Capítulo 3

Beille se despertó a la mañana siguiente más tarde de lo habitual, y le costó un tiempo acordarse del por qué se sentía tan mal. Muy lentamente, se vistió, se calzó, y bajó a desayunar. En el comedor estaban sentados ya todos, menos él. Sin embargo, no parecía que lo estuvieran esperando, por lo que sin ninguna prisa se aproximó a un asiento libre, y se comió su plato de comida sin saborearlo siquiera.

Mientras masticaba, miraba de reojo al Padre Hamf, pero éste sólo conversaba con los príncipes y con sus Hermanos, como si no hubiera ocurrido nada la noche anterior.

-Estáis muy callado, maese Beille – se fijó el príncipe Faramir. - ¿Estáis bien?

-¿Qué? – preguntó el otro, distraído. – Sí, sí; me siento un poco indispuesto, eso es todo. Si me disculpan, voy afuera a airearme.

Los príncipes asintieron a modo de permiso, y Beille salió de la estancia, no sin sentir (esta vez sí) la mirada del Padre Hamf sobre su nuca.

Para cuando estuvo fuera, miró por última vez a la bella ciudad blanca desde la lejanía. Y sabía que era una locura, pero incluso le pareció ver la puerta abierta de la casa de Tullant en el primer nivel, y a su querido tutor fregar con un barreño de agua el escalón de la entrada, como cada mañana.

Una hora más tarde, los cuatro estaban montados sobre sus caballos y listos para partir. Faramir y Éowyn los despidieron con grandes honores, y le desearon a Beille toda la suerte del mundo. Él sólo asintió levemente con la cabeza. También les cedieron alimentos varios para el camino, pero Magnem negó con una sonrisa.

-Sus Altezas, gracias por su consideración, pero tenemos comida de sobra para el resto del camino – dijo, señalando con la mirada a uno de los sacos que pendían de los corceles. Beille se conocía de maravilla ese truco: era una bolsa sin fondo; podías meter todo lo que quisieras en ella, y más.

-Bueno, Hermano Magnem, es de mala educación rechazar los favores ajenos – habló Hamf. – Además, no nos vendría mal algo más de comida.

-Tenemos suficiente, Hermano Hamf. Ellos la necesitarán más que nosotros.

-Por favor, dejad de discutir y aceptad nuestros ofrecimientos – sonrió Éowyn. – Sería un honor.

Finalmente, le hicieron caso a los príncipes (y a Hamf) y se guardaron los alimentos.

-Bueno, vamos allá – dijo Verenir. – Nos queda un largo viaje por delante.

Beille no miró atrás en ningún momento, porque sabía que eso le iba a resultar mucho más doloroso. Sólo miraba hacia abajo, y veía los blancos azulejos de mármol que pavimentaban las calles del feudo; y llegó un momento en el que los azulejos desaparecieron y dieron paso a la verde hierba.

Mucho trotaron ese día, y Beille no levantó la cabeza ni habló con ninguno de los Padres. Sólo cuando el sol se puso por el horizonte, Magnem dijo que podrían parar a descansar. Y Beille levantó entonces la mirada.

Estaban en un valle situado entre montañas. A su derecha, fluía rápido un río (el cual supuso que sería el Anduin), y a lo lejos, se veían unas sombrías y tenebrosas ciénagas: las ciénagas de los muertos.

-¿Dónde estamos? – preguntó Beille.

-Estamos al cobijo de las Emyn Muil, muchacho – le contestó Verenir.

-¿¡De las Emyn Muil!? - ¿al cobijo? ¿Qué entendían ellos por cobijo?

-No te preocupes – rió Verenir. – Estas montañas son seguras desde la Guerra del Anillo. Ya hemos pasado por aquí más de una vez.

-Si vos lo decís… - Las Emyn Muil, o ¨Colinas del Espanto¨, eran unas colinas situadas al este del Anduin, de picos altos y escarpados, y rodeadas siempre de niebla. No era difícil perderse allí, y por esa simple razón podría resultar ser un perfecto escondrijo para algún que otro orco. - ¿Decís que ya habéis pasado más de una vez por aquí? ¿No es más fácil atravesar ir por el camino de Rohan?

-Oh, no, no. Eso sería infinitamente más largo. Un enorme rodeo. Mira, atravesaremos el Anduin – dijo, señalando a las orillas del río – y después pasaremos por las Emyn Muil.

Las altas montañas pobladas de niebla se podían ver desde muy lejos.

-¿Y luego? – preguntó Beille, intrigado.

-Después atravesaremos las Tierras Pardas.

-¿¡Las Tierras Pardas!?

-¡No grites, muchacho! Sí, tenemos en nuestros sacos agua y comida suficiente como para un mes. Sin embargo, nuestro viaje no durará más de veinte días, calculo. Como te hemos dicho, ya hemos pasado por este camino más de una vez, gracias a un conjuro de orientación. Y así conseguimos seguir el camino más recto sin perdernos.

-Ah, de acuerdo – suspiró Beille. El conjuro de orientación consistía en emitir una luz que te guiaba siempre en la dirección que tú le pidieras; la parte mala del hechizo era que requería de mucha energía por parte del mago.

Beille ayudó a Verenir a sacar y preparar la comida y los sacos de dormir mientras Hamf y Magnem exploraban el terreno. Cuando regresaron, los cuatro se pusieron a cenar un delicioso conejo asado (excepto Magnem, que no comía nada de carne o pescado). Beille y Verenir se sentaron juntos, y ambos estuvieron conversando hasta tarde.

-Padre Verenir – le preguntó Beille, - ¿puedo preguntaros una cosa?

-Claro, lo que quieras.

-¿Por qué no hacemos un hechizo de traslación y aparecemos en el sur de Eryn Lasgalen, sin más?

-Por favor, Beille. Que aún eres un aprendiz.

-Lo sé, pero con vuestro permiso podría realizar ese hechizo – los aprendices no podían usar magia, nada más que para hechizos muy muy simples, o para su instrucción como magos, o si tenían algún tipo de permiso especial por parte de un superior. También tenían permitido usar magia en caso de extrema necesidad, como le había ocurrido a Beille cuando había luchado durante la Guerra del Anillo, y, preferiblemente, para defenderse antes que para atacar.

-Sí, pero sería algo irresponsable por nuestra parte. Ya sabrás, Beille, que un hechizo de traslación requiere de mucha concentración (aunque seguro que tú lo realizarías sin problema). Además, hay una norma muy sencilla por la cual ni siquiera nosotros debemos usar ese hechizo: nunca conviene abusar en exceso de la magia, y menos si es para presentarnos ante los señores de Lothlórien. No es que lo tengamos prohibido, pero sería una falta de respeto hacia ellos. ¿Comprendes?

Beille asintió en silencio. – Cuánto me queda por aprender.

-No te preocupes, Hijo. La dama Galadriel te educará bien.

-¿Ella… es muy estricta?

-No, no. Por nada del mundo. Es una persona muy amable y considerada, paciente y perseverante. Y estará encantada contigo, ya lo verás. Tú sólo… no la cabrees. Da un poco de miedo cuando se pone muy seria, pero aparte de eso no te preocupes por nada. Es bastante más simpática que nosotros.

Beille rió ant este comentario, y Verenir se puso serio. – Lo único es que ya no es la misma de antes.

-¿Cómo?

-Ni ella ni ningún elfo. Su era está llegando a su fin. Los grandes bosques pierden su fuerza, su vitalidad; y los elfos parten poco a poco a Aman. El momento de la dama Galadriel y lord Celeborn llegará ya mismo, y pronto no quedará ningún elfo sobre la faz de la Tierra Media.

Una gran pesadumbrez invadió a Beille, sin saber muy bien por qué, al escuchar esto. -¿Y cómo será este mundo igual sin los elfos?

-Nadie dice que será igual. Será distinto. Si para peor o para mejor, eso nadie lo sabe.

-Yo creo que serán para peor – murmuró Beille.

-¿A qué te refieres?

-Los elfos son gente muy sabia. Más que nosotros. Ellos se encargan de mantenernos a raya a los humanos.

-Bueno, no estés tan seguro de eso, Hijo. Los elfos – paró y bajó la voz un poco más antes de seguir hablando. – Los elfos han tenido la culpa de muchas desgracias que han ocurido en este mundo. Ahora son más viejos y sabios, como tú dices; pero en sus épocas de juventud y orgullo, acaecieron muchas disputas que resultaron a favor del enemigo.

El aprendiz escuchó en silencio las palabras del Padre.

-De lo que sí estoy seguro – continuó Verenir – es de que, cuando llegue el momento de la partida de los elfos, la Orden Mágica lo pagará caro.

-¿Cómo? – preguntó Beille, con los ojos muy abiertos. – No creo que eso repercuta mucho. Quiero decir, la mayoría de magos somos humanos. Vos y sus Hermanos, los Padres de la Orden, sois humanos.

-Oh, Beille, de veras que te queda mucho por aprender – rió con ironía Verenir. – Es cierto que la Orden Mágica es regida por humanos, pero… ¿en manos de quiénes estamos exactamente? Somos una hermanad con un gran poder, eso es cierto. Y gran parte de nuestro poder se rige en la creencia de que nuestra magia proviene de los Valar.

-¿Creencia? ¿No debería ser llamado ¨hecho¨?

-Sí, Hijo; ¨debería¨ y ¨debe¨¨ ser llamado – Verenir miró a su alrededor, para cerciorarse de que sus dos Hermanos no estaban por ahí cerca, y bajó aún más la voz. – Mira, Beille; yo soy una persona muy espiritual, creyente acérrimo en la voluntad de los Valar y de Eru. Pero… la verdad sea dicha, tengo otras ¨creencias¨ aparte de esta.

-¿Cuáles?

-Las matemáticas – sonrió Verenir.

-¿Las matemáticas? – Beille no cabía dentro de su asombro.

-Sí, Hijo. Es más, de joven estuve a punto de mudarme a Gondor para estudiarlas, pero finalmente ingresé en la Orden Mágica, y no mucho después me convertí en uno de los Padres.

-¿De matemático a Padre de la Orden? Menudo cambio.

-Sí, sé que no son gustos muy compatibles, pero así soy yo. Y no es que sepa mucho de biología o de ciencia en general, pero… no descalifico la idea de que la razón por la que realmente tenemos magia es porque usamos una parte más amplia de nuestro cerebro. Verás, no desconfío en la hipótesis de que Eru nos ha concedido un poder especial, pero creo que ese poder se encuentra aquí – afirmó, señalándose la cabeza.

-Creía que los Padres afirmabais que nuestros poderes se localizaban en nuestra alma.

-¿Y qué es el alma si no? Yo, personalmente, no creo que el alma sea físicamente real, sino que se encuentra en nuestra misma mente. Piensa, sino, en nuestros niveles de sensibilidad. Es eso, en esencia, lo que nos distingue a unos de otros. Hay personas que tienen un nivel de sensibilidad muy elevado: son más empáticas, más curiosas, con más iniciativa, más creativas y perspicaces, carismáticas, firmes ante sus principios y sus metas… Luego están los que tienen una sensibilidad más baja, que sólo se contentan con satisfacer sus deseos y sus necesidades carnales: si me permites la expresión, trozos de carnes con ojos. Pero luego están los que están aún por debajo, los que son capaces de cometer atrocidades, barbaridades, sin pensar en el sufrimiento ajeno.

-Buena tesis – escuchaba Beille, con los oídos muy abiertos.

-En fin, el caso es que, de lo que yo creo estar seguro, es de que, siguiendo esas premisas, llegamos a la hipótesis de que nuestra alma se encuentra en verdad en nuestra mente. Y podríamos pensar que eso es lo que nos diferencia a los magos de otras personas.

-Pero entonces… ¿dónde está el problema?

-El problema es que… mucha gente no entiende, o no quiere entender, la tesis que te he mostrado. Y esto lo aprendí durante mis años jóvenes, en los que aún me preparaba para ser matemático. Aprendí que cualquier persona puede estar dispuesta a creer en cosas sin explicación: tú te preguntas por qué las plantas crecen, y das la explicación de que Yavanna bailó sobre la tierra cuando nuestro mundo aún era joven; sabemos que ocurrió, efectivamente, porque nuestros sabios y viejos cuentan esa historia y hay escritos que lo corroboran. Ahora bien, da igual que tú en tu vida haya leído o escuchado de alguien fiable sobre la historia de Yavanna, que tú te lo vas a creer. ¿Por qué? Por dos sencillas razones: primera, es un dogma, no precisa de explicación; y segunda, todo el mundo conoce esa historia desde años y años, y ¿quién eres tú para negarla?

Ahora, ante la misma pregunta, intenta explicar por qué las plantas crecen de una manera más detallada: por medio de sus raíces extraen agua y sales minerales, que pasan por el tallo y de ahí a las hojas, que captan la luz del sol y la usan para convertir los ingredientes y la luz misma en energía… Bueno, tú puedes intentar explicarle eso a mucha gente, y la mitad te cortará antes de que termines. ¨Bobadas¨, dicen. Pero ¿por qué? Es una verdad probada por gente experta. Además, ni siquiera me has dejado terminar de explicártelo. Y así son las cosas, Beille. Cuantas más pruebas y explicaciones quieras dar de algo, menos te escuchará la gente. Tenemos el don, todos en esta tierra, de creernos más inteligentes y sabios que el resto.

Y con esto llegamos al punto inicial: la gente prefiere escuchar la historia de que nuestro poder viene únicamente de Eru; además, eso nos proporciona más poder, es algo más épico. ¿Y quiénes son los principales defensores de Eru y todo lo divino?

-Los elfos – respondió Beille en voz baja.

-Exacto. Y ¿hasta ahora quiénes eran los que ostentaban más poder sobre la Tierra Media?

-Los elfos.

-¿Lo entiendes ahora?

-Si los elfos se van – habló Beille, - nuestra popularidad y nuestro poder caerán en picado.

-Efectivamente. Y todo es una rueda. Si nuestra popularidad cae en picado… cada vez menos gente hará caso de nuestra Orden. ¿Ves quién tiene el poder en verdad, Beille? La gente corriente. Nosotros no precisamos de espadas para mantenernos en el poder, sólo palabras. Eso tiene su lado bueno, ya que el pueblo te amará. Pero… también tiene su lado malo. Estamos en sus manos.

Beille se sintió un poco mal al escuchar esto, y un irracional miedo lo sacudió. - ¿Estáis diciendo que… llegado el momento, recurriréis a las espadas?

-Oh, claro que no, Beille. Todo llega a su fin. Todo. Y… todos hemos de aceptarlo. Pero las espadas ¡nunca! Jamás impondré nada por la fuerza sobre nadie, y menos mis ideales.

Beille no desconfiaba en nada de Verenir, pero inconscientemente pensó en el Padre Hamf. Y tuvo una mala sensación en el estómago.

Una hora más tarde, todos fueron a dormir. Pero Beille se quedó pensando largo rato en las palabras de Verenir, con una sensación muy extraña en su interior.

El Padre lo había desmoronado por completo.