Una semana había pasado y ni Sister Winifred tenía entusiasmo. Las condiciones eran duras, sí, pero había otro factor que los desanimaba aún más: muy pocas personas se acercaban.

–Son muy desconfiados y no los juzgo. –explicó la Dra. Fitzsimmons–Han vivido en pésimas condiciones por culpa de los blancos.

–¿Pero cómo hacerles entender que no venimos a hacerles daño, sino todo lo contrario? –dijo Patrick, exasperado.

–Es lo que hemos tratado de hacer, pero aún así…El hecho de que seamos blancos, británicos, que haya mujeres haciendo trabajos de hombres, y sobre todo, que haya monjas, hace que se comporten más desconfiados y temerosos.

–Si es el hábito lo que los aleja, entonces no lo usaremos. –Sister Julienne habló con firmeza y todos la miraron con admiración. Sin embargo, la Dra. Fitzsimmons sonrió con tristeza.

–Creo que ni aunque hagan eso servirá.

Con tan poca motivación, la cena terminó temprano y se retiraron a sus habitaciones. Shelagh fue a la suya luego de rezar las Completas y encontró a Patrick dormitando.

–Creo que ya sé qué podemos hacer. –dijo ella sentándose en la cama. Él la miró somnoliento, pero luego sonrió.

–Viendo lo temprano que es, yo también sé qué podemos hacer…

–No me refiero a eso, Patrick. –ahogó una risita–Me refiero a hacer que la gente se acerque al hospital.

–Ah, eso…–respondió con indiferencia, y ella soltó su risa–¿No me lo puedes contar mañana?

–Como quiera, Dr. Turner, pero aténgase a las consecuencias.