y pronto estuvieron de vuelta.

— Por cierto, soy Amaia.

— Yo Syaoran.

Amaia entró a un restaurant. Syaoran esperó en la puerta, pero una seña de la chica le invitó a sentarse en una de las bancas del lugar que ya estaba vacío pues había cerrado hace algunos minutos. Ella entró a otro compartimento del lugar.

—Abuelo, tengo algo que decirle — comentó ella mientras sus abuelos lavaban algunos de los trastes que habían sido ensuciados. El aludido levantó el rostro y con la mirada le invitó a continuar.

— Allá afuera hay un chico que busca al señor de 60 años que sabe de kung fu.

— ¿De nuevo?

— Abuelo, no eres tú al que buscan, ¿verdad?

— No, Mai. Yo tengo 78 años, ya te lo he dicho varias veces y no soy millonario. Pero me extraña que de nuevo alguien busque a ese señor. Sobre todo porque en este pueblo las únicas personas millonarias son los Kaiba, y el jefe de esa familia no tiene más de 30 años.

—Quiere un lugar donde quedarse, y pensé que si lo dejamos alojarse aquí, quizá sepamos pronto qué trama.

— Amaia, no podemos estar metiendo personas extrañas a este lugar — agregó su abuela, quien se integró a la charla — menos teniendo a una señorita tan linda como tú.

— Vamos, abuelita Mei, no soy una niña indefensa — respondió Amaia — Pero el hecho de que hayan llegado personas nuevas al pueblo, y dos de ellas busquen al mismo personaje me empieza a dar desconfianza. Al menos este chico parece buena persona.

Tras varios minutos, Syaoran vio que de la puerta donde Amaia había entrado hace rato, salía ella acompañada de dos ancianos que debían ser sus abuelos.

— Así que tú eres el chico nuevo en Shufangya. Soy Tieh Shen, y ella, mi esposa Mei Shen.

— Son mis abuelos — añadió Amaia sonriendo y mira, no tenemos mucho que ofrecerte, pero puedes quedarte aquí si lo deseas. Hay un cuarto donde podrás pasar la noche aquí, en la planta baja.

— ¿De verdad? — respondió Syaoran emocionado — Vaya, les agradezco mucho, y lo que tenga que pagar, no duden que…

— No jovencito — añadió el viejo Shen — tómalo como un gesto de bienvenida a nuestra bella aldea.

Minutos después, la vieja Mei llegó con varios platos de comida para el huésped. Amaia se sentó con él y platicaron. La chica no tendría más de 20 años, y era de lindo semblante. Ojos azules grandes y cabello negro que le quedaba encima de los hombros, pero lo más atrayente de ella era su personalidad: amable, platicadora y animosa.

— Dime algo, Syaoran. ¿Qué edad tienes?

— Yo, 18 Amaia. ¿Y tú?

— Vaya. Te gano por dos años. Tengo 20 — añadió ella sonriendo — Oye, por la forma de tu cuerpo, ¿eres peleador, cierto?

— Emm, no soy peleador sólo es que …

— ¿Sabes kung fu? — cuestionó ella.

— Un poco, sólo algunas técnicas.

— Yo también sé pelear eh, no te confíes de mi apariencia inofensiva — añadió ella guiñándole el ojo.

Mientras conversaban, Syaoran disfrutaba la rica gama de alimentos que le habían proporcionado. Después de todo, el día no había terminado nada mal. No tenía muchas pistas, pero había conocido personas interesantes y ahora gracias a la amabilidad — y curiosidad que él desconocía — de Amaia, dormiría seguro y bien alimentado.

*El físico de Amaia es muy parecido al de Hotaru de Sailor Moon, pero más grande, como de 20 años.