Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo me divierto&juego con ellos. ^.^
De viaje sin amor
¿Tú?
-¡Levántenme! –grité con fuerza.
Pero nada… ni un rastro de nada.
-Dime, querida –volvió a susurrar Mike-. Si esto fuera un sueño ¿crees que… esto –me arañó de un momento a otro el antebrazo y yo, chillé de dolor-, te hubiese dolido?
-El dolor está en la mente –le susurré, tomando mi antebrazo, evitando que saliese sangre de las crecientes e hinchadas marcas que me había hecho-. Así que muy probablemente… sí.
-¡Cállate! –Se escuchó una tercera voz hablando.
-El sombrero –susurró Mike, mirando a todos lados, antes de que poco a poco su cuerpo se fuera desintegrando hasta desaparecer.
Miré a todos lados, un tanto asustada por la reacción de Mike y esperando encontrarme a ese… sombrerero… o lo que fuera.
-¿Q-quién anda allí? –pregunté en voz alta, mirando al largo camino de árboles secos que se extendían hacía la inmensa oscuridad de la noche negra, sin luna ni estrellas.
-¿Me temes, Rose? -Escuché como una masculina y bastante atrayente voz me hablaba. Me empecé a asustar bastante.
-¿Q-quién er-eres? -Tartamudeé, incapaz de poner en orden mi mente.
-¿Eso realmente importa? -preguntó
-Sí, a mí sí.
Escuché una risa que resonó por todo el lugar y no creía que en algún lugar cercano no se hubiera escuchado. Su risa era lunática y daba bastante miedo.
-Soy Emmett McCarty –susurró con voz sedosa y alucinante-. Bueno, mejor conocido como… El sombrerero. Y tú… mi pequeña Rose… -rió enloquecido nuevamente-, llegas tarde… tarde, tarde, tarde –volví a escuchar su alucinante y enloquecida risa-. Y eso no se perdona fácil querida… no, no, no…
-¡Sal de donde estés! –grité desesperada.
-Date la vuelta.
Hice lo que me pidió y lo vi… está ahí, recargado en un enorme árbol marchito, tenía hombros anchos y era tan fornido que sus músculos se cernían a la tela de su traje negro y desgastado. Su cara era pálida y estaba algo sucia, sus ojos eran color ámbar tenía unas pestañas largas y atrayentes, sus cabellos eran negros y un tanto rizados.
-¿Qué pasa pequeña? –Su voz era tan sedosa que casi podía palparla en el aire-. ¿No logras reconocer a un viejo compañero de pelea y risas? –Entonces, su risa empezó a resonar, penetrando mis oídos haciendo que me doliese la cabeza de un modo divertido.
-No te entiendo –susurré.
-Mi pequeña, protegida, enserio que eres despistada –rió, moviendo sus pálidos dedos sobre sus trapos sucios que llevaba por ropa. Parecía que no se había bañado en años, pues el olor que destilaba era como de basura concentrada y humedad.
-Apestas –dije, arrugando mi nariz.
-¿Este olor? –Él rió sedosamente-. No, no, no, querida… esto es sólo el producto de esperarte sentado en mi silla, de nuestra mesa… durante muchos años. Pero, mucho blah, blah, blah y poco té.
-¿Qué…? –Pero no pude decir mucho porque él me tomó del antebrazo y me llevo arrastrando –sí, literalmente-, por el oscuro bosque-. ¿A dónde vamos?
-¡Vaya, vaya! ¡Aparentemente alguien ha olvidado todo lo sucedido!
-¿Sucedido? ¿Olvidado?
-¿Preguntas? Sí, haces muchas, querida.
-Es sólo porque no entiendo nada de lo que está pasando aquí. –Intente zafarme de su agarre pero me tenía muy bien sujeta. Hacía que mi muñeca se sintiera arder bajo su tacto por tanta fuerza que le aplicaba.
-Ya querida, tranquila, poco a poco lo recordaras. ¡Digo! Este lugar no es muy fácil de olvidar. -Su voz era sedosa.
-Sí, no es nada fácil de olvidar… entonces… ¡¿cómo es que lo olvide?
-Mi pequeña, Rose, cuando uno es pequeño es más fácil olvidar las cosas… digo, tenías ¿qué? ¿Cinco años? Quizá cuatro… ¿Quieres recordar con esa edad algo muy claro? No podrás, mi amor…
Él me condujo a una enormemente larga mesa que estaba cubierta por un montón de manteles de colores, de distintas texturas tamaños y estampados. Enfrente de cada una de las sillas cubiertas por un tapiz rojo escalada y desgastado, había una taza sobre un platito, ambos de porcelana, un plato para bocadillos y unas cucharillas. Todas estaban hechas un material que estaba desgastado y sucio, siquiera se podía identificar de qué color eran puesto que tenían una mezcla de café con gris y un poco de verde…
-¿Qu-qué hacemos aquí? –Mi mirada vagaba por todos lados de la mesa, pero sólo encontraba sillas vacías y trastos sucios.
-¡Tomar el té, por supuesto! –Rió de un modo sombrío pero al igual que juguetón y animado, parecía un niño chiquito intentando dar miedo… y no lo logro, tal y como un niño chiquito.
-Creo que… -tartamudeé y mire hacía todos lados-. No, es que… no me gusta el té –dije, finalmente.
-¡No intentes mentirme, querida! ¡Cuando tú eras pequeña te encantaba! ¡Lo adorabas! –decía, con un tanto de desesperación, frustrado por mi pequeña mentira.
-¡Sólo quiero irme de aquí! –Rugí.
-Para irte de aquí… tienes que sufrir…
-¡¿Qué! –pregunté alarmada.
-Déjame terminar, Rosalie. –Resopló frustrado-. De verdad que has perdido todos los modales que te había enseñado y yo que pensaba que eras la perfecta niña.
-Eso igual pensaba mi papá… -susurré con nostalgia.
-¿Pensaba? ¿Ya no? ¿Por qué ya no está o por qué enserio te has vuelto bien maleducada, jovencita? –Preguntó mirándome con la comisura de su ojo derecho cerrándose y abriéndose ligeramente, con una especie de tic extraño.
-Él murió pero a ti eso te vale un comino –dije con indiferencia, buscando algo que ver pero sólo veía las malditas tazas de té mohosas que estaban en la mesa. ¿Cómo él se atrevía a poner sus labios en esas porquerías?
-Oh… que pena, que pena, mi pequeña. –Le acarició la coronilla con una sonrisa un poco nostálgica pero aún así traviesa.
-Suéltame –dijo ella, apartando de un manotazo la mano del sombrerero, logrando casi arrancarle los descuidados y sucios vendajes de sus dedos.
-Rosie… anda… divirtámonos –dijo con una sonrisa de oreja a oreja con los ojos entrecerrados dándole un aspecto encantadoramente sombrío a su rastro-. Así como cuando eras una pequeña bolita de persona, mi querida.
-¡Sólo quiero saber cómo demonios salir de este maldito lugar! –lloriqueé como una bebita que no le dan su dulce favorito.
-Ya lo sabrías si no me hubieses interrumpido –canturreó estúpidamente El sombrerero. Cada vez quería partirle más su linda boquita de seda.
-¡Dime! –Exigí con el ceño totalmente fruncido.
Él, al verme así, acercó su mano a mi frente y me la acarició con delicadeza, tanta que estaban a punto de cerrárseme los ojos por la suavidad.
-Mi pequeña, Rose… para salir sólo tienes que sufrir… no me interrumpas y cállate –dijo, al ver que yo estaba a punto de abrir la boca-. Tienes que enamorarte de quién ya está escrito y luego suicidarte después de habernos liberado… en sí, tienes que perder a tu amor, liberar nuestro honor y morir para salir… muy fácil, querida. –Lo último lo dijo encogiéndose de hombros con una voz estúpida que tenía un ligero toque de sarcasmo.
-¿Quién es aquel de quién debo enamorarme? –Necesitaba apurar el paso del reloj para que sus manecillas fueran lo más rápido posible.
-Saca el papelillo de esa tetera… esa que está en medio… sí, justo ahí.
La tomé entre mis manos y por poco la dejo caer cuando ahogue un gritillo puesto que estaba sucia y se podía sentir el moho en las manos cuando la agarrabas.
-Anda mi preciosa, no temas que cuando eras pequeña tú misma elegiste esa tetera para todas las veces que tomamos té.
-Eres lo peor de este sueño –dije asqueada.
Metí mi mano en la asquerosa tetera y sentí como el lodo, y otros objetos que sinceramente no estoy muy interesada en saber sus nombres, se adherían a mi piel. No sentí que hubiese nada dentro de la tetera, ni un papel, ni nada.
-Saca la mano ya, Rosie. ¿Qué tanto buscas?
Fruncí el seño y saqué mi mano y la mire con asco.
-Dame…
Sin esperar que hiciera nada él agarró mi mano y la miro con curiosidad, pronto, mi mirada se unió a la suya y pude ver como los residuos de mugre que habían quedado adheridos a mi piel formaban una flecha que indicaba hacía el frente. Mire hacía su dirección y pude ver a El sombrerero mirando extrañado mi mano.
-¡¿Tú? –Estaba aterrada con la simple idea.
-Así parece, querida…
₪ т.с.ωоιғ ✖
