La idea principial -el cambio de género entre los protagonistas y algunos detalles que saldrán adelante- le pertenecen a StoriesOfAnInsomniac y a su historia de The Mirrors of Eyes: The Outcasts. El link está en mi perfil para que, si os entra curiosidad, leáis la historia original.

Aun así, también hay cosas que sólo me pertenecen a mí.

Ahora, os dejo una aclaración para los personajes.


Brutacio--Chusco

Brutilda--Brusca

Chimuelo--Desdentao

Patán--Mocoso

Hipo--Hallie

Astrid--Ari


La idea principial -el cambio de género entre los protagonistas y algunos detalles que saldrán adelante- le pertenecen a StoriesOfAnInsomniac y a su historia de The Mirrors of Eyes: The Outcasts. El link está en mi perfil para que, si os entra curiosidad, leáis la historia original.

Aun así, también hay cosas que sólo me pertenecen a mí.

Ahora, os dejo una aclaración para los personajes.


Brutacio--Chusco

Brutilda--Brusca

Chimuelo--Desdentao

Patán--Mocoso

Hipo--Hallie

Astrid--Ari


Capítulo 3

Hallie se despertó congelada. Era primavera y el verano estaba a sólo unos meses de distancia, pero en Berk hacía un frío de los mil demonios incluso por aquella época. El fuego central de la casa había muerto horas antes del amanecer y desde ese instante, Hallie se las había tenido que apañar echándose encima también las pieles de su padre. El olor y la calidez la habían reconfortado un poco, pero el aire congelado que respiraba y el vacío que le había dejado la partida de su padre le hicieron bastante difícil la tarea de descansar.

Así que no sólo se despertó congelada, si no que también se sentía más cansada que antes de irse a la cama.

Mientras se cambiaba la camisa de dormir por el vestido que había utilizado el día anterior, Hallie bostezó sonoramente y se estiró como un gato, disfrutando de la sensación tirante de sus músculos y del crujido ocasional que dieron sus huesos. Una vez vestida, bajó los escalones que llevaban al primer piso y mordisqueó algo del pan que había horneado para su padre antes de que se marchara. Estaba duro y frío, pero ahora que Estoico no estaba constantemente pululando a su alrededor para exigirle alimentos frescos para el desayuno, le daba demasiada pereza ponerse a cocinar algo sólo para ella. En algún momento tendría que volver a hornear algo de pan, eso lo sabía, pero hasta que se le acabara ese mendrugo disfrutaría de una vida de pereza.

Lo primero que hizo al salir de casa fue bajar a por agua hasta el pozo de la plaza principal. Cargada con un cubo en cada mano y con la falda del vestido rozando el suelo se sintió un poco estúpida. Y muy torpe. Con sus otros vestidos tampoco era mucho más grácil, pero al menos las faldas por la rodilla le facilitaban un poco el movimiento.

— ¿Quieres que te ayude?

Hallie dio un salto hacia atrás cuando Patapez apareció como de la nada en su campo de visión. Se llevó una mano al pecho, balanceando cómicamente el cubo en el aire, para calmar los desbocados latidos de su corazón acelerado. Patapez tuvo la decencia de parecer culpable por asustarla; sus mejillas rollizas se colorearon de un gracioso color rojo y sus ojos grises se quedaron fijos en sus botas de piel, como si temiera mirarla directamente a ella.

—G-Gracias, Patapez. —Hallie tuvo que aclararse la garganta antes de hablar de nuevo. De repente estaba nerviosa. —Eh… sí, gracias. Pero creo que puedo sola y supongo que tendrás cosas que hacer… —Hallie sabía que tendría que hacer menos viajes si Patapez la ayudaba con al menos un cubo, pero algo le decía que por muy atento que pareciera el chico, no debía confiar en él. Patapez era una de las pocas personas que no le hacía la vida imposible en la aldea, pero tampoco la defendía cuando los gemelos se metían con ella.

Era un elemento pasivo en un pueblo sumamente agresivo.

—Oh, pero puedo ayudarte a cargar con los cubos hasta tu casa. —Patapez le sonrió con una amabilidad inusitada e intentó cogerle uno de los cubos, pero Hallie se apartó rápidamente.

—Ya, y eso es raro. —Comentó Hallie. La cara de Patapez pasó a ser de color borgoña y se tiñó de una culpabilidad más que sospechosa. Hallie torció la boca, descontenta con lo que se veía venir y, conmovida por los sentimientos que se reflejaban en ese muchacho tan grande y vasto, pero a la vez tan atolondrado, añadió —: No te ofendas, Patapez. Pero aquí nadie se ofrece a ayudarme sin que haya un motivo ocul…

— ¡Vale, lo siento! Les dije que no servía para esto…

¡Bingo!

Hallie no sabía si alegrarse o entristecerse cuando Patapez estalló. Relajó los hombros y medio sonrió contenta consigo misma por haber adivinado esas malas intenciones que movían el ofrecimiento de Patapez. Por sus palabras, Hallie podía adivinar que detrás de todo estaban los gemelos y el odioso de su primo, Mocoso, que no le perdonaba el hecho de ser hija de su padre y no de cualquier otro aldeano de Berk.

— ¿Dónde están, Patapez? Seguro que querrían verlo todo. —Preguntó por curiosidad. En Berk no había muchos lugares que ocultaran con éxito los desgarbados cuerpos de los tres adolescentes.

—Se supone que te tenía que entretener un rato para que les diera tiempo a esconderse en el camino de tu casa. —Le confesó Patapez. —Lo siento, de verdad. Les dije que por una vez podían dejarte en paz…

—No pasa nada, Patapez. Lo entiendo. —Lo cortó. Hallie suspiró, entendiendo que Mocoso y Chusco eran unos idiotas integrales y que sólo se divertían a su costa. A Brusca le tenía un poco más de respeto, quizás porque era una chica, como ella, y a veces daba muestras de que no estaba del todo de acuerdo con las maldades que le hacían. —Subiré el agua más tarde. En algún momento se cansarán de esperar, digo yo.

—Querían que te tirara el agua encima y ellos se encargarían de echarte tierra. —Patapez sonaba muy avergonzado de sí mismo. Hallie se esforzó por sonreír para darle a entender que no le importaba, él no era el único que se había visto obligado a hacer cosas como esas para no ganarse la enemistad de los gemelos y su primo. A veces humillar a otra persona era lo único que podías hacer si no querías ser el humillado. —Lo siento.

Hallie despidió a Patapez diciéndole otra vez que no pasaba nada, que nada de eso era su culpa. Cuando el muchacho regresó a su casa dando pasitos cortos y mirándola por encima del hombro cada poco tiempo, la chica se dio un momento para respirar y agradecer que en su aldea todavía quedara gente como Patapez, capaces de admitir sus malas obras para evitarle algunos males a los demás.

Sin saber cuánto tiempo tendría que esperar para que los gemelos se cansaran de su escondite, Hallie decidió ir por lo seguro y dejar los cubos vacíos en la herrería. Ya iría a por ellos más tarde, casi por la noche. Así no se arriesgaría a que nadie quisiera gastarle ninguna broma pesada.

— ¿Quieres que te ayude luego con eso?—La voz de Bocón la sobresaltó. Hallie dejó los cubos en el mismo rincón donde su invento había dormido durante tanto tiempo y se giró para encarar al herrero. Estaba todo sucio y sudoroso, probablemente también muy cansado. Las bolsas que tenía bajo los ojos y los oscuros círculos que los rodeaban le decían que no había pegado ojo en toda la noche, quizás porque se había quedado hasta tarde arreglando las armas que se habían estropeado durante el saqueo.

—No, no. Pensaba subir después de trabajar un poco aquí. ¿Quieres marcharte a casa y echarte una siesta?

Hallie sabía de antemano que Bocón se negaría, así que se adelantó a su respuesta y le arrebató el hacha sin mango sin pararse a pensar que, al estar tan cerca del fuego, el metal estaría caliente. Siseó de dolor pero no soltó la hoja; Bocón era capaz de coger armas casi incandescentes sin pestañear siquiera. Ella, como su aprendiz, lo único que podía hacer era esforzarse por ser tan buena como él.

—Tira para casa, Bocón. Yo me quedaré aquí, te prometo que no haré nada…

—No sé si confiar en tus promesas, Hallie. —Hallie levantó la vista del hacha, que tenía unos curiosos grabados en una cara de la hoja, y miró a Bocón como si no se creyera lo que había dicho. Bocón era conocido por ser el único en seguir creyendo en ella. —Ayer me dijiste que te ibas a quedar en la fragua hasta que todo acabara y terminaste por incendiar media aldea. No esperarás que te siga creyendo, ¿no?

Hallie lo único que pudo hacer fue resoplar indignada. Los ojos se le humedecieron al pensar que, al fin, había perdido a la única persona que desde el día de su nacimiento había tenido fe en ella y la había apoyado en todo, incluso defendido ante los demás. Bocón debió de darse cuenta de su estado, porque se apresuró a reírse y fingir que todo era una broma. Pero Hallie lo sabía mejor, podía decir que la confianza que antes fluía entre ellos dos había desaparecido esa noche en la que la necesidad de hacerse escuchar en una aldea donde todo el mundo gritaba mucho más alto que ella la había consumido.

—De todas formas, Hallie, no hay necesidad de que te quedes todo el día aquí. Cerraré la herrería a las diez porque en entrenamiento para dragones empieza a las once y tengo que preparar algunas cosas para la primera clase.

—Sobre eso…—Hallie se preguntó si su padre lo habría informado de que ella también asistiría a los entrenamientos. La mirada de Bocón brillaba con cierta picardía, por lo que dedujo que sí, que sí que lo sabía. —Siento mucho que tengas que aguantarme allí también. Intenté convencer a mi padre de que no era una buena idea, pero… Ya sabes que papá es muy dado a ignorar cada palabra que sale de mi boca.

Bocón ni siquiera intentó contestar a eso. Fingió que Hallie no había dicho palabra alguna y se dedicó a terminar de recolocar los mangos a algunas hachas sin dueño que había ido recogiendo de la calle. Al día siguiente las sacaría y preguntaría por sus propietarios; hoy ya había hecho suficiente arreglándolas y preparándolas para el siguiente asalto.

Así, en silencio, Bocón y Hallie trabajaron hasta que fue la hora de cerrar. Habrían pasado como mucho dos horas, pero Hallie consideraba que era tiempo suficiente como para que los gemelos hubieran desistido en su afán por verla embarrada. Llenó sus cubos de agua, sopesando si esa cantidad —menos aquella que se le cayera por el camino— sería suficiente y marchó hacia su casa comprobando en cada esquina que ningún adolescente larguirucho estuviera escondido preparado para asustarla.

Llegó a casa sana y salvo, con el dobladillo del vestido hecho polvo. Hallie vertió el agua en el cubo grande que tenían reservado para ello y buscó en el almacén algo rico y ligero para comer; a esas horas del día siempre le entraba hambre, por lo que no era inusual que se encontrara trasteando en la alacena buscando algo más que embutidos y pan para llevarse a la boca.

A Hallie le gustaba almorzar un poco de chocolate, cuando lo había, y eso era casi siempre, puesto que su padre, dijera lo que dijera, la mimaba a su manera trayéndole esos dulces exóticos. Hallie los escondía en un jarro de cerámica verde que habían traído de España y disfrutaba de ellos cuando nadie la veía. A veces compartía un poco con su padre, pero él era un hombre de gustos fuertes y apenas disfrutaba del delicado sabor del chocolate con leche.

Hallie se agenció un par de trozos del dulce manjar y los subió a su habitación, donde sacó un kit de costura y un par de tijeras. Se quitó la sobreveste azul y la saya, trazó un par de patrones con carbón en cada pieza y, con un trozo de chocolate derritiéndosele en la lengua, procedió a cortar ambas telas hasta que tuvieron una longitud mucho más agradable para ella. Todavía eran un poco más largas que las que solía llevar, pero eran considerablemente más cortas y ya que iba hoy era el primer día de entrenamiento quería al menos salir viva de él. Se volvió a vestir, sonriéndose a sí misma por el buen trabajo que había hecho recortando las faldas, y se apresuró a tragarse el último trozo de chocolate para salir de casa.

Esta vez, tardó mucho menos en llegar al núcleo de la aldea, aunque debía admitir que había puesto todo su empeño en caminar lento porque no quería pisar la arena por ningún motivo. Sabía que su destino era inevitable, que tendría que sufrir las lecciones de Bocón —que, si no se equivocaba, implicaban una cantidad considerable de dolor— hasta que su padre regresara y que después tendría que sentarse a esperar al hombre que se convertiría en su marido, que quizás fuera de una tribu cercana —y rezaba a todos los dioses que no se tratara de la Berserker— o quizás fuera un aldeano dispuesto a todo con tal de tener el poder completo sobre la tribu.

La Arena, como llamaban a esa construcción que casi parecía una jaula, estaba cerca de un acantilado por motivos puramente aleatorios. Se decía que era debido a que los dragones se comportaban menos bestias al lado del mar, o que no habían podido talar árboles en otra zona lo suficientemente rápido. Nadie sabía la razón exacta por la que la Arena estaba ahí, las generaciones que se mantenían con vida sólo podían afirmar que siempre había estado en ese lugar, incluso en los tiempos de sus abuelos.

Hallie sabía que era por pura vanidad.

Berk no era la única aldea del lugar que sufría los ataques de los dragones, si bien era la única que se tomaba la tarea de capturar unos cuantos dragones cada poco tiempo y entrenar a los más jóvenes para matarlos. Lo primero que veían los barcos de las otras tribus e incluso las embarcaciones piratas que se atrevían a navegar tan cerca de su costa era esa magnífica construcción y, si tenían suerte y el viento estaba de su parte, incluso lograban escuchar los rugidos enfurecidos de las bestias que guardaban sus barrotes.

Los Gamberros Peludos se habían ganado una buena fama gracias a ello, incluso si los aldeanos no tenían ni idea y atribuían ese respeto que les mostraban los forasteros a sus destrezas en el campo de batalla o, en el caso de los hombres, a los rumores que podrían correr sobre sus cualidades en la cama.

A Hallie a veces le entraban ganas de aplastarles un poco el ego, pero siempre se encontraba con algo que se lo impedía. Llámalo consciencia u honor.

Hallie tragó en seco cuando una súbita oscuridad la rodeó. Parpadeó una, dos veces, y salió de sus profundos pensamientos sólo para encontrarse que estaba entrando a la Arena casi en modo automático. Las puertas se cerraron tras de ella con un quejido dramático y alguien que había entrado antes que Hallie comentó que no saldría de allí hasta conseguir una buena quemadura. Hallie reconoció la voz como la de Chusco, por lo que rodó los ojos y comentó, antes de siquiera darse cuenta de que estaba hablando, que la vida sólo era divertida si había algo de dolor por el camino.

— ¿Quién la ha dejado entrar?

El primero en reparar en su presencia fue, para variar, su primo. Tenía el pelo negro aplastado bajo su casco reluciente y las mejillas arreboladas por la emoción. Hallie sabía que había estado sonriendo hasta el momento, las arruguitas en las comisuras de sus ojos lo delataban, pero en ese instante la miraba como si un trol hubiera vomitado sobre su cabeza.

— ¿Y quién te ha dejado entrar a ti? Creía que para estas cosas se necesitaba tener como mínimo medio cerebro.

Mocoso pareció estar a punto de abalanzarse sobre ella, como muchas otras veces, para estirarle el pelo hasta hacerla gritar y pedirle perdón. Hallie retrocedió un paso instintivamente y se chocó contra una barriga prominente que conocía muy bien; saber que Bocón estaba justo detrás de ella la reconfortaba un poco. Su primo jamás se atrevería a hacerle daño delante de Bocón.

—Venga, chicos. Esto dejadlo para más tarde. El recluta que mejor lo haga tendrá el honor de matar a su primer dragón delante de la aldea entera. —Bocón la empujó para que se uniera a los adolescentes, mas Hallie se negó a hacerlo. El herrero suspiró, resignado, y animó a los chicos contándole cómo él, cuando estuvo allí en labor de alumno y no de profesor, se había esforzado al máximo en todos y cada uno de los entrenamientos para gozar de aquel honor que prometía. —Por supuesto, al final fue Estoico quien ganó, pero yo también era muy bueno.

Hallie maldijo a Bocón en el momento en el que dijo eso. Brusca arqueó las cejas, sorprendida, y por inercia posó sus ojos en Hallie, evaluándola silenciosamente y sin duda comparándola con su padre. Hallie apretó los dientes, cuadró los hombros, y lentamente se deslizó por el terreno arenoso hasta estar justo al lado de Bocón.

—Y recordad, chicos, que no sólo estáis aquí para matar al Pesadilla Monstruosa dentro de algunos meses. También estáis aquí para entrenaros para la vida real y saber lo que haréis una vez dejéis atrás vuestros puestos como apaga-fuegos.

—Bueno, Hallie ya ha matado a su primer dragón. Un Furia Nocturna, si mal no recuerdo. ¿No debería estar ya graduada?

Las risas que acompañaban ese comentario —cortesía de su primo, ni más ni menos— no tardaron en llegar así como la sensación de estar en llamas. Hallie sabía que estaba sonrojada, así que mantuvo la cabeza gacha hasta que sintió que el calor desaparecía de su cara. Para cuando levantó el rostro los otros ya se había adelantado unos cuantos metros, salvo Ari, que permanecía de espaldas a ella aunque tieso como un palo en el mismo sitio donde lo había visto desde que entró.

—Vamos, no querrás quedarte atrás en tu primera clase.

La sorprendió gratamente que le hablara en público (más o menos) pues delante de los otros Ari tendía a callar como una piedra o a fingir que ni siquiera estaba ahí. Recordando el trato que le había dado la noche anterior, Hallie se apresuró a posicionarse al lado de él y comprobar por el rabillo del ojo que no estaba enfadado. O al menos no lo parecía. Se preguntó si lo habrían ofendido sus malas maneras o si todavía recordaría que lo había empujado tras descubrir que tenía una herida en la frente.

Instintivamente se llevó una mano al corte, ahora cubierto por una costra de sangre. Bocón estaba diciendo algo sobre los dragones que guardaban en las jaulas y Patapez hacía comentarios aleatorios sobre sus habilidades; Hallie no prestó mucha atención, porque se quedó pensando en el lugar donde se había hecho su herida. ¿Estaría el dragón por ahí cerca?

—Espera, ¿no nos vas a enseñar nada?

La voz de su primo la trajo de vuelta a la realidad. Bocón estaba abriendo las puertas de una de las jaulas y sonreía como un niño con zapatos nuevos.

—No, a él le gusta enseñar sobre la marcha. —Contestó ella con amargura.

Tenía cicatrices que lo confirmaban.

Un dragón obeso salió a trompicones de su jaula y estiró las alas como si llevara mucho tiempo sin hacerlo. Un rugido grave emergió de su pecho y sus potentes mandíbulas se separaron para dejar ver una hilera de afilados y desiguales dientes. Hallie tragó saliva, paralizada por la cercanía de semejante animal.

— ¿Qué es lo primero que necesitáis para enfrentaros a un dragón?

A Hallie se le pasaron un montón de cosas por la cabeza. Desde la presencia de un médico a la súper velocidad —idea que, al parecer, también surgió en la cabeza de Patapez— hasta la necesidad de algo con lo que protegerse.

Algo con lo que protegerse, algo con lo que protegerse…

Hallie separó los labios para gritar la respuesta correcta, cuando Ari se le adelantó.

— ¡Un escudo!

Las mentes más lentas se abalanzaron sobre los escudos que apenas la semana anterior Hallie había reforzado. Los gemelos, tan parecidos en todo, incluso en gustos, se pelearon sobre uno en especial en el que ella había trabajado incluso la madera. Estaban concentradísimos en su discusión por quién se quedaba con el dichoso escudo que no se percataron de que Mocoso, en un intento por hacerse el macho, agitaba su hacha en el aire y atraía justo hacia ellos a un Groncle cabreado porque le habían dado una falsa libertado.

Casi sin pensar, Hallie corrió hacia los gemelos y empujó el cuerpo de uno de ellos; Hallie no supo a quién placó, sólo supo que su empujón había servido para llamarles la atención y ponerlos en aviso sobre el dragón. Reaccionaron un poco tarde pero, para su alivio, correctamente, apartándose del escudo para esquivar la llamarada que les lanzó el Groncle.

— ¡Ruido, chicos! ¡Tenéis que hacer ruido para confundir a los dragones!—Gritaba Bocón desde algún lugar de la arena. Hallie se esforzó por encontrarlo, pero alguien pasó demasiado cerca de ella y la obligó a concentrarse en no caerse de bruces al suelo.

Por supuesto, su primo no dejaría pasar su comentario anterior como si nada.

Mientras se esforzaba por recuperar el equilibrio, Hallie dejó de escuchar los aleteos forzados del dragón. Todo sucedió muy rápido, tan rápido que ni siquiera supo cómo le dio tiempo a levantar la cabeza y saber que el dragón estaba a punto de dispararle una bola de fuego. Bocón había comentado algo sobre un número limitado de llamaradas. ¿Eran cinco? No, seis, se respondió casi de inmediato. El dragón ya había disparado una a los gemelos, otra a Patapez, que seguía gritando como un poseso a raíz de ese incidente, y acababa de lanzarle otra a Mocoso por estar distraído empujándola al suelo.

Eso la dejaba con dos, una casi a punto de ser lanzada…

Hallie se dejó caer al suelo en cuanto vio la luz de la llamarada en el fondo de la boca del dragón. La bola le pasó justo por encima de la cabeza, chamuscándole un poco las puntas de un mechón rebelde que se quedó en el aire. Rodó sobre sí misma para quedar mirando el cielo y descubrió que el Dragón estaba justo encima de ella, posicionándose desde el ángulo correcto para dar en la diana con toda seguridad.

— ¡Hallie!—El grito de Bocón fue lo único que consiguió que sus miembros reaccionaran. Poniéndose sobre su vientre y luego a cuatro patas, Hallie se esforzó por ir hacia una placa de madera que durante otros entrenamientos se utilizaba para esconderse tras ella. El Groncle la siguió desde el aire, pero le dio el tiempo suficiente como para resguardarse.

Con el corazón en la garganta, Hallie se permitió respirar una vez estuvo a salvo y echar una rápida ojeada al Groncle. El dragón parecía decidido a acabar con ella y ya se estaba preparando para dispararle cuando Bocón apareció detrás de él y con un rápido movimiento de mano desvió justo a tiempo el morro del animal para que la bola le diera a la pared y no a la placa de madera donde se encontraba Hallie.

—Bien, chicos, este es el perfecto ejemplo de por qué necesitamos prepararnos para matar dragones. —Dijo Bocón una vez guardó al Groncle en su jaula. Acto seguido, se acercó hasta el escondite de Hallie y la sacó enganchada por el cuello del vestido, lanzándola sin cuidado sobre el suelo y causando sin saberlo algunas risas de sus compañeros. —Los dragones siempre —hizo una pausa para añadirle algo de drama a su afirmación— siempre irán a matar.

Bocón se permitió un minuto entero de silencio para que los alumnos asimilaran la información. Respondió un par de preguntas que Patapez se había formulado durante todo el interludio con el dragón y finalmente se disculpó por que la primera lección hubiera sido tan corta. Sólo Ari se quejó, porque no había tenido que hacer mucho salvo golpear su escucho con un hacha (y Hallie al escuchar eso sólo pudo crispar el rostro de dolor, ¿no sabía ese idiota lo mucho que le había costado reforzar ese dichoso escudo?) el resto, en cambio, estaban casi agradecidos por no haber tenido que interactuar demasiado con un dragón.

Era su primera vez, después de todo.

Los adolescentes se marcharon y Hallie se esperó a que transcurrieran un par de minutos antes de seguir su ejemplo. Cuando ayudó a Bocón a colocar bien algunos escudos éste la miró como si quisiera decirle algo, pero mantuvo sus labios apretados en una fina línea hasta que Hallie salió de la Arena y se perdió de su vista.

Bocón no lo sabía, pero la mente en la que sus palabras se habían quedado mejor grabadas era la de Hallie. Una y otra vez aquella afirmación se repetía dentro de su cabeza y la muchacha no paraba de darle vueltas.

Porque, si los dragones siempre iban a matar, ¿por qué seguía ella con vida?


Lalalalala, aquí vengo yo casi un mes después... Tengo excusa: estoy escribiendo muchos capítulos para, a partir de mediados de Septiembre, comenzar a subir semanalmente. He de confesar que os iba a tener a pan y agua hasta entonces, pero como sé que a uno le gusta tener capítulos cada cierto tiempo, he decidido dejaros esto hasta allá el 15 de Septiembre :P Es un capítulo algo corto que a mí no me gusta para nada, pero es un capítulo al fin y al cabo. Creo que leyéndolo os habréis dado cuenta de que Hallie (Hipo) está un poco OoC y que Ari no ha hecho mucho por aquí XD Las razones sólo las sé yo, pero yo os digo que hay muchas para semejante cambio en las personalidades.

Ahora, os aclaro algunas cosillas del capitulo anterior:

-La edad normal para casarse en la sociedad vikinga se encontraba entre los 12 y los 16 años tanto para hombres como para mujeres, aunque los primeros, como siempre, gozaban de mayor libertar para hacerlo. Los matrimonios no eran, obviamente, por amor, si no que eran simples contratos (literalmente) de conveniencia para ambas partes del matrimonio. Más adelante entraré en detalles (y con eso ya os digo que habrá boda, tal vez no en esta historia pero quizás si en la continuación).

-El vestido de Hallie es la vestimenta tradicional de las mujeres vikingas. No me culpéis por vestirla como una matrona. Elegí el color azul porque era un color muy difícil de conseguir por aquella época y sólo los aristócratas de la sociedad lo conseguían, al igual que el rojo. Y ya que Hallie es la hija de un jefe de tribu, pues que se aproveche!

-Y otra cosa, mariposa, que tiene que ver con este capítulo. La cerámica verde existe y hay un lugar en España famosillo por ello, pero no tengo ni idea de dónde es. Y no tengo ni idea de si los vikingos sabían qué era el chocolate o si ya lo hacían con leche por aquellos años (XD) Me da igual. Esta es mi historia y en mi historia yo soy Dios.

Ea, eso es todo (creo).