Como les prometí, hoy día jueves subi un nuevo chap!
Los personajes ni la historia me pertenecen. Personajes: Stephenie Meyer, historia: Colleen McCullough.
Mike y Paul tenía la muñeca entre los dos, en el sendero de delante de la casa, y agitaban furiosamente sus articulaciones. Sólo podía ver la espalda de Bella, que contemplaba cómo sus hermanos profanaban a Agnes. Los limpios calcetines blancos se le habían resbalado y formaban arrugados pliegues sobre las botitas negras, y medio palmo de piel rosada de la pierna era visible bajo el dobladillo del vestido de terciopelo castaño de los domingos. La melena negra, cuidadosamente rizada, le caía en cascada sobre la espalda y resplandecía al sol; no era roja ni marrón, sino de un color intermedio La cinta de tafetán blanco que impedía que los rizos de la frente le cayeran sobre la cara pendía, sucia y flácida; el vestido se veía lleno de polvo. Sostenía la ropa de la muñeca en una mano y, con la otra, empujaba en vano a Paul.
-¡Malditos pequeños bastardos!
Paul y Mike se pusieron en pie y echaron a correr, olvidándose de la muñeca; cuando Jacob maldecía, esta actitud era lo más aconsejable.
-Si vuelvo a pillarlos tocando esa muñeca, ¡Les calentaré sus sucios culos!- les gritó Jacob.
Se agachó, asió a Bella de los hombros y la sacudió cariñosamente.
-Vamos, vamos, ¡no llores! Ya se han marchado, y nunca volverán a tocar tu muñeca, te lo prometo. Ahora, quiero una sonrisa de cumpleaños, ¿eh?
La niña tenía la cara hinchada y lloraba a raudales; miró a Jacob con sus ojos grises, tan grandes y tan llenos de tragedia, que su hermano sintió un nudo en la garganta. Ahora sacó un trapo sucio del bolsillo del pantalón, le enjugó toscamente la cara y le pilló la nariz entre sus pliegues.
-¡Suena!
Ella obedeció e hipó ruidosamente, mientras le secaba las lágrimas.
-¡Oh… Jac- Jac- Jacob, me qui- qui- quitaron a Agnes! - Sorbió.- Su ca- ca- cabello se ha caído, y he pe- pe- perdido todas las bo- bo- bonitas perlas bancas que llevaba. Han caído en la hie- hie- hierba, ¡Y no puedo encontrarlas!
Volvieron a fluir las lágrimas, salpicando la mano de Jacob; éste miró un momento su piel mojada, y la enjugó con la lengua.
-Bueno, tendremos que buscarlas, ¿no? Pero no encontrarás nada si sigues llorando, ¿sabes? ¿Y qué significa esa manera de hablar como una niña pequeña? ¡Al menos hacía meses que no decías "bancas" en vez de "blancas"! Vamos, suénate otra vez y recoge a la pobre… ¿Agnes? Si no la vistes, le va a dar una insolación.
La hizo sentar en la orilla del sendero y le dio amablemente la muñeca; después, se agachó y empezó a buscar entre las hierbas, hasta que lanzó un grito de triunfo y mostró una perla.
-¡Mira! ¡La primera! Las encontraremos todas, ya verás.
Bella observó devotamente a su hermano mayor, mientras esté seguía buscando entre las hierbas y le mostraba cada perla que encontraba; después recordó lo delicada que debía ser la piel de Agnes, la facilidad con la que podría quemarse, y puso toda su atención en vestir a la muñeca. No parecía haber sufrido verdadera lesiones. Tenía los cabellos sueltos y enmarañados, y los brazos y las piernas sucios, donde habían tirado de ellos los chicos, pero todo lo demás estaba en orden. Bella llevaba una peineta de concha sobre cada oreja: tiró de una de ellas hasta soltarla, y empezó a peinar a Agnes, que tenía cabellos humanos de verdad, habilidosamente pegados a una base de gasa encolada, y decolorados hasta que habían adquirido un tono de paja dorada.
Tiraba torpemente de un gran nudo, cuando ocurrió la tragedia. Toda la cabellera se desprendió de golpe y quedó colgando, como un estropajo, de los dientes de la peineta. Sobre la lisa y ancha frente de Agnes, no había nada; ni cabeza ni cráneo. Sólo un horrible y enorme agujero. Temblando aterrorizada, Bella se inclinó para atisbar dentro de la caja craneana de la muñeca. Allí se distinguía vagamente el perfil invertido de las mejillas y del mentón; la luz se filtraba entre los labios entreabiertos y la negra silueta animal de los dientes y, más arriba, estaban los ojos de Agnes, dos horribles bolitas atravesadas por un alambre cruelmente clavado en su cabeza.
Bella lanzó un chillido agudo y fuerte, que no parecía infantil; tiró a Agnes a lo lejos y siguió gritando, tapándose la cara con las manos, estremecida y temblorosa. Entonces sintió que Jacob le tiraba de los dedos y la tomaba en brazos y hacía que apoyase la cara a un lado de su cuello. Ella lo abrazó y empezó a consolarse, y esta proximidad la calmó lo suficiente para advertir lo bien que olía él, a caballos, a sudor y a hierro.
Cuando se hubo tranquilizado, Jacob hizo que le explicase todo; agarró la muñeca y contempló intrigado la cabeza vacía, tratando de recordar si su universo infantil se había visto atacado por tan extraños terrores. Pero sus fantasmas sólo eran de personas y murmullos y de miradas frías. De la cara de su madre, arrugada y desencajada, de su mano temblorosa asiendo la suya, de sus hombros caídos.
¿Qué había visto Bella, para impresionarse tanto? Supuso que se habría asustado menos si la pobre Agnes hubiese sangrado al serle arrancados los cabellos. Sangrar era algo real; en la familia Swan, alguien sangraba copiosamente, al menos una vez a la semana.
-¡Sus ojos, sus ojos! – murmuró Bella, negándose a mirar de nuevo a la muñeca.
-Es una maravilla, Bella- susurró él, hundiendo la cara en los cabellos de la niña, tan finos, tan espesos, tan llenos de color.
Necesitó media hora de arrumacos para conseguir que mirara a Agnes, y otra media hora para persuadirla de que echase un vistazo al cráneo perorado. Entonces, le enseñó cómo funcionaban los ojos, con que cuidado había sido colocados en su sitió. De modo que se abriesen y cerrasen fácilmente.
-Bueno, ya es hora de que vuelvas a casa- le dijo, levantándola y sujetando la muñeca entre los pechos de los dos- . Haremos que mamá la componga, ¿eh? Lavaremos y plancharemos su ropa, y volveremos a pegarle los cabellos. Yo te haré unos alfileres mejores que estas perlas, para que no puedan caerse y puedas peinarla como quieras.
Esme Swan estaba en la cocina, mondando patatas. Era guapa, de estatura ligeramente inferior a la mediana, pero de facciones más bien duras y severas; tenía una excelente figura y su cintura, a pesar de los hijos que había tenido, y su cabello era de color castaño. Llevaba un vestido de percal gris, con la falda rozando el inmaculado suelo y la parte delantera protegida por un gran delantal blanco almidonado, sujeto alrededor del cuello y atado atrás con un lazo rígido y perfecto. Desde que se levantaba hasta que se iba a dormir, vivía en la cocina y en el huerto detrás de la casa, y sus recias botas negras trazaban un sendero circulas desde la cocina hasta el lavadero y al huerto y al tendedero, hasta volver a la cocina.
Dejó el cuchillo sobre la mesa y miró fijamente a Jacob y a Bella, frunciendo por completo las comisuras de su linda boca.
-Bella, dejé que te pusieras esta mañana tu mejor vestido de los domingos, con la condición de que no te ensuciaras. ¡Y mira cómo lo has puesto! ¡Estas hecha un asquito!
-No ha tenido ella la culpa, mamá – protesto Jacob - .Mike y Paul le quitaron la muñeca para ver cómo funcionaban los brazos y las piernas. Yo le prometí arreglársela y dejarla como nueva. Podemos hacerlo, ¿verdad?
-Vamos a ver- dijo Esme, alargando la mano para agarrar la muñeca.
Era una mujer callada, poco dada a la conversación espontanea. Nadie, ni siquiera su marido, sabía nunca lo que estaba pensando; dejaba en manos de éste la disciplina de sus hijos y hacía lo que él mandaba, sin quejas ni comentarios, a menos que las circunstancias fuesen muy extraordinarias. Bella había oído murmurar a los chicos que le tenían tanto miedo a papá cómo ellos mismos; pero, si esto era verdad, sabía disimularlo bajo la capa de una tranquilidad impenetrable y ligeramente agria. Nunca reía, ni perdía los estribos jamás.
Terminada su inspección dejó a Agnes sobre la mesa de la cocina, cerca del horno, y miró Bella.
-Mañana por la mañana le lavaré la ropa y la peinaré. Supongo que Jacob podría pegarle los cabellos esta noche, después del té. Y darle un baño.
Sus frases eran prácticas, más que consoladoras. Bella asintió con la cabeza, sonriendo vagamente; a veces, tenía unas ganas enormes de oír reír a su madre, pero ésta nunca lo hacía. Tenía la impresión de que las dos compartían algo especial que no tenían papá y los chicos, pero no podía adivinar lo que había detrás de aquella espalda rígida y de aquellos píes que nunca estaban quietos. Mamá movió distraídamente la cabeza y trasladó con habilidad la voluminosa falda del horno a la mesa, mientras seguía trabajando, trabajando, trabajando.
Lo que no advertía ninguno de los chicos, salvo Jacob, era que Esme estaba siempre, irremediablemente, cansada. Había demasiadas cosas que hacer, poco dinero para hacerlas, y faltaba tiempo y sólo tenía dos manos. Esperaba con ilusión el día en que Bella fuera lo bastante mayor para ayudarla; la niña hacía ya tareas sencillas, pero, a sus cuatro años recién cumplidos, difícilmente podía aliviar su carga. Había tenido seis hijos, y sólo uno de ellos, el menor, había sido niña. Todas sus amigas la compadecían y la envidiaban al mismo tiempo, pero esto no aligeraba su trabajo. En la cesta de costura había un montón de calcetines todavía sin terminar, y a Paul se le estaba quedando pequeño el jersey, y Mike no podía aún dejarle el suyo.
Carlisle Swan estaba en casa la semana del cumpleaños de Bella, por pura casualidad. Era demasiado pronto para esquilar los corderos, y tenía algún trabajo de arado y de plantación en el lugar. Era esquilador de oficio, una ocupación de temporada que duraba desde mediados del verano hasta finales del invierno, después de lo cual llegaba la época de parir las ovejas. Generalmente, conseguía trabajo suficiente para aguantar la primavera y el primer mes del verano, ayudando en las parideras, arando o supliendo a algún granjero local en sus interminables ordeños dos veces al día. Donde había trabajo, allá iba él, dejando que su familia se las arreglase en el viejo caserón; un comportamiento menos duro de lo que podría parecer, pues, a menos que uno tuviese la suerte de poseer tierras propias, no podía hacer otra cosa.
Cuando llegó, un poco después de ponerse el sol, las lámparas estaban encendidas y las sombras jugaban revoloteando en el alto techo. Los chicos, a excepción de Jacob, estaban en la galería de atrás jugando con una rana; Carlisle sabía dónde estaba Jacob, porque podía oír los golpes regulares del hacha en la dirección de la leñera. Se detuvo en la galería el tiempo justo para dar un puntapié en el trasero a Mike y agarrar a Emmett de una oreja.
-Vallan a ayudar a Jacob con la leña, pequeños haraganes. Y será mejor que estén listos antes de que mamá ponga el té en la mesa, si no quieren que los despelleje y les tire los pelos.
Saludó con la cabeza a Esme, atareada en la cocina; no la besó ni la abrazó, pues consideraba que las manifestaciones de afecto entre marido y mujer sólo eran buenas en el dormitorio. Mientras se quitaba el barro de las botas con el atizador, llegó Bella deslizándose sobre sus zapatillas, y él le hizo un guiño a la niña, sintiendo aquella extraña impresión de asombro que siempre experimentaba al verla. Era tan bonita, tenía unos cabellos tan hermosos… Le asió un rizo, lo estiró y lo soltó, sólo para ver cómo se retorcía y saltaba al caer de nuevo en si sitió. Después, levantó a la pequeña y fue a sentarse en la única silla cómoda de la cocina, una silla Windsor con un cojín atado al asiento, colocada cerca del fuego. Bella se acurrucó en sus piernas y le rodeó el cuello con los brazos, levantando la fresca carita hacia la de su padre, para el juego nocturno de ver filtrarse la luz a través de los cortos pelos de la rubia barba.
-¿Cómo estás, Esme?- preguntó Carlisle Swan a su mujer.
- Muy bien, Carl. ¿Has terminado en la dehesa de abajo?
-Sí, ya está. Empezaré en al de arriba mañana temprano. Pero, Dios mío, ¡qué cansado estoy!
-No me extraña ¿volvió a darte Denalí la yegua resabiada?
-Desde luego. No creerás que iba a llevársela él y dejarme a mí el caballo ruano, ¿verdad? Tengo los brazos como si me los hubiese arrancado de sus articulaciones. Te juro que esa yegua tiene la boca más dura de todo el país.
-Olvídalo. Los caballos del viejo Robertson son todos buenos, y pronto estarás allí.
- Nunca será demasiado pronto.- Cargó la pipa de tabaco fuerte y agarró una candela de una jarra que había cerca del horno. La introdujo rápidamente en éste, y prendió en seguida; se echó atrás en su silla y chupó la pipa con fuerza, produciendo un rumor de gorgoteo.- ¿Cómo se siente una niña al cumplir cuatro años, Bella?- preguntó a su hija.
- Muy bien, papá.
-¿Te ha dado mamá tu regalo?
-¡Oh, papá! ¿Cómo adivinaron, tú y mamá, qué me gustaba Agnes?
-¿Agnes?- Miró rápidamente a Esme, sonrió y le hizo un guiño. - ¿Se llama Agnes?
-Sí. Y es muy guapa, papá. Me pasaría todo el día mirándola.
-Tiene suerte de poder mirar otras cosas – dijo tristemente Esme-. Mike y Paul se apoderaron de la muñeca antes de que la pobre Bella pudiese verla bien.
-Bueno, los chicos son así. ¿Es grave el daño?
- Nada que no pueda arreglarse. Jacob les sorprendió antes de que la cosa pasara a mayores.
-¿Jacob? ¿Qué estaba haciendo aquí? Tenía que estar todo el día en la fragua. Quill necesita sus verjas.
- Estuvo todo el día allí. Sólo vino a buscar una herramienta- respondió en seguida Esme, pues Carlisle era demasiado duro con su hijo mayor.
-¡Oh, papá, Jacob es muy bueno! Salvo a mi Agnes de que la mataran y, después del té, va a pegarle los cabellos.
-Está bien- dijo su padre, adormilado, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla y cerrando los ojos.
Hacía calor delante del horno, pero él no parecía advertirlo; gotas de sudor brillaron en su frente. Cruzó las manos detrás de la cabeza y se durmió.
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