Advertencias: Ni el mundo ni los personajes de Crepúsculo me pertenecen.
En fin, hola a todos. Estoy de vuelta y reconozco que me he portado muy mal. Es imperdonable el tiempo transcurrido desde la última actualización. Últimamente, parece que se me hace cuesta arriba escribir y que conste que no es culpa vuestra: al contrario. Muchas gracias por vuestros ánimos tras el último capítulo hace... demasiado tiempo, tanto que ni me acuerdo.
En fin, basta de excusas y de rollos. Os dejo con el capítulo 3.
Capítulo 3:
Bella
El entrenador pretendía que Mike y yo intercambiáramos la pelota en la cancha de baloncesto, pero yo no denominaría así a mis patéticos intentos de atraparla. Por enésima vez, el balón salió rebotado: esta vez, contra la uña de mi dedo meñique, que se dobló peligrosamente y no se rompió de milagro. Mike se rio.
-En serio, Bella, ¿cómo lo haces? –exclamó, mientras corría hacia la pelota. Yo aproveché su desaparición para comprobar la funcionalidad de las falanges de mi dedo más delicado y sensible. Por suerte, no parecía haber rotura, aunque a este paso, todo se andaría. Cómo la clase no terminara pronto… Miré el reloj. Faltaban cinco minutos. Cinco minutos para salir a la calle y buscar a Jacob, que estaría esperándome para ir juntos al cine.
La cara de Mike apareció frente a mí.
-¿Seguimos, Bella?
Miré el reloj de nuevo. ¿Por qué eran tan lentas y perezosas las manecillas? Suspiré.
-¿Y si lo dejamos, Mike? O acabaré con un dedo roto.
-¿De verdad?
-No sabes. Mira lo rojo que está mi meñique –Me sentía ridícula por exagerar tanto, pero no quería seguir jugando y arriesgarme a una lesión de verdad.
Mike se acercó y cogió mi mano. Movió mi dedo y me hizo ver las estrellas.
-Ay, me haces daño. -Iba a ser peor el remedio que la enfermedad.
Se rio otra vez. Pensé: "Hay que ver, qué poca gracia tiene este tío" y miré hacia la puerta, por si aparecía Jacob, en plan superhéroe al rescate, o mejor aún, por si venía Alice, que también se había apuntado a clases de instituto poco después de que lo hiciera Jacob. Mi amiga estaba tan obsesionada con mi protección como su mayor enemigo. Aquella noche, sin embargo, Alice no vendría al cine porque tenía que ir a cazar. La echaría de menos pero sería un alivio no estar en medio de los rifirrafes verbales que a veces montaban entre Jacob y ella.
-Eh-eh, Bella, ¿me oyes?
-¿Qué? –Mike era un pesado.
-Te decía que si este año vendrás al baile conmigo. Ya que no está Cullen…
En aquel momento, sonó la campana. Fue una suerte para el ojo de Mike, porque de no ser por el oportuno sonido, juro que hubiera acabado de un lindo color morado.
-Pero Bella, ¿no me respondes?
-Créeme, es mejor que no lo haga.
-Vaya. Supongo que eso es un no.
-¿Tú qué crees?
-Al menos, podríamos quedar esta noche.
-Voy al cine con un amigo.
-¿Puedo apuntarme?
-Es una película de terror –dije. Esperaba que eso le hiciera pensárselo. Jacob me iba a matar. Me había dicho que prefería una romántica. ¿Desde cuándo los tíos quieren películas románticas?
-Bueno, si no hay más remedio –dijo Mike-. Pero que no sea tan asquerosa como la última vez ¿eh?
-No puedo garantizarlo –amenacé, pero ni por esas me libré de él.
En la puerta del colegio me esperaba Alice con su moto fantástica.
-Vamos, sube, Bella. Te llevo a casa.
-¿No tenías que cazar?
Los ojos de mi amiga revelaban el hambre acumulada durante días.
-Sí, pero de camino, te dejaré en tu casa.
-Gracias.
Entre Alice y Jacob, no me dejaban sola nunca. Siempre estaba uno de los dos para llevarme de casa al instituto y al revés. A veces, me sentía como una niña pequeña. Deseaba que cogieran de una vez a Victoria no sólo por el bien de mi salud, también para dejar de tener guardaespaldas a todas horas. Un poco de soledad no me vendría mal, para variar.
-¿Habéis visto últimamente a Victoria? –pregunté.
-Se ha esfumado. Pero, conociéndola, seguro que volverá cuando menos lo esperemos –dijo Alice.
-¿Cuándo menos lo esperéis? –pregunté, sorprendida por el plural, y deseando que alguien más hubiera venido a protegerme.
-Sí, me refiero a los lobos y yo.
-Ajá, ¿desde cuándo estás a partir un piñón con los lobos?
-Desde que tengo que turnarme con ellos para cuidar de ti, Bella –suspiró.
Alice me acompañó hasta la puerta de casa y, después, hasta mi habitación. Abrió la ventana y se aseguró de que los lobos estuvieran ya montando guardia. Luego se despidió.
-Si tengo suerte con la caza tal vez pueda llegar a tiempo al cine.
-¿En serio? –Me alegré.
-Sí ¿qué película vais a ver?
-Jacob quiere una romántica.
Alice frunció el ceño y movió los labios pero el sonido que salió de su boca, si tenía algún sentido, era inaudible para mí. En cualquier caso, podía imaginármelo.
-¿Y qué voy a hacer Alice?
Le expliqué mi teoría de Paris como mejor amigo de Julieta.
-¿Tú qué crees que hubiera hecho Julieta si Paris hubiera sido su mejor amigo?
Quería su consejo sincero pero Alice parecía seguir maldiciendo en silencio.
-No estamos en el siglo XV, Bella –añadió-. Pero supongo que si Romeo no quiere volver… Allá él si pierde a su gran amor en brazos de otro.
-La diferencia es que yo no soy el gran amor de tu hermano.
-Bella no tomes decisiones que… No me gusta el lobo para ti.
-Ya, a ti no te gustan los lobos.
-Sí, pero es que tú, ¿de verdad le quieres? No te precipites.
-Él me está ayudando y es mi mejor amigo. Sé que nunca será Edward pero…
Derramé algunas lágrimas. Alice me abrazó y me consoló. Parecía estar deseando contarme algo, pero se reprimía.
-Alice, dime la verdad. ¿Aún sigues viéndome en tus visiones como una de los vuestros, algún día?
Alice se apartó de mí y me miró unos segundos fijamente, antes de responder:
-No. Y de veras que lo siento. Pero te prometo que siempre seremos amigas. Aunque te cases, Dios no lo quiera, con el chucho.
Aún nos abrazamos un par de veces. Luego Alice saltó por la ventana y corrió hacia el bosque.
Una hora después, Jacob vino a por mí para ir al cine. Allí nos encontramos con Mike y, por supuesto, me empeñé en ver una película de terror. Una de zombis, realmente asquerosa, pero las cosas no fueron tan mal como unos meses atrás Mike aguantó el tipo toda la película, Jacob ya no ardía y yo empezaba a superar lo de Edward. Eso sí, Mike terminó bastante pálido y no tuvo ganas de venir a cenar con Jacob y conmigo, lo cual nos alegró sobre manera a ambos.
Entramos en una pizzería que molaba bastante, llena de mesas con manteles blancos y velas rojas. Sólo había una mesa libre, y ponía reservado.
-Jacob, no hay sitio.
-¿Quién ha dicho que no? Esa mesa es la nuestra. He reservado.
Me sorprendió, porque no esperaba que estuviera pendiente de esas cosas. Vi que en la mesa no había más que dos cubiertos.
-¿Y si hubiera venido Mike, listillo? –bromeé, en parte, porque no las tenía todas conmigo. Aquello parecía una cita.
-Nos hubiéramos apretujado –suspiró- pero ha habido suerte –añadió en voz más baja.
-Voy a mandarle un mensaje a Alice, para que sepa en donde estamos –dije. Jacob lanzó un exabrupto. Sonreí para mí misma y añadí, mientras tecleaba a toda velocidad el nombre y la dirección del restaurante-: Jacob, si quieres estar conmigo tendrás que acostumbrarte a aguantar a mi mejor amiga.
-Cómo si ella me aguantara a mí –protestó-. Pero, espera, ¿eso quiere decir que estás dispuesta a estar conmigo?
-Ay, Jacob, no le des la vuelta. No he dicho eso.
O quizás si lo había dicho. Pero no tenía las cosas claras y no quería que se hiciera ilusiones. Suspiré.
-Necesito tiempo, Jacob.
Una alegría feroz brilló en sus ojos.
-Tómate el que quieras. No hay prisa. Sabes que yo estoy aquí, esperándote.
-Jacob, yo… -escondí la mirada pero en un momento determinado, la levanté, decidida, y lo miré a los ojos. Debía decirle la verdad-. Eres mi mejor amigo, pero lo mío con Edward era algo… distinto. No creo que nunca llegue a ser lo mismo…
-No quiero que sea lo mismo, no quiero ser su sustituto. Y creo en ti. Sé que me querrás algún día, sé que ya me quieres, aunque tú aún no lo sepas.
Sentí un vuelco en mi estómago. Quería que Jacob tuviera razón y, al mismo tiempo, no quería. Cambié de tema.
-¿Qué vas a hacer cuándo terminen las clases? –le pregunté.
-No lo sé. Supongo que buscaré algún trabajo en Forks. ¿Y tú? Quieres ir a la universidad, ¿no?
-No lo sé –me encogí de hombros.
-Deberías. Eres una chica lista. Todo lo contrario que yo.
Puso cara de tonto y me reí.
-No digas estupideces.
Conversamos animadamente durante toda la noche, primero en la pizzería, luego en un bar en el que tomamos una copa. Alice no venía ni llamaba por teléfono, pero tampoco la echaba de menos. Cuando salimos a la calle hacía frío. Me arrimé casi inconscientemente a él y él pasó su brazo por encima de mis hombros. Caminamos así, lentamente, hasta su moto. Cuando la arrancó, me senté tras él y pegué mi cuerpo al suyo, de forma que no quedara ni un solo centímetro entre nosotros. Al llegar a mi casa, en lugar de dejarme e irse, apagó el motor.
-¿Qué haces?
-Te acompaño hasta la puerta.
Era consciente de lo que quería, y no sabía si yo lo deseaba también. Lo miré firmemente a los ojos, mientras él atrapaba mi cara entre sus manos y sus labios descendían despacio hacia los míos. En el último instante pensé: "Si Paris hubiera sido el mejor amigo de Julieta, quizás ella se habría dejado besar".
No tenía ni idea de lo que podía esperar de aquel beso, por eso me sorprendió sentir un cosquilleo placentero cuando Jacob rozó por primera vez mis labios. No era como con Edward pero era agradable. El beso subió en intensidad y yo comencé a responder. Levanté los brazos y me colgué de su cuello. Entonces fue cuando comprendí todo lo que me había perdido con Edward, todo lo que no había podido disfrutar por el peligro constante de que él perdiera el control. Jacob no necesitaba ir con cuidado, y yo con él tampoco. Nos dejamos llevar, en nuestro primer beso, más allá de lo que nunca habíamos llegado Edward y yo.
Escuché a lo lejos un grito, más bien un alarido animal, que no sé por qué, me hizo sentir culpable. Me detuve, apoyé mi cabeza en su pecho y respiré hasta recuperar el control.
-Uff. ¿Qué ha sido eso? –dije, y no sabía si me refería al grito o al beso que me acababa de demostrar que mi cuerpo aún estaba vivo, que la sangre corría por él como el primer día o incluso más. Jacob entendió mi pregunta como mejor le interesó.
-Eso no es más que el principio de tu nueva vida, nena –dijo. No había dejado de acariciarme y besarme y, ya que yo escondía mis labios en su pecho, besaba mi frente mis cabellos o mis brazos, lo que tuviera más a mano. Incluso se permitía meter las manos por debajo de mi camiseta.
-Ey, basta.
-Pues vuélveme a besar como antes.
Le hice caso. Y perdí la noción del tiempo. Al día siguiente, cuando Alice volviera, iba a tener mucho que contarle, aunque ella ya lo habría visto, claro.
Edward:
Todas las noches seguía visitando a Bella mientras dormía. Al amanecer me marchaba y me escondía en el bosque, desde el que vigilaba el instituto y la casa de Bella. Husmeaba la posible aparición de Victoria que, desde el día en que la perseguí en solitario, no había vuelto a dar señales de vida. Pero también la vigilaba a ella, a Bella. Deseaba correr a su lado y arrodillarme a sus pies. Alice era muy consciente de mis anhelos más hondos.
-No sé a qué esperas. Ella aún te quiere.
-Lo sé. Por eso mismo debo permanecer lejos de ella. Es muy peligroso, Alice.
-Jasper no va a volver a acercarse a ella a menos de un kilómetro de distancia. Lo sabes.
-Sí, pero…
-Creo que tienes miedo de que te rechace –me decía ella. Quería que me rebelara contra sus palabras, pero yo la conocía bien y no caía en la trampa-. En el fondo, eres un egoísta y un orgulloso, Edward, y por ello el chucho ganará la partida. Deja de contemplarla en silencio por las noches y bésala. Que se despierte en tus brazos y verás como…
-¡Basta, Alice! –le contestaba yo, harto de sus provocaciones.
-Hum –me evaluaba con cuidado y luego suspiraba-. Me temo que no hay nada que hacer contigo.
Aquella tarde, las vi salir juntas del instituto en la moto de Alice y las seguí a través del bosque. Me detuve a los pies de la ventana de Bella, desde donde podía escuchar sin ser visto. Y entonces oí la pregunta en boca de Bella:
-¿Tú qué crees que hubiera hecho Julieta si Paris hubiera sido su mejor amigo?
-Oyes, Edward, -susurró Alice tan bajo que Bella no podía oírla-, vas a perderla.
-Sólo estoy haciendo lo correcto –respondí-. Es lo mejor para ella.
Muy poco después, Alice estaba a mi lado.
-Ya sabes, voy a cazar. Quédate cerca hasta que vengan los lobos.
-Lo haré aunque vengan. No pienso perderla de vista.
-No vas a cambiar de opinión –constató Alice.
-No.
-Allá tú. Pero ya lo has visto. Te sigue queriendo, y me pregunto si no merece saber la verdad.
-Me encogí de hombros.
-La vas a perder, Edward.
Vacilé. Las palabras salieron con dificultad de mi boca.
-Lo sé, pero es lo mejor.
-¿De verdad crees que el chucho es lo mejor para ella?
-No, pero es una etapa. Él la está curando del daño que yo le hice. Cuando esté curada, ya no le necesitará y yo podré respirar tranquilo sabiendo que está a salvo.
Alice movió la cabeza y suspiró.
-No tienes remedio. Pero no estará a salvo hasta que no salga del mundo en que la metimos y dudo que sea posible, al menos, no mientras Victoria esté viva.
Mostré los dientes. No iban dirigidos a Alice, por supuesto, sino a la imagen fugaz de una mujer de cabellos rojos en su mente.
-Yo me encargaré de ella. No descansaré hasta que la mate.
Alice se despidió.
Seguí a Bella hasta el cine. Me divirtió ver a Mike largándose, pero no me hizo ninguna gracia que Jacob y ella se quedaran solos. Les vi cenar juntos en el restaurante y escuché su conversación. Corrí tras ellos hasta la casa de Bella. Los lobos notaban mi presencia y permanecían alejados. También Jacob sabía que yo estaba allí. La única que lo ignoraba era Bella, mi Bella. El hecho de haber tomado una decisión que sabes que es la mejor no te libra del sufrimiento de perder aquello que amas cuando constatas que el momento de despedirte ha llegado. Secretamente, siempre esperas un milagro: quizás despertarte un día con sangre caliente corriendo por tus venas y descubrir no eres un monstruo, que todo ha sido un sueño, y que la mujer que deseas es una maravillosa realidad dormida junto a ti en la cama. Por eso, cuando Bella besó al lobo, grité lleno de la desesperación más grande en mi penosa eternidad. Era como si aquel maldito licántropo me la estuviera arrancando del corazón por segunda vez.
Espero que os haya gustado. El capítulo 4, de verdad, no tardará tanto como este, lo prometo.
