๑ಌ« Far Away »ಌ๑
Despertó gracias a los rayos del Sol que chocaban contra sus párpados y el sonido del timbre retumbar por toda la casa. Suspiró, y se levantó para buscar entre su ropa algo que ponerse para ir a abrir la puerta.
En cuanto terminó de ponerse el único pantalón que encontró, unos golpecitos en la puerta de su habitación lo extrañaron un poco. Cuando recordó todo lo que había pasado aquella madrugada, sintió una sensación de entre alivio y angustia.
—¿Boomer? —exclamó una voz femenina del otro lado de la puerta—. ¿Qué es lo que suena?
Se colocó encima una camiseta y salió de su habitación, encontrándose con Miyako, quien aún llevaba puesto aquel uniforme alienígena. Lo miraba con una expresión confundida, casi inocente. Recordó la manera en la que lo atacó la noche anterior, y no pudo evitar pensar en que en serio había sido la misma chica.
—¿Boomer? —habló de nuevo, aún esperando la respuesta a su pregunta.
—Es el timbre de la puerta principal —contestó. Bajó las escaleras como un relámpago, seguido por la rubia.
—¡Llevamos milenios esperando aquí! —dijo la pelinegra, en cuanto el chico les abrió la puerta. Miyako las miró mientras entraban a la casa, con ropa diferente a la que habían llevado la noche anterior.
En Thyone, había vestido el mismo uniforme por lo menos un 85% del total de su vida.
—Bueno, ¿qué las trae por aquí? —preguntó el rubio, desganado.
—Pues en primer lugar, recuerda que ellos también son prácticamente nuestra responsabilidad —exclamó la morena, mientras se echaba al sillón como sintiéndose en casa.
—Y en segundo lugar; ¿no creerás que se la pasarán con ese uniforme intergaláctico todo el rato, o sí? —continuó Momoko, cargando consigo una gran bolsa de plástico.
—¿Qué llevas ahí?
—Algo de ropa provisional, mientras estamos de compras. ¿Dónde están los chicos? —preguntó, dirigiéndose a Miyako.
—Supongo que siguen en su habitación.
—Iré por ellos —exclamó Boomer, dejando a las tres chicas. Momoko sacó entonces unos shorts y una blusa ligera de color beige, junto con unas sandalias.
—Aún no sé que talla de ropa seas, pero te traje esto. Esperemos que te quede —dijo, y le pasó las prendas a la rubia. Ésta, aún confundida por la situación, asintió mientras se dirigía al baño para cambiarse. Cuando salió, vio que en el salón ya se encontraban los otros dos.
—Miyako, ¿dónde está tu uniforme? —preguntó Brick, extrañado.
—Lo guarde.
—También traje ropa para ustedes, chicos —habló Momoko de repente, pasándoles más prendas a Butch y a Brick. Estos la miraron, confusos.
—¿Y esto de qué nos serviría? —soltó Butch.
—Bueno, ¿no crees que llamarías mucho la atención con ese trajecito? —contestó la pelinegra, aún tirada en el sillón. El chico la miró, arqueando una ceja, pero no protestó.
—¿Dónde está Boomer? —preguntó la rubia, mirando para todos lados.
—Fue a cambiarse también —dijo la pelirroja, dirigiéndole una mirada de soslayo a los otros dos chicos, quienes acababan de salir de la habitación para cambiarse.
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Cuando todos estuvieron listos para partir, el ojiazulado recordó llevar consigo su teléfono celular. Lo tomó de una de las mesitas de noche de su recámara, y entonces vio justo al lado un gorrito de lana que solía usar cuando hacia frío; lo tomó y se lo colocó encima.
En cuanto salió por la puerta principal, vio estacionada justo en frente de su casa la mini van de los padres de Momoko.
—Aún no entiendo como después de llegar tan tarde, te dejaron esta cosa —comentó la pelinegra, cuando todos estuvieron dentro del auto. Se encontraba en el asiento de copiloto, mientras que los chicos se encontraban hasta el fondo y los rubios en los asientos del medio.
—¿Aquí las mujeres en serio pueden conducir cualquier tipo vehículo? —preguntó el pelirrojo, observando la ciudad mientras avanzaban.
—Claro, ¿por qué no habríamos de hacerlo? —soltó Momoko, mirándolo de reojo por el espejo retrovisor.
—En Thyone sólo pueden controlar las naves en el centro de control, nunca conducirlas en físico. Tampoco pueden usar otro tipo de transporte.
—Eso debe ser asqueroso, y frustrante —exclamó Kaoru.
—Lo es. Créeme —dijo Miyako, algo seria. Butch la miró de reojo, y recordó cuando, tiempo atrás, ella había presenciado el castigo hacia una chica de su generación que había intentado conducir una nave para salvar a su hermano de los monstruos geeriak, del planeta Merliat. La muchacha ahora camina con piernas de metal y sin poder pronunciar palabra alguna, mientras que no se volvió a saber nada de su hermano.
—¡Hemos llegado! —exclamó Momoko, entrando al estacionamiento de aquel gigantesco centro comercial. Era el más grande de la ciudad, y el que contaba con las mejores tiendas también.
Brick, Butch y Miyako miraron la edificación impresionados. No era muy parecida a las que había en su hogar, y bueno, todo lo nuevo tiene que sorprender, ¿no?
—Bueno, ¿están listos para un día de compras? —sonrió la pelirroja, contenta, mientras su amiga pelinegra rodaba los ojos.
Cuando entraron al edificio, no creyeron en serio que la población en el planeta Tierra fuera así. Gente entrando y saliendo de un montón de tiendas en donde sólo vendían ropa, o diversos tipos de restaurantes, aparatos electrónicos terrestres. Lo que fuera. Todo estaba allí.
Por un momento, sintieron que su mundo en Thyone era nada más que poder y opresión. Nunca habría un lugar así en su planeta.
—Supongo que deberíamos ir a desayunar algo primero, ¿no lo creen? —mencionó Momoko, dirigiéndose a una pizzería. Los demás buscaron una mesa en donde sentarse.
—Comenzando el día con una pizza —exclamó Kaoru, mientras se estiraba, sonriente en su asiento—. Por eso es mi mejor amiga.
Momoko regresó unos minutos después, y un poco más tarde, la pizza llegó a su mesa. Kaoru incluso se relamió los labios, tomando la primer rebanada. Los dos humanos hicieron lo mismo, mientras que los otros tres aún se acostumbraban al ambiente.
—¿Seguros que es comestible? —dijo Butch, tomando una rebanada. Kaoru asintió feliz con la boca llena. El chico, entonces, le dio un mordisco, mientras los otros dos esperaban su reacción. Cuando continuó con otro bocado, entendieron que podían comerla.
—En serio —soltó Kaoru, cuando hubo terminado de masticar—. No deben extrañarse tanto por todo. Sólo déjense llevar.
Luego de probar una de las muchas comidas deliciosas y engordantes que había en la Tierra, los seis chicos se dirigieron a una banca que se encontraba justo en frente de una pequeña fuente, en medio de la gran plaza.
—Entonces, chicos —habló Momoko, sonriente y con energía—. ¿A dónde quieren ir primero?
—Tu entusiasmo me da flojera —comentó Kaoru, recibiendo una mirada de advertencia por parte de la pelirroja que sólo la hizo reír.
—Yo opino que deberíamos ir a la ropa de hombres primero —decía Boomer—. Normalmente somos más rápidos en esas cosas.
—Por si no sabes contar, Bambi: son dos chicos, y una chica —recordó la pelinegra. Boomer rodó los ojos.
—¿Y quién dice que ustedes dos no querrán comprar panties o esas cosas? —Momoko se cruzó de brazos, indignada.
—No tenía planeado comprar panties —soltó—. Pero está bien, empezaremos por ellos —y dicho esto, los seis chicos se dirigieron a alguna de las tantas tiendas.
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—Esto debería quedarte bien —susurró Momoko, más para si misma que para el pelirrojo a su lado, mientras seleccionaba una sudadera. El chico la miró extrañado, cuando ella acercó la prenda hacia él para calcular si podría quedarle—. ¡Perfecta! ¿A ti te agrada? —Brick chasqueó la lengua, indiferente.
—Está bien. Supongo —ella le dirigió una mirada de frustración. Desde el primer pantalón que escogió para él, y diferentes tipos de camisas, hasta llegar a esa sudadera, eso era lo que respondía.
—Bueno; iré a pagar —dijo, algo enojada, aunque al chico le diera igual. Esperaba que a Kaoru le estuviera yendo mejor con el otro.
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—¡Oh por Dios! ¡Mira esa gargantilla! —exclamó la pelinegra, entusiasmada, seguida de cerca por un Butch bastante desconcertado. Se encontraban en una tienda unisex que era, básicamente, totalmente hecha para Kaoru. La muchacha iba de un lado al otro, mirando con atención desde la ropa en colores oscuros hasta los accesorios más escalofriantes.
Butch decidió separarse un poco de ella, luego de que igual estaba absorta en su mundo, y se dirigió al otro lado de la tienda. Vio, colocadas en una repisa, un montón de navajas de diferentes tamaños, y luego, en una pared, muchas más para llevar de collar.
"Vaya. Interesante.", pensaba, mientras se acercaba a estas para mirarlas con más atención. De pronto, escuchó un carraspeo a su lado, y cuando se dio la vuelta, vio a una chica con el cabello de varios colores mirarlo lujuriosamente.
—Hola, ¿acaso eres nuevo por aquí? Porque juraría que recordaría ese rostro tan perfecto si lo hubiera visto antes —habló, sonriente. Butch arqueó una ceja ante el gesto, pero no podía negar que le había agradado. Estaba apunto de contestar al coqueteo, cuando una presencia de cabellera azabache interrumpió la charla.
—¡Hola, Amanda! Él es un amigo mío que viene de Islandia, y todavía no entiende mucho el idioma, lo siento —exclamó, con una sonrisa fingida.
—Espera, ¿desde cuándo tú hablas islandés?
—Desde Hanukkah —sonrió—. Ahora, si nos disculpas, tenemos un pequeño encargo que hacer —y sin más, tomó a Butch del brazo y lo dirigió hasta el otro lado de la tienda, sólo para susurrarle—. ¿Qué estabas haciendo?
—Estaba mirando las navajas de ahí, ¿acaso no puedo? —la retó. Kaoru se dio una palmada en la cabeza.
—¡Por favor, esas son estupideces que sólo los niños de doce años que se creen "emos" vienen a comprar aquí! —dijo, exasperada.
—¿Qué clase de criatura es un "emo"?
—No quieres saberlo —miró a su alrededor buscando prendas masculinas, para luego volver a tomar a Butch del brazo y dirigirse hacia allá.
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—Esto es realmente agobiante —exclamó. El chico seguía comportándose indiferente, y tal vez siguiera así por semanas. Nunca se había detenido a pensar en lo difícil que sería tratar de entablar una conversación con alguien como él. Se encontraba sentada en una tienda deportiva, pues acababa de pedir unos tenis para Brick. Él, mientras tanto, estaba sentado a su lado, mirando hacia todas partes con los brazos cruzados.
De pronto, sintió que la presencia del pelirrojo se alejaba de ella, y levantó la cara tan sólo para verlo acercarse a las repisas en donde descansaban un montón de gorras. Lo siguió sin dudar ni un segundo, y cuando al fin lo alcanzó, se dio cuenta de que su atención se encontraba en una de las tantas gorras.
Tenía sólo dos colores: rojo y negro, y un diseño bastante halagador si fuera uno de los típicos bullys que hay en las escuelas. Momoko miró como el chico tomaba la gorra y la admiraba, aún teniendo sus facciones completamente serias como siempre.
—¿Te gusta? —le preguntó, con una sonrisita. Brick asintió, para luego mirar a la chica con un toque de confusión.
—Aunque, como deberías de sospechar, no sé como se usa —Momoko suelta una risita.
—Te la tienes que poner en la cabeza —explica. Brick, obedeciendo, se coloca la gorra y se mira en el espejo. Luego, voltea a ver a Momoko, como esperando una respuesta. Ella lo miraba pensativa, con los labios y el ceño fruncidos. Brick repasó cada una de las muecas con cuidado, sin saber en lo que aquella chica pensaba.
Entonces, la pelirroja se acercó a él, confundiéndolo por un momento, y tomó la gorra entre sus manos, para luego acomodarla hacia atrás. El chico siguió mirándola, más extrañado que antes por su comportamiento.
—Listo. Ahora mírate —soltó. Brick se miró al espejo, con un toque de autosuficiencia. Momoko también se sintió mucho mejor, pues juraba que en algún momento, lograría hacerlo sonreír.
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Sentados en una banca, frente al puesto en donde vendían crepas, se encontraban los dos rubios. Boomer miraba su celular, mientras que Miyako disfrutaba silenciosamente de una crepa rellena de fresa y crema para batir con azúcar. En tan sólo un día había probado comidas mucho más deliciosas que todo lo que había comido antes en Thyone. No lo podía creer.
Entonces, una corriente de aire frío invadió el lugar, provocando que Miyako titiritara de repente. Boomer dejó el teléfono por un rato y la miró, mientras ella castañeaba los dientes sin querer.
—¿Tienes frío? —preguntó. Ella se volteó para verlo y asintió quedito. El rubio, entonces, se quitó el gorro de lana y se lo puso a ella, para luego levantarse, ofreciéndole una mano a Miyako también.
Se dirigieron a una tienda de ropa para chicas, y justo antes de poder entrar, una empleada los detuvo.
—Disculpen la molestia, pero no se puede entrar con alimentos —dijo. Boomer se volteó para mirar a Miyako. Aún le faltaba más de la mitad para terminarse su comida.
—¿Podrías esperar aquí? —exclamó, y ella asintió, dudosa. El rubio la llevó a una banca que se encontraba cerca, para luego regresar rápidamente a la tienda. Mientras tanto, Miyako se quedó sentada, comiendo silenciosamente.
En el momento que terminó, Boomer salió de la tienda con una bolsa de compras. Se sentó a su lado, sacando de ésta un suéter de lana sin botones de color azul pastel. Miyako abrió los ojos con sorpresa: la prenda era lindísima.
Otra corriente interrumpió su admiración, y se frotó los brazos por puro impulso del frío. Rápidamente, Boomer le ayudó a ponérselo, sacándole el cabello del suéter y quitándole las etiquetas.
—¡Hey, chicos! —gritó la pelirroja en ese instante. Venía cargada con bolsas de compras, y siendo seguida de cerca por Brick, quien también llevaba consigo unas cuantas—. ¿Aún no llegan los otros dos? —los rubios negaron con la cabeza. Momoko frunció el labio, cuando de repente se dio cuenta de algo—. ¡Miyako, que suéter tan lindo! ¿Acaso ya fueron de compras?
—No, ella sólo tenía frío —contestó Boomer. Entonces, vieron que los chicos de cabellera pelinegra se acercaban al grupo.
—¡Al fin los encontramos! —soltó Kaoru, contenta—. Bien, Miyako: tu turno.
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Abrió muchísimo los ojos al entrar a la tienda: sentía que lo que estaba mirando en ese momento era lo más bello que había visto jamás. Las faldas de diferentes colores, las blusas de diferentes formas y estilos.
Era el paraíso.
—¿Miyako? —soltó Momoko, preocupada, pasándole una mano en frente de la cara tratando de hacerla reaccionar.
—¡Tierra llamando a rubia! —gritó Kaoru en su oído. Cuando al fin parpadeó, indicándoles que aún tenía uso de razón, volteó a ver a la pelirroja, con un dejo de confusión.
—¿En serio tienen tanta variedad de ropa? Es bellísima —preguntó, mientras se acercaba a un vestidito ligero de color beige. Tocó suavemente la tela con la yema de los dedos, percatándose de otros vestuarios lindísimos.
—Sí, aquí puedes vestir como se te antoje. ¿Acaso en Thyone sólo usan esos uniformes? —exclamó. Miyako negó con la cabeza, caminando por la tienda. Las chicas la seguían de cerca.
—La mayoría de la población allá no puede usar nada más que el uniforme asignado a su nivel social, mientras que los que controlan el planeta sólo visten ropas finas y esas cosas. Sólo cuando hay algún evento realmente importante, los de rangos más altos del pueblo podemos vestir así —explicó. Las dos chicas humanas se miraron mutuamente, con algo de seriedad.
Parecía como si aquel planeta desconocido fuera una completa tiranía.
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Mientras tanto, en una banca en medio del centro comercial, se encontraban los tres hombres del grupo, sentados esperando a las chicas. Uno de ellos observaba entre sus manos una gorra de color rojo con negro, recordando las sonrisitas que la pelirroja le había dirigido con sinceridad.
¿Cómo era tan fácil para ella sonreír, así sin más? Bueno, sabía que la muchacha no había tenido que vivir como él, pero aún así no creía que fuera tan fácil sonreírle a un casi total desconocido.
Continuó pensativo por un momento, cuando de repente escuchó la voz de su hermano a su lado, hablándole bajito en su lengua madre.
—No podemos seguir con esto, Brick —sabía a lo que se refería, pero no podía hacer nada.
—Ya lo sé, pero fue idea de Miyako.
—¿No podemos simplemente detenerla y atacar de una vez? Vamos, sabes que esto no puede terminar bien. Andar por ahí con tres humanos como si fueramos los mejores amigos cuando en realidad los mataremos tarde o temprano es perder el tiempo de la manera más inútil de todas.
—Butch, sabes que no podemos hacer eso hasta que Miyako esté de acuerdo. Recuerda lo que es, y recuerda lo que somos.
—Es nuestra hermanita, Brick. Nada más —el pelirrojo suspiro, queriendo creerle.
—Y sólo por eso deberías darle un poco más de tiempo. Nunca había tenido la oportunidad de experimentar algo diferente a lo que vive en Thyone. Y sabiendo lo mucho que lo odia; trata de comprenderla —Butch bufó, cruzado de brazos. Era cierto que Miyako odiaba su planeta madre, pero es que si tan sólo lo comprendieran a él. La conocía tanto que sabía que nada de esto terminaría bien para ella. Estaba verdaderamente preocupado.
Luego, miró de nuevo al pelirrojo, quien seguía observando aquella gorra tratando de sacarle algún significado, y eso le preocupó aún más.
Sus hermanos se estaban encariñando con la Tierra. Un poco más de tiempo allí, y estarían perdidos.
—¡Hemos llegado! —escucharon a la pelinegra unos cuantos minutos después, cargada de bolsas. Las otras dos muchachas también venían con las manos y hasta los brazos llenos, pero obviamente, le dejaron la carga a los machos del grupo.
—Al fin terminamos —sonrió la pelirroja, algo cansada, mientras le pasaba unas cuantas bolsas a Boomer—. Ya es algo tarde, y seguro quieren descansar.
Cuando llegaron a casa del rubio, casi llenaban el salón principal de bolsas de compras llenas de nuevas prendas. Y mientras Boomer subía unas cuantas bolsas llenas de ropa nueva para Miyako, ella se miraba a si misma en un espejo de cuerpo completo que se encontraba al lado del sofá.
Más precisamente, miraba como el color azul celeste del suéter que llevaba puesto, y el gorrito de lana de Boomer, combinaban tan bien con su tono de piel. Sentía como si fuera otra, alguien que no conocía, pero sabía que estaba bien.
Porque ese alguien era ella misma, totalmente.
Y sin duda, sus hermanos se dieron cuenta. Tal vez la chica aún no sonriera físicamente, pero su mirada llena de una nueva felicidad no podía pasar desapercibida. Y ellos no sabían si comenzar a preocuparse o dejarla disfrutar de esta nueva libertad que jamás lograría en Thyone.
—Supongo que eso es todo por hoy —suspiró Momoko, con los brazos en forma de jarra. Inconscientemente, volteó a ver al chico pelirrojo que se encontraba parado a unos cuantos metros de ella. Los brazos cruzados que mantenía en frente de su pecho lo hacían parecer superior a cualquiera que se encontrara cerca de él.
Pero sus facciones habían cambiado. El muchacho totalmente serio de la noche anterior quedaría atrás en menos tiempo de lo que Momoko había pensado en un principio. Lo imaginaba así; con aquella gorra puesta, y más que nada con una gran sonrisa decorando su rostro. Ahí se convertirá en el hombre más perfecto que el universo haya visto, estaba segura.
Cuando Miyako se retiró del espejo, Butch aprovechó para sacar una prenda que ansiaba por ponerse encima. Era una chaqueta de cuero negra, que Kaoru había escogido para él y que le encantó en cuanto la vio.
Se la colocó encima de la camiseta de manga larga de color verde oscuro que llevaba puesta, y se miró al espejo mientras metía sus manos en los bolsillos del pantalón.
—Vaya —escuchó decir a la morena, quien ahora se encontraba a su lado, mirándolo en el espejo—. Si que tengo buen gusto —sonrió con sorna, mientras colocaba el antebrazo en el hombro del chico.
Miraron su reflejo en el espejo, y Butch no pudo evitar pensar por un momento en que no debería preocuparse demasiado. Lo único que sabía que no debía hacer, era tomar confianza. Él no iba a la Tierra a eso. Estaría preparado para atacar cuando fuera necesario, sin importar si esos terrestres resultaban lastimados.
Al fin y al cabo, todos en aquel planeta lo harían. Sólo era cuestión de tiempo.
¡Hola de nuevo a todos! Al fin pude terminar este capítulo, y espero que les haya gustado. Como ven, nuestros aliens van evolucionando en este nuevo estilo de vida temporal que se llevan, y no puedo esperar a traerles el verdadero romance que se viene dkahdkj.
Y aquí dándole agradecimientos especiales otra vez a dopekarls mi vida, porque sin tus ideas y sin tu ayuda no soy nada;-;
Si quieren dejar alguna pregunta, algún comentario, tal vez una amenaza, son bienvenidos de hacerlo.
Hasta la próxima, Nadia.
