Capítulo 3
La princesa de Arendelle
El Hombre de la Luna observó desde lo alto como Jack Frost sonreía como nunca antes lo había hecho desde su despertar, en silencio y para si mismo, una sonrisa nacida desde el fondo de su corazón, rebosante de sentimientos tan nobles y profundos que incluso a él lo habían conmovido desde las alturas. Sentía tener que guardar silencio pero dar pistas a Jack sobre su pasado podía ser doloroso y confuso, alguien podría aprovecharse de su vulnerabilidad y usarla a su favor... ese alguien era el Señor de las Pesadillas…
En el inicio, cuando el mundo era joven, hubo una época llamada "La Edad de Oro" y en ese tiempo los seres humanos estaban conscientes del poder que guardaban los sueños, sabían que nada era imposible y que sólo bastaba soñar con libertad y en grande para obtener sus anhelos, para alcanzar las estrellas si lo deseaban… y el Hombre de la Luna no estaba sólo, vivía con su enorme familia en el firmamento alto desde donde podían vigilar el mundo, a los seres humanos y a lo niños que sabían, mucho más que las personas mayores, manejar el poder de los sueños. Todo era perfecto y bello, y como todo también tuvo un final.
Celosos de la bondad y la inocencia que reinaba en el mundo, un grupo de seres oscuros, mucho más ancestrales que él, forjaron un espejo mágico que transformaba las cosas que reflejaba, las transformaba en lo opuesto que eran. Comenzaron a cambiar a los adultos en seres temerosos y desconfiados, mientras más benevolencia había en el corazón de quién se reflejaba en él, más indolente se volvía, y así fue como la oscuridad se dejó caer silenciosamente sobre el mundo.
Aquellos que vivían en la Luna se dieron cuenta de inmediato, sin embargo no sabían como hacer frente a una situación como aquella que no tenía precedentes, fue entonces que Zar – Luna, quién ahora era conocido como el Hombre de la Luna, pidió ayuda a uno de sus grandes amigos, un rey justo y bondadoso que gobernaba con justicia a uno de los imperios más grandes sobre la faz de la tierra y que tenía una hermosa hija llamada Serafina, juntos hicieron frente a los seres malignos que se divertían causando caos con el espejo mágico… Pitch, así era como llamaba a su amigo incluso hasta ahora, después de todo…
Los que eran dueños de corazones puros y almas cálidas se convirtieron en las víctimas predilectas del espejo porque en ellos se manifestaba la mayor de las transformaciones, las buenas intenciones se expresaban como grandes temores invalidantes. Pitch quería ser poderoso para proteger a su hija, a su pueblo, pero fue engañado por el ser más oscuro de todos y tentado a mirarse en ese espejo confiando en que los corazones de los seres humanos eran incorruptibles cuando estaban llenos de convicción, sin embargo la magia del espejo no influía mas bien transformaba… ese fue el fin de su humanidad y el inicio de un reinado lleno de tinieblas, se llamó a si mismo El Señor de las Pesadillas y al no poder convencer a su viejo amigo Zar – Luna de mirarse también y unirse a él, acabó con toda su familia y llenó el mundo de oscuridad. Serafina intentó por todos los medios hacer que su padre volviera a la normalidad, con ayuda del Hombre de la Luna se convirtió en la Madre Naturaleza para proteger a la Tierra y contener su maldad pero no pudo, en pocas edades, Pitch se había convertido en oscuridad y miedo, y Zar – Luna en luz y esperanza.
La batalla entre ambos había durado miles de años, tantos que las generaciones que habitaban la tierra ya no recordaban la Edad de Oro, los sueños eran cada vez más imposibles de realizar y la desesperación era parte del día a día, sin embargo Zar – Luna jamás se dio por vencido, uno a uno fue eligiendo a cuatro personas que habían conmovido su corazón el algún momento dado, en cada uno de ellos había algo que los diferenciaba al resto, una luz profunda e incorruptible que los humanos llamaban amor.
Los transformó en Los Guardianes de los Niños porque en ese tiempo los adultos estaban absolutamente perdidos y ciegos a la magia de la inocencia. El primero de ellos fue Sandman, lo tomó como guardián cuando comprendió que en los días de Luna nueva o Menguante, Pitch aprovechaba la oscuridad y tomaba ventaja, él ahora podría cuidar los sueños cuando Zar – Luna no pudiera; luego fue Norte cuyos ojos nunca estaban lo suficientemente llenos de asombro y contagiaba a quienes tenía alrededor con deslumbre y admiración; después fue el Hada de los Dientes que en sus primeros años era conocida como La Reina Toothiana, ella guardaba y protegía los tesoros más importantes de los niños sellados en los dientes que perdían mientras se transformaban en adultos; y por último El Conejo de Pascua o E. Aster Bunnymund como lo llamaban sus padres, que además de cuidar de los pequeños les entregaba esperanza en cada Pascua a través de sus elaborados y decorados huevos.
Fue así como juntos lograron detener a Pitch después de una ardua batalla y encerrarlo en una fortaleza bajo tierra, no sin antes jurar que regresaría y entonces nunca más el mundo olvidaría su nombre. Muchas edades habían transcurrido desde entonces y a pesar de que el tiempo se sucedía un poco diferente para ellos respecto de los humanos, El Hombre de la Luna, sentía el peso de los años sobre su cuerpo pequeño y algo regordete… su familia ya no estaba con él sin embargo no se sentía sólo allá arriba porque comprendía que nuestros seres amados jamás nos abandonan y él amaba tanto a los niños que tampoco lo haría mientras ellos aún creyeran en los sueños.
Pero ahora, por alguna razón se sentía inquieto, Pitch había permanecido en silencio mucho tiempo y eso no era propio de él, lo conocía demasiado bien como para intuir que podía estar planeando algo, en poco menos de un año habría un eclipse solar y tenía la fuerte sensación de que Pitch aprovecharía la oportunidad. Pese a todo no era tan fácil cuestionar el comportamiento del Señor de las Pesadillas, porque él cumplía su papel en el mundo y así como ellos se alimentaban de la inocencia y la bondad en los niños, él se sentía vivo cuando ellos sufrían... lo que si cuestionaba e inclinaba la balanza era que uno siempre puede elegir, Pitch no fue la excepción, él decidió convertirse en un ser oscuro abandonando todo lo que había detrás, incluida su hija, su bondad y la cordura.
De cualquier modo se tomaría unos días para analizar la situación e idear algún plan de contingencia, Los Guardianes tenían mucho trabajo todo el tiempo como para molestarlos sin sentido y distraerlos de sus funciones, aunque de ser necesario no tendría más opción que convocarlos. Tenía que ser muy precavido, a Pitch no se le escapaban los detalles, los aprovechaba.
Era posible que no ocurriera nada, de cualquier modo era mejor estar preparado y con Pitch siempre había que considerar lo peor. Él era un experto en identificar las debilidades de otros y ya había intentado hacerle frente por tomar el control de los niños a través del miedo… Jack Frost no despertaba su interés por ahora como había ocurrido con otros escogidos, sin embargo eso podía cambiar, lo sabía, conocía demasiado bien a su viejo amigo.
Desde donde estaba también podía ver a la pequeña Elsa, a la luz brillante tras su mirada, a la fuerza creciente de su poder, ella y Jack tenían mucho en común y tal vez por eso ella había logrado verlo sin ningún estímulo… aún quedaban misterios en el mundo y lo que acababa de ocurrir era uno de ellos.
- ¿Qué harás ahora, Jack? – Se preguntó en voz alta.
Muy lejos de la Luna, Jack Frost reflexionaba una y otra vez lo que había ocurrido poco después del amanecer, batallaba entre el temor y la emoción, entre ir tras ella o dar media vuelta y marcharse para siempre... era algo irónico, había deseado tanto ser visto por alguien y ahora que lo era estaba inseguro sobre volver a ver a Elsa... ya no era como si no existiera, ahora él era alguien para ella y ella se estaba transformando en todo para él... tal vez esa era una de las razones por las que no debía ser visto, ¿Se estaba obsesionando?.
- Imposible, ya estabas obsesionado desde hace más de doscientos años - El viento adivinó sus pensamientos.
- ¿Puedes también meterte en mi cabeza?
- No, pero te conozco suficiente... pasamos mucho tiempo juntos Jack.
- Tienes razón... al final, tenías razón en todo. Pude escuchar mi propio nombre.
- ¿No vas a abandonar ahora, verdad?
- Claro que no... es sólo que... ¿Si me paro frente a ella y no es capaz de verme de nuevo?
- Entonces ve, ponte frente a ella y descúbrelo. Una cosa es segura, si vas hasta ella hoy tienes más posibilidades de que te vea, de las que tendrías mañana.
- Es posible.
- No es posible, eso deja lugar a dudas, es así y ya. Recuerda que los humanos olvidan muy pronto lo importante.
- Viento, eres el mejor - Dijo sonriendo.
- Lo soy, y también uno de los más antiguos.
Jack escuchó el silencio y sintió el soplido de su viejo amigo en el rostro, se tomó un segundo para disfrutar ese creciente nerviosismo en su interior, de esa sensación que hacía a todo dentro de él vibrar de una alegría que no había disfrutado antes, se preguntó entonces cómo podía haber sobrevivido doscientos años sin esa emoción, ahora estaba seguro que no podría vivir sin ella... tal vez en los años que vinieran más adelante esto volvería a repetirse con otros niños, incluso personas, pero ahora, justo ahora no había nadie más que Elsa y ella sería por siempre la primera. Sonrió por instinto y se animó a caminar hacia el reino de Arendelle, El Viento lo habría llevado gustoso, pero quiso estar consigo mismo y dilatar su nuevo encuentro con la princesa, aún tenía miedo pero también una creciente y deliciosa ansiedad.
Era pasado el medio día y Elsa ya estaba en su habitación, su nana personal estaba ayudándola a vestirse después de ayudarla a tomar un baño, luego la peinó tomándole el cabello en una trenza que enrolló sobre si misma, el resultado fue un tocado con forma de flor y un cintillo de su propio cabello. Estaba admirando la nieve caer por la ventana cuando apareció su hermana pequeña, Anna, dando un montón de saltitos, luego corrió hacia ella, parecía una muñeca de porcelana graciosa y frágil. Ambas sirvientas salieron de la habitación dejando a las princesas solas.
- ¡Elsa, Elsa!, ¿Porqué no haces que nieve aquí dentro?... podríamos divertirnos mucho si haces tu magia - Sonrió.
- Ahora no podemos jugar así Anna - Respondió haciéndole cariños en el cabello.
- ¿Porqué? - Preguntó con un puchero.
- A nuestros padres no les gusta que use mis poderes... alguien más podría verme, dicen que es peligroso.
- ¡No hermana, es bellísimo!... ¿Por favor?, ¿Sí?.
- Cuando sea de noche – Respondió con una sonrisa.
- ¿Lo prometes?.
- Claro que sí, pero mientras podemos jugar a lo que quieras, por ejemplo...
- ¡Vamos a hacer un muñeco de nieve! – Gritó Anna.
- Genial - Respondió contenta - Vamos.
Ambas niñas bajaron al jardín posterior, iban solas, sus padres intentaban equilibrar sus labores de gobernantes y al mismo tiempo estar cerca de ellas lo que mas pudieran, aunque no siempre eso podía ser. Ellos guardaban un gran secreto, Elsa había nacido con poderes mágicos, podía crear hielo y nieve con sólo desearlo, como si su destino fuera convertirse en la Reina del Invierno; cuando era un bebé sus poderes no eran tan notorios pero en la medida que iba creciendo ellos se iban desarrollando con ella, cada vez más. El rey era el que expresaba más preocupación al respecto, tenía miedo de que Elsa quedara expuesta al resto de las personas, que fuera acusada de hechicera, que pudieran lastimarla por no entender que había gente en el mundo que era diferente, siempre aconsejaba a su hija de no usar su magia frente a nadie, incluso que intentara no usarla para nada, hacer como si no existieran.
Elsa creció escuchando que era más conveniente ser una persona normal, sin embargo no podía suprimir la magia de su vida, no porque deseara poder, sino porque ella no veía maldad ni peligro en él, sentía que su don era algo especial, que definía lo que ella era en el fondo de su alma, negarlo era como negarse a si misma… sabía que su padre la amaba, que sus recomendaciones eran por su bien según él entendía, intentaba obedecer lo que más podía, pero aún así hacía uso de ellos para jugar con Anna, su pequeña hermana cuatro años menor y que sentía una enorme fascinación por Elsa. Ambas eran muy unidas, siempre buscaban estar cerca, compartían la misma habitación, y eran cómplices en travesuras y juegos.
Anna llevaba una bolsa llena de accesorios para adornar el muñeco de nieve que haría con Elsa, caminó alejándose de la vista del resto de la servidumbre, estaba ansiosa y creyó que su hermana no lo notaría, sin embargo la princesa de cabellos más rubios que el oro conocía a la pequeña mejor que ella misma.
- ¿Donde fuiste en la mañana? - Preguntó para distraer a Elsa.
- Intenté llegar a la cima de la colina que teníamos tras nosotros, quería ver el amanecer...
- ¿Estas bien? - Anna notó una mirada melancólica.
- Si... ¿Te cuento algo? – Preguntó como si fuera a contarle un secreto.
- Si, si, si! – Exclamó emocionada.
- No alcancé a ver el amanecer pero… conocí a alguien.
- Oh!, ¿De verdad hermana, cómo se llama?
- No alcanzó a decírmelo, él se veía tan... confundido, no sé, tal vez necesitaba algo y no pudo decírmelo.
- No te preocupes, él debe estar bien – Confortó la pequeña.
- Anna… ¿Porqué me trajiste al fondo del jardín? – Preguntó frunciendo el ceño.
- Es que quiero que hagas tu magia, sólo un poquito ¿Si?.
- Jajaja, está bien…
La princesa llevó a su hermana menor tras unos árboles, cuando se aseguraron de estar solas, Elsa juntó las manos palma con palma, ella conocía muy bien la sensación que experimentaba su cuerpo cuando hacía magia… su corazón comenzó a latir con fuerza y un calor agradable se extendió desde su pecho hacia el resto de su interior, finalmente el calor llegó hasta sus manos y de inmediato se tornó frío, no era desagradable ni tampoco que sus manos se congelaran, para ella el hielo y la nieve no eran molestos o dolorosamente fríos como le explicaba una de sus profesoras particulares, el hielo y la nieve eran algo tan natural para ella como las flores en primavera. Una escarcha azul brillante comenzó a escurrir entre sus dedos, Anna intentaba contener su emoción mientras daba muchos saltos y aplaudía, luego, la princesa extendió las manos al cielo y la escarcha que caía sobre los árboles que las mantenían ocultas, en cada rama se formaron una serie de bolitas de hielo que al tocarse las unas con las otras resonaban como pequeñas campanillas.
- ¡Elsa, es maravilloso! – Gritó de alegría.
- ¿Te gusta?
- Me encanta…
Ambas se miraron cómplices, Elsa quiso hacer un gran muñeco para Anna pero entonces unas voces extrañas las sacaron del ensueño que disfrutaban.
- ¿Altezas, están por aquí?
- Amm, si… - Respondió Elsa un poco nerviosa.
- Princesa ya nos estábamos preocupando por no poder encontrarlas, su padre está preguntando por ustedes y solicita que se presenten en el comedor para compartir el almuerzo – Explicó el ama de llaves junto a un guardia mientras hacían una reverencia.
- Iremos de inmediato, muchas gracias.
- De nada excelencia, caminaremos tras ustedes.
Y sin más, las niñas iniciaron el camino de vuelta al palacio donde las esperaban sus padres, y donde Elsa una vez más intentaría ser normal ante quienes amaba.
Ya era de tarde cuando Jack llegó al palacio de Arendelle, en el camino había logrado calmarse pero ahora, frente al edificio del castillo, nuevamente sus sentimientos aflojaron sobre él con todo... había dicho que no se acobardaría y desde luego que no lo haría, había esperado doscientos años por esto y tal vez no hubiera ninguna razón del porqué, tal cual como fue el inicio de su existencia. Respiró profundo y decidió entrar al palacio, de pronto vio unos guardias y su primer instinto fue ocultarse, tuvo que esforzarse en recordar que era invisible para el resto de las personas, era increíble como esa pequeña princesa lo había cambiado todo. Al no sentirse cómodo caminando entre la gente voló por cada una de las ventanas buscándola, aunque aún no era de noche tampoco estaba claro, Elsa debería estar preparándose para dormir. A través de las ventanas observó a muchas personas, algunos de la servidumbre compartían el té en una mesa común y se veían felices, por otro lado un grupo de mujeres lavaban ropa, vestidos, enaguas, encajes; el ama de llaves estaba besándose con quien debía ser uno de los guardias de palacio bajo la luz tenue de una escalera que ascendía a una torre de vigilancia… no había señales de Elsa por ningún lado, tampoco de alguien que mencionara su nombre.
El miedo empezó a ganar terreno en su corazón, en un momento pensó que jamás la encontraría, que tendría que vivir en adelante con el recuerdo de lo que pareció un sueño… preso del miedo voló hasta el techo de una torre de vigilancia a esperar a la Luna aparecer en el cielo.
- ¿Te vas a rendir? – Preguntó El Viento curioso.
- Nunca – Respondió de inmediato y sin titubeos.
- ¿No te rendirás a que alguien te vea o a encontrar a Elsa?.
El muchacho guardó silencio un momento, alguien más podría decir que estaba sobre estimando su encuentro con la princesa pero él sabía que no era así, Jack Frost sentía dentro de su corazón que Elsa había cambiado algo en él, sólo que aún no sabía que era ni porqué… en cualquier otra circunstancia podría ponerse en pie y volar en otra dirección sin mirar atrás, ya lo había hecho antes con otros niños a los que había tomado cariño aún cuando nunca había logrado ser visto, pero la sola idea de apartarse de ella, de no volver a verla era insoportable y no tenía la menor idea de porqué le estaba ocurriendo eso… pero ya había aprendido que en su vida los porqués no tenían ninguna importancia.
Sonrió en silencio, empuñó su cayado con fuerza y se puso en pie.
- ¿No esperarás al Hombre de la Luna? – Preguntó otra vez El Viento.
- Ya sabes la respuesta – Dijo sonriendo aún más.
- ¿A dónde vas ahora?
- No lo sé con certeza, pero al menos no de vuelta al lugar de donde no obtengo respuestas.
- Me gusta esa nueva luz en ti, Jack.
- También a mi.
- No es que quiera entrometerme, pero ella está tras el ventanal central del segundo piso, por la parte posterior del palacio.
- Ya lo sabía, era la última ventana que me faltaba por revisar – Dijo sonriendo.
Jack Frost descendió de la torre y caminó hasta una pileta que estaba al medio de una pequeña plaza previa a los jardines traseros, iba a echar un vistazo a la ventana con el corazón desbocado pero antes quiso tener claro qué le diría.
En su habitación la pequeña Elsa estaba lista para ir a la cama, acaba de terminar unos ejercicios que su maestra la había dado para resolver, la educación para ella era un poco más ardua que para Anna, porque ella era la heredera al trono después de su padre, además su hermana era pequeña aún. La princesa fue hasta donde Anna dormía profundamente, tal parecía que esa noche no harían un muñeco de nieve y no podía culparla, el campamento las había agotado a las dos. De pronto el reflejo de muchos colores se reflejó en el cielo, volteó con una sonrisa en sus labios, otra vez eran las luces, a Anna le encantaban y de seguro haría un berrinche cuando supiera en la mañana que se las había perdido.
Decidió dar un vistazo al cielo antes de ir a dormir, caminó hasta el borde del gran ventanal, las luces resplandecían altas en el firmamento, perecían listones traslúcidos que oscilaban lentamente junto a las estrellas. De pronto algo llamó su atención junto a la pileta, su corazón dio un brinco cuando divisó al muchacho que había visto en la mañana, él estaba de pie observando el cielo, tenía una tenue sonrisa dibujada en los labios… aún estaba descalzo… pensó en correr hasta allá, aunque tal vez no era una buena idea, él había desaparecido, sin embargo estaba allí y otra vez no le pareció peligroso, dudó un segundo pero luego tomó una bata y siguió su corazón escaleras abajo, no habían moros en la costa, como nunca pudo escabullirse sin que nadie la viera, cuando al fin llegó hasta la puerta que la conduciría a la plaza tomó la manilla en punta de pies y la giró despacio para no delatarse y entreabrió la puerta, él seguía allí.
Jack Frost se había detenido un segundo a mirar el cielo, no sabía si las personas o espíritus como él podían pedir deseos, él había deseado dejar de ser invisible, había deseado saber que había sido de él antes de su despertar, cada vez que veía a la Luna en el cielo preguntaba lo mismo de siempre con el anhelo quemante en su corazón de oír una respuesta que jamás llegaba, pero ahora no deseaba nada de eso… lo único que quería era volver a verla, pero más que nada ser visible para ella… si él tenía el derecho de desear algo, si podía desear algo, lo único que quería… más que a nada…
- ¿Eres tú? – Preguntó una voz tímida.
Jack volteó de inmediato hacia ella, tan sorprendido como la primera vez.
- ¿Eres tú verdad? – Cuando sus miradas se encontraron ella sonrió.
- Si – Fue lo único que pudo articular.
- Y sigues sin zapatos…
- Si.
- ¿Cómo llegaste aquí?
- Yo… sólo… caminé.
- ¿Tienes frío?.
- No.
- Jajaja, eres divertido. ¿Siempre respondes sólo sí o no?.
- No – Sonrió.
- ¿Verdad? – Preguntó no del todo convencida – Entonces, ¿Cómo te llamas?.
- Mi nombre es Jack, Elsa. Jack Frost.
- ¿Jack Frost? – Preguntó extrañada.
Jack había descubierto algo más hermoso que la sonrisa de Elsa, su nombre en la voz de ella, una voz pausada, brillante, inocente, curiosa. Arrastrado por una fuerza mayor a su voluntad se inclinó hasta llegar a su altura.
- Tal como lo oyes.
- Es raro, pero me gusta – Sonrió una vez más - ¿Necesitas ayuda, estás desamparado?.
- Ninguna de las anteriores.
- ¿Eres un pastor? – Preguntó viendo su cayado.
- Jajaja, tampoco. Pero esta herramienta me es muy útil para lo que hago.
- ¿Y eso es…?
- Te lo contaré pero tienes que guardarlo como un secreto.
- Sé muy bien de eso – Respondió con un dejo de tristeza en la mirada. Jack quiso abrazarla y girarla en el aire para que borrar ese sentimiento de sus bellos ojos azules - ¿Porqué desapareciste cuando mamá vino por mi en la mañana?.
- Quiero oír que le dirás – Susurró El Viento a su amigo – Planeaste todo menos cómo decirle la verdad.
Jack recibió una cuota de realidad cuando escuchó las palabras de su viejo amigo, ¿Cómo podría decirle la verdad a Elsa sin que ella se asustara o lo creyera loco?.
- La verdad es que no desaparecí, o tal vez sí dependiendo de cómo lo mires pero… es algo difícil de explicar. Dime, ¿Crees en la magia, princesa?.
Elsa abrió los ojos de par en par al escuchar esa pregunta, ¿Qué si creía en la magia?, ella tenía poderes mágicos, ¿Cómo podría no creer si la magia vivía en ella?. Sonrió y asintió viéndolo directamente a esos ojos tan azules como los de ella.
- Entonces te enseñaré algo – Dijo mientras se ponía en pie - ¿Estas lista? – Ella asintió una vez más.
El muchacho retrocedió un par de pasos siempre dándole la cara, tomó su cayado con una mano y lo levantó hacia el cielo, Elsa vio como la punta de esa vara brilló con intensidad y segundos después comenzó a nevar, estaba por completo maravillada, ¡Él también tenía poderes como los suyos!, eso quería decir que había alguien más igual a ella, no era una niña rara… luego Jack movió sus manos con elegancia y se cristalizó una estrella en sus manos.
- Toma, es un regalo para ti…
La pequeña princesa tomó su regalo y constató que era hielo, el mismo que ella podía crear, creyó que lloraría de la emoción, él no sabría porqué pero para ella lo que acababa de hacer era como una respuesta a sus oraciones, él era un extraño aún pero sintió unas ganas enormes de abrazarlo y comprobar que no se había quedado dormida sobre sus cuadernos mientras hacía los deberes, pero no lo hizo, simplemente dio las gracias.
- Pero la magia que puedo hacer tiene un precio, nadie puede verme… es decir, soy invisible para todo el mundo.
- Imposible, yo puedo verte.
- Eres la única que puede hacerlo, por eso estoy aquí.
- ¿Algo así como mi amigo imaginario? – Preguntó algo turbada.
- Claro, aunque no soy imaginario, soy invisible.
- Entonces, ¿Cómo puedo verte?.
- Tal vez es magia, princesa… porque yo tampoco lo sé…
Elsa dio un paso al frente, levantó su mano derecha y la colocó sobre el pecho de Jack, para ser alguien invisible se sentía muy real, incluso pudo sentir su corazón latir con fuerza bajo esa capa de piel que caía sobre sus hombros. Por su parte, Jack no podía creer lo que estaba ocurriendo, él podía percibir el tacto de Elsa, su pequeña mano quemándole la piel bajo la capa, suspiró como si le faltara el aire y de pronto una avalancha de sentimientos recorrió su cuerpo, una calidez que jamás había experimentado llenó su corazón, cerró los ojos por instinto pero los abrió casi de inmediato, ella estaba acariciando su rostro y lo observaba con ternura.
- Yo también tengo un secreto, Jack… – Susurró, estaba a punto de hacer lo que su padre le pidió que jamás hiciera – Yo… yo también puedo hacer magia…
¿Era posible que alguien como él pudiera morir?, de seguro eso explicaría que estuviera en un lugar parecido al cielo, con un ángel sonriéndole, acariciándolo y viéndolo a los ojos. Las luces en el firmamento alto daban a todo el ambiente una sensación etérea y sublime… esa noche, Jack Frost acababa de descubrir la felicidad.
...
Primero que nada, muchas gracias a todas las personas que están leyendo esta historia!, en verdad es muy importante para mi :D!
También quiero agradecer todos los mensajes que me han enviado, motivándome a seguir adelante... espero que la historia siga siendo de su agrado ;3!
Finalmente, mis disculpas por tardar tanto en subir el Cap. 3, estuve muy ocupada con un curso de dos semanas que me pidieron hacer en mi trabajo. Espero subir un capítulo cada semana o cada dos semanas a más tardar.
Un beso enorme a todos y nuevamente, mil gracias!
