Capítulo 3-Conociendo a John Winchester
Otro motel. No es que fuera ninguna princesita, no necesitaba un palacio real, pero de veras que no entendía cómo podían vivir de motel en motel. Necesitaba algo a lo que llamar casa, un sitio en el que sentirme cómoda y la carretera no ayudaba precisamente.
Me desperté gracias al repiqueteo constante de aquel motel. Nadie podía moverse sin que todo temblara. ¡Qué acogedor! Entonces alguien llamó a la puerta.
¿Dean? ¿Eres tú? —pregunté aún desde la cama, con tan solo un ojo medio abierto.
No, soy Sam.
Voy, un momento—me levanté, sin muchas ganas, lo más rápido que pude y le abrí sin preocuparme por aparentar un aspecto decente, ¿para qué? — ¿Qué pasa? —Sam entró vestido con ropa de calle. Parecía que hubiera estado corriendo. Todo un madrugador al parecer.
Dean quiere que veas esto. Dice que estás familiarizada con diferentes tipos de símbolos—no preguntéis cómo, pero Dean consiguió sonsacarme detalles de mi yo cazadora que no tenía precisamente pensado desvelar. Sí, se puede decir que soy todo un as en cuanto a símbolos se refiere. Se me quedan grabados a fuego en la cabeza.
Espera un segundo. ¿Este no es el caso de la chica de Chicago? Quiero decir, íbamos a ir a investigarlo ahora, esta mañana, ¿cómo es que…?
Lucy, son las cinco de la tarde. Llamamos a la puerta, Dean dice que te oyó roncar y que sería mejor que te dejáramos dormir.
Espera. ¿Cómo he llegado a la cama? ¡Y yo no ronco!
Dean te subió anoche. Llegaste reventada—dijo y sonrió con deje, como de costumbre.
No estoy…acostumbrada a viajes tan largos, supongo. Bueno, volviendo al símbolo…—lo observé atentamente: un círculo en el medio rodeado por dos líneas. No había duda—Daevas…Son seres demoníacos que pueden ser controlados por otros demonios o por cualquiera, realmente. Son invisibles y tienen garras (lo que explicaría por qué los cuerpos de las víctimas fueron descuartizados). Aún así podemos cazarlos gracias a la sombra que proyectan.
Vaya —sí que parecía impresionado. Quizás me había pasado un poco luciéndome. Acto seguido cogió el móvil y llamó a Dean para comunicarle todo lo que acaba de decirle—Voy a encontrarme con Dean, nos vemos luego.
¡Espera! Voy contigo—me apresuré a decir.
Ahm, Dean prefiere que te quedes aquí.
¿¡Qué!? ¡No! No pienso quedarme aquí sentada mientras os enfrentáis a los daevas. Ya he dormido suficiente. Espera un segundo, me visto y nos vamos—me giré en dirección al cuarto de baño, al segundo volví a darme la vuelta y me dirigí a Sam con un dedo acusador—Ni se te ocurra marcharte sin mí—de haber querido era evidente que se habría ido. Seguro que se quedaba porque sabía de sobra que iría tras ellos de todos modos.
El bar estaba lleno de gente, ideal para que nadie nos viera, aunque no creo que Dean estuviera allí precisamente por eso. Cuando Sam y yo llegamos estaba en la barra hablando con una camarera. Imbécil fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Sam se sentó en una mesa próxima al enanito Gruñón. Yo me fui decidida hacia él. Supongo que Sam estaba acostumbrado a esto pero a mí lo cierto es que me daba coraje.
Hola Dean—se giró hacia mí y me miró sorprendido.
¿Qué haces aquí, renacuaja? —estaba entre enfadado y divertido, más o menos como siempre lo había visto hasta ahora, vaya. Me limité a hacer un gesto con la cabeza en dirección a Sam para luego clavar mi mirada en sus ojos—Ponle un refresco, parece que tengo que volver al trabajo—le guiñó un ojo a la camarera, cogió la cerveza, una servilleta (con el número de teléfono de la chica seguro) y mi refresco.
Después de algunas bromas por parte de Dean respecto a la camarera y a otra chica que al parecer se había encontrado por el camino, nos pusimos a hablar seriamente…bueno, o lo más cercano. Con los Winchester es así, aunque quizás para mejor.
Así que si pillamos al hijo de perra que está controlándolos, dejarán de darnos problemas—soltó Dean como si aquello fuera fácil.
Bueno, eso si están siendo controlados por demonios. Podrían estar actuando por propia voluntad—añadí seriamente y no muy alto.
Estupendo entonces—bufó Dean sarcásticamente echándose hacia atrás en la silla.
Sam, ¿tienes alguna idea…?—tercié, pero no me estaba escuchando. Se había girado hacia atrás y observaba a una muchacha rubia de pelo corto. La chica, digamos que, me daba mala espina-¡Sam!-grité dándole en el brazo. Dean y yo lo mirábamos extrañados.
Esperad…un segundo-se dio la vuelta directo a la chica y se puso a hablar con ella. A juzgar por la sonrisa de ella, se conocían. Hablaron un rato hasta que Dean se acercó, luego ella no pareció estar muy contenta de verlo. Yo preferí quedarme allí sentada, observando. Me pareció más divertido y menos peligroso. Cuando volvieron crucé los dedos de las manos encima de la mesa y los miré como una madre reprochando a sus hijos.
¿Y bien? ¿Habéis sacado algo productivo a parte de lo habitual?
Me da mala espina, Dean-era normal que Dean me ignorara, pero Sam…Le envié una mirada de odio aunque obviamente no sirvió de nada. Cuando se enfrascaban en aquella charla entre hermanos no había quien se metiera en medio.
¿A qué te refieres?
¿Encontrarme con la misma chica dos veces, primero en una estación de autobuses y luego en un bar cualquiera? Es demasiada coincidencia. Y para nosotros, esa palabra no existe.
Espera, ¿ya la conocías?-ignorada por segunda vez. Ding, ding, ding.
¿Crees que ella puede ser quien controle a los daevas?
Es posible-acto seguido se levantaron, derechitos al impala. Les seguí al ritmo que pude-Yo voy a vigilarla, tú encuentra si nos miente sobre su identidad Dean-y volvían a dejarme fuera del grupo. "¿Hola? Estoy aquí, ¿sabéis?" Sam cogió el coche. Dean y yo nos fuimos andando al motel.
-¿De dónde eres?-fue lo primero que Dean preguntó al quedarnos solos. Le miré sorprendida. No esperaba que me fuera a dar conversación por el camino y menos a preguntarme por mis cosas. Sería una tontería, pero…nunca hablaba con nadie de nada que tuviera una mínima relación con mi persona.
-No de Estados Unidos como habrás podido comprobar por mi acento-le dije a la cara con una sonrisa llena de sarcasmo.
-¿Siempre eres así con todo el mundo, incluso con tus ligues?-preguntó con aún mayor sarcasmo.
-Siempre. Y, a diferencia de ti, no tengo tiempo para ligues-solté así tal cual-Soy de Inglaterra, de una ciudad del sur. ¿Y vosotros?
-De Lawrence, Kansas-hizo morritos con sus labios mirando al frente y cambió de tema-Se te ve tranquila.
-¿Por qué no iba a estarlo?
-Oh bueno no sé, estamos ante unas criaturas que podrían sacarnos las tripas y seguimos sin haber cogido a esa perra de la furia de fuego. Todo está bajo control.
-Dean, te dije que no nos dará problemas por una temporada. Siempre actúa así. No te preocupes. Y en cuanto a los daevas, confío en vosotros. Seguro que sale bien-dije y sonreí sinceramente. La primera vez desde que los conocía. Lo hice inconscientemente y tan rápido como floreció aquella sonrisa, la hice marchitar apartando la mirada.
-Tienes unos dientes bonitos. Deberías lucirlos más-dijo Dean sacando la mano del bolsillo y sacudiendo su dedo índice en dirección a mis dientes-consiguió que me ruborizara. Para mi fortuna empezaba a anochecer y no lo habría notado.
Llegamos al precioso motel y tras hacer una breve investigación Dean encontró a la chica. No parecía haber mentido. Llamó a Sam para contárselo. Mientras tanto yo estaba apoyada en la ventana, mirando a los coches, bueno, uno en concreto había llamado mi atención. Un hombre de rasgos no identificables debido a la distancia acababa de bajarse del coche con una gran bolsa del tipo de las que Sam y Dean acostumbraban a llevar hasta arriba de armas. Escudriñaba la escena cuando Dean se levantó de un sobresalto, matándome del susto.
-Tenemos que irnos-acto seguido se puso la chaqueta y en dos zancadas se clavó en la puerta. Sabía que no me dejaría hacer nada contra los daevas pero también supe que no quería dejarme sola.
-¿Qué ocurre?
-Te lo cuento por el camino, cielo-ya me extrañaba a mí, casi un día sin llamarme cielo era superior a sus fuerzas.
Tras unos diez minutos andando llegamos al lugar en el que al parecer se encontraba aquella joven rubia. Era ya de noche y todo estaba en penumbra. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
-Tú quédate aquí, Lucy-dijo Dean, serio.
-¿¡Qué!?-solté intentando no mostrar mi miedo, aunque fue casi imposible-Voy con vosotros. No pienso quedarme fuera de esto. Yo os ayudé a identificar a estos seres.
-Lucy, esto no es un juego. Pueden matarte.
-No te preocupes. Tengo cuentas pendientes, no pienso morir hoy. Y menos aquí-a continuación entré, desarmada y seguida de mis queridos Winchester, con el gruñón maldiciendo por lo bajo.
Al llegar arriba nos escondimos tras los estantes que se encontraban al fondo de la estancia y de espaldas a la chica. A pesar de todo, esto pareció ser inútil. Tras haber hablado con alguien invisible y no presente en la sala, la chica se dirigió a nosotros:
-¿Creíais que podíais entrar sin que me diera cuenta?-dijo acompañándose con una risa un tanto malvada. Al instante decidimos salir a la luz-¡Oh! ¿Quién es la nueva? Un poco jovencita para ti, ¿no Dean?-mientras hablaba, los daevas aparecieron en la pared. Me quedé clavada donde estaba, mirándolos-Creo que será la primera-tras esto una de aquellas criaturas se me acercó y me arañó la mejilla izquierda. Lo hizo con tanta fuerza que me estampó con la columna que estaba justo detrás de mí. Quedé inconsciente al momento-Hmm…No parece gran cosa, ¿de dónde la habéis sacado?
Entonces Dean intentó acercarse a Lucy que ya no solo sangraba por la mejilla, sino también por la coronilla. Fue inútil, un daeva le rasgó la cara y lo mismo hizo el otro con Sam. Aguantaron más que Lucy, pero al final los dos cayeron al suelo sin poder volver a levantarse. Meg aprovechó el momento para atar a los tres a los pilares de hierro.
Mi consciencia volvía poco a poco, guiada por una voz que oía en la distancia. Era una voz grave que me llamaba insistentemente y que me zarandeaba. Poco a poco fui abriendo los ojos para ver un rostro surcado por unas buenas garras. Estaba asustado. Mucho.
-¿Dean?-susurré-Tranquilo-me había tapado la cabeza con un trozo de su camiseta. Parecía que ya había dejado de sangrar aunque debía de haber perdido mucha sangre porque me encontraba muy débil. Cuando pude ponerme en pie sola y sin tambalear me contaron todo lo ocurrido: consiguieron romper el altar, así que los daevas dejaron de obedecer a Meg y la atacaron, tirándola por la ventana.
Al entrar en el coche y antes de arrancar, Dean agarró el volante con fuerza, apretó los labios y se dio la vuelta de modo brusco dirigiéndose a mí con gesto duro:
-La próxima vez que te diga que te quedes, ¡te quedas!-entrecerré los ojos para no llorar. Me sentía mal, peor, me sentía como una mierda. Cuando por fin arrancó bajé la cabeza y solté algunas lágrimas silenciosas.
Para cuando llegamos al motel me aseguré de que ninguna lágrima surcara mi rostro, para lo cual la sangre seca fue de gran ayuda.
Al entrar en la habitación una sombra se recortaba al lado de la ventana. El miedo volvió a apoderarse de mí. No era la chica, era una sombra masculina. ¿Quién podría ser? Sam y Dean rápidamente le apuntaron con las pistolas.
-¡Eh!-gritó Dean. Un hombre de mediana edad salió de entre las sombras, sonriente. No sabía quién era pero Sam y Dean bajaron las pistolas rápidamente. Estaban sorprendidos-Papá…-susurró. Rápidamente fue a abrazarlo, seguido por Sam. Los tres tenían los ojos fuera de las órbitas. Tras esos primeros minutos de reencuentro y una disculpa a Sam por parte de su padre por no haber hablado con él desde que marchó a Stanford, pasó lo inevitable: los ojos de John se posaron en mí. Pero lo más extraño es que vi reconocimiento en su mirada. Me conocía pero… ¿de qué?
-¿Quién es esta chica?-preguntó ahora, con una mirada extraña.
-Lucy. Estamos…protegiéndola-dijo Dean, aún con algo de enfado.
-¿De los daevas?
-No, de una furia de fuego.
-¿Qué has hecho?-me miró acusadoramente. Parecía que sí conocía a aquellas criaturas. Los hermanos me miraron extrañados. Y entonces, antes de que pudiera hacer o decir nada, los daevas aparecieron nuevamente, abriendo nuevos surcos en nuestra piel y tirándonos contras las paredes, pero cebándose especialmente con John. Como me habían contado antes, él era el objetivo. Tenía que hacer algo. Sabía que podía hacer algo. Ya no era el miedo lo que me tenía paralizada, pero es que…
Mientras yo me debatía en mi cabeza con un dilema Sam consiguió coger una bengala y encenderla. Eso nos dio suficiente tiempo como para salir tosiendo de la habitación. Para mi suerte dejé mi bolso en el impala.
-Parece que nos dejarán por ahora-dijo Sam cuando llegamos abajo.
-Papá, tenemos que separarnos-saltó de repente Dean.
-¿Qué?-intervino Sam-¡NO! Ahora que por fin lo hemos encontrado…No papá, no te vayas, los tres podemos matar a ese maldito demonio-Sam parecía un pequeño cachorrillo asustado y magullado que imploraba ayuda.
-Sam, Meg tiene razón, con nosotros cerca papá es vulnerable. Debemos separarnos.
Papá. Pensé. Me alejé por un instante de ellos para huir al más recóndito lugar de mi cerebro. Desde aquel día, ya tan atrás en el tiempo, me prometí que encerraría lo que ocurrió en el lugar más lejano de mi conciencia y que no volvería a desenterrarlo, por mi bien.
Sam abrazó a su padre y lo propio hizo Dean. Justo antes de irse, John se dirigió a mí y dijo:
-Estás en buenas manos, no te preocupes-por mi parte volví a dedicar una sonrisa verdadera tan impropia de mí. Los Winchester tenían algo que me atraía, algo que me hacía sentir bien conmigo misma. No conocía mucho a John y no sabía nada comparado con todo lo que sé ahora pero era un buen hombre a pesar de todo. Podía sentirlo.
