Capítulo 3

Amor Desperdiciado, Los Ángeles lo lloran

James Potter tiene muchas razones para considerarse el hombre más feliz del mundo: tiene a sus mejores amigos, a la chica que ama y todo el dinero necesario para vivir cómoda y felizmente. A James le gusta su vida, le gusta tener a Lilly vestida de blanco y a Sirius de negro, le gusta que el fotógrafo le ordene a Black que no haga "cuernitos" al novio al tomar la foto. A James le gusta tener a Remus al otro lado de la sala, mirándolos con orgullo y riéndose bajito por las caras de Sirius. James ama que Lilly se enoje con el padrino, que golpee a Canuto con el ramo y le ordene a su nuevo marido que haga algo para calmar al pulgoso.

Remus se ríe, desde el otro lado del salón, le da codazos a Peter y ambos sueltan una alegre carcajada al ver a Lilly intentando asesinar a Sirius Black con un ramillete de flores. Al lobo le hace gracia que Cornamenta no sepa qué hacer, que Canuto se ría y prometa que esta vez no dañará la foto. Le gusta ver a Sirius y a James de esmoquin y a Lilly con traje de novia, le gusta vestir elegante y que la noche se vista de gala para festejar la unión de dos de sus mejores amigos. El lobo adora la manera en que resalta la cabellera roja de su amiga en medio de tanto cabello oscuro, le gusta que las gafas de James se apoyen contra la nariz de la pelirroja al besarla, ama la forma cariñosa con que los mira Sirius.

Remus y Sirius intercambian una mirada, una señal de "ok" y un brindis con copas invisibles. Remus y Sirius adoran hacer ese tipo de tonterías, brindar de lejos, hablar con la mirada, hacer payasadas aún en la boda de Cornamenta.

El fotógrafo les agradece y James llama a los dos merodeadores que aún no se han fotografiado con ellos. Tanto el novio como la novia quieren una imagen con todo el grupo. El gordito simpático de Wormtail, el adorable loco de Padfoot, el dulce e inteligente Moony, el atrevido Cornamenta y la Perfecta Prefecta Pelirroja. ¿Qué sería de una fiesta sin una foto con tus mejores amigos?... aún con los que están destinados a herirte… ¿Cómo celebrar el amor sin tus amados hermanos y tu amada pareja? … aún si el destino quiere que la felicidad muera pronto.

Los merodeadores se organizan para la foto, se abrazan, se dan golpes, besan a Lilly uno a uno, luego a James los tres al tiempo. Cornamenta se queja, se limpia la baba del rostro y los empuja. Peter se aparta rápido, Remus da más pelea y Sirius pasó de perro a garrapata, y abraza con fuerza a su mejor amigo, lo despeina y lo golpea para luego arrojarlo a los brazos de Lilly. Todos ríen y el fotógrafo ya no sabe si seguir con las fotos tal como están las cosas o pedir un poco de cordura. Toma las fotos, alocadas y sin sentido, llenas de alegría y espontaneidad. Luego todos se enteran de lo que ocurre, se arreglan la ropa y hacen poses para las fotos: abrazos más serios, apretones de manos, sonrisas sencillas.

Los novios siguen su camino y cada merodeador hace lo propio. La fiesta es alucinante, la pareja se besa, baila, toma fotos, comen y beben, ríen y lloran. Los amigos hacen igual, cada cual festeja el amor, ese amor realizado, oficializado y compartido.

Corre el Whisky y el champan, chocan cristales de copas y vasos, zapateo de tacones danzantes por allí, chaquetas que caen por allá. La noche perfecta para celebrar el amor, para que James le grite al mundo…

-¡LES DIJE QUE SERÍA MÍA! – Grita Cornamenta con tragos en la cabeza. Su esposa lo mira, se sonroja y lo regaña a pesar de estar feliz por verlo divertirse. James la besa y repite las mismas palabras mientras levanta una copa para brindar porque Lilly Evans es ahora Lilly Potter, porque al final lo había logrado: Ella era su esposa - ¿No te dije Canuto? ¿Qué Lilly me amaba? ¿Cierto Lunático? ¡Ella siempre me amó!

-Sí, Sí, lo dijiste incluso cuando no te amaba – Se burla Sirius y bebe un poco más – Porque aceptémoslo Cornamenta, lo tuyo fue un golpe de suerte

-Creo que se cansó de que la acosaras y terminó por cogerte cariño, fue como si le provocaras algo parecido al síndrome de Estocolmo o algo así – Remus se burla también y Abraza a James por el cuello

-¡Cierren el hocico, pulgosos! ¡Lilly y yo estábamos DESTINADOS! – Los tres se ríen y se abrazan – Bueno, algo así… ¿Saben que pasa con las cosas, muchachos? Cuando pasan las cosas es porque no pasaron las cosas ¿me siguen?

Así inicia la charla confusa guiada por el licor, sabia en su trasfondo pero incoherente en su sintaxis. Ni James, ni Sirius, ni mucho menos Remus están del todo borrachos, aún conservan la calma y pueden pensar, pero el licor ya les ha bajado las inhibiciones, los ha puesto hormonales, los hace reír y llorar, hablar en serio y burlarse al tiempo.

-La cosa es así: cuando las cosas suceden significa que las cosas que pudieron suceder en lugar de esas ya no sucedieron ¿comprenden? Porque imaginen: Si Quejicus no hubiera cabreado a Lilly, ella seguiría siendo su amiga y seguiría fingiendo que me odia

Y con un simple ejemplo el recién casado ha resumido la realidad de la causa-efecto. Toda acción impulsa una reacción, regla sencilla que, aplicada a las decisiones humanas, se le debe leer con su pequeña clausula extra: Toda acción que genere una reacción elimina inmediatamente la posibilidad de que otros efectos se den. Cada decisión tomada en éste plano de existencia anula el otro camino a seguir ¿quién no se ha preguntado lo que hubiera sido de su vida de haber tomado diferentes caminos? ¿Quiénes seríamos ahora si hubiéramos estudiado en otro lugar, nacido en otro país o tenido amigos diferentes? Quizás las decisiones más inocentes tomadas desde niños han marcado ya la fecha de nuestra muerte, quizás por cruzar a la izquierda y no a la derecha hemos perdido la oportunidad de conocer al amor de nuestras vidas.

Sirius sabe bastante sobre eso, igualmente Remus, lo saben porque diario se preguntan qué hubiera pasado si en su tiempo de colegio hubieran aprovechado de manera diferente las oportunidades que se les presentaron mil y un veces cual licor en copa fina, lista y presta para beber, tentando con fino aroma y color de gema. Ambos se miran, bajan la mirada, siguen jugando con James y evitan pensar en la verdad: fueron unos idiotas. Decidieron no hablar de los temas que debieron hablar, no besarse cuando tuvieron oportunidad, no mirar lo que decía aquel trozo de papel, no entregar nunca esa carta mil veces escrita y jamás terminada.

Han pasado años, James está casado, todos son hombres adultos, ya no hay Hogwarts, no hay casas, no hay clases ni maestros, ni prefectos ni nada de eso. Ahora hay amenazas de guerra, hay trabajos y planes, hay bodas y familias. ¿Qué ocurre, Sirius? ¿De nuevo ves al monstruo del tiempo? ¿Qué sucede, Remus? ¿De nuevo te topas con la hoja en blanco y las palabras en la cabeza?

Sí, sí, sí, y mil veces ¡SÍ!

Todo de nuevo, todo junto otra vez. Todos los recuerdos de dos infancias y adolescencias se retuercen en el espacio, pululan electricidad en el aire y se mezclan en el pensador del imaginario. Sirius y Remus en el tren, Sirius y Remus con el sombrero, Sirius y Remus en su primer día de clases, en los dormitorios, primeros cumpleaños juntos, navidades, Halloween, aparece el lobo, aparece el perro, rechazo, aceptación, quidditch y tareas no hechas, paseos por el lago, bromas y llantos…

En nombre de Merlín, que James no los vea mirarse tan intensamente, que no se entere de la manera en que lo ignoran olímpicamente. Que James no se entere jamás de que oro y plata se desean, sol y luna se llaman, se hablan con voces mudas y acarician en recuerdos mezclados con fantasías de una realidad que no fue. No James, no sientas que el cosmos entero grita por un momento de éxtasis, que las almas de tus amigos necesitan de esos roces tímidos en la torre de astronomía y de esos jugueteos inocentes que acababan por dejarlos uno postrado sobre el otro. No James, no veas a tu padrino ahora, no veas a Remus tampoco. Tú lo sospechas hace tiempo y se lo has dicho a Sirius en más de una ocasión, pero sabes también que ellos no quieren aceptarlo, que lo disfrazarán de todas las formas posibles.

Lo sabes James, sabes que te ignoran y que se están mirando. Los estás forzando a recordar y lo sabes, lo supiste antes que nadie y siempre quisiste que ese jugueteo entre ambos acabara: No te importa si tus amigos son homosexuales, bisexuales, o lo que sea; no te importa que sean amigos desde niños, que durmieran juntos o separados, si son lobos o perros ¡NADA! Todo lo que te importa es verlos reírse, es ver a Sirius acostado en el hombro de Lunático mientras este último lee un libro, ver a Remus gritando el nombre de Canuto en un partido, verlos negarle abrazos a Peter porque son sólo de ellos. Porque Sirius no abraza a James como abraza a Lupin, y Remus no le corresponde a James como le corresponde a Sirius. No, ni Peter, ni James, ni nadie más reciben esas miradas, esos toques.

-Porque te lo digo, Black, que tu y Remus parecen pareja recién casada – Alegó James siendo joven, en Hogwarts, hace ya tanto tiempo.

-Y yo te digo, Potter, que estas exagerando – Contestó un alterado Sirius adolescente, que haciendo honor al emblema de la casa de Gryffindor, recorría la alcoba como león enjaulado. – ¡Mira la hora, demonios! ¡Juro por la tumba de mi madre que Remus jamás sale tan tarde en la noche!

-Tu madre está viva, Sirius – Recalca Peter con timidez.

-¡PARA MÍ ESTÁ MUERTAAAAA! ¡¿Y A QUIÉN DEMONIOS LE IMPORTA? Maldita sea, que Lupin no bebe tan a menudo. Mierda, seguro los tragos le hicieron daño – Sirius patea una botella vacía de whisky de fuego y con rabia se recrimina el haber invitado a sus amigos a beber esa noche.

Era el último año en Hogwarts y al gran perro se le había ocurrido brindar para celebrar. Habían bebido y reído como nunca, hasta logró conseguir atención de una linda señorita de Gryffindor durante media hora. Sin embargo, una vez los merodeadores se quedaron solos en su madriguera, la ausencia de cierto lobo se hizo fuerte. Y Sirius temía que algo le hubiera sucedido, porque sabía que Remus no bebía como él o como James, que los últimos días había actuado extraño y, gracias al mapa del merodeador, que había salido del castillo y estaba cerca al lago.

Con Peter Roncando y harto de escuchar a James poner el dedo en la herida, Canuto con varita y mapa en mano salió de Hogwarts para buscar a Lunático.

"Caray, Canuto, que te preocupas por Lunático más que madre gallina"

"Hombre, que si no te conociera diría que piensas en Remus hasta cuando follas"

"Sirius, ya te lo dije: una hora. Una puta hora desde que se fue a hablar con ese Ravenclaw ¡Joder, si eres más celoso que novia fea!"

Caminando las palabras de James le resonaban en la cabeza. Desde hacía años que James le decía cosas así, muy en broma pero muy ciertas: Sí, Sirius se preocupaba por Remus de manera obsesiva; Sí, pensaba en él cuando tenía sexo y cuando se tocaba, y ni hablar de los sueños húmedos que lo hacían despertar mojado a mitad de la noche; y sí, lo celaba porque era su lobo, porque lo quería para él y para nadie más.

Y ver a Lunático ahí, sentado con la luz de una luna no llena pero sí brillante iluminándolo, le provocó un mareo fuerte, pues aquella imagen habría de acrecentar el volumen de las palabras de James hasta el punto de volverlo loco durante el resto de su vida. Sí, incluyendo el día de la graduación y de la boda de James.

Caminar con Lunático ahora que eran adultos le recordaba todavía más aquella noche de su juventud, aquella vez cuando la luna lo mostró tan hermoso (más hermoso) a sus ojos. Remus reía como en aquella ocasión, sólo que esta vez iban de camino a casa de Lupin, no camino a sentarse en el prado a perder tiempo. Ésta vez charlarían en el sofá de la diminuta sala, no en la fresca grama del campo.

-¿Lo recuerdas, Lunático? ¿Esa vez en el lago?

Sí, quiero decir que sí lo recuerdo. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo fingir que no había ocurrido? ¿Cómo borrar un recuerdo impreso a fuego? Ambos recordaban bien esa noche. Ambos recordaban haberse tumbado a charlar bajo un árbol, recordaban haber estado ahí largo rato, alargando las horas con el poder que tenían sobre el tiempo, aún si este poder tenía un límite.

Recordaban estar ahí, jugando a crear luz con sus varitas, a soltar pequeñas chispas de colores y dibujando figuras de neón en el aire. Animar perros, lobos, unir estrellas con la luz de las varitas, dibujarse figuras en el cuerpo con magia. Les gustaba hacer eso, jamás se lo habían comentado a nadie, pero era uno de sus pasatiempos: Tomar la varita, hacer un hechizo simple y dibujarse tonterías como orejas y bigotes. Esos juegos eran además la excusa perfecta para tomarse de la mano por breves instantes "para mostrarte cómo hacer esa figura" "para que dejes de dibujarme letreros idiotas"

Claro que, aquella noche había sido distinta de las otras. Aquella vez habían tomado la mano del otro y soltado las varitas. Charlaron con los dedos entrelazados como si fuera lo más natural y cotidiano del mundo, hicieron magia sin conjuros o varitas: La hicieron con sonrisas y latidos que nacían en el corazón y se conectaban en los dedos de dos manos que se negaban a soltarse. Hablaron de la luna y del tiempo, del mundo y la vida, de lo agradable que era hacer lo que se deseaba y hasta de conquistas viejas.

Unas cosquillas junto a un par de comentarios de broma bastó para acercarlos más, para que la mano de Sirius se pasara distraídamente por la cintura de Remus, para que Remus le colocara la mano en el cabello. Black se había dado la vuelta, le susurraba al oído a su lobo y le acariciaba el cuello con la nariz. Remus se estremecía, se le erizaba la piel cuando esa nariz le tocaba la nuca, cuando la respiración de Sirius se le pegaba a la piel y le sentía los labios en el oído, hablándole de aventuras, de experiencias, de sensaciones.

Aquí estoy Lunático. Siénteme Lunático. Déjame olerte Lunático

Sirius también se volvía un manojo de hormonas y emociones. Acostado inhalando el aroma de Remus y tocándole la cadera como si nada, no podía dejar de pensar en lo divertido que sería ir más lejos, en que necesitaba seguir así: Que su alma se sentía plena y su cuerpo le pedía por más. La mano que estaba en la cintura pasó a la cabeza, y Lupin se dio la vuelta.

Siguieron hablando, en tonos más bajos, hechos uno en una fundición perfecta de oro y plata, encontrados héroe de sol y héroe de luna en pleno eclipse que los convertía en una sola masa de magia y fuerza. Nuevamente el cosmos se hizo uno con ellos, el mundo era todo y ellos eran el mundo, las palabras no necesitaron coherencia para transmitir sus mensajes, nuevamente se comprendían entre líneas. Ah… pero que gusto daba hablar, que placer el mover los labios a esa distancia, estando tan cerca del otro que el más ligero vocablo generaba un roce exquisito entre boca y boca.

Finalmente, cuando ya el mensaje no podía seguir oculto, el perro pidió permiso de forma indirecta y el lobo lo concedió. Finalmente el licor de la copa de la oportunidad era bebido, el lobo y el perro se habían entregado en un beso tímido y corto. Un beso suave, tierno, de esos que terminan para dar paso a otro más abierto. Sirius le besa los labios y se separa de él, restriegan sus narices una contra la otra y sonríen. Estaban felices, y recordar cómo se sintieron les bastaba para revivir esa felicidad.

-Debíamos estar muy ebrios – No, no lo estaban. Aún siendo adultos recordaban que aquella vez estaban cuerdos, que el whisky en tan bajas dosis no les hacía perder las inhibiciones a tal extremo, y que las risas eran de amor y nervios, no de borrachera.

-Quizás – Sirius Ríe cómo aquella vez y choca su frente con la de su amigo. – ¿Qué tan ebrios crees tú?

-No lo sé ¿bebimos menos que hoy, cierto? – Remus le coloca la mano en la nuca, lo toca donde ya sabe que le encanta y lo mira invitándolo descaradamente.

Otra vez han comenzado ese baile de palabras, de coqueteos, de hablar sobre la boca del otro para seguido besarse. Claro, ya no son chiquillos, ya lo han hecho antes, ya no hay tanta timidez cuando sus labios se tocan.

Lo que no cambia es la manera que tiene Sirius de lamerle la boca y profundizar ese beso, de quitarle parte de la inocencia para poder degustar la boca de su lobo. Remus lo besa como aquella vez, le responde, le da lucha con su lengua, ambos órganos danzan juntos dentro de la boca del lobo, dan vueltas, cambian de boca, se topan con unos dientes traviesos que aprietan suave y sin permiso.

Se ríen como esa vez, recuerdan ese primer beso, recuerdan la manera en que se abrazaron durante largo rato. Cambian el prado por un sofá viejo, cambian la luna por la bombilla de la sala… pero en esencia todo es igual, Remus sigue domando al tiempo con afecto, Sirius sigue domándolo con fuerza, siguen siendo capaces de fusionar pasado, presente y futuro en una sola masa de temporalidad.

-Sirius… – Murmura Remus sobre la boca del animago. Black le besa en los labios con dulzura, le da pequeños besitos inocentes en los labios cerrados hasta que Remus lo atrapa de nuevo. Recuerdan la primera vez que sus dientes chocaron y cuánto se sorprendieron por ello; esa vez se habían apartado por el impacto, ésta vez lo ignoraron por completo.

El de ojos plateados le levanta la cabeza a su lobo y le besa el cuello. La garganta de Remus le vibra en la boca cuando gruñe de gusto, el aliento de Sirius lo acaricia cuando suelta y leve "Remus" sobre la garganta del castaño. Oh, el éxtasis, el sabor de sudor bebido directo de la piel del futuro amante, el escozor en la piel, los aullidos que se confunden con nombres en una sinfonía que no logra comenzar, pero que brega por hacerlo.

Ambos se tocan, se abrazan y agarran el cabello. Sirius le muerde la boca a Lunático, Remus le chupa los labios a Canuto. Se separan, se miran, sonríen y Lupin le planta diminutos besos en el mentón tal como había hecho años atrás.

Las cosas son diferentes, en aquella ocasión se habían besado con ternura salvaje, mezclaban inocencia con lujuria, saltaban uno encima del otro en una lucha de alfas que no habría de tener final. Eran jóvenes apasionados, pero esa vez había bastado con una larga hora intercambiando carisias y besos para dejarlos exhaustos, tumbados en la garma abrazados el uno al otro y sin saber qué hacer o decir.

Aquella noche la mezcla iba a ser completa, pura inocencia, pura pasión, puro amor de luna y de sol. Oro y plata se incitan cada vez que los labios se separan, se llaman el uno al otro, ruegan por quedar ciegos de nuevo para que la saliva ajena les inunde la boca. Dos cuerpos se retuercen, se arquean entre quejido y quejido causado por una caricia, una mordida, un susurro en contra de la piel o un roce de intimidades a través de la estorbosa tela. El fuego gana espacio, la naturaleza clama porque los dos cuerpos se presenten uno ante el otro con la plena naturalidad del salvaje, del recién nacido sin nada extra, con un traje ajustado de piel y nada más.

- Sirius… ah…Sirius, vamos a mi alcoba…– gruñe el lobo cuando las manos del joven Black lo tocan con descaro bajo la ropa

Sirius sabe perfectamente porqué le gusta Remus: es tímido por ser el pequeño Lunático, es atrevido por el lobo que lleva dentro. A Sirius le gusta la forma en que Lupin le insinúa y le ordena, cómo se sonroja mientras lo besa y se arrancan la ropa, y el descaro con que lo lleva a la cama. Le gusta que gimotee y tiemble, que se ponga en cuatro y le lambisquee el cuerpo, le fascina probar su piel y ponerlo a rogar. Sirius adora la manera pasiva que tiene Remus de dominar, le gusta cómo le ordena sin ordenarle que lo toque ahí, lo acaricie así, que le bese el pecho, que le lama las cicatrices.

A Remus le gusta tener a Sirius bajo su encanto, que lo mire con amor y lujuria, que por ratos tenga en sus ojos de plata tanto afecto como cualquier cursi romeo y segundos después lo contemple como a la más exuberante prostituta. Le gusta que se le mezclen los sentimientos, verlo confundido por no saber si ser cuidadoso o fogoso, porque le cuesta ser ambas, porque le cuesta trabajo controlarse al penetrarlo con los dedos. Remus gime y sabe que eso desespera a su amigo, sabe que ponerle esa vocecita suplicante mientras abre las piernas y levanta la cadera pone a Sirius más de lo que podría hacerlo cualquier cosa.

A Black le duelen los ojos por tanta belleza, le duele la entrepierna por tanto deseo y le duele la boca de tanto besar. Ambos hacen el amor sin decoro, gritan, gruñen, muerden y sujetan al otro con fuerza. Se bañan en salado sudor, se perfuman con los olores del otro, se devoran con el cuerpo y la mente. Se vuelven locos entre todo ese vaivén de embestidas y caricias, de cambios de posición y fluidos chorreantes entre piel resbaladiza. Durante esa noche finalmente todo estuvo en orden, todo el cosmos se regocijó en con el canto de dos almas gemelas alborozándose con la compañía del otro, fundiéndose en una única bestia rugiente que derrota al tiempo. Por esa noche son inmortales, durante esos orgasmos son todopoderosos, esos besos crean mágico caos, esos nombres y quejidos de "Ah", "Oh", "¡SÍ!" Son los conjuros más potentes que existen.

-¡TE AMO LUNÁTICO! – Dice Sirius sin saber cuántas veces lo a dicho. Lo dice con la boca, con el cuerpo, con los ojos, con todo su ser.

-¡TE AMO CANUTO! – Corea Lupin en cántico de amante, gemido, húmedo y ahogado, pero más fuerte que el grito de una banshee.

Y de todo eso, ahora sólo quedan recuerdos. Porque al caer dormidos uno abrazado al otro saben que la historia se repetirá: despertarán aferrados al cuerpo ajeno y fingirán que nada ocurrió. Porque los "te amo" dichos en medio de cada gemido y justo antes de correrse serán negados con silencios y chistes a la mañana siguiente. Porque se miraran y de nuevo dirán "Debíamos estar muy ebrios" aún si ambos saben que es mentira. E intentarán en vano dejar en el olvido esa noche de eclipse donde luna y sol fueron un solo astro.

Se aman, siempre será así. Pero no dejaran de derramarse lágrimas por el amor negado, por el eterno pecado de mentir al ser amado, porque en la guerra contra el tiempo nadie ganó ni perdió: Ambos héroes ganaron la inmortalidad, pero se perdieron el uno al otro.

Un beso de despedida, quizás por cortesía o porque saben que es lo correcto. Lágrimas que caen cuando se apartan el uno del otro. Dudas al momento de responder al "¿En qué pensábamos anoche?" y al "¿Seguro estarás bien solo?". Lágrimas que caerán durante años y años, se sumarán a otros pesares, despedirán a seres amados y contemplaran con dolor desde unos ojos vidriosos la muerte de su alma gemela.

No todas las almas gemelas están listas para unirse en vida, pero siempre les quedará la esperanza de una sonrisa al reencontrarse en la eternidad.

Fin


NOTA DE LA AUTORA: un agradecimiento a todos por leer este fict, espero les gustara leerlo tanto como a mí escribirlo. Éste capítulo, por ser el último, fue algo más largo (y raro) que los otros, la verdad me costó trabajo decidirme a darle final.