Capítulo anterior: ¿Es una broma? Al estar luchando contra la pesada de Yin, Miharu cae por accidente en una de las tantas charcas de Jusenkyo, y salió de esta transformada en un zorro. Según le explicó un hombre, esa era la charca de la zorrita ahogada, y ahora cada vez que Miharu tenga contacto con el agua fría se transformará en el animal que ahí murió ahogado. ¿Cómo volverá a ser normal? ¿Qué tiene que hacer ahora?
Acechador de Contrariedades
—¿No quieres más té?—me preguntó él al tiempo que me ofrecía una tosca taza humeante.
Asentí con la cabeza y le recibí el cálido líquido con sumo agrado, aunque mi aciaga expresión no lo expresara del todo.
Él se limitó a observarme con una chispa de preocupación en su rostro, pero no me dijo nada más y se retiró a desenredar más nudos.
Observé el crepúsculo por la ventana y sorbí a la taza con dejadez. Para mi sorpresa, el té estaba realmente bueno; algo ácido y dulzón y, sin que lo esperara, eso me levantó el ánimo un poco.
Ya había pasado una semana desde aquel incidente en la charca maldita, y aún no podía creérmelo en lo absoluto: cuando por accidente mi piel entraba en contacto con agua fría, y adoptaba aquella forma animal, mi mente se calmaba sobrehumanamente, como si entrara en un gran letargo, y hasta que conseguía agua caliente y volvía a mi cuerpo normal parecía despertar, pero no del todo.
Como era de saber, no le había dicho ni una palabra a nadie, a excepción del anciano que había conocido antes de llegar al lugar maldito de las charcas de Jusenkyo. Su nombre era Taro y había comprendido mi situación al instante. ¡No es que hubiera llegado de repente y le hubiera contado la mitad de mi vida! Pero la verdad es que últimamente le había estado ayudando en la pesca a cambio de algunas monedas para poder sobrevivir.
No obstante, al poco tiempo descubrí que el anciano no siempre había vivido en aquella desolada montaña y que había vivido tantos males como un aciago soldado va a la guerra. Así pues, también percibí que el longevo hombre era un hombre digno de confianza y, cuando hubo algo de confianza pasados unos días, procedí a explicarle mi situación para pedirle consejo.
Cuando le conté la excéntrica peripecia, el sólo me miró con triste expresión en su rostro y negó lentamente con la cabeza.
—Te dije que no fueras, pero no me escuchaste, niña.—había susurrado. Y entonces me había acordado de cuando había por fin logrado encontrar el paradero de Keima gracias a ese hombre.—No eres la única; varias personas con planes de entrenamiento visitan este lugar todos los años; la mayoría de ellos terminan convertidos en algún animal.
Así pues, terminaba la jornada del día y me encontraba allí; en su cabaña con una dulzona taza de té en mi regazo. ¡Qué histeria! El guía de las charcas de Jusenkyo—que eso era el hombre de ropas verdes.—había dejado el lugar con el pretexto de que tenía que ir a otro territorio y yo, por supuesto, no le dejé en paz hasta que el reacio hombre me prometió que una vez que volviera, me diría como solucionar "mi problema". Al final no tuve más opción que resignarme y había decidido seguir con Keima.
Entrenaba con él un poco por las tardes, hasta que llegaba la estúpida de Yin y estropeaba cada momento en el que veía oportunidad para decirle a Keima mis sentimientos.
También había conocido al tal Shen, y me quedé atónita al percatarme de que era completamente diferente de a su inicua hermanita. Por el contrario de la latosa arpía, Shen era sosegado, inteligente y prudente; su cabello era negro como el carbón; y sus ojos, azules. Era un año mayo que Keima; casi dos años mayor que yo. Desde que lo conocí me pareció de lo más educado y amable, y siempre sabía cuando calmar a su hermana cuando nuestras y acostumbradas disputas se tornaban agresivas. Por supuesto, Keima le seguía el ejemplo y él trataba de clamarme a mí. ¡Juro que algún día esa molesta arpía se va a enterar!
—Muchas gracias por tu ayuda; buen trabajo.—habló el anciano Taro, provocando que mi mente regresara al presente.
Yo me levanté rápidamente y me apresuré a tomar el último sorbo del té; me dirigí a la cocina y, a pesar de las protestas del anciano, lavé lo que me correspondía y le agradecí su hospitalidad. Seguidamente él me dio unas monedas, de agradecí nuevamente y me encaminé al refugio de Keima.
—¡Vamos, Miharu, levanta ese ánimo!—me dije en voz alta. Aunque me transformara en un animal al tocar el agua, no iba a dejar que nada destruyera toda mi vida. Definitivamente encontraría una forma de revertir la maldición y volvería a ser la de antes, y todo volvería a ser normal. O eso o mi espíritu convertido en zorro perseguiría a ese aciago hombre y lo atosigaría hasta el final de sus días.
Cuando llegué al refugio, Keima todavía no había llegado y temí que estuviese siendo atraído por las viles trampas de la niñita, pero respiré un par de veces y logré sosegarme un poco.
—¡Ya llegue!—anuncié mientras me acercaba a Ramen, que yacía hecho un ovillo sobre unas mantas. El felino levantó las orejas y se levantó; se desperezó y maulló con sus labios extrañamente curvados en una sonrisilla juguetona.
—¡Sí, sí!—atendí, sacando un pescado que Taro me había obsequiado y, partiéndolo por la mitad con un cuchillo, le ofrecí uno de los pedazos al oscuro gato, que lo tomó sin vacilación alguna y comenzó a devorarlo como si nunca hubiera probado bocado en toda su vida. Sonreí y me dispuse a preparar la cena para Keima y para mí.
Coloqué agua y algunas verduras y el pescado en la olla y lo coloqué al fuego. Tardaría un rato en hervir, así que aproveché el momento para ver que estaría haciendo.
—Ahora vuelvo.—le avisé a Ramen, aunque una semana atrás eso me hubiese parecido una tontería. El gato me respondió con un maullido más corto que el anterior y salí de la cueva.
Busqué por un rato por los alrededores, hasta que escuché una voz familiar que provenía de una zona alejada de las charcas.
—¡No, no! Así no es; concéntrate más.—exigió la suave vos de Shen. Me animé a acercarme un poco y, cubierta por la abundante floresta, observé como Keima y Shen estaban entrenando juntos.
Keima, jadeando y con abundante sudor, estaba frente al hermano de Yin apoyado sobre las rodillas. Parecía bastante agotado. Se irguió y se puso en posición de batalla. Shen hizo lo mismo y, de un instante a otro, ambos chicos quedaron enfrascados en una ingente lucha.
Apenas podía seguir el movimiento de los ataques; Shen atacaba más con las piernas, y Keima, con los brazos. Al final, Shen le propinó un buen golpe un costado y mi amigo se quedó inmóvil, incapaz de respirar.
Me quedé inmóvil, ¿qué debía hacer; quedarme ahí petrificada o socorrer a Keima?
—¿Qué sucede, Miharu? ¿Necesitas algo?—me llamó la inesperada voz de Shen. Me sobresalté. ¿Cómo se había percatado de mi presencia?
No pude hacer nada más que salir de donde estaba y avancé hacia los dos chicos.
—No, yo solo…—intenté inventar una excusa, algo que explicara mi presencia, pero nada se dignaba a iluminarme la mente.—Solo quería avisarle a Keima que la cena está casi lista.—dije patéticamente a falta de mejor explicación.
Los rostros de ambos se suavizaron y Keima sonrió, animado.
—¡Genial! Este entrenamiento me está moliendo.—comentó él con una sonrisa socarrona y recuperándose milagrosamente de la paliza que le había metido el chico. No pude evitar sonreír también y me relajé.
—Qué bueno.—comentó Shen dirigiéndome una dulce sonrisa.— ansío probar tu comida cuando estemos en la fogata.
Enarqué una ceja, confundida. ¿Qué probaría mi comida cuando est...?
—¡Ah, sí! Miharu, se me había olvidado decirte que había invitado a Shen y a Yin a cenar hoy todos juntos. Espero que no te importe.—se apresuró a explicarme Keima rascándose la nuca. ¡Jo, Keima, eres un idiota! Y yo que esperaba cenar a solas contigo…
A pesar de mi desilusión, no dejé que este velara mi expresión y me obligué a sonreír y negar con la cabeza.
—¡Para nada! Será un gusto poder cenar todos juntos.—aseguré al fin con las manos en la espalda.
—Perdón por la molestia. —expresó Shen con una sonrisa, que no pude evitar devolverle. Aún no podía explicar el que él fuera tan diferente a la molesta y maleducada de su hermana.
—No es nada.—le respondí. ¡Un momento! Si sólo había preparado comida para dos… ¿¡Cómo les daría de comer!? Necesitaría pescar un par de pescados y cocer más verduras.—La cena tardará un poco más, por si quieren seguir entrenando…
Al final, el par de chicos aceptaron y volvieron a practicar unos extraños golpes. Tal vez luego le preguntara a Keima por esos y le pidiera que me enseñara…
Volví sobre mis pasos tan metida en mis pensamientos que no me percaté de que otra persona caminaba casi a mi lado. Me volteé rápidamente y descubrí a la arrogante figura de Yin parada petulantemente a unos escasos metros de mí.
—Hola, ¿a dónde vas?—me preguntó como si la rivalidad no existiera entre nosotras. ¿Qué le sucedía? ¿Se habría golpeado en la cabeza o tendría una gemela perdida?
Pasé de largo y continué caminando, sin bajar la guardia, que era consciente de que podría atacarme en cualquier momento.
—¡Espera!—me instó, siguiéndome el paso hasta estar a mi altura. Se mantuvo así hasta que llegamos riachuelo que se encontraba cerca de la cabaña del anciano Taro.
—Creo que deberíamos comenzar de nuevo.—manifestó la niñata, pillándome por sorpresa. ¿Qué, me estaba jugando una broma? Fingí no haberla escuchado y me concentré en atrapar un par de pescados con pequeña red que me había fabricado con el anciano, ya que con una caña tardaría demasiado y no tenía tiempo de fabricarme una lanza si quería tener lista la comida para antes del amanecer.
La hermana de Shen se mantuvo a pocos palmos de mí y se limitó a observar mis patéticos intentos de capturar un pez con aquella red que poco servía en la orilla del río. ¿Qué tramaría?
Después de cuatro intentos fallidos, ella, sin pedir opinión alguna, se quitó los zapatos, se arremangó el pantalón hasta arriba de las rodillas, y, con las manos desnudas, atrapó un gran ejemplar en el primer intento; me lo arrojó y encestó limpiamente en la red. ¡Es en serio, ¿qué tramaba?!
—Gracias.—susurré por lo bajo.
Yin salió de la traslúcida agua con otro pez entre las manos y lo colocó igualmente en la red.
—¿Por qué querías atraparlos con eso? Sería útil más adentro, pero no en la orilla.—inquirió ella con las manos en jarras.
—¿Qué te propones?—le pregunté, ya desquiciada por el repentino cambió de carácter de la excéntrica chica. Ella se encogió de hombros y se sentó en la orilla, metiendo los pies en el agua.
—Solo quería comenzar de nuevo; no creo que debamos llevarnos tan mal por una tontería.—declaró sin dirigirme la mirada. ¡Wow, qué fuerte! No podía creer lo que había escuchado, ¿de verdad lo decía en serio, o sólo me estaría haciendo una jugarreta?
—¿Lo dices en serio? Antes no pensabas lo mismo.—mascullé mientras me sentaba igualmente, después de depositar la red con la pesca en el suelo, lejos del agua.
—Sí, pero… sería horrible que todos los días peleáramos por lo mismo ¿no te parece?.
De verdad me petrifiqué. ¡Esa debía ser una impostora!
—Sé lo que piensas.—aseguró ella.—Pero no soy cualquiera y el motivo por el que quiero a Keima es porque nunca he tenido un amigo de verdad.
Evité abrir la boca por la conmoción, pero el desasosiego se sembró dentro de mí. ¿¡De verdad…!? ¡No podía creerlo!
—Perdón si antes me comporté como una tonta, pero a veces me dejo llevar.—continuó, y está vez me sostuvo la mirada.
—No… importa. Te entiendo.—dije por fin, poniéndome de pie. Supongo que hasta las personas tan tontas y perniciosas como ella podían cambiar… Me acerqué a ella y le ofrecí la mano para que se levantara; ella la tomo después de un momento y se irguió pero, en vez de soltarme la mano, con un movimiento inesperado y extraño, me impulsó hacia la izquierda y salí volando hasta aterrizar con un doloroso golpe sobre el…. ¡Agua!
Abrí los ojos como platos y volteé a verme: ¡Era un zorro!
—¡Lo sabía, estás maldita!—soltó con un índice señalándome, el ceño fruncido y una victoriosa sonrisa en su malévolo rostro.
-.-.-.-.-
¿Qué te ha parecido? ¿Te gustaría que continuara o tienes alguna duda o crítica? ¿A qué esperas para comentar y decir lo que piensas? ¡Te estaré muy agradecida!
avances del próximo cap:
¡Qué perniciosas jugarretas le jugaba el destino! Sin embargo no había tiempo para lamentarse; Yin está al tanto de su desgraciado secreto. ¿Qué será de ella ahora?
«No podía gritar ¡Hey, estoy aquí, soy yo! por que de mi boca no salían más que lastimeros gruñidos»
