Los personajes pertenecen exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los uso para adaptarlos en la historia original perteneciente de A.L
Capitulo 02
Edward colgó el teléfono y se quedó pensativo durante largos minutos. Acababa de hablar con su tío Eleazer y éste le había pedido un favor personal, al que no se podía negar a pesar del supremo esfuerzo que le costaría llevarlo a cabo. ¿Cómo iba a rehusar la petición de la única familia que le quedaba, de la persona que le ayudó y apoyó desde que quedara huérfano en su más tierna infancia, de su mentor en los difíciles años de su rebelde juventud, en los que se encontró perdido, de su preceptor en su destacada carrera en el ejército, de quien estuvo a su lado en las horas de angustia y dolor, quien le alentó a superar su trauma y continuar viviendo? No podía negarse aún habiéndose prometido firmemente no volver a hacerse responsable de la vida de otra persona, de haberse jurado no volver a empuñar un arma. Y ahora tenía que romper esa promesa porque la persona a quien más quería en el mundo, y a quien todo debía, le pedía que lo hiciese.
Proteger a la hija del industrial Charlie Swan durante sus vacaciones veraniegas en este país. No la instalación de un sofisticado sistema de seguridad o un informe sobre la efectividad del que tuviese instalado. Se trataba de vigilancia personal las veinticuatro horas. Algo a lo que pensaba no tener que volver a dedicarse y menos por la hipotética amenaza de un secuestro. Para poner más difícil la situación, la implicada no estaba al tanto de la gravedad de la situación, lo que tornaba más difícil su tarea y, además, le obligaba a falsear la verdad. Y eso chocaba con su ética profesional. ¿Realmente pensaba su tío que podrían resultar unas agradables vacaciones, que por cierto estaba necesitando desde hacía varios años y que por fin se había decidido a disfrutar este verano?
Edward miró el teléfono que acababa de colgar con manifiesto fastidio. ¿Podría desligarse alguna vez de su pasado? El gesto se convirtió en una expresiva mueca de dolor cuando los dramáticos recuerdos volvieron a su mente. ¿Por qué no lo dejaban intentar olvidar y rehacer su vida? Aún tenía la esperanza de convencer a Swan de que él no era la persona adecuada para custodiar a su hija. En tal caso, le recomendaría a unos buenos profesionales que se encargasen de realizar la tarea y él podría marcharse a disfrutar de sus tan ansiadas vacaciones.
Sonrió optimista. Tal vez no estaba todo perdido.
Edward subió hasta el decimosegundo piso del impresionante edificio de la compañía, en la zona comercial de Baltimore, y se anunció a la bonita secretaria situada tras la amplia y elegante mesa. Esta se levantó y enfiló por un largo pasillo, perdiéndose en él. Tras unos minutos regresó, indicándole que la siguiera.
El despacho de Charlie Swan era todo lo imponente que se podía esperar de un magnate de las finanzas, pensó Edward, y desde él se admiraba una preciosa vista del viejo puerto. También le impresionó el hombre en sí. Aunque ya lo había visto en alguna publicación, principalmente a raíz del escándalo suscitado por su divorcio y su posterior boda con una joven modelo, no lo conocía personalmente y le sorprendió su elevada estatura, que casi se equiparaba a la suya, y la sensación de poder que emanaba de su persona.
Charlie le tendió la mano, rogándole que se sentase en un cómodo sillón frente a su mesa.
—Le agradezco que haya aceptado hacerse cargo de la seguridad de mi hija, señor Cullen. Me han elogiado encarecidamente su profesionalidad y valía —comentó el industrial con una amplia sonrisa.
—Gracias, señor, pero temo que ha sido mal informado. Hace varios años que no me dedico a las tareas de vigilancia y protección. En la actualidad dirijo una empresa de instalación de sistemas de seguridad, por lo que creo que no soy la persona adecuada para sus necesidades. No obstante, puedo facilitarle los nombres de excelentes profesionales que llevarán a cabo su labor con absoluta diligencia.
—La persona que le recomendó asegura que es usted uno de los más competentes en ese campo —señaló Swan, manifiestamente decepcionado—. Y, créame señor Cullen, realmente necesito su ayuda. Temo por la vida de mi hija. Aceptaré su ofrecimiento en cuanto a la protección de mi mujer y de mí mismo, pero para Bella quiero al mejor.
Edward conocía la amistad del industrial con el actual gobernador del Estado, al que en una ocasión se encargó de proteger. También sabía que era él quien había intercedido ante su tío para que realizase la tarea. Sería un gran error por su parte decepcionar la confianza puesta en él por una persona tan importante, sin contar las consecuencias que podría tener para su tío la negativa a aceptar el trabajo. Estaba atrapado, comprendió Edward, y eso le molestaba enormemente. No le gustaba que lo manipulasen ni obligasen a hacer algo en contra de su voluntad. Lo más arduo de su trabajo en el ejército fue precisamente tener que acatar órdenes con las que no estaba de acuerdo o que chocaban con sus criterios morales. Y ahora se veía en una situación similar a la que decidió dejar atrás en el pasado. Pero no podía defraudar a la única persona que realmente le importaba en el mundo.
Estudió al hombre que tenía delante. El gesto de preocupación que expresaba el rostro del industrial parecía auténtico. Debía de querer mucho a su hija para estar más preocupado por su seguridad que por la de su propia esposa, una mujer impresionante y mucho más joven que él, de la que, según se rumoreaba, estaba locamente enamorado.
Edward contempló las fotografías de las dos mujeres que descansaban en magníficos marcos de plata sobre el escritorio del industrial. En una de ellas aparecía la imagen de Leah Martin en una bella pose. La mujer era realmente hermosa y comprendía la debilidad que el hombre debía sentir por ella. En la otra aparecía una adolescente delgada y huesuda, de sonriente rostro exento de atractivo y cabello recogido en una coleta, que imaginó se trataba de la famosa Isabella. La jovencita no se veía demasiado atractiva después de compararla con la belleza deslumbrante de su madrastra, aunque no le cabía duda de que su aspecto mejoraría cuando pudiera prescindir de los antiestéticos correctores dentales que tanto afeaban su sonrisa.
En fin, se dijo, no tenía escapatoria, por lo que debería afrontar la situación lo mejor posible. Ya que realmente no estaba confirmada la amenaza y, probablemente, se trataba de simples rumores sin fundamento, intentaría tomarlo como unas vacaciones. Se limitaría a pasar los dos próximos meses tomando el sol en alguna playa de moda mientras la policía cercaba y detenía a los presuntos secuestradores. Al fin y al cabo, se merecía unas vacaciones desde hacía demasiado tiempo.
—De acuerdo, señor Swan. Me encargaré de la protección de su hija siempre que me permita actuar a mi manera —advirtió con acritud.
—Por supuesto. Tiene carta blanca para adoptar todas las medidas que crea necesarias. De momento, ya he abierto una cuenta a su nombre en este banco —y le tendió una tarjeta de crédito y una nota con el número de cuenta en uno de los bancos más importantes del país—. Tiene fondos más que suficientes para material, desplazamientos y gastos en general. Aparte sus honorarios, que deberá fijar usted mismo.
—De eso hablaremos cuando todo acabe —guardó la tarjeta y la nota en su cartera. Se sintió molesto por la actitud del industrial tan parecida a cualquier hombre adinerado que pensaba que todo lo podría pagar con dinero, incluso la vida de un hombre—. De momento necesito información. Por ejemplo: ¿cuándo llegará su hija, dónde piensa establecerse, con cuántas personas estará en contacto habitualmente, cuáles son sus gustos y costumbres...?
Charlie se removió inquieto en su silla, sumamente avergonzado al advertir lo poco que conocía a su propia hija. ¿Cómo pudo consentir que ocurriese siendo ella su única familia? ¿Qué sabía en realidad de ella? ¿Cuándo había mantenido una conversación de padre a hija en la que ella le confiase sus deseos, ilusiones y esperanzas y él le demostrara su amor? No recordaba haber cruzado más de una docena de palabras seguidas en el último año. Rápidas conversaciones telefónicas para asegurarse que estaba bien y no necesitaba nada; nada material, claro.
Lo que su hija estuvo necesitando durante todos esos años fue un padre que le mostrase afecto y no solamente un benefactor que la proveyese con creces de todo lo que podía necesitar. ¿Cómo pudo ser tan egoísta al preocuparse únicamente de sí mismo, de satisfacer sus necesidades y ansias de poder, relegando por completo los deberes paternos y el cuidado de su hija a frías instituciones educativas? ¿Por qué se empeñaba inconscientemente en mantener a Bella alejada de él? Tal vez porque al mirar su bello rostro éste le recordaba dolorosamente al de su esposa, y eso era algo que no podía soportar.
Bella era el vivo retrato de Rene, no así en su personalidad. Su hija no había heredado el temperamento dulce y sosegado de la madre, su ternura y generosidad. Bella era toda vitalidad y vehemencia, acritud y despotismo. Eran tan diferentes que, de no ser por el enorme parecido físico entre ellas, dudaría que fuesen madre e hija. Tal vez ella no era enteramente responsable de su temperamento y de su mal carácter, pensó con generosidad. Él no se ocupó de su educación y, al estar privada desde tan corta edad del cariño y los cuidados de su maravillosa madre, creció sin el afecto y el arropamiento de una familia. Interna en colegios, apenas se veían unos días por vacaciones debido al exceso de trabajo que sus numerosos negocios le ocasionaban. Recordaba que, en los pocos días que habían coincidido durante los últimos años, se habían dedicado casi exclusivamente a discutir y recriminarse mutuamente.
Pero eso acabaría pronto. A partir de ahora, quisiese ella o no, pasarían más tiempo juntos e intentarían recuperar el tiempo perdido. Dejaría de lado su frenética laboriosidad. Tenía más dinero del que podría gastar en cien vidas. Además, había comprendido dolorosamente tiempo atrás que éste no compraba la felicidad. ¿Acaso su fortuna pudo salvar a su dulce Rene de una prematura y horrible muerte?
Tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para apartar la tristeza que insistía en embargarlo últimamente y se concentró en responder a lo que su interlocutor le preguntaba.
—Bueno, en cuanto a esto último me temo que no puedo proporcionarle demasiada información. En realidad, no conozco demasiado sus hábitos o preferencias. Ella pasa tanto tiempo fuera que... —el mudo reproche que apreciaba en los ojos de aquel hombre le hizo ser consciente de su culpabilidad—Imagino que se interesara por las mismas cosas que cualquier joven de su edad. No sé, la música, la moda...
—En ese caso tendré que averiguarlo yo mismo —contestó Edward mordaz y, ante el manifiesto azoramiento del hombre, decidió suavizar su postura. En realidad, ¿quién conocía realmente a un adolescente en plena efervescencia hormonal?—. Pero no se preocupe, no representará ningún problema.
Charlie se sintió aliviado en parte ante la súbita comprensión que advirtió en el serio semblante de su interlocutor. Probablemente, él también tendría hijos y sufriría idénticos problemas. Se relajó y se mostró más distendido. Aquél hombre le gustaba. Era tal y como pensó que sería, de imponente presencia física y mirada sagaz, aunque más joven de lo que imaginaba. Se desprendía de él un aire de eficiencia que transmitía seguridad, que era precisamente lo que él necesitaba en esos momentos. También parecía el tipo de persona enérgica y tenaz que no se dejaría dominar por su voluntariosa hija.
—Espero que así sea y que pueda usted controlarla un poco mejor que yo. Reconozco que he fracasado en parte en esa labor. El hecho de quedarse sin madre a tan pronta edad y mi agobiante actividad han sido las causas de que Bella haya crecido un poco salvaje, podríamos decir. Es muy independiente y obstinada, algo caprichosa también, pero inteligente y sensata, no lo dude. Cuando la pongamos al corriente del problema, no pondrá obstáculos a su labor de protección, estoy convencido —sonrió espontáneamente, rememorando tiempos felices—. Por cierto, pienso que no es conveniente que ella sepa de la amenaza de secuestro. Sería menos complicado hacerle creer que su presencia se debe a unas elementales medidas de seguridad aconsejadas por la policía tras recibir unos anónimos amenazadores. Por supuesto, tanto mi mujer como yo nos proveeremos también de unos escoltas, para lo que solicito su consejo.
—Me pondré en contacto con una empresa que se dedica a este tipo de servicios y mañana mismo tendrán usted y su esposa la escolta solicitada. En cuanto a la información que le pedí en principio...
—¡Ah, sí! Mi hija llega del Reino Unido la semana próxima y, tras pasar unos días aquí con nosotros, se marchará a la casa que heredó de su madre en la costa de Massachusetts, en Cape Cod, donde prefiere pasar las vacaciones. Era la residencia de descanso de mis suegros y allí disfrutó los veranos de su infancia hasta que su madre falleció. Conserva algunos amigos de su niñez y está cerca de la poca familia que le queda, que reside en Boston. Yo suelo desplazarme allí algunos días, pero a mi mujer le gusta más la costa californiana, con sus fiestas y plagadas de famosos o hacer algún crucero en el yate por el Caribe, y Bella insiste en no abandonar la casa por ello... —continuó excusándose.
—Comprendo, los chicos parecen querer llevar siempre la contraria a sus mayores —lo interrumpió Edward, queriendo suavizar la situación. Realmente sentía lástima por aquél hombre que se veía atrapado entre una exigente y caprichosa esposa y una alocada y rebelde hija—. De todas formas, creo que ese plan no es el más adecuado en estas circunstancias. No debemos facilitarle tanto las cosas a los secuestradores haciendo pasar a su hija por el aeropuerto de esta ciudad en dos ocasiones, ya que los espacios abiertos y concurridos son los más factibles para llevar a cabo ese tipo de delitos. Creo que lo más acertado es que su hija viaje directamente a Boston y desde allí se traslade a la casa, preferentemente en helicóptero. Usted puede ir a esperarla al aeropuerto y pasar unos días con ella, si lo desea.
—Por mí no hay problema, pero tal vez Bella tenga otros planes. Puede que desee visitar a algunos amigos y realizar compras...
—Entonces tendrá que convencerla de que aplace las visitas y las compras las realice en Boston. Pueden instalarse en un hotel durante unos días. Es más seguro. Los secuestradores deben haber ideado un plan basándose en la rutina que ustedes llevaran anteriormente. Lo más probable es que piensen cometer el delito durante la estancia de su hija en esta ciudad, aprovechando su paso por el aeropuerto o en salidas posteriores. Es lógico que, al tratarse de una banda de malhechores que se mueve por aquí, prefieran dar el golpe en un medio conocido. Si los privamos de lugares y situaciones idóneas y predeterminadas, les será más difícil tener éxito en su intento.
Charlie consideró lo expuesto y coincidió con sus acertados razonamientos. Ahora sólo tocaba convencer a su testaruda hija de que aceptase el cambio de planes.
—De acuerdo. Hablaré con ella y le diré que tome un vuelo directo a Boston. Allí la esperaremos y la pondremos al corriente de las novedades. Si desea permanecer en la ciudad, nos hospedaremos en un hotel y, en caso contrario, marcharemos directamente a Cape Cod. Intentaré convencer a Leah para pasar allí unos días antes de iniciar el crucero.
—Ahora necesito que me haga una lista, lo más detallada posible, de las personas que van a estar en contacto con su hija en estos meses: personal del servicio, parientes, amigos...
Charlie volvió a inquietarse ante el desconocimiento de las personas con las que su hija se relacionaba. Durante los tres años anteriores, en los que Bella había decidido pasar sus vacaciones en aquel lugar, apenas estuvo dos o tres días seguidos en la casa, sobre todo por los dolorosos recuerdos que ésta le provocaba. En el pasado fue tan feliz allí que no soportaba estar en aquel lugar sin la presencia de Rene a su lado. Por eso evitaba visitarla y prefería encontrarse con su hija en otro lugar. Desconocía casi totalmente con quién se veía allí, aparte de los criados. Lo avergonzaba haber descuidado tanto a su hija hasta el punto de convertirla casi en una desconocida.
—En realidad, ella se relaciona con poca gente cuando viene, únicamente con la familia de su madre: una prima de mi primera mujer que vive en Boston y sus hijos. Ella los visita e invita a los chicos a pasar unos días en Cape Cod. En cuanto al servicio, es el mismo desde casi siempre. De la casa se ocupa Susy. La cuida y la mantiene en orden por si la necesitamos. Desde hace tres años, cuando Bella decidió pasar allí sus vacaciones, se incrementa el servicio en dos personas más, su hija y el marido de ésta. Entre los tres se encargan de todo. Son personas de confianza, de las que nunca he tenido la menor queja, y Bella está también muy contenta con ellos.
—Prepáreme el listado con los nombres para que pueda investigarles. Es necesario que llame a la encargada de la casa y le avise de mi próxima llegada. Quiero estudiar el terreno e instalar un buen sistema de seguridad antes de la llegada de ustedes y darles las instrucciones necesarias para que estén atentos a cualquier movimiento extraño. Pienso que se les debe facilitar la misma versión que a su hija para que no se produzcan incongruencias.
—Estoy de acuerdo con usted en eso. En cuanto a la lista, estará preparada en una hora. Déjeme un teléfono de contacto, a ser posible con fax, o una dirección de e-mail y se la mandaré en cuanto la tenga redactada. Puede llamarme en cualquier momento al número que ya tiene. Yo me pondré en contacto con usted diariamente para estar al tanto de los preparativos que lleve a cabo y comunicarle el día y hora de la llegada de Bella, así como el plan que pensamos seguir —concluyó Charlie, indicando con ello que daba por terminada la entrevista.
Edward escribió en una tarjeta y se la ofreció a su interlocutor. —Ahí tiene mi número de teléfono móvil y la dirección de correo electrónico. Le ruego que me comunique lo antes posible la llegada de su hija para programar debidamente la línea de acción a seguir. Va a ser necesario contar con otro hombre que me sirva de apoyo en la casa y me releve en los momentos necesarios. En cuanto a la escolta que han solicitado, mañana tendrán ustedes dos personas asignadas que les acompañarán en las salidas que realicen —alargó la mano para estrechar la del industrial y se encaminó hacia la puerta. Cuándo iba a salir se giró—. Una cosa más, señor Swan, ¿ha comentado con alguien este asunto? ¿Sabe cuántas personas tienen conocimiento de la amenaza?
—Pues no —respondió el aludido con extrañeza—. No he comentado con nadie mi preocupación, sólo con mi amigo, que tuvo conocimiento de ello por el jefe de policía de esta ciudad y me indicó que se pondría en contacto con usted. Aparte de eso, no puedo imaginar quién más lo sabe.
—De acuerdo. Le aconsejo que no mencione a nadie la verdadera naturaleza de la amenaza. A su esposa, que sin duda demandará explicaciones sobre la presencia de los escoltas, puede proporcionarle la misma versión que a su hija, y de igual forma a todo el que se interese por el tema. Es conveniente para evitar incongruencias en los diferentes relatos y posibles filtraciones.
—¿A qué se refiere con posibles filtraciones, señor Cullen? —preguntó Charlie, molesto por las veladas acusaciones que se desprendían de sus palabras.
—Siempre cabe la posibilidad, señor Swan, de que alguien cercano a la víctima facilite, voluntaria o involuntariamente, información a los delincuentes. No me refiero obligatoriamente a familiares y amigos, también puede tratarse del personal de servicio, amigos o familiares de éstos, repartidores a domicilio, empleados de cualquier establecimiento que suelan frecuentar y puedan oír cualquier conversación aparentemente intrascendente... —Edward comprendía lo delicado de la situación y la suspicacia del hombre, pero no podía dejar nada al azar—. Comprenda que es mejor tomar el mayor número de precauciones posible.
—De acuerdo. Limitaré las explicaciones a lo acordado anteriormente.
—Perfecto. Buenos días.
Edward abandonó el despacho y el edificio con una mal disimulada irritación causada, no sólo por la imposición a que se vio obligado, sino también por un vago temor o desazón al que no podía poner nombre y que se había instalado en su subconsciente tras la conversación con Charlie Swan. Su desarrollado instinto, que tantas veces le ayudó e, incluso, salvó la vida en alguna ocasión, le advertía de que algo no marchaba bien. Edward presentía que no iba a resultar tan fácil como todos se empeñaban en hacerle creer.
La relación entre padre e hija no era todo lo buena que cabía esperar, eso saltaba a la vista. Para el industrial su joven hija era toda una desconocida y, además, parecía no importarle demasiado lo que hacía o dejaba de hacer su tierno retoño. Aunque la quería, daba la impresión de estar más preocupado por satisfacer los caprichos de su bella esposa que por asumir la difícil, y sin duda ingrata, tarea de educar a su vástago, delegando esa responsabilidad en otras personas.
Había observado esa forma de actuar en personas adineradas. Estas parecían pensar que el proveer a sus hijos de los mejores cuidados y atenciones, a la vez que les proporcionaban todos los caprichos que pudiesen desear, les exoneraba de sus obligaciones y responsabilidades paternas. También había visto niños malcriados y caprichosos, abandonados desde pequeños en colegios donde recibían la mejor educación posible, y que no todos sabían o querían aprovechar, pero carentes de afecto. Lo que les convertía en soberbios y déspotas con las mismas ideas prepotentes de sus padres. Temía que iba a vérselas con una jovencita de ese tipo y eso lo ponía de muy mal humor, abriendo viejas heridas que creía sanadas para siempre. Lo menos que deseaba en esos momentos era tener que lidiar durante dos meses con una niña mimada y altanera. Empezaba a cuestionarse si el amor que sentía por su único familiar vivo merecía tanto sacrificio.
Con un gruñido de disgusto y maldiciendo interiormente a todas las niñas mimadas con padres ricos y despreocupados y a los familiares que abusaban de la confianza en sus seres queridos, cogió su coche y se sumergió en el caótico tráfico de la gran ciudad, para dirigirse a la comisaría de policía. Tenía interés en entrevistarse con el inspector encargado del caso y recibir de primera mano toda la información que le pudiese facilitar.
El inspector Uley resultó ser un hombre inteligente y muy preparado, que le hizo un amplio y esclarecedor resumen de las pesquisas efectuadas.
Para él, se trataba de un simple caso de delincuencia común. Nada, a su parecer, indicaba que tuviese un trasfondo político, aunque en un principio hubiese barajado esa posibilidad, principalmente por las conexiones de Swan con los actuales mandatarios. A pesar de ello, se alegraba de que el industrial le hubiese elegido a él para custodiar a su hija pues, según le comentó, conocía su brillante carrera en el ejército. Le explicó las medidas adoptadas para mantener bajo vigilancia a la banda de delincuentes que pretendía secuestrar a la hija del industrial y las pesquisas que se realizaban para descubrir quién podía estar detrás de la trama. El inspector prometió mantenerle continuamente informado de las novedades y le facilitó los informes confidenciales que poseía sobre el caso.
Edward salió mucho más tranquilo de lo que llegó tras su visita a la policía. Al eliminar casi totalmente las implicaciones políticas en el asunto, con el peligro que eso suponía y que él conocía bien, la tarea sería bastante sencilla. La policía se encargaba de investigar y vigilar a los presuntos delincuentes y él de investigar a todas las personas relacionadas con la víctima que le parecieran sospechosas.
Cuando recibió en su ordenador portátil el e-mail con la lista solicitada al industrial y añadió unos cuantos nombres más por su cuenta, se dirigió a entrevistarse con su tío. Este, por el cargo que ocupaba, era el personaje idóneo para llevar a cabo la investigación de las personas incluidas en el listado. Eleazer prometió encargarse de ello y facilitarle la información lo antes posible, por lo que él se dedicó a programar su auténtica tarea: la seguridad de su protegida. Llamó a un amigo y antiguo compañero, que dirigía una empresa de seguridad y escoltas, y le solicitó tres de sus mejores hombres: dos destinados a la custodia del industrial y su esposa y el otro para que le sirviera de apoyo a él.
Al día siguiente recibió la llamada de Charlie Swan para comunicarle que su hija no tenía inconveniente en cambiar sus iniciales planes y volar directamente hasta Boston y, de allí, trasladarse sin demora a la casa en Cape Cod. También le comunicó que se marchaba esa misma tarde a Londres para reunirse con Bella y pasar los días que restaban del curso en su compañía. De esa forma le explicaría detalladamente la situación y la tranquilizaría al respecto. Cuando su hija lo decidiese, se trasladarían juntos a Estados Unidos y la dejaría enteramente a su cuidado.
Pensaba llevarse los dos escoltas que le había proporcionado esa mañana, ya que su esposa se hallaba en Los Ángeles y no regresaría en varios días. La llamaría indicándole día y hora de la llegada del vuelo, para que estuviese esperándoles en el aeropuerto. Ya había llamado a Susy para advertirle de su llegada a la casa y pedirle que colaborase con él en lo que pudiese necesitar, dada la gravedad de la situación. Se comprometió a estar en contacto diariamente para recibir sus informes y ponerle al tanto de las posibles novedades. Por lo demás, le dio carta blanca para que adoptase las medidas que estimase más convenientes con el fin de garantizar la seguridad de su hija.
Edward se trasladó a la mañana siguiente a Cape Cod con Mc Carty, el escolta de apoyo, y entre los dos se ocuparon de dotar a la casa de un complejo y altamente sofisticado sistema de seguridad, que garantizaba la protección de Bella Swan dentro de la casa y en un radio de cincuenta metros alrededor de ella.
A Edward no le gustó la ubicación de la mansión de verano, en una especie de promontorio con vistas al mar, bastante apartada de sus vecinas y a varios kilómetros de la población más cercana. Desde ella se podía acceder, a través de un estrecho sendero entre dunas de fina arena, hasta una pequeña y aislada playa. La casa estaba rodeada de una extensa parcela ajardinada y, por suerte, protegida en todo su perímetro por una alta tapia de piedra y espinos de más de dos metros. En uno de sus extremos habían construido una amplia piscina y en el otro, y apartado de la entrada principal, se hallaban las cocheras.
La casa era una construcción sencilla, aunque espaciosa, de principios de los años cincuenta del siglo anterior. Originalmente debió constar de una sola planta a la que, con posterioridad, se añadió una segunda con el fin de ampliar el número de habitaciones. Edward sospechaba que Swan tenía la intención de crear una gran familia y para ello se proveyó espacio suficiente donde albergar a la numerosa prole que pensaba concebir. Tuvo que ser una gran decepción para él no ver cumplidas sus expectativas.
Como temía, la casa estaba desprovista de alarma o medidas de seguridad, aunque sí contaba con todas las comodidades posibles. Susy, la encargada de cuidarla, era una mujer de más de sesenta años, amable y dicharachera, que desde el primer momento se mostró dispuesta a ayudar en todo lo que necesitase "para que a su niña no le ocurriese nada malo" y le facilitó un exhaustivo relato sobre la historia de la familia. Llevaba trabajando en la casa desde que los abuelos de Bella la construyeron, casi cincuenta años antes. Vivía en la cercana localidad de Hyannis Port y se trasladaba allí cuando venían los dueños de vacaciones. Tras la muerte de la madre de Bella la casa no estuvo habitada ni una semana seguida. Hasta tres años antes, cuando la joven decidió volver a pasar allí las vacaciones, de lo cual se alegraba mucho. Mary, su hija menor, y John, el marido de ésta, venían durante el día para ayudarle en las tareas y atender las necesidades de Bella y los invitados que pudiera traer.
A Bella le desagradaba la nueva mujer de su padre y esa era la causa, según Susy, de que se negase a pasar las vacaciones con ellos y hubiese decidido volver a la casa de su madre, que ella había heredado, lo que ocasionaba que apenas se vieran unos pocos días en todo el año. Además, era demasiado mayor para ir a los campamentos de verano a los que antes siempre la enviaban.
A pesar de su propensión al cotilleo, Susy le pareció una persona honrada y fiel —cosa que después confirmaron los informes remitidos por su tío—y una firme aliada para salvaguardar la integridad de su protegida. Aparte de la información relativa al personal de servicio, Eleazer le envió un amplio dossier de varias personas directa o indirectamente relacionadas con Charlie Swan y su hija entre las que, estaba convencido, se hallaba el instigador del delito que se planeaba cometer. Dejando aparte varios personajes importantes del mundo de las finanzas y potenciales rivales del industrial en varios negocios, Edward había seleccionado a tres personas.
En primer lugar estaba Sue Bremen, la ex esposa del financiero, mujer visceral y vengativa que podría haber tramado el plan, no sólo para conseguir un dinero extra al obtenido con el divorcio, sino también para vengarse del hombre que la humilló. La policía especulaba con ello debido a que últimamente se estaba relacionando con individuos poco recomendables.
En segundo lugar se hallaba Néstor Cruz, un emigrado cubano residente desde hacía varios años en Miami y que tuvo en el pasado una intensa relación con Leah Martin, hasta que ésta le abandonó por el rico industrial. Los mismos motivos podían impulsar al cubano que a la ex mujer. La circunstancia de que varios componentes de esa banda fuesen de origen caribeño señalaba a Cruz como un buen candidato.
Por último estaba Micke Newton, un primo lejano de Bella por parte de madre. Según los informes que tenía en su poder, el joven abogado era adicto al juego, afición que parecía haber heredado de su padre. Éste acabó dilapidando la escasa fortuna de la familia en las salas de juego y los malos negocios. A su muerte sólo pudo dejar deudas, lo que obligó a su mujer a vender todo su patrimonio y a su hija a abandonar los estudios y a ponerse a trabajar.
Imaginaba que Elizabeth, la madre de Micke, debió solicitar la ayuda de Swan y éste se la facilitó, así como un empleo para sus dos hijos en una de sus empresas con sucursal en Boston, ciudad en la que residían. Aunque nada hacía sospechar la implicación de esta persona, Edward sabía que la adicción al juego, al igual que cualquier otro tipo de dependencia, podía ser la causa de nefastas tentaciones por conseguir dinero fácil con el que continuar el vicio o pagar a los acreedores. Micke Newton no estaba en el grupo de sospechosos de la policía, entre otras cosas por no tener motivos aparentes para querer secuestrar a su prima y, además, por vivir en otra ciudad. Pero Edward no pensaba descartarlo totalmente y encomendó su vigilancia a un detective privado. De los demás se encargaba la policía, la cual lo tenía al tanto de las novedades.
Edward acepto el trabajo, ahora volvamos a ser detectives y busquemos quien quiere secuestrar a Bella.
¡Que empiecen las apuestas!
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GRACIAS por sus reviews anteriores, se que esta un poco aburrida la historia, pero desde el capítulo 03 todo se pone mas interesante!
Actualizo si me leen el viernes 08 con 2 capítulos!
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#Andre!#
