Tercer capítulo listo. ¡Espero que os guste!

III. Flor de cerezo.

I.

Presta atención, muchacha. Porque no volveré a repetirlo.

El día que Rukia recibió su apellido, Byakuya Kuchiki, capitán de la Sexta División y actual cabeza de familia de la vigésimo octava generación del ilustre clan Kuchiki, de pie frente a ella y resguardado bajo la sombra de uno de los cerezos más hermosos de la Sociedad de Almas, la miró por primera vez a los ojos.

En esencia, existen cuatro normas principales que todo miembro de una respetable familia como la nuestra debe conocer y cumplir con honor.

A Rukia no le asustaban los retos. Si algo había aprendido al tomar plena conciencia de su poder tiempo atrás, fue a aceptar que en realidad nunca había sido dueña de su propio destino, y de algún modo, desde entonces, había estado esperando a que llegara ese momento.

Ya no eres sólo Rukia.

El momento en el que su vida cambiaría para siempre.

Eres Rukia Kuchiki.

Han pasado más de cuarenta años desde aquel día, y sin embargo, los recuerdos permanecen todavía recientes en su memoria.

De ahora en adelante, deberás mostrar el mayor de los respetos hacia las leyes de esta sociedad y garantizar su debido cumplimiento.

El viento agitaba las ramas de los árboles, y los brillantes pétalos púrpuras de las flores de cerezo se posaban en sus manos y se enredaban en su pelo. La larga bufanda de seda blanca que vestía Byakuya, ondeaba delicadamente al compás de una suave brisa de primavera, realzando su elegante figura.

Mantener el prestigio de esta noble casa será también responsabilidad tuya. Tu comportamiento debe ser ejemplar, y estar siempre a la altura de las exigencias que conlleve tu nuevo rango.

Por aquel entonces, Rukia sentía que estaba preparada para afrontar su nueva vida. En primer lugar, el protocolo no suponía ningún problema para ella. Era una alumna aplicada y muy pronto fue capaz de adaptarse con facilidad a la forma elegante de comer, la manera pausada de hablar y la postura correcta que tenía que adoptar para caminar o sentarse con distinción.

Alzarás tu espada con arrojo y valentía contra los intrusos y los traidores. Todo aquel que perturbe la paz e incumpla la justicia será considerado enemigo de la Sociedad de Almas, y por lo tanto, tu enemigo.

Lo cierto era que todas esas normas que debía seguir no se alejaban demasiado de las que imponía la propia Sociedad de Almas, puesto que al fin y al cabo, cada una de ellas se guiaba por los mismos principios de comportamiento: Obediencia, respeto, lealtad. La única diferencia en todo caso, era la forma en la que los integrantes de cualquiera de las Cuatro Casas Nobles tenían de acatar esas normas, siempre determinada por el orgullo de familia, el afán de dar ejemplo y la responsabilidad añadida de ser representante de un linaje milenario.

No permitirás que bajo ninguna circunstancia sentimientos absurdos nublen tu juicio. Ese tipo de comportamiento sólo es propio de humanos ingenuos y débiles.

Lo más difícil fue separase de Renji.

Hasta ese momento, los chicos del Rukongai habían sido su única familia, y de ellos, sólo quedaba Renji. El camino que habían recorrido juntos hasta ingresar en la Academia de shinigamis había sido tan largo y durante esos años habían pasado por tantas cosas, que Rukia apenas fue capaz de afrontar el hecho de tener que alejarse de Renji por causa de un apellido que ella tendría y él no. De alguna forma, siempre sintió que lo había abandonado, y aunque después de lo ocurrido en los últimos meses, poco a poco las cosas volvían a ser como antes, esa sensación no había desaparecido del todo.

Recuérdalo, Rukia. Ahora eres un miembro de la familia Kuchiki, y debes comportarte como tal.

Byakuya lo había dejado muy claro aquel día, bajo los cerezos, y Rukia pronto tuvo que acostumbrarse a lo que debía significar para ella su propio apellido. A pesar de echar de menos a Renji, de sentirse incómoda con las continuas muestras de respeto, con el trato privilegiado, o con la encorsetada vida aristocrática; se consideraba afortunada, y por encima de todo, estaba profundamente agradecida con la familia que la había acogido, de manera que puso todo su empeño en aprender el noble estilo de vida que le correspondía llevar, y consiguió adaptarse a su nueva condición social con relativa prontitud.

A lo que no llegó a acostumbrarse nunca, sin embargo, fue a lo que ese mismo apellido significaba para los demás.

No era sólo Renji, también eran los cuchicheos de sus compañeros a sus espaldas, el trato distante, o las continuas referencias a su linaje recién adquirido. En el momento en el que pasó a ser miembro del clan Kuchiki, para sus compañeros dejó de ser Rukia, la chica que procedía del Rukongai y que se esforzaba en hacer un buen trabajo como shinigami. De pronto, su propia persona carecía de importancia, porque era el apellido lo que la había vuelto diferente.

Aunque también había excepciones.

De pie frente al Cuartel General de la Decimotercera División, cuando hace apenas unos minutos que ha amanecido, Rukia se pregunta si pensar en todo eso es lo que la ha conducido hasta allí justo cuando termina esa noche de insomnio, al único lugar de todo el Seireitei donde nunca se sintió distinta del resto.

Es un largo camino desde la casa de Byakuya hasta la sede de su división, pero sus pies han recorrido ese trayecto tantas veces que no le ha costado ningún esfuerzo llegar hasta allí.

"¿Dando un paseo a estas horas, Kuchiki?"

La voz del capitán Jushiro Ukitake resuena tan profunda y calmada a sus espaldas, que Rukia apenas se sobresalta al escucharla.

"Discúlpeme, señor. Espero no haberle molestado."

Ukitake sonríe a medias y se sienta despacio en el porche.

"No me molestas en absoluto, pero me sorprende encontrarte por aquí tan temprano." Extendiendo la mano con un suave gesto, la invita a colocarse a su lado. "Tenía entendido que permanecerías en casa de tu hermano hasta que estuvieras recuperada del todo."

Rukia asiente despacio, ligeramente avergonzada.

"Y así es, señor." Sabe que no debería haber salido a hurtadillas de la casa de Byakuya, así que pone todo su empeño en sonar saludable y convincente. "Pero la verdad es que ya me encuentro mucho mejor."

Ukitake vuelve a sonreír y Rukia respira ligeramente aliviada.

Como norma general, todo shinigami de cualquiera de las Trece Divisiones debe alojarse en las respectivas instalaciones de su división, aunque en algunos casos, es posible pasar largas temporadas en otras residencias, sobre todo si se tiene familia o cuando se es miembro de una de las Cuatro Casas Nobles. Poco después de ser adoptada por el clan Kuchiki, Rukia entró a formar parte de la Decimotercera División, y durante un tiempo, mientras aprendía a adaptarse a su nuevo modo de vida como miembro del prestigioso clan, permaneció en la residencia de su hermano. En aquellos meses le costaba bastante dormir, así que solía caminar por sus amplios pasillos y los recovecos de sus cuidados jardines, y con el tiempo, esos paseos nocturnos dejaron de limitarse a los alrededores de la casa de Byakuya, y se hicieron cada vez más largos. No era la primera vez que terminaba allí mismo, viendo amanecer por encima de los tejados que brillaban frente al cuartel general de su división.

"Le pido perdón por importunarlo a estas horas, señor."

A pesar de la diferencia de rango, Rukia siempre ha podido confiar plenamente en su capitán. Tras la muerte del subcapitán Kaien, a quien ambos admiraban y querían, los lazos de cariño y respeto que le unían al capitán Ukitake se hicieron más sólidos, y esos sentimientos no habían hecho más que crecer desde el día que apareció para ayudar a Hanataro y Ganju, e incluso a ella misma, a pesar de que en aquel tiempo, aún estaba condenada por la Sociedad de Almas.

Cuando está a punto de volver a hablar, Rukia siente un repentino escalofrío que la impulsa a cerrar los ojos durante un momento, y de forma instintiva busca algún tipo de protección doblando los brazos sobre su pecho. Ukitake nota la extraña oscilación en su energía espiritual y la mira sorprendido.

"¿Ocurre algo, Kuchiki?"

Pensar en aquel día, con Ichigo tratando de enfrentarse a Byakuya en el puente, ha hecho que Rukia recuerde su desagradable y recurrente sueño, y sin más, la imagen de Ichigo muriendo entre sus brazos ha vuelto a su memoria. Durante una décima de segundo, la extraña sensación de ausencia que ha experimentado las noches pasadas se apodera de nuevo de su espíritu, y su cuerpo deja de ser un conjunto de sistemas orgánicos e integrados, para convertirse en un desordenado puzzle incompleto.

Visiblemente preocupado, Ukitake se aproxima hacia ella y coloca una mano sobre su hombro.

"¿Rukia?"

De repente, se vuelve todo tan claro, tan ridículamente claro, que Rukia se siente una estúpida por haber tardado tanto tiempo en darse cuenta.

Ignorando a su capitán y sin dar más explicaciones, se levanta precipitadamente.

"Quisiera reincorporarme a mi puesto, capitán." Ahora tiene la certeza de que el vació que ha estado notando, el hueco en el centro del pecho, no es sólo la pieza que le falta a su cuerpo, sino que, de hecho, es la única que necesita para recomponer su espíritu. "Recuperar mi asignación en el mundo real."

Aunque su voz sigue siendo igual de respetuosa que antes, la expresión de su rostro ha cambiado completamente, y la determinación que brilla en sus ojos vuelve a sorprender a Ukitake, que vacila durante un momento antes de responder.

"¿No crees que es demasiado pronto?"

Con su mano reposando sobre su pecho, Rukia niega con firmeza mientras Ukitake la mira detenidamente.

"No, no lo es, señor."

A pesar de no compartir la opinión de Rukia respecto a su deseo de precipitar su vuelta al trabajo de shinigami, Jushiro Ukitake siempre ha sido una persona íntegra. Si como hombre, cree firmemente que las normas han de ser acatadas por el bien de la paz y del orden, pero es el primero en saltárselas si considera que en base a su cumplimiento se está cometiendo una injusticia; como soldado, aunque conoce y respeta la escala jerárquica que rige su mundo, le basta con mirar brevemente a su subordinada para saber que ha tomado el tipo de decisión que ni siquiera la autoridad de un capitán es capaz de discutir.

"Entiendo."

Ukitake se levanta despacio y se dirige hasta donde se encuentra Rukia, que ha avanzado unos pasos y mira más allá de los tejados iluminados por el sol, aún con las manos sobre su pecho.

"En cuanto la capitana Unohana de su consentimiento, tramitaremos tu reincorporación inmediata al trabajo".

Cuando escucha la respuesta del capitán Ukitake, a Rukia le da un vuelco el estómago.

"¿Lo dice en serio, capitán?"

Ukitake asiente con convicción y saltándose todo tipo de protocolo, Rukia le agarra las manos emocionada, sosteniéndolas con firmeza entre las suyas.

"Muchísimas gracias, señor."

Al ver la sorpresa en el rostro de su capitán y darse cuenta de su actitud inconsciente, le suelta con rapidez.

"Perdone mi atrevimiento, señor."

Ruborizada y con los ojos clavados en el suelo, Rukia no tarda en sentir de nuevo una mano firme sobre su hombro.

"No hay de que avergonzarse, Kuchiki. Me alegra verte feliz de nuevo."

Rukia levanta la vista y se contagia de la sonrisa del capitán Ukitake, que la arropa con calidez.

"Ahora ve y trata de descansar un poco por el momento."

Después de volver a darle las gracias y de ver desaparecer a su capitán tras la puerta del Cuartel General de la Decimotercera División, Rukia emprende su camino de nuevo hacia la casa de su hermano, y esta vez, el sol ilumina con intensidad el cielo de la Sociedad de Almas.

Para nosotros, eso que llamamos corazón, es sólo la prueba de una existencia superflua.

Eso fue lo que le enseñaron.

Los sentimientos son sólo una carga, una muestra de la debilidad humana que únicamente trae problemas.

La noche que Renji y Byakuya la arrastraton de vuelta a la Sociedad de Almas, Rukia corría por las calles de la ciudad de Karakura huyendo precisamente de ese tipo de sentimientos. Actuando de manera irracional, sintiéndose patética, y por encima de todo, estúpida y vergonzosamente humana.

Esa misma noche, no mucho después, Ishida se desangraba en el suelo, y su hermano mayor dejaba a Ichigo al borde de la muerte. Todo por su culpa. Durante las primeras horas que permaneció en la prisión del Seireitei, Rukia decidió que si la Sociedad de Almas le concedía el perdón por su delito, haría todo lo posible para no regresar al mundo real. Había puesto en peligro demasiadas vidas por no haber sido lo bastante fuerte la noche que conoció a Ichigo. Nunca debió permitir que su energía, aunque fuera especialmente intensa, nublara sus sentidos, y mucho menos involucrarlo en sus obligaciones de shinigami, por legítimo que en ese momento le pareciera prestarle su ayuda y sus poderes para salvar a su familia.

Tuvo mucho tiempo para pensar en todo aquello los días que estuvo encarcelada, y por eso, cuando las cosas se resolvieron de la manera más inesperada para todos y se vio libre de elegir, decidió mantener su idea de quedarse en la Sociedad de Almas.

Sin embargo, había algo con lo que no contaba.

El corazón es sólo la prueba de una existencia superflua.

Si es así, ya ni siquiera le importa. Ahora sabe que aquel vacío en el centro del pecho, la pieza principal del rompecabezas en el que se ha convertido su espíritu, se quedó, meses atrás, en el mundo humano.

Allí es donde dejó su corazón, en el único lugar donde quiere estar.

Con Ichigo.