Cuando dices mi nombre.
Parte 3.

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Domingo, 12:19 pm.

Cuando Yamamoto salió a la calle se sorprendió al ver que un día tan gris lo esperaba.

Le costaba ver qué era lo que había frente a él. Con un poco de esfuerzo alcanzaba a divisar algunos objetos aislados a la distancia como un poste de luz, el letrero de una cafetería o un perro callejero. La neblina lo ocultaba todo, y más de una vez casi se tropieza y se da de bruces contra el pavimento por culpa de algún objeto que no alcanzó a distinguir. De no ser porque ya se conocía el camino de memoria, le habría resultado imposible llegar al lugar donde solía practicar con su bate de béisbol.

Decidió que entrenaría un rato para despejar su mente y luego enfilaría de regreso a casa, y llevaba ya alrededor de dos horas allí cuando se percató de que el viento, que había ido aumentando de intensidad tan paulatinamente que le resultó más bien imperceptible, llegaba ahora a ser tan evidente que incluso desviaba las bolas que bateaba. Fue entonces cuando Yamamoto salió de su ensimismamiento y, reconociendo que no era común que el viento fuera tan fuerte, decidió echar un vistazo a su entorno.

La neblina se había intensificado y el ventarrón, como ofendido por la actitud indiferente del muchacho, desató de improviso toda su furia acumulada y arrancó incontables hojas amarillentas de un desdichado arbolito cercano, las cuales condujo con la dulzura de una madre hacia lo alto del cielo, formando una hilera hipnotizadora. Yamamoto las observó durante un instante danzar en el aire hasta que cada una comenzó a rechazar el abrazo de la corriente para seguir su propio rumbo y se separaron.

Con el cuello estirado como estaba, Yamamoto entonces desvió su atención hacia lo más alto del cielo, donde encontraría el sol, pero ese día no se encontraba allí. Las nubes grises obstruían su luz, como amenazándolo si no dejaba de brillar, pero este se negaba a ser víctima y luchó para librarse de su opresión. El cielo demostraba cada tanto unos pequeños y cortos haces de luces que desaparecían tan rápido como llegaban; eran el fruto de esa batalla, y aunque el sol estaba perdiendo, intentaría por todos los medios brindar un poco de su luz, y con ella una pequeña esperanza en un día tan oscuro, antes de ser envuelta en su totalidad y desaparecer por completo.

Yamamoto se encontró ligeramente decaído por la situación en que estaba metido, pero no llegó a hacer o decir nada porque un estruendo lo detuvo en su sitio, seguido de un prolongado temblor en los vidrios de las ventanas y el suelo bajo sus pies. Sonrió con ironía al darse cuenta de que el tiempo no lo estaba favoreciendo, pero agradeció con grata sorpresa que aún no hubiera comenzado a llover.

Consciente de que ese privilegio duraría poco, guardó con prisa todas sus pertenencias y corrió, pero no llegó muy lejos cuando la primera gota cayó en su mejilla y se deslizó hasta ser absorbida por la tela de su ropa.

—Ahh, maldición. ¿Por qué no habré traído un paraguas? —se maldijo a sí mismo. En sus oídos resonó la voz de su padre advirtiéndole que no saliera a la calle ese día porque el clima empeoraría considerablemente, pero agitó la cabeza para desaparecer el recuerdo. Ya no tenía caso darle la razón cuando era evidente que no había estado equivocado.

Se sacó la chaqueta deportiva que estaba usando, la colocó sobre su cabeza, y buscó algún lugar en donde pudiera protegerse de la lluvia hasta que cesara. Afortunadamente, no tardó en encontrar uno. Se trataba tan sólo de un quiosco cerrado, pero concluyó que el techo que lo cubría era lo suficientemente largo como para serle de ayuda. Una vez se hubo refugiado allí debajo, se quitó la chaqueta de encima y secó con su mano helada algunas de las gotas que caían de su barbilla. Cuando bajó la vista hasta su ropa, soltó un suspiro de resignación al ver lo empapado que estaba.

Esperó durante veinte minutos con el cuerpo entumecido y los primeros síntomas de la gripe haciéndole cosquillas en el pecho para salir con fuerza por su boca. No tenía caso, en todo el tiempo que estuvo esperando el temporal no había dado ningún indicio de ir a parar dentro de poco, y evidentemente no podía quedarse allí el resto de la tarde.

En una situación así, ¿lo mejor es echarse una corrida, no?

Yamamoto dio unos saltitos en el lugar para devolverle a su cuerpo algo de calor y lanzó un vistazo rápido en todas direcciones buscando la ruta por la cual era más conveniente salir disparado, pero una figura cruzando la calle a toda velocidad atrapó su atención. Reconoció inmediatamente esa mata de pelo plateada. Una sonrisa boba apareció en sus labios y antes de darse cuenta improvisó una especie de megáfono con sus manos alrededor de su boca.

—¡Oye, Gokudera! —llamó.

Su compañero de clases pareció desorientarse unos momentos. Detuvo su marcha y, tapándose la cabeza con ambos brazos, buscó el lugar desde donde había escuchado su nombre. Su mirada chocó con la de Yamamoto cuando él blandió sus brazos en el aire para que lo localizara con facilidad, pero aunque este portaba en su cara una de las sonrisas más brillantes que era capaz de dar en un día como ese, el gesto que Gokudera le devolvió era frío y carente de afecto, y sin mediar palabra, dio media vuelta y siguió su camino a trote rápido.

Yamamoto no podía decir que esperaba otra cosa viniendo de él, ya hasta se había adaptado a sus miradas odiosas y mala actitud y rara vez le afectaba, pero esa vez parecía ser una excepción. Sus ojos se habían sentido más gélidos de lo normal, llegando incluso a enviar un escalofrío recorrer su espina dorsal. Trató de no darle importancia, pero el dolor que esa indiferencia le había provocado resultaba evidente en su rostro.

«¿Qué habrá estado haciendo aquí fuera con el clima como está?», se preguntó. Giró su cabeza hacia el lugar desde donde Gokudera había venido corriendo y ni siquiera se sorprendió por el resultado. «Ah, claro. Para allá queda la casa de Tsuna».

Con lentitud, las comisuras de los labios de Yamamoto volvieron a arquearse hacia arriba, pero esta vez sin una pizca de la alegría que había tenido recién; su sonrisa estaba cargada de pena. Deslizó sus brazos por las mangas de la chaqueta deportiva y luego metió las manos en los bolsillos de su pantalón. No lo pensó dos veces cuando colgó su mochila de su hombro derecho y dio un paso hacia adelante, y luego otro, y otro más, hasta que ya estuvo completamente a merced de la lluvia. Cada gota sobre su cuerpo era como una roca empeñada en destrozarlo.


Yo sé que dije que la parte 3 iba a llegar rápido porque era cortita, pero les juro que era el pedazo de basura más difícil de reciclar del mundo. Tuvo que pasar por un proceso exhaustivo de reescritura, edición y reedición antes de finalmente decir: "Sí, ya está bien".

Por otra parte, ¡el clímax de la historia se acerca! Y no sólo eso, ¡el título de la historia va a cobrar sentido! La parte 4 se viene con todo.
¡Volvé para leerla cuando esté lista! *3*

-Eritea.