TRES
Sakura introdujo la carpeta del caso en el maletín y lo cerró. En cuatro horas de trabajo había logrado más que en las últimas cuatro semanas. Se reclinó en el sillón de su despacho y estiró las manos detrás del cuello, notando lo bien que se sentía. No, ésa era una palabra que no lograba describir su estado. Fantástico. Magnífico. Sexualmente satisfecha. E incluso hambrienta de más de lo que Syaoran «el Lobo de Hielo» Li tenía para dar.
Sonrió y con gesto distraído levantó el auricular. ¿Contestaría si lo llamaba? Siempre dejaba el volumen alto en el contestador para poder filtrar el marketing telefónico. Siempre podía pedirle que respondiera.
- ¿Cómo te sientes?
- ¿Mmmm? -alzó la vista para ver a su socia y a una de sus mejores amigas, Tomoyo Daidouji, de pie en la puerta.
-¿Cómo te sientes? -repitió Tomoyo, apoyándose en el marco.
- Bien, estoy bien -¿por qué no iba a estarlo? Quizá porque había faltado los dos últimos días aduciendo enfermedad, por eso. Se irguió y se dio una patada para sus adentros por haber olvidado ese pequeño detalle-. Quiero decir que ahora estoy bien -aclaró, apartando la mano del teléfono y acallando el deseo de oír la voz profunda de Syaoran.
- Bien -se acomodó el pelo rojo detrás de una oreja.
Al parecer, se había tragado la mentira. ¿Y por qué no iba a hacerlo?
A veces su amiga podía ser muy ingenua. Bonita, una abogada implacable, pero increíblemente ingenua. Supuso que eso era lo que sucedía cuando se era la menor de una familia grande, con tres hermanos mayores y unas anticuadas creencias japonesas. El concepto de engaño entre amigos no entraba en la forma de ser de Tomoyo. Aparte de dos años trabajando en la oficina del fiscal de distrito de Tokyo, siempre había vivido en casa.
Sakura se enorgullecía de no envidiar a nadie... salvo cuando se trataba de Tomoyo. A pesar de lo que ésta se quejaba y gemía por la sobreprotección a que la sometía la familia, nunca notó el modo en que Sakura suspiraba con melancolía, deseando haber tenido ese cariño durante su desarrollo. Suponía que había conocido un poco. Hasta perder a sus padres en un golpe del destino cuando contaba diez años.
- ¿Sakura?
- ¿Mmmm?
- ¿Estás segura de que te encuentras bien? Quiero decir, quizá deberías tomarte el resto del día.
Sonrió ante la sugerencia de su amiga y se negó a pensar en lo bien que sonaba.
- Ojalá pudiera -al menos eso era verdad. Deseaba encontrarse en su apartamento, con Syaoran explorando el resto de las posiciones del Kama Sutra, que guardaba en el cajón de la mesilla de noche-. Pero esta mañana he de ir al centro de detención a visitar a Risa Yamamoto.
- Ah. Esa clase de caso que puede encumbrarte o hundirte.
- No, no, no -hizo una mueca-. Me va a encumbrar -recogió el maletín y se levantó-. Voy a sacarla libre.
Tomoyo tembló de forma exagerada.
- Por favor, dime que crees que fue en defensa propia.
- Desde luego....
- Es por el modo en que dijiste que la sacarías -se encogió de hombros-. Dio la impresión de que te importaba poco que fuera culpable o no.
- Con sinceridad, poco importa. Todo el mundo tiene derecho a una buena defensa, Tomoyo -se puso la chaqueta-. ¿Qué querrías que hiciéramos? ¿Acompañar a Risa hasta la silla eléctrica por haber matado accidentalmente a su marido en defensa propia?
- Inyección letal en Tokyo. Y no si fue premeditado.
- Pero si fue...
-Has dicho que no lo fue.
- Y tú no entiendes lo que quiero decir -rodeó el escritorio y se detuvo delante de su amiga más joven. Parecía natural que el recuerdo de sus padres emergiera un poco más cada vez que trabajaba en el caso Yamamoto. Y si ese mismo recuerdo hacía que quisiera cambiar el sistema, tampoco había nada de malo en ello-. ¿Has venido por algún otro motivo aparte de para darme una lección de moralidad?
- ¡Oh! Sí. Casi lo olvidaba -se acomodó el pelo detrás de la otra oreja-. Quería preguntarte si podías ser mi ayudante en el caso Yang.
- Pensé que lo iba a ser Meiling.
- Así era. Pero con su embarazo y todo eso... En cualquier caso, la fecha del juicio se ha fijado para la fecha en que en principio va a dar a luz, y odiaría seguir todos los pasos sin poder contar con ayuda.
Sakura hizo una mueca.
- Depende -sonrió para sus adentros al recordar el modo sugerente en que Syaoran había empleado esa palabra aquella mañana.
- ¿De qué?
- De si tú me ayudas con este caso.
- ¿El caso Yamamoto? ¿El caso de la mujer de la alta sociedad que mata a su marido y aduce años de abuso emocional para cometer el crimen, que ha aparecido en todos los periódicos y las televisiones? Oh, no es justo.
Sakura alzó un dedo.
- Con la condición de que no mantendremos más conversaciones de este tipo, cuestionando la inocencia de la clienta -bajó la voz a un murmullo-. Y ningún comentario como el que acabas de hacer.
- Pero...
- Oh, oh. Ésas son mis condiciones. Si quieres mi ayuda en el caso Yang, tendrás que participar en el caso Yamamoto.
- Oh, de acuerdo -puso una expresión có hecho.
- Bien.
- ¿Quieres que cenemos esta noche? –se apoyó en el escritorio.
Sakura hizo una pausa y luego continuó hasta atravesar la puerta.
- Postergaremos esa cena. Ya tengo otros planes.
- Ah. Un chico.
Sonrió y pensó que la palabra era muy inapropiada. Syaoran era un dios. Un rey. La octava maravilla del mundo.
- Sí. Un chico.
Hacía mucho, mucho tiempo que no se entregaba al placer de un refrigerio nocturno.
Meiling, Tomoyo y ella solían reunirse al menos una noche por semana para ponerse ciegas de lo que les apeteciera y ver películas antiguas, pero habían dejado de hacerlo unos meses atrás. Masticó despacio y se dio cuenta de que eso había sucedido justo después de que Meiling hubiera conocido a Kyo. Se preguntó si era eso lo que sucedía cuando las mujeres se enamoraban.
¿Relegaban todo lo demás a un distante segundo plano en un abrir y cerrar de ojos?
El pensamiento la molestó, pero sólo un momento. Porque en ese instante, sentada frente a Syaoran a la mesa de la cocina, con un chándal viejo y los músculos relajados, la piel fresca por el paseo vivo que le habían dado a Kero, por primera vez entendía por qué Meiling había dejado de participar en sus reuniones semanales.
Deslizó el pie por debajo de la mesa para meter el dedo gordo por el bajo de los vaqueros de Syaoran, aún hambrienta de él, a pesar de que ya debería haberse sentido satisfecha. Pero cuando se trataba de Syaoran... bueno, empezaba a temer que jamás tendría suficiente. Kero le frenó el pie a mitad de camino y tuvo que apartarla.
- Esa pizza tiene dos días -comentó Syaoran-. ¿Cómo puedes comerla?
La expresión de sus ojos castaños era sexy y tenía el pelo revuelto, recordándole cómo habían pasado las últimas horas.
Observó la fruta que él había pelado y cortado en trozos precisos en un plato.
- Esa fruta es sana. ¿Cómo puedes comer eso? Alzó la última porción de pizza recalentada, quitó un trozo de carne y con lentitud se llevó el resto a la boca, realizando ruidos de placer mientras se la acababa. Syaoran tragó saliva mientras miraba sus movimientos. Sakura se cercioró de chuparse los dedos con lentitud de un modo provocativo.
- ¿Cómo te ha ido hoy? -preguntó él, carraspeando antes de depositar dos gajos de naranja sobre el plato manchado de salsa de ella.
Sakura hizo un mueca al tiempo que le daba un trozo de carne a Kero.
- ¿Dónde? -¿era su voz la que sonaba ronca?-. ¿En el trabajo?
- ¿No me comentaste que tenías que visitar a una clienta en la cárcel del condado?
Al instante los hombros de Sakura se tensaron. Tenía que recordarle algo en lo que en ese momento prefería no pensar.
- Oh, eso.
La miró.
- No fue bien, ¿eh?
- No, fue bien -apartó la fruta para recoger un trozo suelto de queso-. Es que... no sé. ¿Has sentido alguna vez que conoces a alguien, pero no dejas de experimentar destellos de que quizá no lo conozcas tan bien?
- Nunca.
Le dio con el pie.
- Hablo en serio.
- Claro. Supongo que todo el mundo siente eso en algún momento -se metió un trozo de melocotón en la boca y emitió los mismos sonidos de placer que ella había realizado instantes antes.
Sakura lo observó mientras el zumo del melocotón le caía por el mentón y sintió que la boca se le hacía agua. Cómo deseó ser esa fruta madura.
- ¿Conoces a esa clienta?
- ¿Conocerla? -se obligó a apartar la vista de la boca de él-. No. No muy bien, en todo caso. Sé de ella. Su familia pertenece a la aristocracia Japonesa. Los Yamamotoeran amigos de mis padres -sintió un nudo en la garganta por lo que podría haberrevelado con esa simple frase-. Hace unos cuatro meses, Risa Yamamoto mató a sumarido. Y yo acepté su caso.
- ¿Es la mujer que apareció en todas las noticias?
- ¿También en Aomori? -sabía que el caso era sonado en Tokyo, pero desconocía que los medios de ámbito nacional se hubieran hecho eco de él.
Syaoran señaló hacia el salón.
- Antes estuve viendo las noticias.
- Oh -se desinfló un poco.
La risita que soltó él le hizo pensar en todo menos en Risa Yamamoto y un asesinato.
- No te muestres tan decepcionada.
Incómoda porque la hubiera descubierto, se encogió de hombros.
- Es que este caso... es uno de ésos que pueden lanzar o hundir tu carrera. De los que te hacen aparecer en la portada de los medios locales -se secó las manos con la servilleta-. No se puede pagar por ese tipo de publicidad. Y como Meiling, Tomoyo y yo aún no nos hemos asentado... bueno, no nos viene mal.
- ¿Para que los asesinos puedan tener acceso a vuestra puerta?
- No, para que los clientes con medios económicos nos mantengan abrigadas de la lluvia.
Se reclinó y lo observó cortar otro melocotón, poniéndole un trozo en el plato junto a los gajos de naranja que aún no había tocado.
- ¿Lo hizo? -preguntó él.
Sakura recordó la conversación mantenida antes con Tomoyo.
- Sí.
Aguardó su reacción, pero no reveló indicio alguno de lo que pasaba por su mente. Simplemente, continuó pelando el melocotón antes de cortarlo en trozos precisos.
- ¿Premeditado?
- Estás al día de la jerga jurídica.
- Vi el juicio a O.J. Simpson, como cualquier deportista.
- No -sonrió-. Defensa propia.
- Fascinante.
- Sí -no se percató de que se llevaba fruta a la boca hasta que se puso a masticarla.
A regañadientes tuvo que reconocer que estaba buena. No recordaba la última vez que había comido fruta. Lo único que se acercaba eran los limones que había chupado después de los tequilas que había bebido en la despedida de soltera de Meiling. La noche que conoció a Syaoran-. Mi padre solía cortar la fruta de esa manera -abrió mucho los ojos ante esa referencia casual.
Syaoran sonrió.
- ¿Fuiste hija única?
- ¿Cómo lo has adivinado?
- Tienes ese aire. Ya sabes, segura, autosuficiente, solitaria.
- Quieres decir egoísta, codiciosa y arrogante.
- No he dicho tal cosa.
- No, lo hice yo -masticó un trozo de melocotón con parsimonia y señaló un rincón de la cocina. Sakura descubrió que Kero los había abandonado para ir a echarse a su casita-. ¿Sabes?, no le iría mal un poco de disciplina -añadió Syaoran.
Lo miró fijamente.
- Acaba de pasar tres días en una escuela de adiestramiento.
- He dicho disciplina. De ti. A los perros les gusta saber quién está al mando. Y por lo que he visto hasta ahora, es ella quien te controla, en vez de ser al revés.
Sakura hizo una mueca.
- Reflexionaré en tus palabras.
Él rió entre dientes.
- Siempre me he preguntado qué se sentiría al ser hijo único -la miró-. Yo tengo cuatro hermanas mayores.
- Y yo siempre me he preguntado cómo sería tener hermanos.
- Un infierno.
- Ser hija única no fue lo que se dice el paraíso terrenal -musitó. «En particular cuando pierdes a tus padres al mismo tiempo y terminas sola».
- Has dicho eso en pasado.
Se encogió de hombros y trató de adoptar un aire de indiferencia. Hacía tanto tiempo que no hablaba de lo que le había sucedido a sus padres, que había olvidado las historias que solía inventar para explicar su ausencia a los desconocidos. Un accidente de coche. De avión. Cualquier cosa que hiciera que la pérdida fuera menos dolorosa, menos real. Cualquier cosa menos la verdad. Sólo Meiling y Tomoyo, y pocos más, conocían la verdad. Y ni siquiera ellas sospechaban que necesitaba aceptar el caso Yamamoto como resultado de dicha verdad.
- Sí. Murieron. Hace mucho tiempo.
- ¿Tíos? ¿Primos?
- Una tía. Se trasladó a Kyoto hace unos años -movió la cabeza para apartarse el pelo de los ojos-. ¿Y tú?
- Mis padres siguen vivitos y coleando. Viven en la misma casa que compraron hace treinta y cinco años. Mis cuatro hermanas se encuentran en diversas fases de compromiso, matrimonio y divorcio. Las cuatro viven en un radio de dos kilómetros de mis padres en China.
- ¿Y tú cómo terminaste en Aomori?
- Igualaron mi precio.
- Ah.
- Sí, ah.
Los bordes de sus ojos se arrugaron de un modo que Sakura hallaba irresistiblemente sexy.
- ¿Los echas de menos? Me refiero a tu familia.
- A veces. Pero trato de ir a casa al menos una vez al mes. Estuve para el cumpleaños de mi padre.
- ¿Y ese aparato ortopédico para la rodilla?
Él guardó silencio, aunque su expresión no cambió.
- Una lesión, hace ocho semanas. Me dejó fuera de juego.
- ¿De modo que no has jugado desde entonces? -preguntó ella con las cejas enarcadas.
- No.
Pensó en ello. Se preguntó qué haría si sucediera algo que no le permitiera ser abogada durante dos meses.
- ¿Cómo te sientes? -preguntó con voz queda.
- Con ganas de alzarte en brazos y continuar una conversación no verbal en el dormitorio.
Sakura rió. Le gustó tanto hacerlo, que continuó hasta que descubrió que Syaoran
Había dejado de reír y la miraba con expresión suspicaz.
- Ve con cuidado, o podrías fomentar algún complejo.
- ¿A un tipo tan grande como tú?
- Un tipo tan grande como yo también tiene ego -murmuró.
- Créeme, cariño, no tienes nada de qué preocuparte en ese departamento.
La sonrisa de él fue perversa.
- Lo sé.
- ¿Te han comentado alguna vez que también eres cabezón?
- Depende de a qué clase de cabeza te estás refiriendo.
Ella puso los ojos en blanco, pero antes de poder burlarse de su comentario de adolescente, la alzó en vilo. Automáticamente se aferró a sus hombros desnudos y sintió el torso ancho y duro contra el costado.
- ¿Qué te parece si te muestro lo cabezón que puedo ser?
- Parece una buena idea.
