"La diosa menor"


Cap. 03: Asuntos pendientes.


Llevaba ya unos días con la mosca detrás de la oreja.

Y sabía que, por experiencia propia, sus intuiciones raramente le fallaban.

Algo estaba sucediendo a sus espaldas y eso le carcomía la moral a la par que le ponía FURIOSO.

Hades, Señor de los Muertos, soberano del Inframundo, el mayor de los dioses primigenios al que llamaban en susurros "El Invisible", cavilaba cuidadosamente acerca del errático comportamiento que sus esbirros Pena y Pánico andaban exhibiendo en la última semana.

Les conocía. Sabía de sobra que eran tontos de remate y que, si no fuera porque en realidad lo ignoraba, diría que aquel par de pequeñas alimañas se habían metido en un lío bastante gordo y estaban tratando de subsanar a sus espaldas cualquiera que fuera el estropicio que hubieran hecho los muy...

Inspirando hondo, tratando de contener su extremadamente volátil temperamento, decidió que seguiría de cerca sus movimientos y averiguaría el porqué de aquellas constantes entradas y salidas del Inframundo por parte de los dos diablillos... y, como le cabreasen mucho, esta vez los mandaba derechitos al Tártaro sí o sí.

Se levantó pues de su trono oscuro del Inframundo y caminó tranquilamente escaleras abajo en dirección a la laguna Estigia, llamó al barquero Caronte y este le transportó hacia la salida. Hoy no tenía ganas de ir en cuadriga.

Pasó por delante de las Iras y del gigantesco can Cerbero, al cual ni se molestó en mirar, hasta dar con las escaleras que conducían a la superficie.

Memorándum, he de instalar un ascensor privado aquí. Estoy harto de andar subiendo y bajando escaleras cada vez que voy a pie.

Cuando alcanzó el nivel de la tierra y sus ojos amarillos sin iris vieron la luz del sol, Hades bajó el rostro asqueado. Condenado Apolo y su estufa luminosa... si por él fuera la echaría de cabeza al río de los muertos con lo que, una de dos, o el trasto aquel se apagaba... o las almas de los muertos acababan un poco retostadas. Ambas opciones le parecían de lo más encantadoras, la verdad.

Bien, lo primero de todo era localizar a ése par de desgracias infernales.

Con la información visual que le concedía su captador personal de imágenes a tiempo real, sería pan comido.

En cuanto la pantalla rectangular apareció flotando en el aire frente a él y la retransmisión fue buena, Hades pudo contemplar a sus dos esbirros transformados en un gigantesco león de ojos verdes montado por... ¿un mortal?

Frunciendo el ceño cada vez más profundamente, siguió con interés las imágenes que llegaron a continuación mostrando cómo un esbelto joven pelirrojo ataviado con una sencilla toga blanca peleaba contra sus metamorfoseados diablillos exhibiendo una fuerza atípica... sobrenatural incluso.

La pelea acabó en favor del joven y este, tras rescatar a otros tres mortales de lo que semejaban los escombros de un edificio grande... ¿un templo o un palacio quizás?, daba un discurso a lo que parecían un nutrido grupo de lugareños paletos y desaliñados y estos se enzarzaban en un intenso debate.

No queriendo ver más y sabiendo que el lugar al que habían ido a parar sus esbirros era Tesalia (es lo que tiene ser inmortal, ya acabas reconociendo los lugares por sistema con solo fijarte en su arquitectura), Hades se teletransportó allí y escuchó desde las sombras a Pena y a Pánico hablar con el mortal que había cabalgado antes sobre el lomo del león en el que se habían convertido.

- ¡Un trato es un trato! - exclamó Pánico mientras él y Pena se reían malévolamente, trayendo a sus espaldas un enorme trono de madera.

- ¡Aquí tienes tu trono, Salmoneus! - gritó Pena cuando Pánico y él tiraron el trono sobre la cabeza del mortal, Salmoneus.

El infeliz se retorció un momento bajo el peso del asiento cuando este cayó sobre él y, finalmente, perdió el conocimiento.

Los diablillos suspiraron sumamente contentos.

- Pues no ha sido tan difícil. – opinó Pena.

- Y Hades no se ha enterado de nada, nada. – rió Pánico, encantado de la vida.

Sin embargo Hades en persona se apareció ante ellos en medio de una nube oscura que desprendía un fuerte olor a azufre.

El Señor de los Muertos se alzó en toda su maldad frente a los repentinamente encogidos diablillos y les observó con los ojos entornados y cruzado de brazos. No sonreía.

Pena y Pánico se le quedaron mirando con los ojos desencajados.

- Eh... hola... - aventuró Pena tragando cantidades ingentes de saliva y llevándose las manos a la espalda como un colegial que ha cometido una falta grave y pretende disimularla fingiendo inocencia.

Los ojos de Hades se estrecharon aún más.

- ¿Qué tal, chicos? - comenzó con voz peligrosamente tranquila – Hablando del Demonio, ¿eh?

Ni el diablillo regordete de color rosado, así como su compinche flacucho y verdoso, se atrevieron a decir ni mu.

Segundos más tarde se hallaron más carbonizados que una barbacoa pasada.

Tras haberse desfogado a gusto, Hades dejó a sus inútiles secuaces reponerse de su furia abrasadora mientras encaminaba sus pasos en dirección al inconsciente mortal bajo el trono del rey de Tesalia cuando, súbitamente, algo captó poderosamente su atención en el momento en que miró al suelo.

Se trataba de un papel, un panfleto informativo medio desgarrado que tenía grabada una imagen, una noticia y... un nombre.

Pensando que sus ojos le estaban jugando una mala pasada, se agachó a recoger el panfleto y lo leyó detenidamente.

"El rey Hércules encabeza las listas".

Y, en mitad del pergamino, la imagen dibujada del joven pelirrojo que había derrotado antes a sus esbirros.

Joven... con fuerza sobrenatural y que responde al nombre de Hércules...

Hades se giró inmediatamente hacia Pena y Pánico, mostrándoles el panfleto.

- Chicos, chicos, chicos... - expresó con un volumen de voz normal al tiempo que su llameante cabeza comenzaba a adoptar un peligroso tinte rojo - ¿Puede alguno de vosotros explicarme qué significa... ESTO? - terminó a voz en cuello, las llamas rojizas lamiéndole parte de los hombros y la espalda.

- Aaaaam, pues bueno... verás... - comenzó Pena tentativamente.

- ¿De qué me sonará ése nombre, Hércules? - aventuró Pánico tragando saliva.

- ¿Le deberemos pasta? - dijo Pena inseguro – Pero espera... ¿no es ése el nombre del crío al que deberíamos...?

Los dos diablillos se miraron entre sí completamente aterrorizados al llegar a la conclusión final.

- ¡OH, POR LOS DIOSES! - chillaron los dos al unísono mientras trataban de escapar de las garras de un muy colérico Dios del Inframundo - ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!

Pero Hades, extendiendo sus brazos en forma de humo, les alcanzó y los arrastró hacia él mientras los desgraciados diablillos chillaban como posesos y trataban inútilmente de agarrarse a las rocas del suelo.

- Con que os ocupasteis de él, ¡¿eh?! - exclamó Hades una vez tuvo sus pescuezos en sus manos - "Más muerto que nuestra abuela". ¡¿No fueron vuestros EXACTOS términos?!

- ¡Podría ser otro Hércules! - gimió Pena ahogándose por momentos de la presa que el dios tenía hecha de su cuello regordete.

- Claro, verás… – intentó explicarse Pánico, no afectado en absoluto por la mano de Hades ya que poseía un cuello flaco – Hércules es un... - pero aquí la voz se le volvió ahogada cuando Hades apretó su gaznate a pulso - … nombre que se ha puesto muy de modaaaaaarg...

- ¿Recuerdas cómo hace unos años la mitad de los niños se llamaban Fulano y todas las niñas Mengana? - dijo Pena hasta que un nuevo estrujamiento de su pescuezo le privó de toda capacidad de hablar.

- En un par de años tengo planeado reorganizar el Cosmos... ¡Y EL ÚNICO MEMO QUE PODRÍA ESTROPEÁRMELO…! – exclamó Hades furibundo mientras tiraba rabiosamente a sus esbirros al suelo y estos se transformaban automáticamente en cucarachas inquietas – ¡… SALE EN LA PRENSA COMO REY DE UN MALDITO PAÍS!

Dicho lo cual, dejó salir fuera toda su rabia en forma de una enorme llamarada que dejó un diámetro de medio kilómetro de suelo carbonizado.

Una vez resopló como un caballo para calmarse, su atención fue inmediatamente desviada de sus miserables esbirros a un muy ahora consciente Salmoneus, quien se había escondido detrás de una roca para evitar ser arrasado por el fuego.

Se había percatado de su presencia por el patrón irregular en que sus dientes castañeaban.

Aquello le dio una idea. Estaba furioso, ciego de ira, y necesitaba resarcirse. Además, el osado mortal tenía una deuda pendiente con él por haber usado los servicios de sus diablillos sin su permiso.

Aproximándose al tembloroso mortal, este chilló y salió corriendo como un gamo hasta que el Señor de los Muertos se le apareció de frente en mitad de una nube de humo.

- Pu... puedo explicarlo... - balbuceó el anterior tirano de Tesalia alzando las manos.

- Me es indiferente lo que puedas explicarme, Sal, chato. Has usado a MIS secuaces sin mi permiso y eso, lo siento mucho, no es algo que el dios del Inframundo pueda permitir tan alegremente. Cosas relacionadas con la reputación y otras yerbas, ya me entiendes... - expuso Hades tranquilamente, disfrutando del miedo que leía en los ojos de aquel hombre.

Salmoneus se puso de rodillas y juntó las manos en señal de súplica al tiempo que comenzaba a lloriquear.

- ¡Ellos pretendían llevarme al Inframundo sin estar muerto! - acusó señalando a Pena y a Pánico, temblando - ¡No querían que te lo dijera y pactaron conmigo: mi silencio a cambio de que me regresaran el trono de Tesalia!

- Ah, o sea que, además, pretendías ocultarme información, ¿eh, Sal? Qué chico tan travieso... - dijo Hades con una sonrisa plagada de dientes puntiagudos asomando por entre los labios negros como la pez – Pues bien, no sé si estarás al tanto, pero esta clase de transgresión se paga con la muerte, querido Sal, no hay otra.

Los ojos de Salmoneus casi se le salieron de las órbitas.

- ¡No!, ¡espera! - exclamó arrastrándose en el suelo de rodillas hacia atrás como el gusano que había sido durante todos aquellos años de tiranía.

Pena y Pánico, queriendo congraciarse con su jefe, le asieron por las muñecas y lo inmovilizaron.

Hades se aproximó lentamente con toda su envergadura y posó una de sus manos largas y pálidas sobre la frente de Salmoneus.

- Se te acabaron las fiestas, el lujo y los grandes banquetes, Sal, disfruta de tu estancia en el Inframundo.

- ¡Espera! - gritó el mortal desesperadamente - ¡¿Qué quieres a cambio de mi vida?! ¡Te daré lo que sea!

- No es negociable. – sentenció Hades entornando los ojos para, acto seguido, extraer la esencia vital del cuerpo de Salmoneus y, una vez muerto, trasladar su alma a las puertas del Inframundo, donde Caronte... o Cerbero, ya darían buena cuenta de él.

Se hizo un momento el silencio hasta que el Señor de los Muertos, si bien aún furioso, estaba ya más relajado y manejó una sonrisa de oreja a oreja.

- Ah... qué gozada, hacía siglos que no me daba el lujo de semejante gustazo...


Se aburría. Perséfone se aburría como una ostra en las clases de Greconomía Doméstica.

Le parecía una absoluta pérdida de tiempo. Además, ¿por qué solo debían asistir a ésa clase las mujeres? ¡Aquello era educación discriminatoria y sexista!

Con razón Cassandra la odiaba tanto.

Ambas estaban sentadas la una al lado de la otra y, mientras que la mortal no reprimía su mueca de aburrimiento mezclado con absoluta repulsión, la joven diosa permanecía con una constante ceja levantada cuya exageración se iba acentuando según transcurrían los minutos de la hora que duraba aquella odiosa asignatura.

- ¿Tienes una palangana? - le susurró Perséfone a Cassandra en voz baja – Creo que voy a vomitar.

- ¿Tienes tú una cuerda? - replicó la joven de ojos verdes a su vez en idéntica voz baja – Átame a la silla, creo que estoy experimentando en estos instantes un preocupante instinto asesino hacia la profesora.

Ambas se rieron en voz baja. Al menos era reconfortante tener al lado a otra mente pensante que opinaba exactamente lo mismo que tú.

Andaban, de todos modos, ambas un poco espesas tras aquella semana y pico en Tesalia, haciéndole de consejeros tanto Ícaro como las dos chicas a Hércules, quien había logrado hacerse con el trono del desaprovechado país tras un incidente con el anterior monarca, Salmoneus, quien se había atrevido a cometer la herejía de hacerse pasar por Zeus para atraer turismo a su arruinado país y poder seguir viviendo bien a costa de las ganancias unos años más.

La cuestión es que el insensato rey no contaba con que, obviamente, los dioses todo lo ven, y Zeus se había mostrado muy disgustado no solo con aquella afrenta en su nombre, sino porque Hércules había desenmascarado al impostor y este había ordenado a sus súbditos que lo matasen.

Tras derrocar al tirano Salmoneus en una maniobra... divina, Hércules había sido nombrado por los ciudadanos de Tesalia como su nuevo rey y, desde entonces, no había parado de prestarle servicios, heroicos o no, a la comunidad.

Perséfone, Cassandra e Ícaro habían estado en todo momento a su lado, obviando incluso las clases en la Academia Prometeo para asesorarle en su nuevo papel como soberano.

El problema era que Hércules no estaba hecho precisamente para gobernar. Era feliz ayudando a los demás, pero se sentía atrapado en su nuevo cometido, y máxime cuando sus padres, Zeus y Hera, se le habían aparecido para decirle lo muy orgullosos que estaban de verle coronado rey.

Así que, por no decepcionarles, había permanecido con la corona sobre la cabeza y el peso de un reino poblado de inútiles cabezas huecas que parecían incapaces de pensar por sí mismos y que consultaban a Hércules hasta de qué debían ponerse de ropa o el qué comer.

Su liberación había llegado con aquel león monstruoso de ojos verdes (que Perséfone sabía que no era un león auténtico después de todo, ya que había visto a un par de diablillos mórficos ponerse de acuerdo para completar entre ambos la figura del león) que venía arrasando Tesalia con el desterrado Salmoneus cabalgando sobre su lomo y dirigiéndole para que acabase con la vida de Hércules.

Hércules había derrotado al monstruo, desde luego, pero a cambio de dejar la miserable Tesalia en ruinas. Tuvo que sacarles a ella, a Cassandra y a Ícaro de entre los escombros del palacio. Tras aquello, había renunciado a la corona y les había propuesto a sus habitantes el concepto del pensamiento propio.

Y lo más gracioso de todo es que, con aquella idea revolucionaria implantada en sus cabezas, Tesalia había ideado finalmente una forma de gobierno basada en una democracia parlamentaria. No podía haberle ido mejor al país.

Del monstruo y de Salmoneus no se había vuelto a saber nada y los cuatro adolescentes habían vuelto a sus rutinas diarias con sus estudios. Tenían que recuperar la semana y pico de clases que se habían perdido.

Ah, y hablando de responsabilidades varias, en breve llegaría la primavera y a Perséfone le tocaría ejercer sus deberes como diosa de la estación de las flores.

Debía de hacer que los campos eclosionasen en todo su esplendor, que todas las semillas y el polen se dispersaran. No tenía idea de lo que tendría su madre preparado para este año en lo referente a las cosechas, pero tendría que empezar a hablar con ella del asunto y ponerse ambas de acuerdo. Démeter últimamente parecía de muy buen humor, así que dudaba mucho que este año hubiera sequía.

Unas horas más tarde cuando ya las clases terminaron, los cuatro amigos, mortales, semidiós e inmortal, se fueron a dar una vuelta para tomar algo, que hacía calorcito y apetecía algo fresco para beber.

Lo malo es que, en la terraza al aire libre de la cafetería "La Pita Veloz" a la que fueron a sentarse, estaba prácticamente medio colegio. Y sentado en una de las mejores mesas estaba Adonis, quien en aquellos instantes se encontraba rodeado de un nutrido grupo de aduladores y admiradoras, incluida la rubia Helena, mientras él se deshacía en alabanzas e historias, probablemente ficticias, acerca de sí mismo, de lo valiente que era y otras cosas encauzadas en la misma línea.

Podría ser un muchacho hermoso... pero era un absoluto petardo mañanero. Sería probablemente el orgullo del propio Narciso... si no fuera porque este último andaba siempre distraído contemplándose a sí mismo.

Perséfone, su primo Hércules y sus amigos trataron de ignorarle durante un buen rato, pero el muy imbécil se las ingenió para sacar a la joven diosa en particular de sus casillas a consecuencia de un desafortunado comentario acerca de su torpe primo, y esta derribó la silla del pretencioso joven rubio con unas raíces que hizo crecer del suelo, apenas un poco, pero lo suficiente para tirarle hacia atrás y que el refresco que estaba tomando se le cayera encima.

Adonis pasó vergüenza y se puso hecho un basilisco cuando sus superficiales admiradoras le intentaron ayudar a ponerse en pie y a limpiarse la toga.

Sin embargo, Perséfone y sus amigos mortales se lo pasaron pipa mientras que Hércules, si bien no contento con la nueva jugarreta de su prima pequeña, tampoco pudo evitar reírse bajito.

- Vaya, boquerón… – remarcó la diosa de la primavera burlándose – Al parecer los dioses te acaban de castigar por tu mala educación. Deberías aprender modales y no hablar mal de otros a sus espaldas.

Y se rió de su propia ocurrencia ya que, efectivamente, el castigo de Adonis había sido llevado a cabo por intervención divina.

- ¡Pero qué dices, querida! - exclamó Adonis una vez adecentado y en pie, adoptando ése tono zalamero que empleaba con las chicas y que a Perséfone le sacaba de quicio – Los dioses no pueden haberme castigado, ¡ellos me aman! De lo contrario, no hubieran reunido tanta belleza junta en un solo cuerpo. – añadió haciendo un gesto con ambas manos de señalarse a sí mismo, muy orgulloso.

Perséfone enarcó una ceja en una clara muestra de su mucho escepticismo.

- Puede que los dioses te hayan dado belleza, Adonis, incluso que te hayan hecho rico por derecho de nacimiento... pero no te han otorgado ni valor, ni ingenio, bondad, entrega o inteligencia... - resopló riéndose – Por no tener, no tienes ni siquiera gracia. Tus chistes dan pena.

El gesto de Adonis se contrajo en una ligera mueca de rabia.

- Vaya, es una lástima. – dijo dándole un tono de superioridad e indiferencia a su voz esta vez – Solo por lo que acabas de decir, me pensaré mucho si invitarte o no a la bacanal que tenía planeado celebrar este fin de semana en mi villa palaciega. – ante lo cual mostró una cesta llena de pergaminos sellados que debían de ser las invitaciones a ésa supuesta fiesta.

- Tampoco iría ni aunque me lo suplicases de rodillas. – replicó Perséfone dedicándole una pedorreta desdeñosa – Pero espera... ¿una bacanal? Vamos, boquerón, Dioniso, oséase Baco, no se acercaría a una fiesta tuya ni aunque estuviera severamente borracho.

En esto que, en aquel preciso instante, aquella conversación había sido escuchada por Hermes, el mensajero de los dioses, quien tenía como tarea hacerse cargo junto a Hércules de la isla de Philoctetes durante aquel fin de semana mientras el sátiro asistía a una convención de semihombres en Adriatic City, y se le ocurrió una idea.

La chica tenía razón, desde luego, y llamar a una fiesta "bacanal" sin la presencia del dios Baco era herejía.

Por lo tanto, dicho y hecho, el veloz dios menor buscó a Dioniso y lo trajo inmediatamente a sentarse a la mesa donde estaban Hércules y sus amigos.

Todos quedaron sorprendidos y bastante desconcertados de tener a un dios tan importante sentado con ellos hasta que sus atenciones fueron desviadas hacia la camarera de "La Pita Veloz", quien les vino a tomar el pedido tras una larga espera.

- Bueno, ¿qué vais a tomar? - les dijo la mujer sin demasiada amabilidad.

- ¡Yo tomaré tres atunes en escabeche, más una espalda de cordero! - exclamó el insaciable dios del vino y la fiesta - ¡Un Super-Sufflé, un kebab mixto, y doble ración de mandíbulas de jabalí! Me encantan las mandíbulas de jabalí. Y para beber... néctar bajo en calorías. – añadió como si, tras toda la cantidad de grasas que había pedido para comer, la bebida dietética fuera a suponer una gran diferencia en su metabolismo.

Perséfone suspiró. Dioniso, oséase Baco, se había aparecido con su apariencia real en el mundo mortal, aquel tipo era de todo menos disimulado.

- Claro, claro... enseguida lo traigo, muñeco. – replicó la camarera que le había tomado el pedido con una sonrisa de querer salir corriendo de allí lo antes posible.

Con lo cual, tras aquel pedido sobrenatural de comida, los adolescentes se quedaron sin pedir.

- Bueno, os presentaré. – anunció Hermes muy alegremente mientras revoloteaba por encima de la mesa – ¡Este es Dioniso o Baco, Señor del Vino, el Dios de las Fiestas y el Maestro de la Diversión!

Perséfone se llevó la mano a la frente, presa de un súbito dolor de cabeza... por el amor de Zeus, Hermes... también de todo menos disimulado. En aquellos instantes deseó que Gea se la tragara entera.

Pero dejó inmediatamente de sentir vergüenza ajena en cuanto vio a Adonis palidecer sobremanera ante la presencia de ambos dioses.

- Dejad sitio, chicos. – dijo Hermes aproximándose a la mesa de Adonis y tomando una de las invitaciones a la fiesta del presumido príncipe – Oooh..., ¿qué es esto? - inquirió maliciosamente mientras desenrollaba el pergamino y lo leía en voz alta ante Baco – Adonis va a dar una... bacanal. – remarcó - ¡Baco!, ¡no me habías dicho que ibas a celebrar una fiesta para el principito aquí presente – le dijo al Dios del Vino señalando a un cada vez más encogido Adonis.

- No la daré, por eso no será ninguna bacanal. – replicó el orondo dios mientras se apoderaba de bandejas rebosantes de comida y las engullía rápidamente de un solo bocado.

Hermes sonrió.

- Bueno, en tal caso... eso quiere decir que Adonis ha mentido, y eso podría clasificarse como una afrenta a los dioses. – en esto que él y Baco se aproximaron al tembloroso mortal con gesto severo – Tendremos que hablar de... CASTIGO DIVINO.

A Perséfone aquel escarmiento no le pareció tan mala idea y, viendo las caras de Hércules y sus amigos, a ellos tampoco pareció molestarles. Más bien todo lo contrario.

- ¡No!, ¡no!, ¡es un error de imprenta! - exclamó Adonis para salvar el pellejo mientras sonreía nerviosamente - ¡No voy a dar ninguna bacanal! Se trata de una... pequeña reunión.

- No lo dudo. – replicó Hércules con retintín, disfrutando en sumo grado de aquella situación.

Hermes y Baco volvieron entonces al lado del pelirrojo semidiós.

- ¡Ha sido fantástico! - exclamó Ícaro con su habitual y exagerada efusividad.

Baco eructó. Se encontraba muy satisfecho tras haber engullido tanto.

- ¡Siento engullir y marcharme, pero tengo que dar la bienvenida a unas ménades que quieren adorarme! - rimó con su alegre voz de flauta - ¡Imaginaos, soy un dios que no sabe decir que no! - exclamó por último para elevarse en el aire con objeto de salir volando.

Sin embargo Hércules le asió del tobillo antes de que se marchara.

- ¡Dioniso… quiero decir Baco, espera! - dijo el muchacho bajando al orondo dios a tierra – Si esta noche no estás muy... eh... ocupado, ¿podrías venir a mi fiesta?

¿Fiesta?, ¿pero de qué fiesta habla este? Oh, no, no será... - pensó Perséfone repentinamente alarmada.

Hermes también pareció repentinamente asustado, y más cuando Baco, por el hecho de que Hércules fuera hijo de Zeus, accedió sin reservas.

Toda la gente de la escuela se animó y Hércules se transformó en unos segundos en el centro de atención de sus compañeros, cosa que había deseado siempre.

Pero Perséfone no estaba muy convencida con aquello... es más, le parecía una absoluta locura. El propio Monte Olimpo apenas si podía sobrevivir a las fiestas que daba Baco, con que unos simples mortales...

Hércules invitó a todo el colegio excepto a Adonis... y Hermes y la joven diosa comenzaron a olerse el inminente desastre que estaba por llegar.