Nombre original de la historia: "Call Me Home", escrito por LyricalKris.

Traducido por Sarita Martinez.

Beteado por Marta Salazar.


—¿Eso es? —James sacudió la cabeza—. Ya han pasado casi tres meses y medio sin que hayas tocado a una mujer. Eso no es bueno, ni siquiera para ti. No es natural.

—Oh, acaba con eso. ¿Acaso te preocupa lo que haga con mi hombría?

—Has estado de mal humor. Diablos, toda tu actitud me está poniendo de nervios. Estoy seguro que estarás contento una vez que tengas a una buena mujer en la cama.

Edward contempló el pueblo, recargándose contra un poste.

La noche aún era joven. No se encontraba muy lejos del rancho de Carlisle. Tendría que cabalgar toda la noche, pero si lo intentaba podía llegar en la mañana. El invierno aún no llegaba a su punto más frío, así que la noche era clara. Sería capaz de ver con la luz de la luna. Su bolso comenzaba a pesar con sus ganancias por los trabajos que había hecho en los últimos meses y no confiaba en que el correo llevara el dinero hasta Carlisle.

Hasta su esposa.

Por un momento, se preguntó cómo le iría a Bella.

Repentinamente ansioso, Edward se enderezó, yendo a desatar su caballo. —Los veré un par de pueblos más adelante.

—Ah, ¿ahora a dónde corres? —protestó James.

—Deja que vaya. Después de que pase un buen rato con esa esposa suya, regresará. —La carcajada de Felix enfureció a Edward, pero no iba a pelear ahora.

Tenía un lugar donde estar.

~0~

La vida en el rancho comenzaba temprano, así que Edward no se sorprendió cuando su hermano salió a recibirlo justo al amanecer. Lo que lo dejó en shock fue cuando su hermano, quien nunca le había alzado la mano a nadie, lo bajó del caballo y lo golpeó justo en la boca, tirándolo al suelo.

Si hubiera sido alguien más, Edward ya estaría furioso y listo para responder al desafío. Pero este era su hermano mayor, el único hombre que respetaba, al que Edward nunca había visto tan enojado.

Y toda su ira estaba dirigida a Edward.

Se apoyó en sus codos, levantándose. —Carlisle, ¿qué…?

—No me hables —rugió su hermano—. Dijiste que no la habías tocado, ¡hijo de perra! Eso es lo que me dijiste.

Edward miró sus botas, sintiéndose más sucio que la tierra sobre ellas. —Dije que no recordaba haberla tocado. Sólo fue una vez y estaba completamente ebrio.

Con las manos en sus caderas, Carlisle soltó un bufido. —Bueno, sólo se necesita una vez. Cuando Edward continuó mirándolo, el Cullen mayor suspiró y ofreció su mano.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Edward completamente confundido mientras Carlisle lo ayudaba a ponerse de pie.

—Tu esposa. Está embarazada.

El estómago de Edward cayó hasta el suelo. Se tropezó y volvió a caer sobre su trasero.

—Aw, Dios —murmuró, tirando su sombrero mientras cerraba sus puños con fuerza—. ¿Estás seguro?

Carlisle se cruzó de brazos. —Claro que estoy seguro. ¿Crees que te hubiera golpeado si no lo estuviera? —Hizo una mueca—. Aunque debí hacerlo desde el principio, cuando abandonaste a esa pobre chica aquí.

—Es… Quiero decir, ¿está…? —Sacudió su mano, sin poder decir nada más.

—Tuvo algunos problemas al inicio. Fue terrible con los vómitos. Acaban de parar hace poco, así que está muy delgada. —Una sonrisa apareció en sus labios—. Pero Esme la está ayudando a engordar ahora que puede mantener la comida en el estómago, así que no te preocupes por eso.

Edward agachó su cabeza sin decir nada. Bella de por sí ya era delgada. Suspirando, dejó que sus manos cayeran cuando vio hacia adelante. —Debe de odiarme.

Carlisle se puso en cuclillas, de nuevo con los ojos llenos de compasión. —Como sabes, tu Bella es una dama increíble. No sé cómo, pero encontraste el oro cuando ni siquiera lo estabas buscando. Te extraña, Edward. No ha dejado de mirar al horizonte, esperando a que regreses. Su corazón latió errático contra su pecho, haciendo que lo frotara disimuladamente. —Eso no tiene sentido —susurró para sí mismo.

—Vas a ser padre —repuso Carlisle en voz baja—. Tienes que despertar, hijo. Ambos sabemos que no te mereces a esa chica, pero la tienes y ella no se irá a ninguna parte. Tienes la única oportunidad de cambiar. Aún puedes ser un hombre respetable, el tipo de hombre que tu hijo puede admirar.

~0~

Bella estaba en el gallinero, cantando en susurros al recoger los huevos, cuando un par de pies emocionados llegaron corriendo.

—¡Bella! ¡Bella!

Las aves chillaron en protesta y pánico a la vez que Emmett llegaba hasta donde Bella estaba.

—Calma, Em. Tus botas están ardiendo —observó riendo. Emmett siempre era gracioso, demasiado animado a esta hora de la mañana, pero aún así gracioso.

Le dedicó una sonrisa. —El tío Edward está aquí.

Tan rápido como eso, el estómago de Bella comenzó a retorcerse y sus manos temblaron tanto, que casi tiró la canasta de huevos en sus manos. —¿Edward está aquí? —repitió, tocando su cálida mejilla con el dorso de su mano.

—Seguro —dijo Emmett—. Bien, vamos. ¿No quieres verlo?

Bella sonrió amablemente, despeinando el cabello del chico. —Vamos. Aún así tengo trabajo. Iré enseguida.

Cuando Emmett se fue, Bella cayó de rodillas, manteniendo sus nudillos contra sus labios. Esme había dicho que el bebé le causaría cambios de humor, tal vez por eso sentía repentinas ganas de llorar.

Había tenido su parte de días malos desde que Edward la había dejado ahí. No porque Carlisle y Esme no fueran amables y honorables. Eran buenos amigos. Emmett era increíble; y el bebé, Alice, era tan dulce como podía ser.

Pero no había sido fácil. Sabía cómo ser útil y hacía su parte de trabajo en el rancho. Se sentía como una carga, aunque le aseguraran lo contrario.

A veces también era difícil. Su propio padre había amado y cuidado a su madre, pero ver a Carlisle con Esme era una historia totalmente diferente. Carlisle no sólo la cuidaba, casi besaba el suelo por donde caminaba su esposa. Su toque era gentil, la mirada en sus ojos delataba la adoración.

No importaba cómo la tocara, ya fuera tomarla de la mano o un beso pasional, el amor que le tenía estaba presente en cada acción.

Parte de ella sufría. En la noche cuando estaba sola y no podía dormir, veía las estrellas y se permitía imaginar cómo se sentiría si Edward la mirara así.

Creía absolutamente que Esme intentaba decirle que Edward era un hombre bueno en el corazón. De muchas formas, todavía era el pequeño niño perdido que escapaba de su dolor. Había olvidado lo que era tener un hogar.

Ciertamente, Bella entendía eso. Ella no había tenido un hogar de verdad en años, desde que sus padres cayeron enfermos.

Él era un buen hombre, y quizás no la cuidaba como Carlisle cuidaba a Esme, pero tampoco la detestaba. Había visto partes de la gentileza en la forma que Edward intentaba cuidarla en la semana que les tomó llegar al rancho. Era un hombre mejor de lo que se creía. Incluso había cierta dulzura en su culpa, aunque era enloquecedor.

¿Por qué no podía ver que su lugar era con su familia? Aún sacándose de la ecuación, había un lugar vacío en la mesa donde él pertenecía, con su hermano, su cuñada y los niños.

A pesar de la exposición limitada que tenía de su esposo rebelde, sabía sin lugar a dudas, que pertenecía al lado de los buenos, no a donde él pensaba pertenecer, con gente como James y Felix.

Bella dejó que su mano se fuera a su vientre. Apretó la tela de su vestido, mordiéndose el labio con nervios.

Una y otra vez se había dicho que no había hecho nada malo. Era correcto que un esposo estuviera con su esposa. Los hijos eran el punto de esa unión, ¿no? No quería sentirse sucia. Esperaba fervientemente que él estuviera complacido.

Tontamente esperaba que se quedara, si no por ella, entonces por su hijo.

Poniéndose de pie, Bella se dirigió a la casa. Se detuvo en la bomba de agua, consciente de sí misma. El agua estaba fría, pero ignoró su incomodidad, tratando de limpiar algo de la tierra que sabía estaba en su rostro y cuello. Pero no sirvió de nada. Había demasiada tierra y muy poco tiempo para un baño adecuado.

Bueno, de igual manera su apariencia no había hecho la diferencia antes.

Su corazón latió muy fuerte al acercarse a la casa, abriendo la puerta trasera con lentitud, escuchando.

La voz de Esme le llegó primero. —Edward Cullen, deja de actuar como si fuera una pequeña y frágil flor que estuvieras pisando.

—Dime la verdad, Esme. Ella no está feliz con esto, ¿o sí?

Bella se recargó en la pared, cerrando sus ojos, descansando una mano sobre su bebé y su frente contra la pared. No se oía contento.

Esme suspiró. —Honestamente, la pobre niña lloró casi todo un día cuando supo que estaba esperando un hijo. ¿Eso querías escuchar?

Solo hubo silencio.

—Es algo abrumador incluso cuando tu esposo no se va a lo desconocido. —Su voz sonaba más dura que antes—. Pero entonces se secó las lágrimas, se levantó, quitándose el polvo de encima y comenzó a preguntarme cada cosa que pudo pensar. Podrías aprender mucho de esa esposa que tienes.

—Es fuerte, ¿verdad? —preguntó él, con amabilidad.

—Eso es quedarse corto. Ha pasado por muchas cosas. —Hubo una pausa—. Pero también tú,

Edward. Si sólo pudieras ver…

—Esto no es sobre mí —espetó irritado. Se escuchó una silla siendo arrastrada sobre el piso de madera—. Será mejor que la encuentre.

Estaba caminando en su dirección antes de que Bella pudiera reaccionar, así que casi se estampó contra ella.

Por unos segundos, sólo se miraron.

Era igual de apuesto a como lo recordaba, todos los rasgos finos y la piel besada por el sol. Sus ojos eran una tormenta de verde, su tensa barbilla con los inicios de una barba.

Él tragó saliva y, con un gran esfuerzo, suavizó su sonrisa. —Hola, pequeña —saludó tranquilo, sus palabras apenas un susurro.

~0~

Fue hasta la noche cuando tuvieron un momento para hablar. Todo ese día, Edward se apresuró a asegurarse de hacer todas las tareas de Bella antes de que ella pudiera hacerlo. Al menos, intentó hacerlo todo. La pequeña Alice lo dificultó un poco, insistiendo en colgarse al cuello de su tío.

—Siempre tuvieron una conexión especial —explicaba Esme—. Emmett quiere a Edward y viceversa, claro. Pero Alice… —Chasqueó su lengua—. Pensamos que tenía problemas por un tiempo. No había dicho ni una palabra hasta su primer cumpleaños. Edward se acercó, la tomó en brazos, y comenzó a hablar con ella como si estuvieran a media conversación. Y nunca lo creerías, ella le respondía con balbuceos.

La forma en la que se sentaban, con las cabezas unidas, llenaba a Bella de esperanza. Tenía que admitir que no sabía qué tipo de padre podría ser Edward, el Señor sabía de qué hogar venía, pero viendo su gentileza con Alice y recordando cómo cuidaba de ella, calmaron todas sus dudas.

Claro, con Edward era otra historia.

El esposo rebelde de Bella apenas podía mirarla, y aunque Bella sabía que era por alguna culpa innecesaria, ese hecho aún la consumía, haciéndola sufrir. Había una tensión entre ellos, un gran espacio que no sabía cómo cruzar. No se sabía las reglas aquí, si podía tocarlo, o si podía forzarlo a hablar.

Fue raro entre ellos, pero no muy incómodo. A veces lo atrapaba mirándola, sus ojos paseando por su cuerpo, con sus labios alzándose por algo que ella decía o hacía. Todo eso le daba esperanza.

Esa noche, cuando los niños estuvieron durmiendo y Carlisle y Esme se fueron a su cuarto, Edward tomó su mano tentativamente. Bella se sonrojó, con mariposas volando en su estómago mientras trataba de ocultar la satisfacción que sentía por ese gesto. Guardó silencio mientras caminaban a su cuarto.

Su cabeza estaba baja cuando se sentó en su cama. Giró su sombrero una y otra vez en sus manos.

Bella mordió su labio, sin saber qué se suponía que debía decir. —Casi siento que debería disculparme —admitió al fin, dejando su mano contra su estómago en caso de que no supiera de qué hablaba.

Ante esto, su cabeza se alzó. —¿Qué? —Suspiró, negando con la cabeza—. Bella, no has hecho nada malo.

—Bueno, tú tampoco —respondió ella, sentándose a su lado con incertidumbre.

Su cercanía le cerraba la garganta, pero Bella luchó contra eso. Era una esposa y sería una madre pronto. Era tiempo de dejar de actuar como una niña.

Apretando sus labios, antes de poder pensarlo mejor, desfajó su blusa de su falda y tomó su mano.

—¿Qué…? —Comenzó pero dejó de hablar cuando Bella deslizó su mano debajo de su blusa, presionando su palma contra su piel.

Respiró abruptamente. En la suave luz de las velas, pudo ver que sus ojos se agrandaban, sus labios formando una "o" de sorpresa. Se movió en la cama, inclinando su cuerpo hacia ella y poniendo su otra mano en ella. —Puedo sentirlo —dijo maravillado.

Bella no pudo evitar la sonrisa que entonces se esparció por su rostro.

El pequeño bulto en su abdomen no era perceptible a la vista, pero con sus manos contra su piel desnuda, definitivamente estaba ahí. Era una pequeña parte de piel firme, diferente a la suavidad en el resto de su cuerpo.

Cuando lo sintió por primera vez, fue cuando supo que aunque estaba aterrada por la idea de tener un bebé y ser una madre, amaba a ese hijo. Desde el momento que supo lo que pasaba, por qué las náuseas no se iban y por qué la maldición no le había llegado, había deseado una oportunidad de hacer que Edward sintiera lo mismo que ella.

Tal vez podían ser una familia.

Edward jadeó un poco, los ojos brillantes con emoción mientras presionaba su piel.

Entonces vio que la oscuridad llegó de nuevo. Su respiración se entrecortó y retiró sus manos. Frunció el ceño, y la expresión de tortura regresó. —Bella —susurró, sonando completamente como el hombre perdido que Esme había mencionado—. Dime qué necesitas, qué quieres.

Quiero cuidar de ti, en verdad que sí. Te lo debo. Te debo eso y mucho más.

Bella mordió el interior de su mejilla. Había mucho que quería decir, pero no sabía si tenía el derecho de hacerlo. Él era un hombre libre, y ella no podía pedirle que estuviera en un lugar donde no quisiera estar.

—¿Te quedarías conmigo esta noche? —soltó. Al instante, sus mejillas ardieron—. Sólo para dormir.

Se veía sorprendido, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios. —Chica, eres difícil de entender, ¿verdad? —murmuró con tono suave. Levantó una mano, pasando sus dedos por toda su mejilla—. ¿Por qué me miras así? Como si fuera el hombre que cualquiera quisiera, especialmente una cosa tan dulce como tú.

Bella estaba perpleja. —Eres mi esposo —dijo, sin entender por qué parecía que él quería que no lo quisiera.

Su sonrisa era amable. —Lo soy. —Se vio en conflicto consigo mismo por un momento antes de presionar un pequeño beso a sus labios—. Me quedaré, pequeña. Si te alegra, por supuesto que me quedaré esta noche.

No se perdió de lo que dijo, pero daría un paso cuando pudiera darlo.

—Oh. Casi lo olvido —dijo Edward de repente. Acercó su morral y buscó adentro—. Tengo algo para ti.

Curiosa, Bella miró la bolsa, con los ojos enormes cuando sacó un estuche. Él sonrió, mirándola mientras lo abría.

Adentro había una pequeña pistola. Era linda, con decorados de perla en la empuñadura. Bella la tocó, algo cautivada.

No podía recordar la última vez que alguien le había dado un regalo.

—Te dije que te conseguiría una —explicó él, sacando la pequeña pistola—. ¿Qué te parece? —Creo… —Bella mordió su labio, subiendo la mirada para que pudiera ver que bromeaba mientras hablaba, para no parecer malagradecida—. Es una cosita tan pequeña. Siento que haría más daño si se la lanzara a alguien.

Él rio y la colocó en su mano para que sintiera el peso. —Hará más daño del que aparenta. Saldremos en la mañana, para enseñarte cómo disparar bien.

Sonriendo, Bella besó su mejilla. —Gracias.

—Claro. —Inclinó su cabeza, viéndose tan tímido como ella se sentía—. Sé que me perdí tu cumpleaños. Esto era lo menos que podía hacer. —Respiró acompasadamente por un momento—. Bella, lo estoy intentando. En serio. Quiero darte lo que necesitas, lo que se merecen. —Tragó saliva, acariciando su mejilla—. Tú y el bebé.

Bella miró el arma, girándola en sus manos, pensando en lo peligrosa que era su vida. Podía matar o ser matado con una pistola como esta.

La garganta de Bella se cerró y tuvo problemas para hablar. —¿Qué tal si…? —Su voz era apenas audible—. ¿Qué tal si lo mejor para nosotros es tenerte aquí? Tenerte en casa.

No respondió de inmediato. —Tengo que hacer dinero de alguna forma. ¿Cómo puedo proveerte si estoy atrapado aquí?

—Hay mucho trabajo que hacer aquí, Edward —contestó rápidamente—. Carlisle te ayudaría. Sabes que lo haría.

Vio que la mandíbula de su esposo se apretaba. —No quiero su ayuda. No con eso.

Puede que fuera nueva en el matrimonio, pero sabía que no debía presionarlo. Era una herida abierta entre Edward y su hermano. Carlisle tenía sus propios arrepentimientos.

Edward era un hombre con cicatrices, y no iba a cambiar de la noche a la mañana, si es que cambiaba en algo. Tendría que explorar las aguas con él, para ver a qué costa llegaban. Tendría que ser suficiente por ahora ver que obviamente no la iba a hacer a un lado tan fácilmente.

—Aw, por todos los cielos. —James inclinó su silla junto con su bebida, tomando de ella por un momento antes de fulminar a Edward con la mirada—. He soportado tus malditos humores desde que eras un chiquillo. Nunca habías estado así.

Consciente de sí mismo, Edward reajustó su sombrero para poder ver mejor al otro hombre. — No tienes por qué quejarte.

James soltó un bufido. —Bueno, claramente no es un gusto estar contigo. Eso es seguro.

—Ah, rayos. No me pagas por el entretenimiento. No soy una de tus amiguillas. Hago lo que me dicen, así que déjame ser —gruñó Edward, levantándose y llevando su bebida a una mesa libre.

Desafortunadamente, James lo siguió. —La cosa es que tu cabeza no está concentrada. Y eso no está bien para mí.

Edward bajó su vaso de golpe. —¿Qué quieres de mí, James?

—Quiero saber qué te pasa. —Le dio un vistazo a Edward—. No será por esa chica… ¿cómo se llama?

—¿Te refieres a mi esposa? —rugió Edward.

El otro hombre bufó. —Bueno, ¿cuál es el punto de tirar tu basura, si solo piensas en ella? Ni siquiera has mirado a todas las deliciosas…

—Maldita sea. ¿Te puedes callar? —Edward tomó su vaso con ambas manos—. No me gusta dejar que mi hermano cuide de ella. Esa es mi responsabilidad, ¿no es así?

—A mí me parece que ese hijo de perra al fin te sirve de algo. Vamos, Edward. ¿Qué diablos quieres con una esposa? ¿Quieres un bebé?

Edward se atragantó un poco con su bebida.

James se rio estrepitosamente. —Sí, claro. Te diré algo. Si quieres un montón de criaturas, haz lo mismo que Alec. Consíguete a una pequeña chica en algún lugar. Acuéstate con ella cuando estés en el área y regresa cada año o dos a conocer a un nuevo niño.

Cuando Edward no dijo nada al respecto, James lo miró de reojo. —¿Y qué? ¿Quieres darle un hogar propio y todo eso?

—Se lo merece —murmuró Edward, más a su bebida que al hombre enfrente de él.

—Pues, no sé si te has dado cuenta, pero la tierra y los hogares… requieren dinero, mi amigo.

¿Cómo esperas conseguir todo ese dinero, huh?

—¿Supongo que estás planeando algo con esto?

James se hizo hacia atrás en su silla, con una sonrisa de triunfo. —Lo reconozco.

~0~

Después de que James aclaró sus planes, Edward le dijo que necesitaba tiempo para pensar. Se fue por lo salvaje, haciendo su camino hacia el rancho de Carlisle.

No. Estaba haciendo su camino de vuelta a ella. A su novia impremeditada.

Edward no entendía por qué, ya que no le había dado nada más que desilusiones, pero ella siempre le sonreía al verlo. Y él devolvía la sonrisa, con el corazón más ligero de lo que había sido desde…

Honestamente, quizás nunca se había sentido así.

Su expresión era tímida, pero pasó por toda la nieve para darle un beso más dulce que la miel y caminó a su lado hacia los establos, donde pudo dejar su caballo.

—Yo, um. Sí, todo esto es para ti —dijo Edward incómodamente mientras dejaba un bulto en sus brazos.

Bella parpadeó, revisando el bulto atado con cordel.

—La mayoría es tela. Pensé que tú y el bebé podrían necesitar algo pronto. También hay un lindo vestido. No sé cuándo podrás usarlo viendo que… —Tosió, frotando su cuello—. Bueno, de todos modos es tuyo.

—Gracias —contestó suavemente, poniéndose de puntitas para besar su mejilla—. Todo se ve bien.

Mordiendo el interior de su mejilla, Edward le quitó el bulto, dejándolo en la pared de la cabina por un momento. —También te traje algo más. —No podía decir por qué estaba tan nervioso. Sentía que el corazón estaba en su garganta, cada pensamiento concentrado en sus nervios. ¿Pensaría que era algo tonto?

Alejó su comportamiento sacudiendo su cabeza. Edward metió su mano a su bolsillo y sacó un collar, dejándolo rápidamente en la palma de su mano. —Pude hacer intercambios con unos indios hace casi una semana —explicó, sus palabras sonando más rápido de lo normal—. No sé qué tanto puedes creer en sus leyendas, pero dicen que te protegerá. —Él cerró sus dedos alrededor del collar, escondiéndolo de su vista—. No tienes que usarlo, pero…

—Creo que es hermoso. Gracias —dijo Bella sinceramente, pasando sus brazos alrededor de su cuello.

Edward sonrió nuevamente y puso sus manos en su espalda, acercándola a él. Cerró los ojos, simplemente inhalándola en un momento, pensando en lo bien que se sentía sujetar a una mujer así.

Pensando que quizás sería bueno no tener que dejarla ir.

~0~

Esa noche, Esme y Bella fueron a acostar a los niños, dejando a Carlisle y Edward en la mesa. Sin decir nada, Edward sacó un fajo de billetes, lanzándoselos a su hermano mayor. Carlisle miró el dinero por un momento antes de regresárselo.

—Aún tengo el dinero que me diste antes —comenzó Carlisle con tono desinteresado. Aclaró su garganta—. Sucede que los Whitlock quieren vender algo de sus tierras. Creo que te ofrecerían un precio razonable. La propiedad está más abajo, lo suficientemente cerca para…

—¿Qué estás diciendo? —lo interrumpió Edward con irritación en su tono. Le volvió a lanzar el dinero con un poco más de fuerza—. Toma este dinero. Es para Bella.

—Sé para qué es. —La voz de Carlisle seguía con calma, pero más firme—. Ya te lo dije antes, esa chica no es ninguna carga para nosotros. Se mantiene por sí misma lo suficiente. No necesito este dinero —bufó—. Demonios, a veces pienso que hasta debería pagarle por la ayuda que nos da aquí. —Colocó el dinero en la mesa, mirando a Edward—. Toma esto, toma lo que me diste antes, y dale un hogar propio.

—No te deberé nada, Carlisle. —Edward se estaba enfureciendo—. Haré lo correcto para ella.

—Entonces haz lo correcto. No tienes por qué irte, poniéndote en peligro cuando tienes a una familia esperándote justo aquí.

—Mira, si no es el burro hablando de orejas —dijo Edward amargamente.

—¿Qué?

Recargándose en la mesa, Edward miró a su hermano. —Te sientas aquí y me hablas cerca de huir de mi familia cuando tú hiciste lo mismo. —Empujó la silla, poniéndose de pie—. Pero ahí está la diferencia entre tú y yo. Yo regreso. No es huir si sigues regresando.

Se dio la vuelta, ignorando el dolor en la cara de su hermano mientras iba a la habitación de Bella.