Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Vamos por el primer nakama a recuperar. ¿Podrá nuestro fornido espadachín sortear con éxito el embrollo de la vida para lograrlo? ¿Podrá la pequeña Wicka encarrilarle las ideas para transitar por el buen camino... o por lo menos por el camino correcto?

Aprovecho para saludar a nn, Wicka es única y Zoro, incluso perdido, también es único y creo que sólo por eso (?) al final de todos los caminos -absolutamente todos- es capaz de llegar a tiempo. ¿Teletransportación? Quién sabe... Muchas gracias por leer y comentar :D

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


III

¿Y ahora por dónde?

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Es tan fácil como encontrar un ciborg en un pajar


Desandar los peligrosos vericuetos de un mar tan caprichoso como extraordinario insumió de los viajeros los comprensibles sustos, dolores de cabeza, alegrías, sobresaltos, alivio, y los consabidos conflictos y desacuerdos sobre las medidas a tomar. Zoro quería dirigir a como diera lugar y Wicka, aterrorizada ante la sola idea, le dio pelea a su imprudente tozudez. Por fortuna, la mayoría de las veces logró imponerse.

Así, navegaron durante días en relativamente buenas condiciones gracias a la inusitada destreza de la pequeña y el empecinamiento del otro, atravesando cada etapa en forma regresiva y exitosa. Los tontattas les habían provisto de los Eternal Poses necesarios para desplazarse y Wicka demostró poseer una capacidad de navegación tan eficiente como la de la misma Nami.

Lo que hacían podía calificarse fácilmente de locura, pero, ¿quién podría arrogarse el título de "persona sensata" en ese ingobernable océano? A veces, más que las condiciones necesarias, todo lo que se precisa para moverse es un objetivo claro y una voluntad de hierro. Y muy pocos piratas carecían de ello.

Sea como fuere, lograron sobreponerse a los imprevistos y enfrentar con ventura cada dificultad, sea ésta una apoteósica tormenta repentina o algún enemigo súbito y mal encarado. El balandro en el que iban resultó ser muy resistente y les ofreció la seguridad necesaria. Su reducido tamaño, lejos de limitarles, terminó por ser práctico en más de una instancia de aquella travesía.

Entonces, una vez superada la bisagra de la isla de los Gyojin, se dirigieron directamente hasta Water 7 sin pasar por Sabaody y rodeando el Florian Triangle para evitar situaciones engorrosas. Zoro ya estaba familiarizado con el ambiente, por lo que no le interesó en lo más mínimo someterse a los mismos aprietos de ocasiones anteriores.

-Pero yo quería conocerlo –se lamentó Wicka, decepcionada.

-Créeme, nada bueno encontrarás allí –repuso él.

-Puedes decirlo porque ya has estado ahí, ¡pero yo no he estado nunca!

-Mejor así entonces.

Ella resopló, disgustada. Había acumulado la experiencia suficiente para distinguir cuándo podía salirse con la suya y cuándo desistir, y esa vez intuyó claramente que no podría convencer a su compañero. Se limitó a rumiar la frustración imaginando con anhelo las cosas "nada buenas" que se perdería de vivir.

Superada esta etapa, avanzaron a buen ritmo sin mayores contratiempos hasta llegar por fin a su destino, y el recorrido del propio Umi Resha se los anticipó. Zoro maldijo mentalmente al escuchar el pitido del tren, pues había olvidado aquel pequeño detalle. La maniobra para esquivarlo fue demasiado abrupta, aunque el balandro resistió una vez más.

La verdaderamente sorprendida fue Wicka, quien jamás había visto un tren desplazándose sobre el mar, ni se lo hubiera imaginado. Lo miró boquiabierta sin podérselo creer, hasta que el vehículo desapareció en el horizonte.

-Estamos cerca –anunció Zoro.

Por una vez en la vida, su apreciación de la distancia podía tacharse de acertada y la jovencita se abstuvo de hacer comentarios. Cada vez que Zoro profería alguna referencia espacial Wicka se estremecía, pero en aquella ocasión pudo constatar la inusual veracidad del enunciado.

-Entonces en marcha –determinó, volviendo a tomar los controles del navío.

A Zoro no le gustaba mucho que lo mandonee. ¿Por qué cada mujer que conocía se despachaba con ese carácter? ¿Dónde había quedado la famosa "ternura femenina"? Estaba visto que él jamás se toparía con tal fenómeno. En cambio, los reclamos por deudas económicas, las miradas recriminatorias, los pedidos de duelo, los correctivos y las órdenes gritadas en su cara al parecer constituirían siempre la base de su contacto con el género.

Y Wicka se ajustaba perfectamente al modelo. Podía ser de pequeño tamaño físico, pero por momentos su irritación hacia él sobrepasaba incluso la de Nami o la de aquella problemática oficial de la Marina. Pues al diablo con todas ellas, él no había viajado hasta el Grand Line para hacer sociales, mucho menos para andar de arrastrado como el cocinero pervertido.

Se cruzó de brazos, contemplando el mar. En determinado momento, empezó a dibujarse a lo lejos el característico perfil de Water 7. Ahí estaba Franky, y ahí empezaría todo otra vez. Sonrió de lado con creciente expectativa.

En la medida en que se acercaban, no obstante, pudo visualizar algunas diferencias. Algo había oído acerca del ambicioso proyecto de su alcalde para salvar a la isla del continuo agobio de los acua laguna, cada vez más intensos, y examinando el panorama pudo constatar que las obras hacía tiempo que habían comenzado.

Una buena parte de la ciudad parecía flotar como si se tratase de un barco. La otra parte, en cambio, permanecía estática. Iceburg lo estaba haciendo por etapas y Zoro no pudo menos que admirar su determinación y el empeño de sus trabajadores al emprender aquella titánica tarea. Water 7 algún día se convertiría en un barco tanto o más grande que el propio Thriller Bark.

Cuando oyó el característico golpeteo de los martillos, le indicó a Wicka que guiara al balandro en esa dirección. Si sus previsiones eran acertadas, pronto se toparía con los carpinteros de la Galley-La Company, personas en las que podría confiar tanto para entrar en la ciudad como para buscar a su nakama. Y no se equivocaba.

Aún antes de divisarlos, algunos de ellos habían advertido ya la llegada del navío e identificado a sus tripulantes, y pronto el ruido de los martillos quedó opacado por las exclamaciones de júbilo y bienvenida. No pocas islas recibían de ese modo a los Mugiwara, y Wicka no precisó explicaciones al respecto, pues en nada le sorprendía que hayan forjado tantos vínculos de amistad. Se sintió reconfortada al comprender que los recibirían amigablemente.

Los que sí se sorprendieron mucho al conocer a un ser de tan menudas dimensiones fueron los trabajadores, quienes al advertir la figura de Wicka acomodada en el hombro de Zoro, después de haber descendido, se le quedaron mirando largo rato tratando de entender quién era, o "lo que" era. El espadachín, que no quería perder tiempo en cuestiones banales, les explicó someramente su origen y de dónde venían.

De todas formas ya habían anticipado los motivos de su visita. Como era natural, ellos también se habían extrañado de la prolongada separación de la tripulación. Agradecidos con la ayuda recibida en el pasado, se ocuparon de salvaguardar a Franky de cualquier clase de riesgo que hubiese podido correr.

Los capataces aparecieron y el bullicio se atenuó un poco, dándoles espacio para intercambiar saludos. Zoro los encontró aún más fuertes que antes, seguramente enfocados siempre en defender aquella isla y a Iceburg de las posibles acechanzas del gobierno. Aunque ya no tuviera los planos de un arma ancestral, tanto él como Franky los habían estudiado, y después de las duras experiencias vividas, nadie se permitiría bajar la guardia al respecto.

Paulie fue quien le indicó dónde estaba Franky. Del otro lado de la ciudad, en la nueva Franky's House. El propio ciborg se había encargado de reconstruirla viendo que su estancia en Water 7 se alargaría, corrigiendo los desperfectos y asimetrías que los integrantes de la familia habían generado en sus intentos por mantenerla en pie.

Desde luego, el asunto era llegar. Wicka prestó atención a las indicaciones, pero no conocía la ciudad. Los capataces se hallaban en plena faena, por lo que no podrían guiarlos. El resto de los trabajadores, igualmente ocupados, tampoco podrían serles de ayuda. La única persona capaz de asumir la búsqueda era, Dios lo perdone, el mismísimo espadachín, y tendrían que arreglárselas con eso.

Wicka se resignó y emprendieron la marcha. Para resumir, aquella fue una auténtica odisea. Para explayarse, habría que contar cómo atravesó Zoro la ciudad en más tiempo del que demandaría, minucioso como era para desplazarse por el espacio. Cada calle, pasaje y canal, cada comercio, tienda y oficina, cada casa, edificio y construcción pasaron por su atento escrutinio paseandero, y en más de una ocasión.

Nada como conocer una ciudad hasta en sus más secretos recovecos. Nada como recorrerla a pie incluso aunque empiece a repetirse a sí misma. Y Zoro era un experto en esos ejercicios.

A Wicka, en cambio, le dio mareos. En más de una oportunidad le señaló que ya habían pasado por cierta florería, por cierta mueblería y por el canal que permanecía cerrado por reparaciones, pero ninguna de sus intervenciones tuvo repercusión. Para Zoro el mundo nacía con cada paso que daba, en cada vuelta que hacía, en cada tramo que cubría en su retorcido periplo, y nada de lo que le dijeran le haría cambiar su peculiar forma de avanzar.

-Es como hablar con un muro –masculló ella la cuarta vez que giraron en una calle, superada por su falta de atención.

-¿Un muro? ¿Dónde? –indagó el otro con una mano en sus katanas. Esas nefastas construcciones le salían al paso en el momento menos oportuno.

-En ninguna parte, ¡tonto! –le recriminó ella, propinándole un violento coscorrón en la cabeza. Él gruñó y la miró con amenaza-. Si no vas a estar atento al camino, ¡al menos atiende a lo que diga!

-¡Tú no me das órdenes!

-¡Pues es la única manera de salir del embrollo que te esmeras tanto en trazar!

Esta vez, él la miró contrariado. No había comprendido ni media palabra. Wicka, suspirando con desaliento, decidió hacer un último esfuerzo. Con resolución, apuntó con el dedo índice hacia adelante como el profeta que proclama una promesa para su pueblo.

-Sigue derecho por aquí –determinó. Zoro sudó frío-. Después de haber recorrido este trayecto tantas veces, sé perfectamente por dónde ir para llegar al otro lado de la isla.

Se expresó con tanta seguridad que al espadachín no le quedó más remedio que obedecer. Su orgullo estaba en juego, pero más oprobioso hubiera sido perseverar en su testarudez.

-¿Derecho?

-Todo derecho –asintió Wicka con severidad.

A regañadientes, hizo lo que se le indicaba. Era cierto, la calle que recorrían se extendía en una inalterable línea recta, clara y precisa, una calle que lo conduciría sin errores hacia el final de la zona urbana. Sin embargo, el pirata sospechó.

Un camino tan rotundamente establecido se le hacía demasiado fácil, demasiado efectivo. Para un hombre como él, habituado a los desafíos cotidianos y a los reveses del destino, una vía tan sencilla no podía depararle beneficio ni crecimiento alguno. Para un sujeto de su carácter, sólo aquello que implicaba trabajo y dedicación valía la pena.

Por eso, en cuanto vio la oportunidad viró hacia determinado pasaje… por décima vez en el día. Wicka gimió con desconsuelo y lo encaró furibunda.

-¡Te dije que siguieras derecho! –reclamó-. ¡Cómo puede ser que no entiendas una indicación tan simple!

-Nada bueno puede venir de algo tan simple –arguyó él, molesto con la reprimenda-. Desconfío de las sendas tan "rectas".

-¡Pero era el camino correcto! –chilló ella, indignada con su estupidez.

-¡Ya cállate! Cualquier camino que te lleve hacia la meta será el correcto, aunque tengamos que dar algunas vueltas.

Wicka se golpeó la frente con una mano, superada por esa lógica. Lidiar con una desorientación de ese nivel sólo le traería quebraderos de cabeza.

De alguna manera, sin embargo, y porque nadie puede negar que la suerte es un componente que suele estar de parte de los Mugiwara, lograron salir de ese bucle espacial y llegar al otro lado de la isla. Esta vez no tuvieron que andar demasiado, Zoro recordaba –milagrosamente- la meseta rocosa que lo caracterizaba y al poco rato divisaron la nueva Franky's House. Pero mayor júbilo le deparó reconocer el perfil de un gran barco que se balanceaba pacíficamente en el mar, más allá de la casa, en una pequeña bahía, cubierto por un gigantesco y descolorido paño.

-El Sunny –murmuró.

-¿Dónde? –preguntó Wicka, oteando en todas direcciones.

-Convenientemente cubierto –repuso él, señalándoselo con un gesto.

No parecía haber nadie en Franky's House, se respiraba demasiada calma en un sitio por lo general alborotado por sus festivos ocupantes. La única irregularidad en el ambiente era el constante repiqueteo de un martillo, como si alguien estuviera reparando algo. Y al entrar en la casa, desde luego, ese alguien era el propio Franky, inclinado sobre un artefacto.

Zoro ni siquiera se molestó en tratar de entender qué diablos construía, era mucho más fácil aguardar los resultados. En innumerables ocasiones había encontrado a su nakama sumido en esas faenas, pero al parecer después de casi cuatro años de separación le generó una impresión mayor que la que lo acometía en el pasado.

Tal vez estuviera haciéndose viejo, pero en ese momento admiró la tenacidad y la capacidad del ciborg para crear de la nada, para construir, para inventar, para superar cada día lo que haya sido fabricado el día anterior. Era como si nada fuera imposible para él, no al menos mientras estuviera convencido. Si una cosa podía idearse, entonces también podía construirse.

Wicka, todavía sobre su hombro, lo miró con interrogación al notar que demoraba en anunciarse. Parecía abstraído. Luego volvió la vista hacia Franky y quizá lograse comprender un atisbo de los sentimientos de Zoro… que los tenía, por supuesto, los tenía. Al fin empezarían a ser los Mugiwara otra vez.

De pronto, el martillo se detuvo en el aire.

-¿Piensas quedarte allí parado todo el día? –inquirió Franky, demostrando que se había percatado de su llegada.

Zoro, cruzado de brazos, ladeó su adusta cabeza como para descontracturarse.

-No quería interrumpir el romance.

Franky sonrió ampliamente.

-Pues por tu forma de quedarte observando, más bien parece que eres tú quien se ha enamorado de mí –bromeó.

El espadachín avanzó hacia él.

-Lo siento, los ciborgs en tanga no son mi tipo.

Wicka no entendió ni jota del intercambio, pero saludó a Franky con gran alegría.

-Tanto tiempo sin vernos Zoro, pequeñita –saludó él-. Ahora entiendo por qué tardábamos tanto en volver a juntarnos –volvió a bromear.

Zoro fingió no haber escuchado. Se recargó contra una pared y aguardó a que su compañero terminase de trabajar. En menos de lo que canta un gallo, el tipo ajustó los últimos detalles del aparato y se sirvió una bebida cola para refrescarse.

-Lo siento, no tengo alcohol –le dijo a Zoro.

-No vine aquí para beber –repuso él, todavía adusto-, sino a buscarte. Luffy ha regresado.

Franky agotó de una vez el contenido de la botella y bramó con gran satisfacción.

-Ya era hora. ¿Qué diablos lo estuvo entreteniendo? –preguntó mientras destapaba y bebía una nueva botella.

-Se quedó dormido.

El otro expulsó abruptamente la bebida que estaba en su boca.

-No sé por qué me sorprende –masculló luego, limpiándose con el dorso de la mano.

-Sí, cosas que pasan –convino Zoro como si careciese de importancia.

Luego Franky sonrió. El capitán no tenía remedio. Construir requería de ideas, de planificación, de consideración de materiales y herramientas, de procedimientos, de tiempos, de la capacidad de captar y entender los errores para proceder a realizar las correcciones necesarias. Sin embargo, ninguna de esas instancias se desarrollaba con normalidad cuando se trataba de Luffy y de su peculiar tripulación.

Salvo quizá por el sueño inicial de convertirse en el Rey de los Piratas, de hallar el All Blue o de reencontrarse con una ballena para cumplir una promesa de más de cincuenta años, todo lo demás dependía del caprichoso azar, por no hablar de los vertiginosos vaivenes emocionales del chico. Mientras más arriesgado, peligroso, misterioso e incierto sea el camino, según su temeraria filosofía de vida, más interesante y divertido sería de transitar.

Por fortuna, Franky era lo suficientemente abierto para adaptarse y manejarse con holgura en cualquiera de esas dos circunstancias. Podía ser metódico y podía ser improvisado sin detrimento de ninguno de los dos planos, divirtiéndose además. Si no fuese así, no podría formar parte de los Mugiwara, ni seguirlos.

En esos últimos cuatro años de separación había hecho muchas cosas, había pensado en otras tantas y había esperado con la convicción intacta. Sin embargo, tuvo sus momentos de vacilación. En Water 7 había personas que aún lo necesitaban y tuvo la oportunidad de apoyarlos. Incluso a Iceburg con su proyecto de transformar la isla en un gigantesco barco. Aun así, seguía sintiéndose un Mugiwara y había echado de menos a sus nakamas, y el mar.

Que Zoro hubiese entrado por esa puerta fue la señal definitiva de que así era, pero de todas formas quiso asegurarse.

-¿Cuál es el plan? –indagó, aunque el término, tratándose de ellos, pudiese resultar equívoco.

-El de siempre –respondió Zoro sin moverse de su lugar-: buscarlos, reunirnos y salir al mar para cargarnos a los pesos pesados de turno.

-¿Dónde está Luffy?

-En Dressrosa.

-¿Y por qué te envió a ti? No es la mejor super decisión que haya tomado.

Esta vez Zoro se ofendió y lo encaró ceñudo.

-¿Qué insinúas?

Wicka rió y Zoro también la miró con amenaza. La jovencita no se amilanó, sino que lo confrontó con gesto burlón y entonces fue Franky el que se echó a reír. Luego retomó la conversación.

-Entonces la idea es reunirnos por fin para reemprender nuestro viaje –consideró.

-¿Acaso tenías otra cosa en mente?

-Desde luego que no. Aunque por un momento temí que…

Franky se quedó en suspenso y Zoro comprendió. Él también había pasado por muchas etapas emocionales a lo largo de esos años. Incluso manteniendo la convicción de siempre, hubiese sido extraño que así no sucediera. Habían llegado a forjar un vínculo muy fuerte entre todos y esa prolongada separación, le guste a quien le guste, de algún modo los había puesto a prueba.

No había nada de vergonzoso en ello, al contrario. Mientras más dudas fuesen superadas, mayor sería la determinación resultante. El asunto era que no podría decirle a su nakama "deja lo que estés haciendo y continuemos nuestras aventuras" tan desenfadadamente, Zoro lo sabía. Y él no tenía la espontaneidad de Luffy para atraerlos.

Pero no había nadie más para intentarlo.

-La aventura no termina, Franky –comentó-, no mientras tengamos un capitán tan testarudo. Pese a todo, aún quiero seguirlo.

El ciborg acarició distraídamente el aparato que acababa de construir.

-Soy el primero, ¿verdad?

-Así es.

-¿Porque tengo el barco?

-Porque tienes el barco –confirmó Zoro- y porque eres nuestro nakama.

-Estos años han sido de provecho para mí –le contó Franky, todavía abstraído y algo melancólico-. Me he perfeccionado, he conocido gente nueva, he pensado, he ayudado a mis amigos a mejorar Water 7…

-Y nos has echado de menos.

El otro sonrió.

-Demasiadas esferas en el aire.

Zoro comprendía. Por un lado, habían tenido que sobrellevar la incertidumbre acerca del futuro de la tripulación, y mientras tanto, por otro, habían vuelto a echar raíces en sus lugares de pertenencia. Aunque a él esto último no le había afectado especialmente, de seguro que así les habría acontecido a varios de sus compañeros.

De nuevo le acometió la impotencia de ofrecer los argumentos apropiados. Él era el mejor con la espada, pero no con las palabras, o al menos no cuando se trataba de esa clase de dilemas. Maldito sea Luffy por ponerle en ese aprieto. ¿Qué podría darle a Franky como respuesta?

Incluso él había tenido que atravesar por períodos de zozobra. Navegando y atravesando por diversas aventuras, cada uno de ellos había logrado crecer, mejorar, superarse a sí mismo. Eso, de por sí, ya era un triunfo, pues la mayoría de la gente común ni siquiera conseguía empezar. ¿Qué más habría que esperar después de tanto trayecto recorrido y tanto objetivo alcanzado?

Sin lugar a dudas, siempre hay algo más.

-Todavía nos faltan obtener las más importantes –comentó con pereza-, aquellas esferas que nos pondrán por fin en la cima. Luffy todavía no es el Rey de los Piratas y tu barco no ha terminado de recorrer el mundo.

-Hay algunos sueños que están destinados a expresarse, pero no a concluirse.

-Cierto. A menos que los soñadores tengan algún combustible de reserva.

Franky volvió a sonreír, tocado en lo más profundo de su singular naturaleza.

-Cuidado, espadachín, aún hay mucha bebida cola burbujeando en mi interior.

-Ya veo. Entonces no sé por qué seguimos hablando de esto.

Wicka también sonrió, se sentía afortunada de ser testigo de aquel instante de camaradería. El lazo que unía a los Mugiwara era tan intenso e intransferible que resultaría difícil explicarlo con precisión, por lo que sólo cabía la posibilidad de imaginar su magnitud.

Aunque Zoro careciese de habilidades de posicionamiento y de recursos expresivos elaborados, con pocas y significativas palabras había conseguido redireccionar la postura de Franky… vaya ironía. Sus aventuras no se habían acabado, sino que debían partir por otras nuevas. ¿Qué mejor aliciente que ése para un verdadero pirata?

-Empezaré a acondicionar al Sunny –decidió Franky-. Necesitaré hasta mañana, pero al amanecer seguramente ya podremos partir.

-Cuento contigo –repuso Zoro, entusiasmándose íntimamente con la inminencia de la partida. Ya había recuperado al primer nakama disperso.

-¿Y quién sigue en la lista? –preguntó el ciborg, como si hubiera leído entre sus pensamientos.

-Habíamos decidido que Chopper.

-¿Y por qué no Brook? El Rey del Soul hará una presentación en una isla cercana.

Zoro lo miró con asombro.

-¿Brook? ¿Brook está cerca? –Era uno de los nakamas más difíciles de encontrar porque carecía de un punto concreto de localización. Sabía que en algún momento se aparecería en el mapa, pero no creyó que fuera a ocurrir tan pronto.

-Water 7 está llena de volantes y afiches anunciando su futuro show, ¿acaso no los viste?

Zoro y Wicka intercambiaron interrogativas miradas. Al advertir que habían estado demasiado pendientes de las caprichosas vueltas del camino, y que de seguro era la razón para no haberse enterado de nada, se abochornaron nerviosamente. Como es lógico, procuraron disimular.

Después anunciaron, temerariamente quizá, que irían a dar un paseo mientras Franky trabajaba en el barco. Si permanecían allí a la espera se aburrirían como hongos, por lo que prefirieron arriesgarse en la ciudad. Con la experiencia acumulada gracias al anterior recorrido, Wicka se sentía confiada y podría ayudar al espadachín para orientarse mejor.

Cuando reingresaron a la zona urbana, se encontraron con un pasaje completamente tapizado con el cadavérico rostro del próximo nakama a localizar. Volvieron a sentirse algo patéticos por la negligencia, aunque también volvieron a disimularlo. Los grandes afiches anunciando el recital aparecían alineados en el muro con absoluta prolijidad.

Tal vez precisamente por eso no los registraron, terminó por considerar Wicka con ironía. Pues ni modo, ahora sí que los habían visto y ya tenían la siguiente meta programada. Contando con el Sunny y Franky, el viaje de allí en más sería otra cosa y ya no se sentiría sola para ubicar al despistado de Zoro.

Él permaneció detenido delante de uno de esos afiches con el rostro adusto y cruzado de brazos. A Wicka le extrañó tan repentino ensimismamiento.

-¿Ocurre algo? –indagó.

Durante algunos instantes Zoro sólo le devolvió silencio, hasta que gruñó y se rascó la cabeza como buscando liberarse de ciertos pensamientos.

-Ya, nadie dijo que sería fácil –masculló.

-¿Qué cosa?

Zoro volvió a enfocarse en la imagen de Brook.

-Si Franky tuvo su momento de duda, entonces a los demás tal vez les ocurra lo mismo, y maldito sea si no entiendo la sensación. El asunto es que será difícil afrontarlo.

Wicka comprendió bien a qué se refería. La desorientación emocional podía ser más complicada que la desorientación espacial.

-Si pudiste con Franky, también podrás con los demás –afirmó.

Zoro la miró igual de adusto que antes. Lo dicho, podía ser pequeña de tamaño, pero sin dudas entendía las cosas. Y lo más desconcertante aún para el espadachín: lo entendía a él. Sus palabras le dieron confianza.

Más allá de sus escrúpulos, su capitán le había asignado una importante tarea y él tendría que cumplirla. Antes se había pronunciado contra las sendas sencillas, así que ninguna dificultad debería amedrentarlo. Si se le presentaban escollos, cosa nada rara para un perpetuo extraviado de la vida, simplemente tendría que superarlos.

-Desde luego que así lo haré –terminó por decir con obviedad, y prosiguió su camino como si nada hubiera pasado.

Esta vez Wicka no se ofendió por el tono desabrido de la respuesta, a esas alturas ya conocía su testarudez y su orgullo. Que él respondiera de ese modo significaba que sus palabras habían calado en su interior y eso la hizo sonreír con satisfacción. Estaba cumpliendo con su parte.

Luego, al mirar en derredor, le asaltó la duda de lograrlo siempre con el mismo nivel de eficacia. Zoro ya se había desviado. Mascullando maldiciones, ahora sí que le reclamó al oído y con poderosos golpes de puño esa liberalidad para desencaminarse.

Por supuesto, Zoro negó rotundamente ignorar por dónde iba. Al contrario, le aseguró que un espadachín serio siempre entendía las vicisitudes de la trayectoria. Wicka ya no pudo soportar tanta necedad y siguió protestando hasta que el pirata, de puro milagro, logró hallar una arteria que lo condujo de nuevo hacia la zona urbana. De ahí en más, la pequeña asumió por la fuerza el mando de esa trastornada nave que conformaban.

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Al día siguiente, entonces, el Thousand Sunny estuvo listo para zarpar. El mascarón de proa aparecía reluciente, desafiante, prometedor, como si estuviera más deseoso de partir que sus propios tripulantes.

Mucha gente se había congregado en el atracadero para despedirlos, el propio Iceburg entre ellos. Era todo un acontecimiento que después de tanto tiempo los Mugiwara comenzaran a movilizarse. Se percibía entusiasmo en el aire, la emoción y la expectativa que la inminencia de un viaje de ese tipo solía generar tanto en los protagonistas como en los espectadores.

A diferencia de la partida anterior, no hubo necesidad de presionar a Franky exhibiéndolo impúdicamente ante la multitud. Por el contrario, fue el primero en abordar para ultimar los preparativos. El que sí demoró un poco en llegar fue Zoro, pues aunque la posada donde se detuvo a dormir quedaba cerca del lugar, cubrir el trayecto le demandó los entreveros acostumbrados.

Wicka, que nunca lo dejaba solo, se esforzó por guiarlo de la mejor manera posible, aunque al espadachín las indicaciones le resultasen indiferentes. Los complicó además el hecho de haber pasado innumerables veces delante de un puesto de comida, ya que terminó por despertarles el apetito y se detuvieron allí en más de una oportunidad.

Desde luego, Franky lo conocía lo suficiente, así que nunca se impacientó ni temió por la hora de la partida. Zoro aparecería, a pesar de todo siempre se las apañaba para hacerlo, sólo era cuestión de esperar. Entretanto, los capataces de la Galley-La lo ayudaron a resolver algunos detalles.

En un momento dado Zoro apareció. Disentía con Wicka por ciertos asuntos de giros inoportunos e insistentes desviaciones, y el ciborg sonrió al comprobar que seguía siendo el mismo. También le dio ternura el rol que se esmeraba en ejercer ella, sinceramente preocupada por un defecto que ya nunca podría corregirse.

Una vez a bordo los tres, se despidieron con los brazos en alto de todos los allí reunidos. Tenían un importante viaje que emprender y Franky no veía la hora de probar la efectividad de algunos implementos recientemente colocados. El Sunny tendría que ser capaz de ir y venir por el Grand Line y por los grandes mares aledaños sin correr riesgos y con la eficacia debida.

Cuando el barco empezó a moverse, Zoro experimentó mucha más seguridad que cuando partió de Dressrosa. Era una sensación difícil de explicar, pero sin duda tenía que ver con el éxito obtenido al inicio de su misión. Contando con Franky y la nave de los Mugiwara, viendo ondear la insignia que los distinguía en lo alto del palo mayor, sentía que por fin estaba regresando a su verdadero hogar.