Para empezar, muchas gracias a todas por sus comentarios y también a quienes me leen. Realmente su apoyo me ayuda mucho. Este capi es especial en muchos sentidos, comenzando por que es el más largo que he escrito hasta ahora, pasando por que lo he publicado antes de lo que esperaba y terminando por su contenido. Además, quería advertir algo de OOC en Yue. En este capítulo lo necesitaba lo más humano posible, y como nunca tuvimos la oportunidad de verlo alterado en el anime pues aquí les traigo un ejemplo de como sería. Y para terminar, gracias de nuevo.

Este capítulo va dedicado para Andy, algo así como mi conciencia y mejor amigo (aunque él no lo sabe todavía pero cuando lea esto se va a enterar).

Ya no molesto más. A leer!


Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP


UNDERCOVER

-3-

— ¿Podrías dejar de tratarme como a una niña? Me enferma.

Sakura se llevó una mano a la cabeza, alborotando con vehemencia su cabello. Estaban ya de regreso en la estación de policía después de un día realmente extenuante. Después de ver las cintas de las cámaras de tránsito, que efectivamente corroboraban su teoría, habían lanzado una búsqueda a gran escala de la van de color negro que aparecía en el video. Yamazaki y Tamaki también les habían traído noticias del hospital, confirmando que efectivamente unos supuestos trabajadores de una compañía eléctrica local había sido contratada para arreglar un cableado expuesto en el subterráneo, pero tales técnicos nunca aparecieron. Y por último las brigadas de búsqueda habían recuperado por fin todos los cuerpos chamuscados del edificio, cuya cifra subió de los veinte a los treinta y cinco. Las familias de los fallecidos fueron notificadas y se les permitió un momento a solas con ellos antes de que medicina legal se los llevara para realizar la autopsia y confirmación de registros dentales.

Exhaustos, los ocho detectives regresaron a la estación con la esperanza de descansar un poco, pero ni bien pusieron un pie dentro del recinto, Yue los envió a todos al laboratorio a ayudar con el análisis de pruebas. Después de unas cuantas horas de trabajo por fin consiguieron clasificar todas y cada una de las sustancias encontradas en la escena. Efectivamente la sustancia inflamable que habían utilizado era gasolina, y de la buena. La sustancia pegajosa que Yamato encontró en la escena había resultado ser un acelerador químico que aumentaba el tamaño de las llamas y la creación de humo. Eso explicaba como se había propagado el fuego tan rápido.

Y ahora, cuando por fin era libre, cuando tenía la oportunidad de descansar un rato antes de tener que ir a casa y preparar una cena para tres personas y luchar por no quedarse dormida en el intento, su hermano tenía que llamarla para recordarle que tenía familia y que por ende debía pasar a saludarlos por pura cortesía. Sabía que Touya estaba usando eso de "soy tu hermano, tengo derecho a preocuparme por ti" como una excusa para inmiscuirse en su vida privada y ponerse a criticar todas y cada una de sus decisiones. Desde que le había informado, tres años atrás, que iba a unirse al cuerpo policial había comenzado a ponerse especialmente paranoico, siguiéndola a todos lados y encargándose de que siempre estuviera acompañada.

Entendía a la perfección que estuviese preocupado por ella, que le diera pánico que intentara hacerse daño de nuevo, hasta entendía, y casi a regañadientes, que la obligase a salir de casa y relacionarse de mala gana con la gente, con tal de mantener su mente ocupada, pero con lo que nunca estaría de acuerdo era con esa acuciante manía que tenía de querer controlar todos los aspectos de su vida.

—Tengo planes para esta noche —le espetó con rabia contenida a su hermano—. No puedo cancelar con mis invitados. Ya está decidido.

La respuesta le llegó clara y concisa. Tenía que ir a casa. Sakura iba a replicar, pero su hermano se le adelantó colgando la llamada. Furibunda, se guardó el móvil en los vaqueros y a zancadas regresó a su oficina. Sin dirigirle la palabra a nadie recogió sus cosas y salió tan rápido como había entrado. A medio camino de la puerta principal se cruzó con Yue. El muchacho se abstuvo de hacer comentario alguno al notar la desencaja expresión en el rostro de la castaña y repasó mentalmente la lista de personas que él conocía, tenía la capacidad de alterar a Sakura de esa forma.

Un único nombre brilló en su mente. Touya.

—Me ha obligado a ir a casa —soltó, adelantándose a la pregunta—. ¿Quién se cree? Tengo veintiséis años, sé cuidarme por mi misma. No entiendo por que siempre tiene que andarme atrás, metiéndose en lo que no le importa. Mil veces he intentado dejarle claro que ya no necesito que me proteja —inconscientemente se llevó una mano al cinturón, dónde llevaba su pistola—. Además, la que anda por las calles con un arma soy yo.

—Es tu hermano, tiene derecho a preocuparse por ti.

Sakura frunció el ceño más si cabía.

— ¿Es que todos se han puesto de acuerdo para soltarme esa frasecita? Primero Yukito, luego mi hermano y ahora tú. Sé que es mi hermano, sé que se preocupa por mí, pero no es para que me lo estén restregando en la cara todo el tiempo.

Yue se cruzó de brazos, descolocado por el extraño comportamiento de Sakura. Era la primera vez que la veía en ese estado de tensión, todo el cuerpo rígido y el rostro tirante. Esto no era sólo por su hermano, siempre peleaba con él y nunca era para tanto. Allí pasaba algo más.

— ¿Qué sucedió?

La pregunta la tomó por sorpresa, diluyéndose entonces gran parte de su furia. Reconocía que estaba armando un escándalo por una nimiedad, pero no podía evitarlo. Tenía tanta tensión acumulada, tanta ansiedad, que sentía que estaba a punto de estallar. Su día había sido excesivamente largo, lleno de muertes, fuego, humo y periodistas. Estaba sobrecargada, al borde del colapso y su hermano no había podido escoger mejor momento para imponer sus derechos fraternales y coaccionarla para que fuera a verlo. Lo único que quería en ese momento era meterse en su cama y perder por completo la consciencia, pero no podía. No todavía.

Yue pareció leer sus pensamientos, por que rompiendo la regla que había impuesto arbitrariamente sobre la clase de relación que debían mantener en la oficina, le pasó un brazo por encima de los hombros y la estrechó ligeramente contra su cuerpo. Este sencillo acto de afecto terminó por descolocar a Sakura. Yue era la persona más parca y poco afectiva que había tenido el placer de conocer. Desde que jóvenes, el muchacho había demostrado la aberración que sentía al contacto físico y a las muestras de afecto en público. La mayoría de la gente lo tenía por un ser humano sin sentimientos, pero únicamente las personas realmente cercanas a él sabían que debajo de esa aparente máscara de frialdad se escondía una persona de buen corazón.

—Vete a casa, yo hablaré con tu hermano —sugirió, rompiendo la cercanía—. El primer caso siempre es el peor, el más pesado. Después te acostumbras a la carga de trabajo.

—No, no… iré a ver que quiere —dijo al fin, mucho más tranquila. Poniéndose de puntillas plantó un delicado beso en la mejilla de Yue y echó a andar hacia la salida—. Gracias.

El helado viento de la tarde le remordió la piel descubierta ni bien puso un pie fuera de la estación. Maldiciéndose en silencio por no haber pedido una chaqueta esa mañana, se abrazó en un vano intento de de calentarse y recorrió con rapidez la distancia que la separaba de su auto. Encendió el motor y arrancó de inmediato, lanzándose de lleno al tráfico de las seis de la tarde. Un recorrido que normalmente tomaba treinta minutos se tornó una detestable travesía de una hora. Para cuando llegó a casa de su hermano eran las siete de la noche. No tendría tiempo ni para cambiarse de ropa antes de la cena. Recordando entonces que todavía no le había enviado a Meiling la dirección, aprovechó para decirle que aplazaría la cena un par de horas.

"Tranquila. Shaoran llegará tarde de la oficina, así que está bien. Nos vemos luego."

Con eso solucionado, la castaña se sintió un poco más preparada para enfrentar a su hermano. Se bajó lentamente del auto y subió los cinco peldaños que la separaban de la puerta de la casa dónde había vivido casi toda su vida. Los recuerdos de esa época la asaltaron de inmediato, tan intensos como si estuviese viviéndolos de nuevo. Era en momentos como ese en los que se arrepentía de haber regresado a Tomoeda. Finalmente, y haciendo acopio de toda la voluntad que le quedaba, tocó el timbre.

A los pocos segundos una voz de sobra conocida, tan suave como la seda, se escapó por el resquicio de la puerta. El corazón de Sakura comenzó a bombear desbocado en su pecho, tanto por los nervios como por anticipación. Yukito había sido su amor platónico desde siempre, e incluso después de que le dejó claro que nunca podría quererla como ella deseaba por qué alguien más ya ocupaba ese lugar, jamás se lo pudo sacar por completo de la cabeza.

—Sakura-chan, pasa por favor.

Y allí estaba él, alto, elegante, perfecto. Una sonrisa boba afloró en los labios de la chica mientras que sus brazos se abrían de forma mecánica para rodearle con fuerza la cintura. Yukito respondió el gesto con el mismo cariño y lo coronó con un beso sobre la cabeza castaña. Pero como siempre, su hermano tenía que aparecerse y arruinarlo todo.

—Llegas tarde, monstruo —le espetó antes de revolverle los cabellos hasta enredárselos por completo. La forma única que Touya tenía para decir que estaba feliz de verla—. Entra, que hace frío.

—No puedo quedarme mucho tiempo —dijo mientras se abría paso hasta la sala—. Como te dije por teléfono, tengo una cena esta noche. Hasta he tenido que aplazarla por tu culpa —y cual niña pequeña, le sacó la lengua.

—Desde que regresaste a Tomoeda, hace tres meses, no has puesto un pie en esta casa. Sé que estás ocupada con el trabajo, pero te recuerdo que llevas sólo dos semanas en el departamento —se sentó junto a ella, cruzado de brazos—. ¿Cuál es tu excusa?

Sakura se cruzó de brazos también.

—Ninguna, hermano. Simplemente no quería venir —mejor decirle la verdad a mentirle, si de todas formas Touya iba a darse cuenta de que no era sincera—. Por que cada vez que vengo lo único que haces es meter las narices en mis asuntos. Es una falta de respeto a mi privacidad.

—No es una falta de respeto el que me preocupe por ti —le rebatió en un tono más adusto de lo normal—. Déjame recordarte lo que nos dijo el psicólogo de la academia: tienes que estar en constante vigilancia. Ha pasado poco tiempo desde que saliste de allí, de un ambiente controlado.

— ¡Estoy bien! ¡Que no ande por todo lado gritando de felicidad no significa que no esté contenta! —Comenzaba a faltarle el aire—. Sí, hace tres años intenté suicidarme, y luego lo intenté de nuevo. Pero no va a ocurrir otra vez. Entiende, Touya, que ya no soy una niña. Tengo veintiséis años, vivo sola, tengo una profesión —había ido bajando la voz paulatinamente hasta convertirla casi en un susurro—. Mi vida está bien ahora.

El par de hermanos se sumieron en un pesado silencio, mientras Yukito los observaba, impasible. Esperó unos prudenciales cinco minutos antes de arrodillarse frente a Sakura y pasarle una mano por el rostro. La chica se encogió instintivamente ante el inesperado contacto, levantando por completo las alarmas de su hermano.

—Sé que no te gusta que se metan en tu vida, pero Touya lo hace por que se preocupa por ti; yo también me preocupo —le dijo en un tono conciliador—. Hace tres años casi nos matas de un susto, cuando saliste de casa de Daidoji-san... Nunca antes había visto a alguien en ese estado, mucho menos a una persona importante para mí —entonces se puso de pie, irguiéndose en toda su altura—. Así que agradecería un poco de comprensión de tu parte. Tú no eres la única que sufre.

Esas palabras se sintieron como un balde de agua fría. Yukito pocas veces hablaba con tanta dureza, pero tenía razón. A la final asintió mansamente con la cabeza y le gruñó unas disculpas a su hermano, quién dándose por aludido, hizo lo propio. Después de aquel extraño momento de tensión, Yukito volvió a ser el de siempre y arrastró a Sakura a la cocina para darle algo de comer. (Estás demasiado delgada, comentó echándole una buena mirada) Touya, por su parte, permaneció el resto de la estadía de su hermana sumido en un pensativo mutismo. No dejaba de repasar una y otra vez en su mente la extraña reacción de Sakura ante el tacto de Yukito.

Sabía que no se trataba de él, sino del gesto. Una sencilla caricia en la mejilla había sido suficiente para ponerla nerviosa. Casi parecía que esperaba recibir un golpe. Inmediatamente desechó ese pensamiento, estaba loco. Aunque la duda no dejaba de asaltarlo. Tal vez su hermanita menor estaba ocultándole cosas.


Shaoran soltó un pesado suspiro, echándose un breve vistazo en el espejo del recibidor. Llevaba unos elegantes pantalones de pana negra acompañados por una sencilla camiseta de cuello alto y mocasines a juego. Un par de lentes de montura metálica descansaban sobre el puente de su perfecta nariz, dándole un aire ligeramente intelectual. Como siempre, Meiling conseguía vestirlo a su antojo. Él hubiera preferido quedarse en casa, enfundado en su cómo pijama de lana trabajando como todas las noches, pero su prima tenía otros planes. Esa tarde, al regresar de la cafetería, le contó sobre su encuentro con Sakura (a quién él no recordaba en absoluto) y sobre la invitación a cenar. Era cierto que en primera instancia esa noche irían a un restaurante, pero realmente la idea se había ido diluyendo a lo largo del día. Incluso había encontrado una excusa convincente para no tener que salir del departamento.

— ¿Estás listo?

Meiling se apareció entonces en la estancia enfundada en un sencillo vestido negro y sandalias rojas. Un abrigo del mismo color colgaba de su brazo. Shaoran la miró unos segundos con expresión neutra, dándole a entender que la pregunta estaba demás. Él había necesitado quince minutos para vestirse. Ella tenía una hora yendo de aquí para allá sin saber que ponerse. Meiling comprendió el significado detrás de esa mirada vacía y frunció el ceño. Para los hombres era mucho más sencillo vestirse, pero Shaoran no lo entendía. Ligeramente ofendida se puso el abrigo y salió al frío aire de la noche. Enseguida se le congeló la piel y el viento le revolvió los cabellos. Soltó un profundo suspiro cuando estuvo dentro del auto con la calefacción encendida.

El viaje a la casa de Sakura les tomó media hora, entre soportar un par de atascos y una parada en una pastelería cercana para comprar un postre. Cuando finalmente llegaron, Shaoran enarcó una ceja al reconocer el auto negro de aspecto oficial estacionado frente a la puerta del edificio. El emblema del departamento de policía de Tomoeda estaba pintado a mano en las dos puertas delanteras. ¿Una policía? Por un instante permitió que el interés por conocer a esta mujer sobrepasara los límites que se tenía permitidos. Meiling siempre había sido un imán para gente de todo tipo, pero era la primera vez que escuchaba que se relacionaba con alguien de la policía. Encogiéndose de hombros bajó del auto seguido de su prima. Ambos apresuraron los pasos hasta el pórtico, tanto para protegerse del viento como para llamar a la puerta.

Una voz dulce salió flotando por el altavoz segundos después de que Meiling tocara el timbre.

— ¿Quién es?

—Li Meiling.

Un chasquido mecánico sonó entonces a su derecha y la puerta de metal se abrió sola. Shaoran y Meiling entraron rápidamente y subieron las empinadas escaleras hasta el segundo piso. La puerta del departamento estaba ligeramente entornada y el aroma a comida casera flotaba hasta el recibidor. El castaño no pudo evitar inspirar profundamente, reconociendo el peculiar perfume de los tomates rellenos en el ambiente. Comenzó a salivar de forma instantánea, contando mentalmente los segundos que lo separaban de probar su platillo favorito. Pero su estómago y su mente se paralizaron al verla. Una ligera capa de maquillaje cubría su rostro, enmarcando lo justo sus vivaces ojos verdes, del largo cuello de cisne colgaba un collar de delgados eslabones de plata con un pequeño pendiente de diamante, y el holgado vestido blanco le llegaba a medio muslo, dejando al descubierto casi toda la longitud de sus esbeltas piernas.

—Buenas noches —salió a sus invitados con una pequeña reverencia—. Entren, por favor.

Se hizo a un lado, permitiéndoles pasar. Meiling le plantó un beso en la mejilla antes de perderse en el interior de la vivienda, mientras que Shaoran, parco como siempre, le dedicó una lacónica cabezada en compañía de una mirada inexpresiva. Sintiéndose ligeramente desubicada por esa extraña actitud, la chica entró de última, cerrando la puerta tras de sí.

El interior de su departamento estaba decorado lo más sencillamente posibles, en blancos y negros, con explosiones de colores aquí y allí. La mesa del comedor, dispuesta para tres personas, exhibía la misma gama de monocromáticos colores. Meiling instó a su primo a tomar asiento en la sala mientras ella y Sakura corrían a la cocina por algo de beber.

—Parece que le has causado una buena impresión —comentó la pelinegra con pícara confidencia—. Hace tanto tiempo que no se queda mirando a una mujer así. No desde Mizaki.

— ¿Mizaki?

Meiling echó un vistazo por la puerta, asegurándose de que Shaoran seguía sentado en la sala, lo bastante lejos como para no poder escucharlas. Luego, respiró profundamente y clavó una mirada llena de sentimientos estrangulados que le pusieron los vellos de punta a la castaña.

—Shaoran es viudo —dijo con sencillez. El tono de su voz se había vuelto lacónico y ligeramente mecánico—. Hace tres años su esposa murió en un accidente de tránsito, desde entonces se ha vuelto la persona que ves ahora. A duras penas sale de casa, pasa encerrado en la oficina, trabaja a toda hora… es capaz de hacer cualquier cosa para mantener la mente ocupada y no pensar en ella. Pero sé que todavía está sufriendo, que no ha superado su muerte. Por eso me sorprende que te mirase así. Desde que ella se fue, se olvidó de que existían las mujeres. Al año intenté arreglarle una cita con una de mis amigas, obviamente nunca se apareció.

—Eso es terrible —murmuró la castaña al tiempo que servía tres copas de vino tinto—. ¿Pero no te parece que deberías dejarlo sufrir a su manera? Él decidirá cuando es el momento propicio para comenzar a salir de nuevo; hasta entonces, no es buena idea presionarlo.

Meiling compuso una sonrisa torcida.

—Sabía que te pondrías de su lado —se cruzó firmemente de brazos—. Te ha gustado desde niña, lo sé. Todavía me acuerdo de la cara de tonta que pusiste al verlo. Debí tomarte una foto.

— ¡Eso no es cierto! —Exclamó, enrojecida hasta las orejas—. Volvamos a la sala, que la comida se enfría.

Pero antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta, Meiling la sujetó con fuerza de los hombros.

—No menciones nada esto frente a él, lo que menos quiero es que se cabree conmigo por haber abierto la boca.

—Por supuesto, puedes confiar en mí.

Una vez de vuelta en la sala, Sakura le ofreció una copa de vino al castaño y los invitó a tomar asiento en la mesa, elegantemente dispuesta. Los platos ya estaban servidos, mientras que en el centro de mesa reposaba una charola con lo que tenía pinta de ser el postre y otra bandeja cubierta. Meiling fue la primera en probar un bocado.

— ¡Delicioso! —murmuró con los ojos entrecerrados—. Había olvidado lo bien que cocinas. ¿Y esto? —curiosa, como siempre, levantó la tapa de la bandeja, revelando una hilera de tomates rellenos. La chica esbozó una sonrisa lobuna mientras alternaba la mirada entre Sakura y su primo.

—Meiling dijo que eran tu platillo favorito —dijo por toda explicación, enrojeciendo de nuevo.

Shaoran se encogió de hombros y cogió uno de los tomates con las pequeñas pinzas que reposaban junto a la bandeja. Sin decir ni una sola palabra les dio un bocado. Estaban perfectos.

—Cocinas bastante bien —comentó con sequedad.

Sakura se dio por satisfecha y se dedicó a comer. No tenían ni veinte minutos allí, cuando la pelinegra comenzó el interrogatorio.

—Entonces, cuéntame que ha sido de ti —Meiling iba por la segunda copa de vino, mientras que su plato, casi intacto se enfriaba—. Tienes que ponerme al día.

Sakura respiró profundo. Sabía que las cosas llegarían eventualmente a esa pregunta, pero no se imaginaba que sería tan pronto. Bebió un largo trago de vino al tiempo que buscaba la mejor forma de empezar. A Meiling no podía explicarle la situación como lo había hecho con Tomoyo, debía ser más escueta y dar una visión estrictamente general de los últimos años de su vida. Cuando encontró la forma perfecta para comenzar su relato, arrancó a hablar.

—El día después de la graduación me mudé a Tokio, más por escapar de aquí que por estar realmente interesada en estudiar. Mis padres habían muerto el año anterior, mi hermano estaba pasando por un momento bastante difícil... (Ya sabes, con Yukito y todo eso) y yo simplemente había perdido la paciencia, así que me fui sin mirar para atrás —una sonrisa amarga se le dibujó en los labios—. Los dos años siguientes pasé en la academia de artes de la ciudad, me gradué y conseguí mi primer trabajo como modelo. Tenía veinte años, era joven, sí, pero me decían que tenía talento. A la final resultó que fue así, pero mis quince minutos de fama, que en realidad fueron un año, se quedaron ahí cuando lo conocí.

Bebió otro trago de vino, esforzándose por mantener la comida dentro del estómago. Meiling y Shaoran la observaban fijamente, esperando a que continuase. Cogiendo fuerzas, siguió hablando.

—Era un importante empresario de veintiséis años, heredero de tres multinacionales... un hombre de poder. Nos conocimos en una fiesta de la agencia de modelos para la que trabajaba en ese entonces. Yo era la novedad y él siempre se había caracterizado por su curiosidad. Lo que empezó como una amistad se transformó rápidamente a en una relación y a los seis meses ya estaba viviendo con él. Corté mi contrato con la agencia y fui a trabajar a una de sus compañías, como asistente personal de su mejor amigo —el rostro de Meiling era un poema, y con justa razón. Ella nunca había sido de las que tomaba decisiones apresuradas ni se lanzaba a los brazos de un hombre sin pensarlo dos veces, pero la vida en Tokio tenía un ritmo contagioso y desenfrenado. La depresión en la que estaba sumida por la muerte de sus padres tampoco ayudaba. Y su cuerpo le pedía que hiciera algo al respecto, aunque no fuese lo más sano—. Salimos por casi tres años, pero luego las cosas se pusieron... complicadas, y finalmente decidimos que lo mejor era terminarlo todo. Regresé a Tomoeda (como perro arrepentido con el rabo entre las piernas, quiso añadir) y al mes me fui a Kyoto a entrenar en la academia de policía. Desde entonces han pasado tres años.

Por algún motivo Meiling no parecía para nada satisfecha con lo que acababa de escuchar.

— ¿Cuánto tiempo tienes de regreso en Tomoeda?

—Tres meses, aunque ni se puede decir que vivía aquí, más pasaba viajando a Kyoto para coordinar todo el papeleo de mi admisión al departamento y demás cosas. Tengo dos semanas trabajando de forma oficial.

—Ya podías ir avisando que estabas aquí. Tomoyo y yo nos hemos mantenido en contacto todo este tiempo, y sé que tú también; después de todo, eran mejores amigas.

Esas palabras incomodaron a Sakura, quien desvió la mirada, atrapando la de Shaoran en el camino. El par de castaños se miró fijamente por unos segundos antes de que ambos miraran para otro lado.

—Tomoyo y yo nos peleamos hace mucho tiempo, la última vez que hable con ella fue hace un año y esto es —repuso con un sabor amargo en la boca—. Hace dos semanas por fin cogí el valor suficiente para verla. Eriol trabaja en el laboratorio de la estación y organizó una reunión entre nosotras.

—Eso no lo sabía —Meiling se recostó contra el respaldo de su silla—. ¿Puedo saber por qué pelearon?

Sakura no supo qué responder, así que soltó lo primero que le pasó por la mente.

—Un estúpido malentendido.

Y dicho aquello, se acabó de un trago lo que le quedaba de vino y se sirvió otra copa, dando por zanjada esa conversación. El resto de la velada pasó charlando de nimiedades. Shaoran, por otro lado, escuchó toda la noche. No tenía ganas de hablar ni sentía curiosidad alguna por saber de la vida de esa chica de ojos verdes. Bueno, en parte. La verdad que era que al mencionar a ese tipo con el que se había ido a vivir notó como se le ensombrecía el rostro y se le crispaba el cuerpo. Había que ser ciego para no darse cuenta de que allí había sucedido algo más que una ruptura. Y ese pequeño atisbo de vulnerabilidad captó su atención.

—Vuelvo en un momento —Meiling se puso de pie de repente y abandonó la sala.

El silencio se hizo en el comedor, espeso. Sakura se sentía realmente incómoda y ligeramente mareada, mezcla del vino y de haber removido tanto su pasado. A pesar de que le había soltado a Meiling una versión más o menos coherente de los últimos ocho años de su vida (desde que salieran de la secundaria) No podía evitar pensar que había hablado demasiado. Su pasado era un karma, algo que mantenía encerrado bajo llave, como la caja de Pandora. Si la habría solo un poco, la fuerza de todo lo que había encerrado allí dentro se escaparía sin control, y no podía correr el mismo riesgo una tercera vez. Soltando un pesado suspiro, bebió otro sorbo más de vino.

Shaoran, por su lado, observaba la ciudad desde el ventanal de la sala, pensando en todo y en nada. A decir verdad no entendía que hacía allí, cenando con una desconocida. Efectivamente se conocían, si es que se podía decir aquello después de haberse visto una sola vez diez años atrás cuando él ya se había graduado y ella tenía solo dieciséis años. Pero si en esa ocasión a penas habían cruzado palabra, en esta peor. No había nada que lo impulsara a hablarle. Salvo, tal vez, la curiosidad de saber por que se había hecho policía. Era lo bastante guapa como para conseguir empleo en cualquier otro lugar. Además, no se imaginaba esas manos de dedos delgados sosteniendo una nueve milímetros. Y antes de darse cuenta, estaba voceando sus pensamientos.

— ¿Por qué te hiciste policía? —preguntó, arrepintiéndose inmediatamente de haber abierto la boca.

Sakura dio un ligero respingo en su silla, sorprendida. Se tomó un momento en responder.

—Desde niña quise serlo —repuso con voz temblorosa—. El hermano de un amigo es policía, y básicamente por él me uní al departamento. Aunque me costó mucho decidirme, no por que no estuviera clara en lo que quería, sino por que no estaba segura de que fuera una buena idea en el momento.

— ¿A que te refieres? —si ya había empezado, bien podía terminar.

La muchacha respiró profundo. Ahí iba de nuevo a remover recuerdos de forma innecesaria. No tenía ganas de decirlo en voz alta, pero por algún motivo sentía que no era buena idea mentirle a ese hombre de ojos ámbares.

—Mis padres murieron en un accidente de tránsito cuando tenía diecisiete. Chocaron de frente con un camión que iba sin luces por la carretera. Mi hermano y yo nos enteramos dos días después, cuando la policía de caminos se apareció en casa con el bolso de mi madre, todo destrozado y manchado en sangre —escondió los ojos tras el espeso flequillo—. Todavía recuerdo la cara del oficial que me entregó el bolso, parecía a punto de echarse a llorar. Entonces pensé que ser policía no era lo correcto, por que en unos años yo estaría en el lugar de ese oficial, llegando una mañana a casa de una chica que espera a alguien solo para que le digan que no va a volver jamás. No estaba segura de poder soportarlo. Por eso me fui a Tokio cuando cumplí dieciocho, y escogí una profesión lo más alejada posible de la muerte. Pero me equivoqué. Me deprimí tanto que dejé de comer, había días en los que a penas podía levantarme. Ya no sabía que hacer, extrañaba a mis padres y mi hermano no era suficiente compañía. Verlo me los recordaba y simplemente no quería hacerlo.

Una solitaria lágrima rodó por el rostro de la muchacha, quién se apresuró a desaparecerla con una servilleta. No podía creer que le había contado eso. Su hermano no lo sabía. Solo Tomoyo. Y ahora Shaoran. Lo miró un segundo, sorprendiéndose al encontrar sus ojos clavados en ella. Le sostuvo la mirada con toda la entereza de la que fue capaz.

—Sé lo que siente.

Esas palabras aliviaron un poco la presión en el pecho de la chica. Ella entendía su significado, por que Meiling le había contado. Ambos habían perdido personas especiales de forma inesperada, pero obviamente ella no podía decirle aquello. Shaoran no debía saber que ella estaba al tanto de que era viudo, a menos que él se lo contase por su propio pie.

En ese instante regresó Meiling de las profundidades del pasillo. Entró toda sonrisa a la estancia y de repente se detuvo, mirando al par de castaños con una indescifrable expresión en el rostro.

— ¿Me perdí de algo?

—Para nada —repusieron Sakura y Shaoran al unísono.


—Deberías dejar de beber.

Sakura dejó de remover escombros para dedicarle a Yamato una confundida mirada. El chico se encogió de hombros, como restándole importancia.

—Tienes los ojos rojos y unas ojeras horribles —dijo a modo de explicación—. Eso significa que estas bebiendo demasiado, estás tras trasnochando de forma innecesaria o ambas a la vez.

La chica soltó un pesado suspiro, volviendo al trabajo. Yamato era bastante observador o ella demasiado obvia. Por supuesto que había bebido y por supuesto que había trasnochado, si ya se le estaba volviendo costumbre. Meiling y Shaoran se marcharon casi a las dos de la mañana y ella a las siete ya estaba en el edificio del periódico para otro extenuante día de trabajo.

Esa mañana por fin les habían permitido el acceso a los pisos superiores, después de que los bomberos confirmasen que la estructura estaba lo suficientemente estable como para aguantar a ocho detectives. En ese momento Sakura y Yamato estaban en el cuarto piso, dónde se había llevado a cabo la reunión de edición el día del incendio. Ese piso era el menos afectado de todos, pero aún así se podían ver rastros del fuego en la moqueta destrozada, los muebles chamuscados y demás. Como el día anterior, buscaron cualquier cosa fuera de lugar que les ayudase a comprender mejor todo ese lío. Pero no había nada.

—Aquí no vamos a encontrar nada, sinceramente —dijo Yamato al cabo de media hora de búsqueda infructuosa—. Aunque tal vez podamos usar los vídeos de las cámaras de seguridad.

—Tal vez —convino Sakura, no muy convencida—. ¿Sabes si Tamaki ha tenido suerte encontrando la camioneta del video de tránsito?

Yamato negó ligeramente.

—Ha buscado por placa y color pero no hay ningún vehículo registrado con esas características; probablemente lo repintaron y cambiaron la placa por otra. Si es así, no vamos a encontrarla nunca.

— ¿Y Yamazaki? ¿Encontró él algo?

—Tenemos un parcial del rostro y hasta ahora hay cientos de posibilidades. Yamazaki está buscando una forma de reducir el número de sospechosos, pero sin éxito.

Sakura se puso de pie lentamente, sacudiendo algo de hollín de sus vaqueros nuevos. Esa mañana había pasado por casa de Tomoyo recogiendo el resto de su ropa.

— ¿Las cámaras del primer piso?

—Nada. El humo efectivamente dañó la película y no hay copias de seguridad. Hablando de, los guardias nos dejaron el reporte de ingreso al subterráneo del edificio y parece que tenían una cita con una compañía eléctrica a las once de la mañana, pero dicha compañía no llegó.

—Sino nuestro amigo con la bomba —completó Sakura—. Bueno, eso es algo. ¿El nombre de la compañía está en los registros? —Yamato asintió—. Recoge todo, que nos vamos para allá. Aquí no vamos a encontrar nada más, de todas formas.

Media hora de tráfico después, la pareja de detectives llegó finalmente a su destino. Tomoeda Electricity Inc. se leía en grandes letras azules sobre la puerta automática. La chica se acomodó la placa en un lugar visible y echó a andar con Yamato pegado a sus talones. Dentro, una mezcla de clientes y empleados llenaban el lugar. En medio del gran lobby de mármol y acero se encontraba un escritorio redondo con una guapa recepcionista de cabello rubio platino. La chica hablaba acaloradamente por teléfono con alguien y los hizo esperar quince minutos antes de atenderlos.

— ¿En que los puedo ayudar? —les espetó con acidez, pero entonces vio el par de placas sobre el mostrador y todo su malgenio mutó a una alegría rayana en lo enfermizo—. Mi nombre es Sayuki, estoy para servirles —se corrigió de inmediato.

—Estamos investigando el incendio del periódico de Tomoeda, su compañía tenía una cita el día de ayer a las once de la mañana en el edificio pero nunca se presentó. Quisiera saber por qué —soltó Sakura de corrido.

Sayuki se puso a pensar unos segundos antes de levantar el teléfono y presionar uno de los muchos botones de la centralita.

—Tanaka-san... sí, lo sé, pero... no, la policía... investigan lo del incendio del periódico... está bien —la chica colgó—. En unos minutos los atienden.

Ni cinco minutos más tarde un hombre trajeado se apareció en el lobby con una carpeta en la mano. Se acercó a los detectives a toda velocidad y les estrechó la mano brevemente. Y tras lanzarle una mirada cargada de desdén a la recepcionista, los invitó a que subieran a su oficina.

— ¿Desean algo de beber? —ofreció una vez en el quinto piso.

Ambos policías negaron.

La oficina de Tanaka Koichi era espaciosa, con un ventanal que daba al centro de la ciudad, muebles importados y demás parafernalia. Sakura tomó asiento en una de las butacas mientras que Yamato esperaba paciente junto a la puerta.

— ¿En que puedo servirles? —preguntó el ejecutivo con nerviosismo.

—El día de ayer uno de sus electricistas tenía una cita en el periódico de Tomoeda, pero no se presentó. Quisiera saber quién era el encargado de hacer la visita y por que no fue.

—Déjeme ver... —con movimientos torpes Tanaka rebuscó entre los registros sobre su escritorio hasta que dio con lo que buscaba: una delgada agenda de cuero negro con ribetes dorados. La abrió más o menos por la mitad y le enseñó a Sakura un pequeño apunte escrito con pulcra caligrafía—. Ayer a las diez y media de la mañana llamaron del periódico indicando que nuestros servicios no eran necesarios, así que cancelé la visita. Tsukimori Ken era el técnico encargado.

— ¿La persona que lo llamó le dijo su nombre?

—No, la verdad. Pero era una mujer.

En ese instante el móvil de Yamato comenzó a berrear con fuerza en el bolsillo interior de su chaqueta. Disculpándose en voz baja, abandonó la oficina un momento.

— ¿Dónde puedo encontrar a su técnico?

—Debe estar en ruta ahora mismo, ellos no regresan hasta pasadas las seis de la tarde, que es cuando tienen que registras las camionetas.

Sakura asintió levemente, sintiéndose decepcionada. Había esperado hallar alguna pista, algo que pusiera las cosas en perspectiva, pero otra vez no había conseguido nada. Se puso de pie y estiró discretamente las piernas.

—Si es posible, quisiera un reporte de la entrada y salida de vehículos durante la última semana. Es posible que alguno esté desaparecido.

—Por supuesto, por supuesto —convino Tanaka con una reverencia—. ¿Algo más?

—No, eso sería todo.

La muchacha se despidió del ejecutivo y salió al pasillo para encontrarse con Yamato, quién todavía continuaba hablando por teléfono. Esperó pacientemente a que éste cortara la comunicación para luego acercarse.

— ¿Qué sucede?

—Yue quiere vernos a todos, algo pasó —se llevó una mano a la cabeza, desordenando los cabellos oscuros—. Está bastante alterado.

Sakura echó a andar de inmediato a la salida mientras una extraña sensación de temor se le instalaba en la boca del estómago. Algo andaba mal, muy mal.


La estancia era espaciosa, con una mesa de conferencia en el centro y diez sillas de respaldo alto rodeaban el perímetro. Un plasma panorámico colgaba de la pared del fondo, reproduciendo un sinfín de imágenes diferentes. Primero una mujer paseando por un parque, luego una montaña nevada, después otra mujer durmiendo en su cama y otras muchas cosas. Por un instante reinó el silencio, pero al siguiente se abrió la puerta junto al plasma y diez hombres trajeados, a cada cual más intimidante que el anterior, entraron con paso firme. Cada uno tomó asiento en completo mutismo. Finalmente, cinco minutos después, apareció el último asistente a la reunión. El hombre tenía una cicatriz en el rostro y un libro en la mano. Sus compañeros se levantaron para darle la bienvenida mientras que él tomaba asiento en la cabecera de la mesa.

—Pueden sentarse —abrió el libro por la página dónde se había quedado y releyó rápidamente las primeras líneas del texto—. Ayer en la mañana yo mismo le entregué el maletín a nuestro agente. Confío que para este momento ya ha revisado su contenido y estará listo para ponerse en acción —les soltó con un leve tono cansino—. Pasa que tenemos un problemita.

Los demás se removieron incómodos en sus asientos. Un problemita era algo que no se podían permitir a estas alturas.

—No está de acuerdo con la pareja que le ha tocado —dejó que los murmullos indignados llenasen la habitación un momento antes de imponer el orden—, y comprendo perfectamente por qué. La muchacha, por que eso es lo que es, no tiene ninguna clase de entrenamiento ni experiencia en este tipo de situaciones. Si la enviamos como está ahora una semana después nuestra gente va a regresar con su cadáver y a nosotros nos va a tocar manejar las consecuencias. Propongo aplazar la misión y someter a esta chica a un exhaustivo entrenamiento antes de enviarla a morir.

Nuevamente los murmullos llenaron la sala. Esta ocasión los dejó pelear un buen rato, mientras él recordaba con cierto fastidio como ese bastardo había entrado en su oficina esa mañana con el dossier de la muchacha en las manos. Se lo había lanzado sobre el escritorio de mala gana y una expresión de furia le descomponía el rostro.

¿Qué mierda significa eso? —inquirió hosco—. ¿Qué te crees? ¡No vas a meter a una principiante en un lío como este! ¡Y si quieres a una novata pues escoge a otra, pero no a ella!

¿Y si mejor te calmas? —Le soltó el otro con la misma brusquedad—. Yo no la escogí, sino los de arriba. Ella le conoce mejor que nadie; vivieron juntos. Si alguien se sabe su vida, pasión y muerte es esta chica. No entiendo por que carajo te estás quejando.

El recién llegado bufó en señal de desprecio y se dejó caer en la silla.

¿Acaso la has visto en persona? Es demasiado llamativa, demasiado delgada, demasiado débil. Te garantizo que en menos de una semana la matan. No va a sobrevivir.

¿De cuando acá te importa tanto la vida de tus comodines? Has estado metido en esto por años, has visto morir a más gente de la que puedes recordar y por una simple mujercita armas un escándalo. Parece como si la conocieras.

El otro tardó un segundo más de lo normal en replicar.

Claro que no —dijo con cautela—. Pero no la quiero en esto. Si no me consiguen a alguien más, me salgo.

Vamos, esa es una amenaza vacía. Llevas cuatro años buscando a ese bastardo y cuando por fin la agencia te lo pone en bandeja de plata dices que te vas. No me hagas reír —se puso de pie, recogiendo su libro en el camino—. Kinomoto Sakura será tu compañera y punto. Y si tienes algún problema con eso, manda una carta al buzón de sugerencias.

El tampoco es que estaba muy contento con la elección de personal, pero no podía hacer nada. Si el jefe la quería, el jefe la tendría. La chica parecía bastante inteligente, algo debilucha, sí, pero definitivamente con más cerebro que el resto de la población. Además tenía la ventaja de haber estado involucrada emocionalmente con su presa. Eso definitivamente era un punto a favor. Ahora solo tenía que endurecerla lo suficiente para que sobreviviese lo que se le venía encima.

—Basta —inmediatamente se hizo el silencio—. Se ha decidido que la vamos a entrenar. Tenemos un mes para ponerla en forma, así que les sugiero que encuentren a alguien que haga ese milagro por nosotros.

—Estás consciente de que si ella falla todo se va al carajo, ¿verdad? —Preguntó el tipo a su derecha—. Si esta chica comete un error, les puede costar la vida a muchas personas.

—No te preocupes, no lo hará.

Pero él tenía sus dudas.

Alejando esos pensamientos de su mente, se levantó de golpe, dando por finalizada la reunión. Él y los demás salieron por la misma puerta que habían entrado, sumiendo la estancia nuevamente en el silencio.


— ¿Estás bien? —Meiling dejó los papeles sobre la mesa para poner una mano sobre la frente de su primo—. Tienes algo de fiebre y pareces alterado. ¿Sucedió algo?

Shaoran soltó un pesado suspiro. Estaba cansado, se sentía tenso y necesitaba con desesperación un cigarrillo. Había sido un día extremadamente cansado y tenía pinta de que todavía no iba a terminar. Con delicadeza escapó del tacto de la pelinegra. Meiling entendió el mensaje y tomó asiento en una de las sillas de invitados.

—Nos llegaron los últimos reportes del caso, la balanza por ahora está a nuestro favor y tu cliente puede tomarse un respiro —dijo la chica—. El burócrata español está bastante molesto.

—Le acaban de robar un juguete, es natural —comentó el otro con los ojos cerrados—. Pero que no te quede duda de que va a intentar recuperarlo. Eso es más que obvio.

—Pues le deseo suerte, por que para entonces ya habremos ganado el caso.

Shaoran asintió levemente.

—Meiling, necesito que me reserves dos boletos de avión para Suiza —dijo entonces, cambiando radicalmente de tema—. El próximo mes tengo un viaje planeado y llevaré un acompañante.

—Necesitaré la información de esta persona, entonces —dijo mientras comenzaba a trastear en la portátil del castaño—. ¿Por qué te vas?

—Una reunión inútil y un congreso de la compañía, he sido escogido como representante y me mandan dos meses a Europa —por su tono de voz, Meiling dedujo que aquello no le gustaba para nada—. Y sobre el acompañante, pues no sé quien es. La compañía me lo asignará luego. Solo reserva los pasajes e imprime el comprobante, que yo me encargo del resto.

Shaoran se puso entonces de pie y caminó hasta el ventanal que hacía las veces de pared en su oficina. Clavó la mirada en el hormigueo constante de la calle y volvió a suspirar.

— ¿Me acompañarás mañana al cementerio? —preguntó entonces.

—Por supuesto.


—Llegaron bastante rápido.

Tamaki se acomodó un poco en su silla mientras descansaba los pies sobre el escritorio.

— ¿Cómo les fue en la empresa eléctrica?

Sakura y Yamato intercambiaron una mirada de circunstancias.

— ¿Así de bien? —soltó mordaz—. Cada vez entiendo menos todo este lío. Lo de prenderle fuego al periódico, es comprensible, pero la estupidez de pasearse a sus anchas con una bomba en una camioneta es lo que no me cuadra. Habrá que ver como es la gente estos días.

Sakura se encogió de hombros al tiempo que tomaba asiento en su escritorio. Le echó un vistazo a la oficina, contando mentalmente a los presentes. Ocho en total contándose ella misma. Respiró profundo y se llevó una mano a la frente. ¿Para que querría verlos Yue?

— ¿Alguien sabe dónde está el Jefe? —Inquirió Yamato después de quince minutos de silenciosa espera.

Y la respuesta a su pregunta entró como un bólido por la puerta, el pálido rostro contraído en una mueca de furia. Sakura nunca lo había visto así, y ella era quién mejor le conocía. En todos los años de amistad que tenían Yue se había cabreado contadas veces, pero no al extremo de revelar a los demás su estado de ánimo.

Conteniendo la respiración, esperaron pacientemente hasta que les llegó la explicación.

—Nos sacaron del caso —su voz, usualmente compuesta y helada, rebosaba ahora una rabia casi palpable. Fue ese minúsculo detalle, ese desplante lo que les hizo sospechar que algo más estaba pasando—. No hay nada que hacer, así que ni se molesten. Los federales se encargarán de ahora en adelante. Los medios están haciendo comidilla en este instante.

Yamazaki aventuró un vistazo a través de la ventana, corroborando las palabras de Yue. Frente a la puerta principal de la estación tres canales de noticias diferentes transmitían en vivo los avances del caso. Por la ventana abierta entró flotando la voz de una de las reporteras.

"...de Tomoeda ha sido relevado del caso —decía—. Oficiales federales se presentaron ya en las instalaciones solicitando toda la evidencia recolectada y..."

Yamazaki cerró rápidamente la ventana.

— ¿Y ahora?

—Nada —Yue pareció relajarse un poco—. Tamaki, ve al depósito, recoge toda la evidencia y llévala a la oficina del mayor. Un par de agentes están esperando ahí. Kinomoto, ven conmigo. Los demás, esperen aquí.

Dicho esto Yue dio media vuelta y abandonó la oficina.

Sakura se demoró unos segundos en darse cuenta que la había llamado por su apellido, cuando siempre lo hacía por su nombre. Frunciendo el ceño, lo siguió de inmediato. Lo alcanzó en medio pasillo, rumbo al ascensor privado del tercer piso, dónde se encontraban las oficinas administrativas.

— ¿Se puede saber que es lo que te sucede?

Ni bien terminó de hablar, se arrepintió profundamente de haberlo hecho. Yue la acorraló entre su cuerpo y la pared con una rapidez alarmante, mientras que los ojos azules brillaban de forma amenazadora. Un gruñido grave escapó de su garganta.

—Me pasa lo que se me de la gana —le espetó acercándose al rostro de la chica hasta que sus alientos se fundieron en uno solo—. Y si te lo explico tampoco lo entenderías.

—No soy estúpida —repuso ella con la misma brusquedad—. Sé que te pasa algo y quiero que me lo digas.

Yue enarcó una ceja, sorprendido por las agallas de la castaña.

—Te lo mostraré.

Alejándose con la misma velocidad que se acercó, la aferró con fuerza del brazo y la llevó por dos tramos de escaleras hasta la oficina del Capitán del departamento. Sakura lo había visto una sola vez y se había encargado de que eso se quedase así. Era un tipo realmente intimidante para ser veinte centímetros más bajo que ella. Era algo el su mirada, su postura, su forma de hablar, lo que lo hacía tremendamente amenazador. Por eso cuando llegaron a su despacho, Sakura palideció. Estaba segura de que no había hecho nada malo como para haberse ganado una visita al camarote del capitán, pero lo que vio en el rostro de Yue fue lo que terminó de alterarla. Una mueca de preocupación pura le destrozaba las facciones.

—Yue... —murmuró—. ¿Qué está pasando?

El aludido se tomó un momento en responder.

—Entra.

Sakura respiró profundamente y llamó a la puerta. Un breve instante después les llegó la contestación ahogada. Yue se puso delante de la castaña en actitud protectora y entró a la oficina con Sakura pegada a sus talones.

—Buenas tardes, Tsukishiro-san, Kinomoto-san —les saludó el capitán con fría serenidad—. Por favor, tomen asiento.

No estaban solos en la oficina. Dos tipos de traje, uno de ellos con una vistosa cicatriz en el rostro, se encontraban allí, discutiendo algo en voz baja, pero cuando Sakura y Yue tomaron asiento, se callaron de inmediato.

—Podría presentarlos en este momento, pero más adelante ya habrá la ocasión —continuó el capitán, sentándose él también—. La mandé a llamar, Kinomoto-san, por que tengo un trabajo para usted. Cabe indicar, desde ahora, que no es opcional y que está obligada a aceptar. Caso contrario, deberá remitir de la fuerza —esperó unos instantes hasta que Sakura asintió—. Me alegra que nos entendamos. Ahora, a lo que nos ocupa.

El tipo de la cicatriz sacó una carpeta del maletín junto a su silla y la depositó con delicadeza en las piernas de Sakura. La chica la abrió con dedos temblorosos y todo el color se le fue del rostro al ver la fotografía en blanco y negro grapada a la portada. Yue se tensó en la silla a su lado.

—Matsuda Hikaru, de origen japonés, familia extranjera, treinta y tres años, heredero de cinco multinacionales, prodigio en ciencias económicas y su ex novio —recapituló el capitán—. Este hombre que se hace pasar por ciudadano ejemplar, es un criminal que afronta pena de muerte en treinta países diferentes. Ha sido acusado por tráfico de drogas, trata de blancas, venta ilegal de armas, asesinatos en primer y segundo grado y un sinfín de crímenes menores. Y usted, Kinomoto-san, vivió con él por tres años.

Los ojos verdes de Sakura revelaban una conmoción arrolladora. No podía creerlo, simplemente no era posible.

—Lo sabemos por qué es nuestro trabajo seguir a cucarachas como él y monitorear cada uno de sus movimientos, pero no se preocupe, que desconocemos los detalles de sus intimidades —dibujó una mueca despectiva con los labios—. Ni siquiera nosotros somos capaces de llegar tan lejos. El problema es que no importa lo que hagamos, atraparlo es imposible. Hemos intentado todo. Pero tenemos espíritu y no queremos darnos por vencidos, así que la hemos buscado a usted.

— ¿De qué habla? —sentía la lengua como lija dentro de la boca. Le temblaban las manos y le dolía el pecho—. ¿Qué es lo que quiere?

Se hizo un pesado silencio en la oficina. Los dos hombres de traje intercambiaron una discreta mirada, mientras que el capitán observaba a la castaña abiertamente. Yue, petrificado junto a Sakura, la miraba también sin poder creer nada de lo que acababa de escuchar. ¿Sakura, su Sakura, la novia de un criminal? Había escuchado por su hermano que ella había salido con un tipo mayor en el tiempo que vivió en Tokio, pero nunca se hubiera imaginado la magnitud de las cosas. Eso explicaba por que los del servicio secreto estaban tan empeñados en que fuese Sakura quién tomase la misión. Mierda, de solo imaginar en las cosas por las que tendría que pasar, le entraba una rabia incontrolable. No podía permitir que le hicieran daño, no mientras estuviese en sus manos evitarlo.

—Capitán... —comenzó Yue, pero fue silenciado de inmediato.

—No, Tsukishiro-san, no hay forma de evitarlo —repuso el capitán de malos modos. Respiró profundo y regresó su atención a Sakura—. La misión es sencilla: debes infiltrarte en la casa de un potencial criminal y vigilar cada uno de sus movimientos. La mayor parte del tiempo estarás sola. Ocasionalmente enviaremos un agente encubierto a ayudarte, pero no puedes depender por completo de ellos. También tienes asignada una pareja, alguien más que tiene conexión con Hikaru; después lo conocerás.

Sakura asintió de forma mecánica, completamente ida. Podía sentir la sangre corriendo a ralentí por sus venas, mientras un incipiente dolor de cabeza comenzaba a martillearle la base del cráneo. Lentamente, muy lentamente, levantó la mirada de la fotografía para clavarla en los ojos negros del capitán.

—No puedes negarte —Sakura no supo a ciencia cierta cuando comenzó a tratarla con tanta formalidad—. Es una orden directa y debes cumplirla. Ya sabes cual es la otra opción. Todo depende de ti, Sakura. ¿Aceptas?


Bel'sNotes: De una vez me disculpo por lo acelerado de la situación, pero así es como está hilada la trama. En el siguiente capítulo prometo bajarle un poco el ritmo a las cosas y explicarles con más calma que es lo que está sucediendo aquí. Espero que les haya gustado. Gracias.

Nos vemos en el siguiente...!