Disclaimer: Sweeney Todd no es mío... pero algún día, lo será.

Copyright: Por favor, no copiar :)

Uno nuevo. Estoy bastante contenta con éste, aunque no sé si lo comprenderéis todo. A veces escribo y se hace incomprensible incluso para mí. Ya sabéis, no entendéis algo decidlo, o lo que sea.

¡A leer!


Capitulo 3


¿Quién era él para mirar su cuerpo con lástima? ¿¡Quién!? Nadie. Él no era nadie. Sólo un demonio que sufriría la consecuencia de sus actos. Alguien que sufriría por haber causado tanto mal a la humanidad.

Las almas del sótano, entre las que se incluían el Juez Turpin y el Bedel la miraron con temor, apartadas contra la pared. Tenían miedo de lo que aquél fantasma pudiera hacerles, aún estando muertos todos.

Parecía arder, su cuerpo etéreo empezaba a tornarse de un rojo intenso, similar a las llamas que la habían matado.

Y entonces explotó. Gritó con ira, notando como la corriente eléctrica que atravesaba su cuerpo invisible para los vivos se iba.

Todos los presentes la miraron asustados. Incluso el propio Sweeney Todd se dio la vuelta descolocado. Pero ella les ignoró, a todos. Y desapareció.

Estaba en su habitación, de repente, así, sin más, había aparecido allí. Sólo había pensado en ella y quiso llegar allí, y ¡puf! , frente a su armario se encontraba.

Por un momento pensó en coger dinero y largarse de allí, así que llevo la mano al cajón e intentó abrirlo… sin éxito. Lo atravesó.

Gruñó. Era cierto, estaba muerta. Él la había matado. Todo aquello era por su culpa. Y por eso no había desaparecido de la faz de la tierra.

Aguantándose las ganas de pegar otro grito, se sentó en la cama. Milagrosamente no la atravesó. Es más, el mismo colchón se aplastó un poco y la cubierta se arrugó bajo su peso. Miró curiosa aquél hecho. Tal vez pudiese sacarle partido si aprendía cómo aparecerse en otros lugares, cómo hacerse tangible, y lo más importante, cómo hacerse visible.

Sweeney Todd subió en ese preciso instante, y entró en la habitación. Ella le miró con disgusto, pero claro, ¿quién podía verla a ella?

Él, sin embargo, estaba más interesado en las marcas de la sobrecama, ¿quién se había sentado allí? Parecía que acabasen de hacerlo.

Ella se levantó, y le atravesó por completo, haciendo que el Sr. Todd se diese la vuelta confuso por lo que acababa de sentir, como una corriente caliente atravesando su cuerpo.

Sonrió con descaro al verle tan confuso y fue hasta el espejo. No se veía, allí sólo había aire. Pero tenía que concentrarse. Si conseguía parecer visible sólo un momento, él tendría mucho en qué pensar.

"Recuerda cómo eras…" dijo una voz, de otro espíritu, seguramente. "Tienes que imaginarte a ti misma en el espejo, y concentrarte en ello. Poco a poco, conseguirás hacerte visible, aunque sólo unos segundos. Y con la práctica… podrás casi vivir como una humana más".

Sonrió con maldad. Había reconocido la voz perfectamente, y le gustaba saber que ella también estaba de su lado.

Poco a poco, hizo lo que Lucy le había indicado. Se imaginó a ella misma frente al espejo, sonriendo como ahora lo hacía, justo antes de morir abrasada por el fuego. No debía tardar, o él se iría. Le sintió caminar hasta la puerta. ¡Tenía que darse prisa! Sólo un poco más… un poco más y… de momento podía verse la nariz…

Sweeney Todd se dio la vuelta al cabo de un par de metros con la intención de cerrar la puerta, cuando vio algo que ni en sus peores pesadillas se hubiese imaginado.

La Sra. Lovett… o la imagen de ella, se hallaba frente al espejo y le sonreía con sarcasmo y diversión al ver su cara descompuesta. Le miró de arriba abajo con suficiencia antes de caminar hacia la ventana, desapareciendo en la oscuridad de la noche acompañada de un pequeña risa maquiavélica.

¿Habían sido imaginaciones suyas? Él no creía en fantasmas, definitivamente no. No más que en aquellos que se crea uno mismo inconscientemente para atormentarse durante todos los días de su vida, aquellos que pueblan tus sueños y los convierten en pesadillas.

Y la Sra. Lovett jamás le miraría así… ¿verdad?

No, debían ser imaginaciones suyas. Tal vez por el cansancio, o el dolor de la pérdida, o simplemente el repugnante olor del sótano le había trastornado. Debía lavarse, dormir y comer un poco, antes de volver a pensar en ello.

La Sra. Lovett, al desaparecer por completo no pudo evitar reírse. Estaba segura de que él la había escuchado. Volvió a reír sin exteriorizarlo al mundo de los vivos. Mientras él también se iba, no pudo evitar pensar lo divertido que sería atormentarle hasta que clamara perdón… o pidiera su muerte.

Con otra pequeña risa, se apareció en su barbería. Iba a ser una noche muy divertida, sin duda.